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Trabajos y vidas femeninas: Lidia Meriño en el hogar poético

Jorge Ángel Hernández, 29 de agosto de 2017

La perspectiva de género que la literatura femenina refleja no es, ni puede ser, homogénea, aunque ciertas tendencias del activismo actúen como si así fuera, y se declaren partidarias de la diversidad. El ámbito del análisis de los recursos literarios suele quedar fuera de esos abordajes, donde se privilegia la relación directa con eventos sociales concretos que pongan en denuncia la continuidad del patriarcado y, sobre todo, los gestos de desplantes que se enuncian. Son hechos reales y concretos, en muchos casos producto de una tradición cultural que, a nuestro juicio, se desaprovechan si los aislamos de la esfera de lo literario. Al transversalizar unos y otros abordajes, en una perspectiva integradora, los procedimientos podrían ilustrar la diversidad de puntos de vista.

Para ello, la poesía es acaso la que va a expresarse con sinceridad más entrañable. Al estar anclada por naturaleza a la intimidad humana, la lírica ofrece amplias posibilidades de exploración en estas variaciones de lo femenino y, sobre todo, de hasta qué punto una u otras actitudes transversalizan ciertos tópicos. No obstante, no es lo que más se emplea para traer a debate, y a análisis juicioso, la necesidad de ir avanzando en la equidad de género, algo que en la cultura moderna y posmoderna no se desplaza con tanta rapidez como sería necesario.

Hallamos, al revisar la poesía de diversas autoras, perspectivas diversas cuyo punto común se enmarca en la persistencia de la desigualdad y en los diversos avatares a los que esta desigualdad conlleva.

En el poemario Vida del pez1, de la poeta cubana Lidia Meriño, el mundo de lo femenino acota ciertas estancias tradicionales de género, como el trabajo doméstico, las ocupaciones que la tradición cultural ha reservado exclusivamente a la mujer o los perfiles de retraimiento que les corresponderían según la norma moral convencional del patriarcado. Hallamos, en la primera sección del cuaderno, llamada “Los trabajos y los días”, varios ejemplos que ilustran la dualidad entre la asunción de lo doméstico y la posibilidad de su ruptura, o de la transgresión de sus normas. En el texto de pórtico, los días son recortados y separados “igual que se limpia el arroz, desechando los granos oscuros y los que huyeron de la fiereza del molino para definirse con superior masculinidad”.

El sujeto lírico, anclado en un yo tan personal que se deja llevar por el sentido de lo autobiográfico, se enmarca en un contexto que va a definirse en tres funciones: espera, vigilia y posibilidad de ruptura desde la observación, que es la propia mirada poética, el orden reinsertado por el sujeto lírico. “Imagino que alguna de estas jornadas adelanta en monotonía a las demás”, continúa el texto. O sea, que esos días recortados son monótonos y la posibilidad de alguna de las jornadas adelante su monotonía va por cuenta de la imaginación. En la siguiente oración, el poema ubica al ser en su justo sitio: “Bajo el efecto de su lentitud vivo los actos con parsimonia, como quien repite los movimientos del atleta aguzado por el ojo visor de la multitud”.

La parsimonia no es precisamente resignación, o sumisión, aunque tampoco refleja rebeldía. Al conceder la inevitable circunstancia de la lentitud de los días y del rol de observadora, el movimiento simbólico queda a cargo del símil, en esos movimientos del atleta vigilado por la multitud. Así, el yo que usurpa al sujeto lírico el carácter testimonial del texto es similar, poéticamente comparado, a un atleta (no a una atleta) cuyas posibilidades sufren la vigilia y la inspección de las multitudes.

“¿Quién instaló la semana, distinta solo para el que mira?” se pregunta enseguida, dejando la expresión de las insatisfacciones más a cargo de las normas de la lírica que de la explosión del pensamiento confrontacional. Esto produce un llamado de inclusión al universo de la recepción. La sugerencia poética actúa como velada acusación del sujeto referido en ese Quién, en tanto la distinción “del que mira” posee la exclusividad de lo lírico, es decir, de la reconstrucción de lo existente a su propio modo, aunque este sea puramente simbólico. Y el texto cierra con las cláusulas iniciales de la primera oración con que se había presentado, pero abriendo el camino a la ruptura, a la negación de esa rutina que es, a fin de cuentas, un sometimiento: “Recorto los días, los separo igual que se limpia el arroz, para no admitir la sucesión de las horas”.

El Yo se instala en ese magma de lo femenino encargado del servicio y se reconstituye como creador, como un ente capaz de limpiar la “superior masculinidad” con la misma parsimonia con que se llevan adelante las tareas del hogar. La “sucesión de las horas” se transmuta en poesía vital, en un ejercicio de deslizar esa pesada cotidianeidad hacia la imprescindible poiesis, que es contentiva de la verdadera superioridad: el poder de lo materno y lo doméstico junto a la capacidad de juzgar y reconstruir la existencia desde lo simbólico.

Una idea afín propone la novela La isla de las mujeres, de la poeta nicaragüense Gioconda Belli, quien reivindica, entre otras cosas, la exclusiva capacidad de cuidado —“el cuido”, dirá el lenguaje coloquial de su narrativa— como un don de poder femenino. Para la cubana Lidia Meriño, esas labores cotidianas son transformadas en filosofar poético, y los verbos tópicos de lo doméstico, como sazonar, lavar, y otros, adquieren la redentora responsabilidad de guía, de hacedores de la poesía. La cotidianeidad doméstica que carga y sobrecarga a la mujer, es también, y gracias al simple ejercicio de esa poesía que entre labores cotidianas se desliza, la clave para las pequeñas puertas secretas de la vida.

La semana a vivir, hecha por no se sabe quién, o Quién, vendrá con poemas detallistas que se preocupan por marcar incluso el día de calendario en su respectiva faena cotidiana. La poesía, que es don humano, es también, y sobre todo, don materno. A diferencia del trascendentalismo habitual de los poetas, que se ven como demiurgos, aunque a veces terminen quedando como el aprendiz de brujo, Meriño asume como natural la posibilidad de voz que el poema concede al sujeto femenino. Acepta su condición y la subvierte desde sus propias circunstancias.

En el poema II revela:

Con las manos hirvientes
acomodo la rutina de esta familia.
El domingo vuelve a tener
ese aroma común de los domingos.

(…)

En mi día hay un parque
dispuesto en secciones y pájaros
donde persiste el polvo,
como persiste el afán
por higienizar nuestras fibras
y sazonar la hora en que anochece
con las especies del domingo.


El contraste entre la primera y la segunda parte del texto se da en la perspectiva de la imaginación poética, en la realización a través del entramado lírico. Con la persistencia del polvo –lo que sugiere un algo de culpabilidad por no haber desempolvado la casa como correspondería a su rol de mujer– se aviene la persistencia del afán. Este afán higieniza las fibras y sazona la hora con especies de domingo. O sea, se halla escondido en el bregar doméstico.

En el poema VI apunta, como quien lleva una agenda de deberes:

Trazar con rasgos de alquimista
la ansiada geografía del hogar.


Más adelante, en el poema X, acudirá a la descripción:

La mañana del sábado
huele a detergente y perros recién bañados.
Una mujer desarma su casa
y la acerca al aluvión de los ríos.


En este texto no hay más que descripción, llamado a la contemplación del suceso que impone ese sábado ocupado en labores de servicio. El simbolismo lírico, en cambio, aporta la denuncia, se duele de la circunstancia. El poema XI parece venir de complemento y pivote:

Lavar versos en la piedra
amasarlos como quien lacta
en la hora profunda de la vigilia,
guisarlos con astillas jabonosas,
exponer su blancura
al oleaje de la tendedera
en un reto al sol mordaz
que los hace aletear desfallecidos,
hasta casi olvidar los conceptos
y el error de la palabra.


Todo el suceder del lavado de versos, que es perfectamente análogo al trabajo doméstico que se realiza, busca recuperar en la espiritualidad del ser la subordinación a la rutina hogareña. Y por encima de todo, ese lavado de versos va a ser realizado “como quien lacta”, es decir, en el más exclusivo ejercicio de la maternidad. La resistencia a la condición subalterna no va, por tanto, en negación de ese trabajo que, lejos de denigrar, ennoblece, sino en convertirlo en poesía, en buscar desde lo intrascendente, la trascendencia, aunque concluya en una amarga ironía al concebir la palabra en calidad de error. La palabra “conceptos”, sin embargo, va a dar carga a ese irónico error.

Si la sublimidad es un recurso poético, y comunicacional, de alta eficiencia, de alto valor estético, o funcional, no debe verse esa táctica de afán subliminal como una aceptación incondicional de la mujer a un ámbito doméstico que la subordina y la oprime. Ella labra y socava en las bases del canon patriarcal y apuesta, eso sí, por la capacidad de las sensibilidades en la esfera de la recepción. Es resistir y rebeldía contenida. Pero no es víctima jamás, sino sujeto marcado por la circunstancia.

A los ojos de cierto activismo en boga, no es esta la conducta ideal; no obstante, ¿existe una conducta ideal en estos casos? ¿No debe ser el respeto a la diferenciación sociocultural una premisa de aceptación de la persona, más allá del ámbito del sujeto lírico? Es cuanto parece afirmar y confirmar esta vertiente de la poesía de Lidia Meriño.

1 Lidia Meriño: Vida del pez, Editorial Capiro, Santa Clara, 2013, ISBN: 978-959-265-274-3, 54 pp.

Editado por: Nora Lelyen Fernández