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Buenas manos para la obra

Ricardo Riverón Rojas, 06 de septiembre de 2017

Recreos para la burocracia (Ediciones Unión, 2015), de Sigfredo Ariel, aporta razones de valor para que entendamos la fervorosa acogida que su poética recibe de críticos, lectores, instituciones y otros más reticentes –como yo– que esperan siempre, de cada nuevo poemario, renovación, búsqueda, continuidad y, por paradójico que parezca, saltos al vacío sin red.

Con lo antes dicho no ensalzo el desmarque o la ruptura radical, sino las intensificaciones, la audacia, el cambio del ángulo de tiro, las osadías lingüísticas. Tales «atrevimientos», si así podemos llamarles, no dislocan la ruta –nítidamente diseñada– de su rigurosa obra poética, sino que incorporan matices y hasta aportes provenientes de la lexicografía popular a un discurso, en esencia, culto. Y todo sin necesidad de hacerle concesiones a lo populachero que décadas atrás se derivó de una tendencia que se me ocurre denominar «antipoesía criolla».

Uno de los rasgos más sobresalientes de la trayectoria de Sigfredo Ariel lo constituye el sosiego reflexivo que nos comunica con su sistema de versificación, ajeno a la eclosión emocional. A ello se une el total desinterés por las estridencias epatantes –tan de moda en «reinventores» actuales de la poesía– y su fidelidad a una tradición en la que se mueve cómoda y certeramente, con ganancias connotativas para una renovada altura coloquial.

Sigfredo es uno de los pocos integrantes de la promoción poética de los ochenta que pudo emerger al panorama literario nacional en esa misma década, como consecuencia, en lo operativo, de su premio David. Sin embargo otras singularidades de carácter estético son las que le han permitido conformar una obra de temprana madurez. Gracias a ello, si leyéramos todos sus libros en orden, asistiríamos a una trama que, al igual que una novela o un testimonio, da noticias sobre los avatares del ser común en el conflictivo mapa espiritual con que reconfiguramos un país en constante mutación, aun cuando su dinámica cambiaría tenga por meta un proyecto humanista de altos propósitos.

En el eficaz algoritmo que define su trayectoria creo percibir un empeño por situar al poema en una dimensión cercana a la crónica, pero sin concesiones a la estrechez denotativa del periodismo. La síntesis, la pincelada precisa, el trasfondo narrativo, la contención tropológica, el recrear las palabras, como saboreándolas con una pincelada, contribuyen con notable eficacia y sin ánimos sentenciosos, a la construcción de ambientes. Muchas veces son historias galantes, otras subterráneamente conflictivas, pero siempre se capta la apropiación de un pasado casi apto para devenir presente (o futuro potencial) espiritualmente ensanchado por la elíptica gama de posibilidades de realización (o su antípoda) que se instalan, ingrávidas, en el repertorio de las actitudes humanas circundantes. El texto inicial de Recreos para la burocracia: "Amigos fuertes", nos da algunas claves:

He visto que nuestros jóvenes aliados
clavan púas en la lengua y siembran
en el sexo aros de metal inoxidable
a favor de sus parejas
generosamente.

Con el tiempo he advertido
rasgos míos que merecían
tu abominación en la conducta
de algunos animales
que he criado.

Te aviso que ya logro
reprimir al menos en espacios públicos
arranques de hipersensibilidad
descritos en periódicos virtuales
con signo negativo por sujetos
que se hacían pasar por hombres libres.

En tanto buena parte de la población
inflama sus brazos y sus piernas
en el trato constante con hierros y gimnasios
el gran público alimenta su ansia de emociones
con chatarras de self-service
y un consumo desmedido
de concursos de televisión
yo me convierto inesperadamente
en un valor moral:
no sabes cuánto lucho cada día
por demoler en las cabezas
los campos de exterminio.

El aire entrecortado que incorporan los encabalgamientos abruptos y el hacer coincidir cada estrofa con un período sintáctico no afecta la fluidez, ni entra en contradicción con su sistema compositivo, antes elogiado, porque se sortea airosamente gracias al arte menor, y a la vez suma la ganancia de un prosaísmo que, sin dejar de ser poético, nos lleva a la intención reporteril, también ponderada líneas atrás. Tiene este poeta la habilidad de finalizar los versos con expresiones no concluyentes, que halan con fuerza al lector para que complete el período en la línea siguiente sin quedar con la respiración contenida –inteligente celada comunicacional.

Sigfredo Ariel es un poeta que suele guardar distancia con las inútiles polémicas capillistas y afanes experimentales a ultranza en que se ha venido debatiendo una buena parte de la poesía cubana de los días que corren. Su ámbito reflexivo se acoge a un cuerpo de inquietudes mucho más profundo y esencial: digamos la permanencia en los códigos (políticos y culturales) de un proyecto de nación que pretende no pasar al olvido ninguna de las iluminaciones y miserias que conforman su Historia. El hablante de estos poemas se refiere a esa sumergida historia del hombre cubano de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI, dada, como excepcional testimonio de fe, desde la yuxtaposición inteligente de angustias, realizaciones y desasosiegos cotidianos.

Tal como hizo en su actividad al frente de la hoja literaria Brotes, a inicios de los 80 en Santa Clara, su entrada en las polémicas estilísticas o referidas a modas literarias las materializa desde la poesía, no desgastándose en textos de discusión. Un ejemplo perfecto lo tenemos en "Los poetas cubanos de vanguardia", del libro Escrito en Playa Amarilla:

Los poetas cubanos de vanguardia
se burlan de mí a espaldas mías.

Los he visto llenos de temeridad
atomizando historia y tradición, otras nociones
ruinosas / oxidadas disciplinas
palabras y objetos ya inservibles del todo.

Los jóvenes poetas de vanguardia
se tocan con los viejos poetas de vanguardia
bajo las aguas profundas, en el cimiento universal
a espaldas mías.
Cómo hacer para que los ríos de Foucault
bañen en mi beneficio estas hojas de papel
pegadas a una arcaica maquinaria
que antes se llamaba música
y era apreciada en el pasado al punto
de que incluso a veces provocaba
envidia.

Hay en Recreos para la burocracia una amargura que se expresa desde el dolor del abandono (o las pérdidas) de la espiritualidad al amparo de una doble moral cuyo último rasero es económico. El poema "Recursos de suplicación" testimonia, a través de un pasaje intrascendente en apariencia, una magnitud trágica que, por cotidiana, vamos sintiendo incorporadas como normales a nuestro devenir. Lo cito in extenso:

Tarde en la noche marqué el cero
y nadie contestó, varias
veces agité el gancho
necesito papel para escribir
dije a la muchacha de la somnolienta
carpeta del hotel –repita por favor
dijo para ganar tiempo con el loco
que llamaba desde el quinto piso
mientras los extranjeros con florales
pantalones de algodón
bailaban en el lobby mambo
qué rico el mambo
qué rico
es
es
es.

Una somera ojeada a los premios más importantes que se le han adjudicado a la obra del villaclareño me obliga a citar: Algunos pocos conocidos (Premio David 1986); Manos de obra (Premio Nicolás Guillén 2002); Hotel Central (Premio Uneac 1998); Escrito en Playa Amarilla (Premio José Jacinto Milanés 2003) y Born in Santa Clara (Premio Uneac 2006). En 1996 también alcanzó el codiciado Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba. Otros cuadernos importantes en su bibliografía son: Todos los hierros (2017), Ahora mismo un puente (2012), Objeto social (2011), La luz, bróder, la luz (2010), El arte perdido de la conversación (2009), y Los peces & la vida tropical (2000).

Toda la poesía publicada por Sigfredo trasciende, no solo al momento en que ve la luz, sino también a las problemáticas que aborda, porque sabe entenderse con lo esencial (que conduce a la permanencia) y nunca aspiró al escándalo, sino a la captación de un oficio que, amparado en las sutilezas de los sucesos, objetos y peripecias comunes llevan en su núcleo la fuerza existencial que los ilumina, bróder, con esa misma luz.

(Santa Clara, 6 de agosto de 2017)

Editado por: Nora Lelyen Fernández