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Atento a Jessica Pérez Quesada

Virgilio López Lemus, 21 de agosto de 2017

He leído con placer Cirquísima (2017) de Jessica Pérez Quesada, poemario con el que se presenta una joven en franca capacidad lírica. En la nota de contracubierta, la poeta Lina de Feria hace referencia a la estadounidense Anne Sexton (1928-1974), de alma atormentada, suicida, amiga de otra poeta igualmente confesional, Maxine Cumin, y de Sylvia Plath. La propia Jessica comienza su poemario bajo la advocación, por medio de una cita, de unos versos de la atormentada Sexton. Tal vez ello se debe al sentido también confesional que impone la cubana en su creación, visible en esta cita de uno de los poemas capitales del libro: «Cirquísima / piedra en la cabeza de día no brilla»:

¿dónde dejaron los ojos ahora que está pasando mi humanidad anómala? tienen que mirarla: tengo puñales en las manos y me los puedo tragar: cirquísima es andar perdida, de ida y vuelta que es ruta rota, soltando los dedos
vine a escribir el premio fiero del divertimento, pero es que no soy ni eso si no tengo sus espejos ¿dónde los dejaron?

Sin duda, el poemario revela la sensibilidad profunda de una mujer. Me resisto a veces a hablar de «poesía femenina», o «masculina», pero no habría duda ante este poemario que la poeta ejerce su identidad de género, su orientación es clara y manifiesta con su sentido confesional una voluntad poética hermosa. Diría incluso dolorosa. Quizás, como la Sexton, se halla en la expresión de su experiencia como mujer, por lo que el tono confesional le resulta no solo inevitable, sino también útil.

En todo caso, las circunstancias pasan por el tamiz ultrasensible de Jessica, pero Jessica apela a un lenguaje lejano del romanticismo que pueda conjurar su intimidad, aunque el trasfondo neorromántico aparezca casi de manera inevitable en el yo, sujeto lírico valiente que quiere hablar de sí, de sus «problemas» humanos, de lo difícil que resulta vivir, captando la poesía de los sentimientos con sensibilidad a flor de piel.

El lenguaje de Jessica tiene dos direcciones: la expresión directa de la emotividad y el trabajo lírico de la expresión. La poeta no quiere hacer un revulsivo, no quiere entregarse a una devoción del desamparo o de la manifestación directa de la siquis, por lo cual busca en el lenguaje modos de sutiles encubrimientos, que resultan del manejo especial que ella hace del idioma. Lo advierto en estos versos: «Será sólo la tristeza que haya filtrándose al vórtice conmigo: / una aflicción plana tubérculo necrosante en traza lenta / Soy mi laberinto».

Yo creo que este verso último rebela muy bien el entramado laberíntico del libro. Y ello resulta cautivador, porque en torno a la poeta gira el mundo hasta en detalles, por ejemplo: «Dos salamanquesas se aman en el marco de la ventana de mi baño»; o ello se manifiesta cuando deja correr libremente su sensorialidad, digamos a la manera del poema «Epifanía».

Luego, en la sección «De hormigón armado», hay una voluntad también confesional, pero apela ahora más al tono conversacional, a la definición que deja asentada una idea de sí y del mundo: «Una mujer sola es un sonajero / Una mujer sola siempre va desnuda / En esta jungla una mujer sola es un ciervo desvestido / un trocito de carne presto a la mesa». Jessica extrae poesía de la vitalidad, incluso si ella fuese sufriente. Su afán comunicativo se expone abierto, sincero, con la sola diferencia de que ella sabe que hace arte de la palabra y no un mero retazo de confidencia. Lo coloquial consiste en la presencia de un «tú» con el que dialoga, al que se refiere, al que interpela. Ella siente que la poesía es el venero de la expresión transida, acude a ella como «salvación», y su voz es entonces no una queja, no un lamento, sino exactamente eso: la necesidad de confesar.

La presencia de un «él», de una otredad complementaria, hace de su cuerpo una necesidad de compañía. El cuerpo aparece en esta sección con redoblado interés. La sección comenzó con una cita de Gastón Baquero, poeta para quien lo confesional íntimo no es el interés de lo poético, aunque sí lo es para Jessica, quien expresa un desgarramiento ante lo que llama «moderno» («Poema moderno»), y que en definitiva es su experiencia sensible ante el mundo que la rodea, lo que Lezama Lima llamaba el «reto de la realidad». Palabras como nostalgia, muerte, silencio, revelan que ella desea escapar de hacer una poesía solo elegíaca, porque no es la pérdida a lo que se enfrenta, sino al hallazgo del mundo, de su presencia en él, en el vórtice social.

En «Criatura», hace una confesión exacta, dedica el poema a la vibrante Sylvia Plath, lo que pone más el tono elegido ante el dolor del mundo: «Yo quiero ser el ente total / que empiece en mí y no se sepa dónde acabe». Es el sentido de pertenencia a sí misma que, para colmo, se enfrenta a la infinitud. La pequeñez del ser en el cosmos hace preguntas, no puede escribir desde las respuestas: «¿Cómo una mujercita tan llana puede esconder todo el caos?». Sí, ¿cómo el ser puede contener la infinitud y ser capaz de tal pregunta?

Jessica Pérez se ha lanzado al ruedo poético con fuerza expresiva, con valor y quizás miedo de sí; quiere que la poesía exprese artísticamente a la realidad y tal vez la consuele. Quiere darse con el doble rasero de sencillez y complejidad. En los reveladores versos casi finales del libro hace una declaración que es todo un concepto suyo de la poesía: «Yo sólo me arrimo al enigma / y escribo por ósmosis». Esta es una valiente y sincera confesión, ante el enigma de la vida, del ser…, y de la propia poesía.
 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

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