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Existencialismo, somnolencia y abismo

Jorge Ángel Hernández, 14 de agosto de 2017

“Estamos ante una novela compleja, filosófica, intelectual, cotidiana, febril, irreverente”.
CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT

Con esta enumeración de clasificaciones cierra Claudio Ferrufino-Coqueugniot el prólogo a Los hijos soñolientos del abismo1, novela de Geovannys Manso Sendán que la Editorial Letras Cubanas publicara en 2016 luego de que quedara entre las finalistas del Premio Casa de las Américas 2011. Ferrufino-Coqueugniot había integrado el Jurado y defendió la novela hasta el último momento, según revela en ese mismo texto de presentación. Nos deja, en su último párrafo, un listado que es justo y que intentaremos seguir al recorrerla en estas líneas.
 
Complejidad


Los aires de complejidad de Los hijos soñolientos del abismo pueden estar anunciados desde mismo epígrafe, del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, una obra espléndida que, sin embargo, abunda en referencias y complejidades. De ella toma el título y, quizás, algo de la atmósfera abismal que envuelve al personaje. Pero va a desmarcarse desde el mismo inicio, cuando la referencia nos lleva directo a El extranjero, de Camus, y el personaje enseguida se desmarca de ambos. En su continuidad narrativa, mientras el narrador-personaje reflexiona y describe situaciones, van quedando atrás esas posibles deudas y, si aparecen, serán guiños donde el autor maneja los recursos literarios en función de sus propios objetivos. La relación familiar que envuelve la atmósfera seudoexistencialista del personaje abdica de ciertos tópicos que marcaron la tendencia y coloca sobre las tres personas a que se reduce (padre, hermana, exesposa) motivos que intentan poner en jaque su conducta. Manso Sendán tiene el tino de no convertir estas confrontaciones en filosofía, sino que en anécdota, en pinceladas que pasan por humor a veces negro y corrosivo, y en otras por una ironía que logra deshacerse de la condescendencia que pende sobre situaciones de tipo literarias como esta.
 
Filosofía

El filosofar es constante en Los hijos soñolientos del abismo, sobre todo en el ámbito de la creación literaria, y del arte y la cultura en general. Si descontamos la intermitencia de los códigos existencialistas, no hallamos mucho que venga de la Filosofía como disciplina de las Ciencias Sociales, sino, y no completamente, de la Filosofía del Arte y de los aportes que las obras de arte dejan para la reflexión y el entendimiento posterior de la vida, que se mezcla de axiomas en su descripción de sucesos. Pero ni siquiera subyacen asertos desiderativos de grandilocuencia ni, muchos menos, intenciones de moralizar o canonizar el resultado posterior de la persona que emprende la lectura del libro. Por fortuna, este filosofar desconcertante no aparece colgado, o adjunto, al devenir de la trama, sino imbricado, a veces en un grado tan alto que desaparecería el suceso si “podáramos” la complejidad filosófica, algo que hacen bastante los editores de la industria del libro. Hay, en este punto, una ligera relación con el modo narrativo de José Donoso, acaso no muy advertida por el propio autor. ¿O nos da un fake también con ese aparente desconocimiento?
 
Intelectualidad

Doy por sentado que cuando Ferrufino-Coqueugniot califica de “intelectual” a Los hijos soñolientos del abismo se refiere a que no se desarrolla en reflexiones que bordean más o menos las normas de la gente común, sino que convocan –y evocan– un bagaje alto de referentes culturales, desde la literatura a las artes. No se conforma Manso Sendán con la enumeración, o con la propia evocación, aunque en ciertas ocasiones ocurra, sino que saca conclusiones que atañen tanto a los sucesos que vive el personaje, y a su relación familiar, como a lo que quedaría después en el conocimiento humano. No es pretencioso, sin embargo, este discurrir: va a lo concreto y se regodea en lo nimio, en lo intrascendente que, por paradoja implícita, rige las vidas de quienes le rodean, o le acosan con incansables llamados a la normalidad. Así, la capacidad de reflexión del personaje que narra, preocupado siempre por tener más verrugas en su cuerpo como único sino de su vida, desdice el sumun que la cotidianidad ha ido colocando en el centro de las vidas de hoy, dedicadas a ganar su valor por la cantidad de objetos y bienes que pueden contar en pertenencia. Hay en la trama diversas circunstancias que llaman la atención sobre aspecto.
 
Cotidianidad

Cada suceso de Los hijos soñolientos del abismo está aferrado a la vida cotidiana; cada motivo de conversación, o desmotivo de comunicación, pasa por ese fluir de las cosas y las pertenencias, los deberes que la normalidad ciudadana exige y, sobre todo, la ruptura un tanto absurda, con mucho de kafkiana, con el contexto de sus relaciones sociales. La escena de LUNES en que escucha los argumentos de su Jefe es un buen ejemplo de ello, aunque abundan y se superponen a lo largo de la descripción de acciones.
 
Febril

Ser febril se sale un poco de las bases epistemológicas de los calificativos anteriores, pero remite a una virtud esencial de Los hijos soñolientos del abismo: todo fluye, en efecto, como si un estado febril lo dominara. No solo el punto de vista seudocamusiano del personaje que narra, sino además las sucesivas apariciones de los personajes fundamentales de su relación, como decía, padre, exesposa y hermana, y las intervenciones de otros que van de incidentales. Manso Sendán le impone este ámbito de lo febril a todo cuanto narra. Se vale, sobre todo, de la economía de detalles descriptivos y de la precisión en los elementos de diálogo. Y transmite esa sensación febril al ámbito de la recepción, lo que es, como decía, un mérito, aunque también es un riesgo, pues depende de un lector que consiga conectar con sus códigos y dar rienda suelta sus significados. Por mi parte, he preferido no intentar curarme de esa fiebre y he disfrutado el estado en que me hallaba mientras iba leyendo No obstante confieso, ahora que ha pasado un tiempo después de la lectura, que no lo confesé a aquellos activistas de Salud que llegaron a mi puerta a preguntar si había síntomas febriles en mi cuerpo.
 
Irreverencia

La irreverencia es total, como puede desprenderse de las líneas anteriores, y del propio proceso febril de la lectura, que va sobre oraciones concretas, la mayoría breves y, de no serlo, apuradas por sentencias radicales. Pero esa irreverencia tiene trampas que es posible hallar, justo, en los tres puntos primeros: la complejidad, la filosofía y la intelectualidad. Detrás, y al borde mismo, de las reflexiones y las descripciones que Geovannys acumula a lo largo de su vertiginoso discurrir de oraciones de precisa sintaxis, hay homenaje y reconocimiento a la vasta cultura que lo asiste, a los maestros que su oficio ha ido asimilando. De ahí que me permita agregar a la lista del prólogo un elemento más: la cultura.

La cultura como el don que da sentido a la existencia, incluso a esa existencia sin sentido (seudoexistencialista) que marca al personaje que narra. La cultura como el elemento que define el escaso valor de los propósitos ciudadanos que lo cercan y lo aíslan, del mismo modo en que, para dejarlo gráficamente claro, muestra el autor cómo el personaje se va aislando con la división de su vivienda ante el divorcio.

Y, por último, el empleo de la primera persona como un recurso de juego con falsos referentes de tipo autobiográfico. Es obvio que no todo lo es y que la invención del autor puso lo suyo, pero la marca descriptiva fuerza a quedar en el engaño, a adentrarse en reflexiones que, para bien de la obra, colocan a sus lectores en posterior diálogo con ella. Así he quedado al leerla e, incluso, largo tiempo después que la dejara “enfriar” en la gaveta, para terminar pergeñando esta reseña crítica.

1 Manso, Geovannys: Los hijos soñolientos del abismo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2016, 140 pp., ISBN: 978-959-10-2136-6

Editado por: Nora Lelyen Fernández