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Atento a Elizabeth Reinosa Aliaga

Virgilio López Lemus, 09 de agosto de 2017

Entre los poetas que integran la hornada inicial del siglo XXI, Elizabeth Reinosa Aliaga (1988), ya se ha destacado por cultivar los géneros narrativos y poéticos. Es autora de los cuadernos de poesía En la punta del iceberg (2011), Striptease de la memoria (2016), y un conjunto publicado en España en 2016: Formas de contener el vacío.

He aquí que Elizabeth escribe suculentas décimas, todo Striptease de la memoria es un cuadernos de décimas que me atrevo a llamar espléndidas. Ella sigue una tendencia generalizada entre mucho decimistas cubanos de cortar los versos no cuando vence el octosílabo, sino por el orden de los encabalgamientos, conservando las rimas propias de la espinela. El «juego» formal tiene ya varias décadas de uso entre los poetas cubanos que escriben esta estrofa y responde al mágico deseo renovador, innovador que conserva el patrón esencial de la espinela como fondo y reconstruye el poema en cantidades de versos que superan los diez. Lo que importa, sin embargo, es el qué decir, que la bella estrofa de origen hispánico es capaz de expresar: todos los temas, asuntos, tonos poéticos y estilos tan diversos como poetas la empleen.

Ese es el ámbito formal de Striptease de la memoria, que es mejor ejemplificar:


Sé que no existen paredes sin oídos,
solo redes infinitas,
pero intuyo la salvación,
crezco,
fluyo
en silencio como un pez
sin público
y sin el juez
que me juzgue,
no poseo máscaras,
yo solo veo
que estoy naciendo al revés...


El texto tiene doce versos y está «inspirado» en la espinela, porque es una estrofa organizada a partir de ella. Me querría detener, así vistos los asuntos formales, en lo que la poeta dice, el motivo esencial de su cantar, de su lirismo. Por cierto presidido por un «yo» que tiende a ser confesional.

Dos secciones y una tercera de poema único dejan fluir el libro de una forma precisa: interesa el papel de mujer, y de mujer poeta, que tiene la autora ante la realidad. Los cinco poemas de Diversiones ponen el modelo femenino en plano de interés, antes citando a la poeta argentina Alejandra Pizarnik, con lo cual se adelanta el sentido de «escape», de cierto deseo sublimado de desarraigo que se siente por el hogar, familia, ataduras sociales que preocupan a la poeta cubana. Hay un poema introductorio y luego pareciera que suma poemas en prosa rimada, que son décimas deconstruidas, en la que evoca mujeres a las que compara o encuentra sus afinidades. Quizás no sea «desarraigo» la palabra precisa, sino «redención». Es la fuerza femenina buscando su lugar en el cosmos, que se manifiesta por el «yo» intenso de esta poeta. Repite formalmente el procedimiento ya con solo una mujer como bandera: Madame Bovary. El sujeto lírico (femenino) declara: «Añoro verme segura y caminar por el fuego. Toco el vacío, me niego a tener el alma pura». Cuatro versos armados en línea como si fueran prosa.

Entonces «ataca» asuntos tan universales como la soledad, el temor, la infancia, el dolor, la muerte, la propia poesía («un cántico que murmuro»), difícil diálogo con la «esperanza» («como plan de resistencia»), todo lo cual conduce al poemario a un entramado expresivo existencial, de un «yo» sensible frente al mundo.

La sección llamada Memoria continúa esa voz, en la que se agregan ciertos temores vitales, que tan bien representan en estos versos:


Ya no creo en el conejo de la suerte.
hay un indicio en mi sangre,
un precipicio en mi garganta.
Hay un puente mutilado,
hay una fuente destructora,
una familia…
Me da miedo esta vigilia,
esta voz tan diferente.


No es que la poeta se sienta humanamente diferente a «los demás», sino que se refiere a otro tipo de diferencia radicada en la sensibilidad, la aguda sensibilidad de un poeta, la que le ofrece «esta voz tan diferente». Elizabeth apela a veces a un lenguaje tomado del surrealismo, otras aventura metáforas a veces algo oscuras, pero siempre ratifica su reto a la realidad: «no quiero ver los cerrojos conocidos», no quiere ataduras, ni siquiera aquella donde: «se esconde la llave / de la muerte y sus despojos». Libertad al alma, por ella clama la poeta henchida de una pasión propia, frente a la necesidad de crear ligaduras de afecto y el deseo de soberanía.

Con todos estos «ingredientes», contradicciones humanas, brillo del ego, pasión y arrojo, es casi imposible no advertir dosis filosóficas, decantación de pensamiento sobre la vida, sobre la existencia, acerca de la mujer y de ella misma como ser ante el mundo. El resultado es un libro sincero, vital y fuerte, en el cual, si importa la forma poética elegida, es el contenido dramático e intenso el que nos mueve más. El largo poema final «(Des)equilibrio», reafirma esa batalla del ser buscando su propia definición, sintiéndose existencialmente atrapado en la vorágine del mundo.

Elizabeth Reinosa Aliaga tiene un mundo interior extraordinario. Nuevos poemarios, de décimas y de versos libres, se anuncian, como una «Brújula» que está buscando norte. Tiene ella voz intensa y mucho puede dar de mérito a la poesía de Cuba.
 

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