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Regreso a Utopía: seis puntos claves de eficacia

Jorge Ángel Hernández, 20 de septiembre de 2017

Daniel Díaz Mantilla

Hoy día es extremadamente poco común pensar que alguna editorial se haga cargo de una novela filosófica, permeada de existencialismo concreto. Menos, si la sucesión de acciones siguen a un personaje que regresa a su lugar de origen quince años después de haber emigrado solo con la idea de ordenar ese mar de pensamiento. Menos, incluso, si todos y cada uno de los personajes que se incorporan a la trama lo hacen con una profusa dosis de filosofía que aportar. Sin embargo, Regreso a Utopía, de Daniel Díaz Mantilla, ha conseguido una segunda edición, por Unión (2017), luego de que Letras Cubanas en el 2007 publicara su primera versión.

Pienso que en ello influyen muchos de los valores propios de la obra, a pesar del constante filosofar que la va poniendo en riesgo.

Quiero enumerar esos puntos, señalando apenas las características que mayor peso adquieren en la narración y, sobre todo, en la apuesta del autor por el estilo.

Primero: el tono fluido de la prosa, que es bella en sí y que bebe de la poesía para lograr esa especie de autonomía sobre la propia trama (aunque no así los poemas que cita, que están como pegados a la diégesis). Hay numerosas situaciones en Regreso a Utopía que son descripciones focalizadas en movimientos del protagonista que ganan su valor de la escritura misma más que del acto que describen. Es otro riesgo, de los muchos de este libro, que el autor salda con naturalidad, como si no hubiera otro modo de narrar que ese que asume.

La exuberancia del paisaje, el contraste constante entre la imagen de la sierra en que se adentra –como buscando refugio de la vida– y la ciudad que atrás deja, siempre rectora de cada acto racional de vida, actúan menos como dicotomía de existencias ciudad/campo que como escenario propicio para la reflexión profunda, para el filosofar desmedido. Todo en un despliegue de prosa que se sostiene desde su propia consistencia, y va a adquirir un peso específico en la descripción de acciones y a suplantar esas acciones simples de una persona que avanza entre el paisaje intrincado. Mientras se detiene a descansar y contempla, pasado y futuro se contraen y se expanden.

De haberlo resuelto en unas pocas oraciones, como aconsejarían las normas editoriales que hoy día rigen la industria del libro, se habría resentido el valor de la novela. Es, por el contrario, el primer punto de eficacia por el que Díaz Mantilla apuesta con fortuna.

Segundo: la proyección insinuada del avance, la necesidad (generada por esa misma descripción) de descubrir el próximo escaño al que el protagonista arribará.

La demora en el avance de la trayectoria que emprende el protagonista, y la recreación en los parajes junto a la profusa evocación de recuerdos, discusiones y sucesos de antaño, proyectan la necesidad de la espera, de la salida del misterio que poco a poco plantea la descripción. Al describir, y razonar sin cansarse, el autor establece la necesidad de preguntarse hacia dónde se dirige y por qué lo está haciendo, como si sospechara que lo que él mismo declara no es toda la verdad ni, mucho menos, toda la información necesaria para entender la narración. Al arrastrarlo todo a un tiempo, intercambiando datos de pasado y futuro, consigue proyectar el misterio y, con él, el interés en la lectura.

Tercero: el importante acierto de no implicarse en relacionar los escenarios que describe en la novela con contextos actuales, inmediatos, aunque bastante de actualidad pueda ficharse en ellos.

Da la impresión, incluso, que el interés del autor se centra más en parodiar el texto referente que en proyectar las circunstancias de la realidad inmediata. Es una trampa hábilmente lograda. Y he escrito “trampa”, porque en la buena literatura hallamos casi siempre muchas trampas que autores y autoras consiguen dispersar para atrapar en sus redes a lectores y lectoras. Este falso desdén por lo inmediato es justo un acto de precisión en Regreso a Utopía que trampea con el lector y lo seduce.

Cuarto: fidelidad a la necesidad de comprender el mundo, con sus hechos normales, insólitos o inesperados.

Filosofar es casi un vicio para los personajes de esta obra. Ninguna acción, por nimia que parezca, carece de sentido ni queda fuera de un buen intento reflexivo. Así se implica el pasado en el porqué del presente, en el sentido del regreso, que es la esencia de la trama a narrar, el motivo lógico que se propone como discurrir diegésico. Al avivar el recuerdo, se avivan las esencias de las cosas y se construye el misterio acerca de qué condujo a cada acción. Se complementa entonces este punto con el segundo, aunque al avanzar en las páginas, el dato acumulado pesará cada vez más sobre el motivo de la historia.

Quinto: el juego intertextual con Utopía, de Moro. Es cierto que desconocer la obra de Tomás Moro no limita la lectura de la novela de Díaz Mantilla, pero también es posible que, cuanto más se conozca esta obra, y sus implicaciones para la historia posterior de la filosofía, más se ha de cerrar el sentido de ese constante filosofar que la novela muestra. En todo caso, quien prescinde del texto referente es el lector, no el autor, para quién subyacen claramente tópicos importantes de polémica y, sobre todo, de duda y de sospecha acerca del futuro de los seres humanos.

Sexto: introducción en la trama, en su segmento último, de eventos propios de la novela de acción que se conectan con el origen de la emigración del personaje y el sentido que busca a su regreso. Así, y aunque privilegia el filosofar insaciable de los personajes, la trama descarga el desenlace sobre la acción y sus consecuencias en la vida. Este es un mérito oportuno, necesario, que acaso ayuda a que las editoriales se arriesguen a colocar en su catálogo el libro. Es el segmento final, como decía, pero justo por eso precipita los hechos, cambia el ritmo en la cadena de acciones y activa las dudas acerca de todo el entramado reflexivo anterior.

La duda es un elemento básico para casi todas las escuelas filosóficas, sobre todo aquellas que han heredado al menos algo de dialéctica. La duda es la base que dará al traste con el reordenamiento filosófico más importante de la historia: el marxismo. Y aunque no es esta una novela a la que importan demasiado los postulados de las diversas tendencias, sino ese filosofar natural del ser humano que vive preguntándose a sí mismo por qué vive de ese modo, hay un trasfondo de cuestionamiento dialéctico que deja ver sus intersticios en no pocas frases a lo largo de la narración. Llamada o no, esa dialéctica alienta el desenlace y, fiel a las normas del giro literario antes que a las de la filosofía como ciencia, se abren las posibilidades de ese mundo que queda en el trasfondo y que el personaje abandona, de una vez y por todas, no sin ciertos toques de muy actual pragmatismo.

Esta es otra trampa del autor, la última en orden, que bien merece una tranquila reflexión.

Foto: Tomada de Poetas Siglo XXI
Editado por: Nora Lelyen Fernández