Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 24 de septiembre de 2017; 8:13 AM | Actualizado: 22 de septiembre de 2017
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 213 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Atento a Rubiel G. Labarta

Virgilio López Lemus, 12 de septiembre de 2017

Un poeta que comienza su obra con este verso: "esta es la última canción que entonaré", puede generar asombro. Presentémoslo: nació en Holguín en 1988, es ingeniero informático, ha obtenido varias menciones y premios literarios, publicó en su ciudad natal su primer conjunto lírico: Los dioses secretos, en 2014. A su edad, no precisa un currículo poético más fuerte, porque habiendo dado el paso más allá de la promesa, está creciendo con voz propia y singular. Además de en Cuba, ha presentado poemas en Argentina, Uruguay, Colombia, Venezuela, México, Canadá, Estados Unidos y España. Cuando escribo estas líneas, no ha desbordado los treinta años.

Elige dos formas decisivas: el verso libre y la prosa lírica. Allí, trae a la mano su poesía confesional, llena de angustia y celo, búsquedas de sí mismo, con inclinación a la poética del dolor, lo que implica un tono de auto afirmación o quizás de reconocimiento. Usa el soliloquio y versos a modo de versículos porque hay un trasfondo bíblico, novotestamentario (constante referencia) en sus reiteraciones, en sus dudas y en su manera de afirmarse.

Desde la cita inicial de Bukowski, podría esperarse que Rubiel se metiera en los campos del «realismo sucio», y lo hace atenuadamente, buscando en el vocabulario palabras «fuertes», que quieren como sustentar una voz masculina, un deseo de visión drástica del mundo y de ejercer la vida con cierto grado de violencia. Esta última se asegura espacio en el léxico, pero no es lo que predomina en el sentido lírico con que el poeta se enfrenta a la circunstancia.

Y ese vocabulario lleva al libro a cierto grado de escatología: veinte veces la palabra rata, seis o siente trampas, cinco o seis putas. «La taberna de Joyce» aumenta la sordidez, en el fondo el desamparo, que aumenta con evidencias de lecturas de Bolaños, que traen como consecuencia:


Entonces, comenzaban los torbellinos de la niebla
a girar sobre mí,
las nubes de la niebla
materializada, la densa niebla
que tan solo existía en mi presencia.


El uso de la asonancia suele aparecer en el libro de manera estilística, no como incorrección del lenguaje (asonantar versos «libres»), pues ella a veces ofrece pie a la interna musicalidad en la fluidez de los textos.

El poeta busca cierto amparo en el orbe familiar, quizás por eso la profusión de la palabra madre (más de cuarenta menciones), padre (más de veinte veces), o hijo, hermano, abuela, y otras alusiones menores en mujer o esposa, con la presencia de otra veintena de veces de Dios y hasta del fundador del cristianismo. La poesía parece ser un muro, valladar contra la intemperie; el poeta se refugia en el silencio (cuántas veces esta palabra) y allí queda más que justificado el lenguaje por momentos violento, escatológico, que quiere reafirmar una apropiación genérica del mundo, no sucumbir a la mal tomada femineidad de los términos desamparo o refugio o cierta debilidad ante el dolor.

Rubiel teje así un enmascaramiento, no un escondite. La angustia vivencial no se torna protesta por las circunstancias vitales, sino un modo de aceptación que espera, como en el verso de Ángel González que usa como exergo: «Otro tiempo vendrá distinto a este», en la clara inexorabilidad del cruce del tiempo. Puede ser, pues, una rebelión juvenil contra el tiempo transfugaticio, en el que el joven ve al mundo desde una atalaya dolorosa. «Visión del Círculo», uno de los poemas más sólidos del libro, trae un lenguaje a veces rimbaldiano, en que el joven poeta, como Rimbaud, mira en torno como si estuviese durante una temporada en el infierno:


9. Madre, Cristo tuvo mi edad. Tú lo recuerdas, madre, con las sandalias rotas, desandando las calles polvorientasde una ciudad anónima para vender un trozo de madera tallada, y esa noche tener algo que poner sobre la accidentada mesa familiar. Tú lo recuerdas, madre, sudado y andrajoso, trabajando en el patio bajo el sol de septiembre. Ignorante de todo, cantando como un niño las nimias cancioncillas. ¿Tú lo recuerdas, madre?10. Yo no pedí ser avisado. No pedí los consejos que pesan en mis piernas. No quise que dijeran:«Homo homini lupus», «Quod scripsi, scripsi»,«Alea jacta est», y una sarta de barbaridades insoportables para el hombre que soy. Yo no pedí ser avisado. Nadie pensó en mí. Nadie pensó en mis noches suplicando la ausencia de sus voces didácticas. Yo, criatura trivial, que nunca pidió ser avisada por los ojos que guardan la Estructura del Círculo. 11. Me sobrevino una visión maravillosa, en la que, entre mis brazos, parecía haber una persona dormida. Yo pude ser esa persona. Tú, madre, pudiste ser esa persona dormida entre mis brazos. Pero no lo éramos, porque en su sueño, la persona soñaba con dormir en mis brazos, y ni tú ni yo, madre, seríamos capaces de soñar esas cosas.


Rubiel hace citas dentro de sus poemas, aplica con cierta medida la intertextualidad y son más las referencias lectivas, de sus lecturas, que la directa referencia a otras obras. En su poesía hay dones narrativos, y sin admitir como suyo un decisivo tono conversacional, abre sus versos al epos que implica narrar, dar testimonio. Si bien predomina lo confesional, como buena obra lírica, el poeta admite el uso narrativo de sus verbos. Cuenta a veces, aunque por mayoría, sus textos cantan. Véase el «cuento»: «Es 1981 y Marcel Deruard insiste en perseguir una historia de pájaros destripados por los desconocidos barrios del D.F. Recorre las ruinosas ciudades del norte, camina sobre los pasos de las aves vagabundas, aves sin rostro que se han resignado a hacer silencio, a tragarse las resentidas oraciones de la misericordia». Véase el «canto»: «Hablamos en voz baja. / Contamos los minutos y cruzamos los dedos. / No hay otra ceremonia / que encender y apagar hasta el hartazgo / el foco de la única linterna que queda en esta casa». Pero también hay poesía que piensa, carga filosófica, no de filosofía, sino pensamiento pasado por el registro lírico, como en su poema «Tentativa de ensayo contra el minimalismo retórico».

Esa conjunción es Los hijos de Caín, donde el poeta tiene suficiente impulso para alargar sus textos, calidad meridiana para sostenerlos «en poesía» y cualidades poéticas de acierto. Rubiel G. Labarta ha comenzado una trayectoria prometedora que traerá aportes singulares a la poesía de Cuba.
 

Virgilio López Lemus, 2017-08-21
Virgilio López Lemus, 2017-08-09
Virgilio López Lemus, 2017-07-24
Virgilio López Lemus, 2017-07-10
Virgilio López Lemus, 2017-06-20
Virgilio López Lemus, 2017-06-05