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El mundo afectivo de Nara Mansur
 

Marilyn Bobes, 03 de agosto de 2017

Resulta curioso que en un mundo donde todo parece haber sido dicho, la poeta y dramaturga Nara Mansur nos entregue en su libro Régimen de afectos, publicado por Letras Cubanas, un universo de palabras donde todo está exquisitamente conectado.

La poeta es una de esas raras y excepcionales autoras de la Cuba de hoy, que a pesar de residir en el exterior encuentra en su patria —que no solo es geográfica sino sobre todo íntima— razones suficientes para un desbordamiento que, apoyado en el testimonio va mucho más allá que su propia persona.

Régimen de afectos es un libro que agrupa en sus dos secciones todo un conjunto de inquietudes que parten de lo familiar pero se hacen extensivas a un mundo cotidiano marcado por el civismo y lo erótico y donde el discurso apela a una suerte de catarsis por momentos angustiosa y de la que el lector no quedará excluido gracias a la fuerza de una intimidad inteligente y emotiva a un mismo tiempo y poseedora del don de una comunicación aunque no sea esta la convencional.

Con acierto, Jamila Medina en su nota de contracubierta nos habla de una preocupación cívica, emotiva y erótica por el cuerpo, la decadencia y la memoria pero también por la urbe y sus ciudadanos, por la Historia (con mayúsculas) y las historias mínimas de la cotidianidad.

A caballo entre dos realidades: la que deja atrás y la que vive ahora, Mansur se vuelve en una suerte de desdoblamiento en la narradora de esos estados de alma que la colocan entre las poetas más viscerales de su generación pues, en mi opinión, más que a la intertextualidad apela a la emoción de lo vivido que encuentra también en un sustrato cultural apenas esbozado en sus textos.

Su indagación es femenina pero también neutra y ese yo que son también los otros no le permite detenerse en un narcisismo frío sino que le abre las puertas a lo autobiográfico solo para nombrar lo que le rodea con un tratamiento donde lo racional se deja a un lado para darle paso al inconsciente.

El mundo familiar es un leit motiv en Régimen de afectos y hay un sentido de pertenencia primero con su genealogía y después con lo circundante que puede ser pasado o presente pero siempre un mismo elemento intemporal.

Libro donde descubrimos una voz poderosa y atribulada, este poemario de Nara Mansur se inscribe entre lo mejor de toda su obra, ya galardonada en numerosos concursos nacionales e internacionales e inscrita, por derecho propio, entre lo mejor producido en Cuba en los últimos años con relación al género poético.

A veces Mansur apela a la prosa poética con suma eficacia. Su discurso es fluido y desprejuiciado y no se contiene para reprimir cualquier exceso de sentimentalismo que asoma por momentos sin cursilerías ni sensibleras manifestaciones ante graves sucesos como la muerte y la enfermedad, tan presentes a lo largo del cuaderno.

Mansur es una efectiva detective de su mundo interior pero, creo que ya lo he dicho se mantiene vigilante ante un entorno que ella vive sobre todo como memoria o constancia de lo acaecido siempre traspasado por un matiz de subjetividad.

Jamila Medina habla en su ya citada nota de “espectacularidad teatral” y yo diría que sucede todo lo contrario. Las situaciones más duras son abordadas sin efectismos para demostrarnos que la dramatugia del texto no obedece a las leyes de una puesta en escena sino a una incontenible necesidad.

Régimen de afectos es un cuaderno que debería ser leido por todos los amantes de la poesía. Sin influencias detectables en la tradición, Mansur se lanza a la aventura de ser ella misma y de regalarnos un hermoso y emotivo conjunto de textos sin altibajos ni vacilaciones estilísticas.

Hay una voz reconocible, madura y original, capaz de comunicarse por una sencillez expositiva que esconde la complejidad de esta autora lúcida y sensitiva como pocas de su generación.

Celebremos pues esta entrega de Letras Cubanas y de una mujer que mantiene su identidad a la vez que se deja llevar por la nueva realidad en la que vive: siempre como una cubana que lo mismo que José María Heredia vive su emigración con una suerte de dolor y de nostalgia. Nostalgia pura y sin artificios. Vale la pena aclarar.

Editado por Heidy Bolaños