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La literatura en los tiempos del Twitter

Ricardo Riverón Rojas, 25 de agosto de 2017

Decir que las actividades de comunicación oral de la literatura perdieron casi por completo el favor del público es lugar común. También lo es promulgar que las instituciones encargadas de modificar la situación no acaban de hallar una estrategia coherente para revertir el fenómeno.

Está claro que esa disfunción cultural se manifiesta en todos los espacios cuya misión es promover la literatura, desde la Feria Internacional del Libro hasta la más humilde tertulia. Ninguna sede se libra, pues el mal afecta del mismo modo, y con la misma intensidad, a una biblioteca, una librería, una plaza pública o una casa de cultura.

En esta misma columna, el día 7 de octubre de 2013, me ocupé del tema con el artículo titulado “¿Dónde estás, espectador?”. En aquel análisis trataba de diseccionar –y con ello conjurar– algunos de los males que daban origen a la escasez de personas interesadas en conocer sobre la literatura y disfrutar del intercambio con sus creadores.

Entre otras cosas, le atribuía la decadencia a la proliferación anárquica de los espacios y a la pérdida de cierto rigor profesional derivado de una «masificación» mal manejada. A lo anterior le sumaba una dramaturgia deficiente. Aún sostengo que aquellas manquedades trajeron estas inoperancias, aunque creo visibilizar nuevos patógenos.

Añado, pues, la certeza de que en los últimos tiempos no solo está en crisis la asistencia a las actividades, sino sobre todo el consumo de la literatura, da igual impresa que digital, frente a la competencia de los audiovisuales, el espectáculo y las redes sociales, cuyos códigos de ligereza comunicativa funcionan casi como anestésicos o hipnóticos.

Sumo también consideraciones sobre una disciplina cuyas reglas han cambiado radicalmente: la comunicación. Sus máximas operativas mutaron hace tiempo sin que los encargados de la promoción en vivo del quehacer literario lo asuman con la cuota de creatividad que merece. La velocidad del tiempo, en esta época, es otra; la densidad de los instantes también, dadas las cargas pragmáticas que nos acosan y la dinámica delirante –y destellante– de los mensajes provenientes de otras áreas de disfrute pasivo.

El público potencial, en función de otros apremios (conscientes o subconscientes) en la actualidad no asimila los discursos largos, la carencia de interactividad, la palabra solitaria y solemne durante mucho tiempo. Por otra parte, la simplicidad de los esquemas con que se ejecutan las actividades de encuentro autor-público, repetidos hasta el cansancio, nos acercan más a la liturgia de los oficios sacros que a una reunión concebida para motivar y también, por qué no, entretener y divertir. Esas pocas personas que aún vemos en nuestras actividades son más portadoras de la empecinada fe del creyente que de la tentación del sibarita.

No tiene lógica que en el centro urbano de una ciudad de provincia, cuya área abarca unas pocas manzanas, se realicen en la semana cinco actividades de comunicación oral de la literatura, con formatos repetitivos y tediosos. Estas se acogen, por lo general, a tres modelos estructurales:

  1. Para presentaciones de libros: un disertante que muchas veces deviene conferencista de larga intervención, el autor (también echa su parrafada), el apoyo de algún elemento musical, más la venta y firma del libro.
  2. Para recitales y peñas: un presentador que con bastante frecuencia quiere sazonar la lectura con una entrevista al autor, dirigida a su universo íntimo y cotidiano (el desenfado como única carta de triunfo), y finalmente la lectura de los textos, por lo general con una dramaturgia recitativa y monocorde. La música matiza los intermezzos.
  3. Para conferencias y jornadas teóricas: un presentador o moderador (según se trate de una conferencia o de un panel) y el ponente, o el grupo expositor, a palabra limpia. A veces se apoya la sesión con una venta de títulos relacionados con el tema objeto de análisis.

Lo que he descrito define las pautas con las cuales quizás aún sea posible convocar a un público especializado, al estilo de décadas pasadas; únicamente eso. No obstante, hasta para ese público se va haciendo necesaria una modificación en el empaque, sobre todo incorporando elementos de mayor agilidad en la dinámica interna. Creo que esta fórmula aún podría funcionar para la promoción en los espacios de lujo.

Para el público general (aun en los grandes eventos) y para la cotidianeidad, mi parecer es que se hace necesario construir nuevos formatos, pues se impone razonar la promoción literaria de acuerdo con las normas comunicacionales que operan en la actualidad: el dinamismo, la fragmentación, el cambio de focos de interés con la inserción de elementos ancilares de carácter audiovisual, donde además se bordee (sin caer en el barranco de la ligereza) lo espectacular. Vivimos los tiempos del Twitter y el videoclip, del caos visual, de lo performático, aunque la comparación parezca pedestre. Esas fórmulas, por ajenas que nos parezcan, son las que hoy cautivan al público no especializado que aspiramos a atraer.

Es cierto que el elemento económico enrareció la plataforma promotora, pues la decisión de pagar la oralidad, necesaria y justa medida, puso al alcance de muchos (algunos ni siquiera escritores) la posibilidad de incrementar sus ingresos, de manera que los diseños de las numerosas peñas, talleres y tertulias se han venido configurando de espaldas a la demanda, sin mucho esfuerzo, siguiendo para todo la misma metodología tradicional, simplista, reductora y aburrida. Si la cadena comunicativa no funciona en la esfera de la promoción literaria la culpa no ha sido del receptor sino del emisor. Es este último quien debe revisar su proceder.

Y al llegar a esta última encrucijada nos encontramos con una dicotomía terrible. Si reducimos el número de actividades, ¿afectamos la economía de los escritores involucrados? Si ese fuera el resultado, aun cuando aumentaran los asistentes, habríamos obtenido una victoria pírrica. Nunca podemos perder de vista que, dentro del sector cultural, los escritores clasifican entre los de menos ingresos.
 
Pero se trata de un mal del que podemos curarnos en salud, pues lo cierto es que la legislación que establece el pago de la oralidad prevé un mínimo de 120 pesos por actividad sin demarcar límite máximo; una concepción enfilada hacia lo cuantitativo, a tono también con la euforia masificativa, movió a las instituciones a proyectar muchas actividades con un pago por oralidad siempre cercano al límite inferior.

Voltear de cabeza la ecuación, según creo, sería una estrategia adecuada. Tendríamos entonces menos actividades, más cuidadas y con formatos diversos, mientras una tarifa más generosa por actividad equilibra la balanza.

Esa praxis redundaría en una puja menos ansiosa por los honorarios y una concentración mayor en las esencias culturales. Sería obligado, por tanto, afilar la exigencia en lo tocante al diseño y originalidad de lo que no temo llamar «espectáculos» para la promoción de la literatura. Como resultado final quizás logremos mejores intercambios, más público, iguales ingresos de los escritores involucrados y una ganancia en el rigor de nuestras actividades. Claro, el daño a la credibilidad ya es muy serio y tomaría un buen tiempo la recuperación.

Otra de las variantes que cabe dentro de la lógica que asumo sería la de reducir los encuentros e involucrar en cada una de ellos un número mayor de autores, siempre con mensajes de relativa brevedad. Algunos experimentos recientes llevados a vías de hecho por la Uneac de Villa Clara me confirmaron la efectividad de esa visión, aunque aún resulta prematuro sacar conclusiones.

En lo referido a la interacción con el público destaca el desarrollo del evento «Cronistas crónicos». La lectura de cincuenta y cuatro crónicas (de breve o mediana extensión) en cuatro sesiones, siempre con la sala llena de un público interesado que debía votar por los textos que integrarán la antología del género, ofreció resultados dignos de observación. Las lecturas se beneficiaron con la proyección de fotos de apoyo a la lectura y el andamiaje de simulación de un proceso electoral: boletas, comisión de escrutinio, brazaletes, urna.

En lo tocante a la brevedad de los mensajes, me llamó la atención otra iniciativa: la gira desarrollada este verano, para la presentación de libros recién publicados por escritores de la provincia. Fueron cuatro actividades en los pueblos de Remedios, Caibarién, Mataguá y Manicaragua. Lo más interesante es que en cada sesión disertaron diecisiete oradores sobre otros tantos títulos, en cápsulas crítico-promotoras limitadas a cinco minutos. No puedo decir que la respuesta de público fuera la misma que en el encuentro de cronistas, y en consecuencia aclaro que pudiera relacionarse con la intencionalidad de la promoción, dirigida en el primer caso a destacar la novedad del intercambio, y en la última no. No obstante considero que esa modalidad que eufemísticamente bautizo como «twitter crítico» (aunque nuestros 140 caracteres sean simbólicos) pudiera constituir el embrión de un buen modelo para activar efectivos resortes en la movilización del público y la fluidez de las tertulias.

En numerosos espacios de reflexión a los que frecuentemente asisto he podido ver cómo las especificidades comunicativas aquí esbozadas se manejan como amenazas a la alta cultura. Hasta el día de hoy esas batallas no han salvado ni un palmo de tierra; las pérdidas continúan.

Se impone, considero, descodificar las reglas del juego y tratar de aprovecharlas a favor de la buena causa, porque lo que sí no lograremos cambiar son los cánones que, con la época, enrumban a la receptividad por caminos nunca antes recorridos; en definitiva, a la literatura, si aspira a mantener el cálido contacto en vivo con los lectores, no le queda otra alternativa que marchar al ritmo que impone la vida, aunque el vértigo derivado de la velocidad y la fragmentación incorpore la sensación –espero que transitoria y falaz– de caer al vacío.

(Santa Clara, 21 de agosto de 2017)

Editado por: Nora Lelyen Fernández