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Sacarle una décima al Decimerón

Ricardo Riverón Rojas, 31 de julio de 2017

Hay un libro que se titula Decimerón, compilado, prologado y comentado por Yamil Díaz Gómez. Lo publicó la editorial Sed de Belleza en 2016. Un cintillo en cubierta avisa: “Decimario con pimienta para mayores de treinta”.

Si aplico una mirada reduccionista, las llamo décimas de relajo, malhabladas, escatológicas, irrespetuosas, no aptas para socializar… Pero se socializan a todo tren, en esquinas, guardarrayas, talanqueras, cenáculos, redes sociales, pasillos de cátedras universitarias, partidas de dominó, bares... En consecuencia, si me dejo llevar por un concepto más inclusivo y desprejuiciado, sostengo que el referido tomo constituye el más osado rescate que hasta hoy he visto de esa zona tabú de la cultura popular. Estamos ante un acontecimiento literario sin precedente, que supera hasta lo que en ese terreno concretara Samuel Feijóo, no tengo dudas.

El viaje de la oralidad al papel, aunque no sea tan frecuente, por lo general produce ejemplares de notable aceptación. En mis catorce años al frente de una editorial le di vida a algunos de estos proyectos, pues encargué entre otros: Chanito Isidrón (Obra humorística) y Yo he visto un cangrejo arando. Todas las composiciones incluidas en ellos, antes de ser un producto editorial, fueron palabras lanzadas al aire. Que nadie busque una copia, pese a que del primero se hicieron tres mil ejemplares y del segundo cinco mil. Ese mismo viaje lo concreta también, con maestría, Decimerón.

Que nadie busque un ejemplar en librerías, al menos hasta que se edite por segunda vez.

En general, Decimerón se ha movido con gozosa receptividad, aunque tampoco han faltado personas que abandonan, disgustadas, los sitios donde se presentan esas “groserías”. El gusto por lo prohibido y la mojigatería han funcionado, en sentidos opuestos, casi con la misma intensidad, pero la aceptación va ganando la mano. Estoy seguro de que una buena parte de los lectores, acostumbrados ya a los desbarranques del llamado realismo sucio en la narrativa, los desnudos y escenas crudas en el teatro y el cine, coinciden conmigo en que a la poesía no se le debe negar el derecho de asumir también esas plataformas comunicativas.

Contra tal aceptación siempre operó un criterio editorial errado que le asignaba a la poesía un puesto obligatorio en el dominio de lo excelso y refinado. Recordemos con cuanta reticencia fue recibida en su momento la antipoesía, pese a que solo se trataba de considerar poéticos ciertos tópicos discrepantes de la parafernalia que desde el romanticismo y el modernismo nos marcaban la afectada ruta. La antipoesía, más que el surrealismo, ocupa una buena zona de nuestra más ruidosa vanguardia. Y conste que con esta última afirmación no pretendo devaluar lo hecho por Vallejo, Boti, Poveda, Tallet

Lo compilado por Yamil desmonta muchos prejuicios lingüísticos, de ahí que resulte tan acertado que en el prólogo se marque con énfasis la inocuidad de las llamadas “malas palabras”, y que para ello se cite in extenso el texto “Preámbulo”, del Diccionario secreto, de Camilo José Cela. Y es que no estamos ante un libro de poesía, sino frente a un estudio que, además de un fuerte trabajo de campo articuló la propuesta de códigos a través de los cuales podemos entender como joyas y asumir como aporte literario (atendiendo a su ingenio y gracia) estas estrofas que antes fueron patrimonio exclusivo de la juglaría. Gracias a una lectura atenta a los procedimientos creativos podemos afirmar que estas espinelas se integran orgánicamente al gran relato de la poesía cubana de todos los tiempos.

En su propuesta dialógica con el clásico de Boccaccio, el libro se divide en diez jornadas donde campean por su respeto la picardía, el doble sentido, la frase directa cargada de connotaciones, el ingenio, la alusión, el costumbrismo, el léxico popular. Y de esa forma, sumando valores, nos percatamos de que uno de los ardides compositivos de estos juglares consiste en dejar casi siempre para la rima la “mala palabra”, que cerrará rotundamente las décimas o los períodos. Vocablos como “Dominga”, “Angulo”, “pollo”, “aviones”, e incluso los infinitivos terminados en “ar” ponen sobreaviso al lector acerca de lo que le llegará en los cierres. Y aun sin tener a su favor la sorpresa, desatan la carcajada.

Pero diez jornadas y cien décimas no fueron suficientes para completar, sin dolorosas exclusiones, el ambicioso compendio. Por eso las jornadas van acompañadas de notas donde se incluyen más décimas que aclaraciones. Y cierra el volumen un cuerpo de anexos que cumplen la misma tarea. Esos satélites, sin dudas, complementan y amplían la luz del planeta Decimerón.

Como bien ha hecho ver su presentador de plantilla, el poeta Edelmis Anoceto, el investigador se comporta respetuoso con el lector, pues constantemente le está indicando si debe continuar o no la lectura ante la barrera que le pondrán sus propias ataduras morales. Para eso Yamil incorpora, bien al inicio, un tablero de lectura que oficia perfectamente de brújula para continuar o torcer el camino. También ofician como guía el referido ensayo de Cela, más las aclaraciones sobre aquellas palabras que se consideran malas pese a que la Real Academia Española ya las aceptó. De esa creativa forma se abren (o se cierran) las puertas a todos los rumbos posibles.

No obstante todos esos trabajos que se tomó el poeta-compilador, no conozco a nadie que se haya volado alguna de las jornadas. En lo personal confieso que siempre he preferido la alusión al pronunciamiento directo, pero frente a los ejemplos aquí transcritos descubro que la fuerza de lo aparentemente denotativo, cuando está demasiado tiempo oculto por convenciones tontas, acaba ganando connotaciones de notable altura. Y no solo porque fui su editor devoré el libro, de izquierda a derecha, sin volarme una línea.

Otro rescate que el volumen concreta, sin pruritos ni medias tintas, consiste en no escamotearle el crédito a la voz popular. Fuenteovejuna es el autor con más composiciones incluidas en Decimerón, y la mayor parte de los que sí firman son poetas desconocidos, en notable proporción inéditos.

Finalmente, para ejemplificar someramente, hago honor a ese lenguaje indirecto que disfruto más y, valiéndome de la frase común con que algunas personas les piden a los poetas: “sácame una décima”, se la “saco” al Decimerón sin necesidad de decirle “échate un poquito para atrás”. Es de la autoría de Orestes Pérez Tagle, nacido en Unión de Reyes, en 1954:

UNA FARMACIA EN NAVAJAS

Un campesino llegó
a una farmacia en Navajas
y de viagra cuatro cajas
al punto solicitó.
La mujer le preguntó:
“¿Tiene la receta ahí?”.
Y el hombre le dijo así
con su típico lenguaje:
“La receta no la traje,
pero el enfermo está aquí”.


(Santa Clara, 23 de julio de 2017)
 
Editado por: Nora Lelyen Fernández