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Jesús Lara: el viaje de los días (II)

Alberto Garrandés, 15 de octubre de 2017

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Lebensraum: la gracia de los microrrelatos encadenados por la mera contrastación de sus espacios y sus personajes, la altivez húmeda (llena de una suave ambición carnal, quiero decir) de ciertas mujeres de Modigliani, la orfandad de algunos personajes de Beckett, las explicaciones halladas en Strindberg, la incongruencia aleccionadora de Rimbaud cuando se fuga de la poesía, los vuelos de Chagall, y el acto de creer tan sólo en Dios y en José Martí. A esto se suma el fetiche de un blúmer que se descorre y se guarda, la exploración (alimentarse) del sexo de una mujer, el misterio lascivo de los caracoles, la metáfora de lo solar y lo sangrante en el sexo, o lo que Lara llama “emergencias del alma”, y los faroles y la administración de la justicia humana, o las preguntas sobre el sitio y el destino del yo, las preguntas sobre lo que significa ser negro, y las preguntas acerca de la continuidad del amor, cuando el amor deja de ser un conjunto de instantes felices del cuerpo y el espíritu. Lebensraum puede describirse así. Un movimiento centrípeto.

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En nuestra época hay enormes y alarmantes concentraciones de poder que no se hacen responsables ante los sujetos, y entonces vienen los poetas y asumen, de diversos modos, esa responsabilidad. La responsabilidad de expandir la vida y transformarla. Jesús Lara introduce un elemento de complicidad con el ensanchamiento y lo efusivo, como si anhelara ratificar, o ratificarse, dentro de una suerte de auto-representación. Lebensraum nos habla, confluyentemente, de un absoluto diario: la eventual certidumbre de ser y existir en fragmentos. Quizás no debería aludir a la fragmentación, pues resulta obvio (convenciones aparte) que la poesía y la vida replican la descomposición de lo real justo en lo discontinuo. Me refiero más bien a un rasgo de poética en Lebensraum y el resto de los libros de Lara: la preferencia por el valor simbólico de lo intermitente y lo entrecortado, sin que el instante pierda su intensidad.

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Jesús Lara quiere un espacio para vivir lejos de las ruinas. De ahí que emplace su yo en diversas emulsiones. Emulsiones de vivencias culturales (entre el memorial y lo aforístico) donde caben, por ejemplo, la pintura de Basquiat, alguna película de Carlos Saura, los circos, la música de Keith Jarret, las ninfeas de Monet (junto a las cuales uno podría sumergirse), los cuadros de Georges Braque y Frida Khalo, el contorno de los elefantes en el mar, los libros de Hemingway, la extrañeza del color en Paul Klee, y una severa declaración como esta: Soy un pintor negro que ha aprendido a combinar colores en plena calle, en una esquina de Cayo Hueso. O esta otra, donde Lebensraum acaso podría concentrarse: Mis ancestros creían en cosas humildes y veneraban el trueno y la semilla. No es un sentimiento de víctima el que me ha traído hasta aquí, sino la historia. La extraña historia de un hombre que antes fue un árbol.

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Lebensraum es como un cuaderno de anotaciones, un libro de cuentas donde hay un debe y un haber, una columna de cosas que entran y otra de cosas que salen, más columnas donde esas cosas (sentimientos, pesadillas, frases resonantes, recuerdos, noticias, meros apuntes donde el lenguaje se rebela) no sólo se depositan y establecen, sino que consiguen merecer el fluir de las apostillas, las glosas, el gotear indetenible de la anotación rápida que negocia su accesibilidad, su limpidez, cuando la metáfora florece. Lebensraum reverencia el detalle y se sostiene en ellos: el cuerpo transgredido, la limpidez del espacio, la humillación, las malquerencias, la libertad, la envidia, la protección del yo, la salvación por medio del arte (y del arte mismo), las trampas del perdón, la importancia (mayor o menor) del sexo, el regreso a lo más difícil y luminoso de la niñez, la flaqueza del cuerpo, el miedo al fracaso o la indiferencia, la irrealidad de las máscaras. Sin embargo, la virtud de estas páginas de Lara se halla en la fuerza de los goznes del políptico. Lara vive, como poeta, en esas bisagras, en esos guiones que conectan una y otra vez la totalidad de los detalles (y los gestos y los actos diminutos) con la totalidad del mundo al que ellos retornan.    

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Quisiera decir, por último, que este libro formula una ansiedad, un desasosiego vital. En definitiva no trae verdades, sino percepciones. En ese sentido, su ansiedad es ética. Al final, si sientes que te has absuelto de modo honorable y hasta con cierto grado de radicalidad, de pronto allí aparece algo que no se articula bien con la eticidad. Ese es uno de los ejes importantes (si no el más importante) que atraviesa los textos de Jesús Lara: no saber cómo dar por zanjado el laborioso asunto del sujeto con su crecimiento frente a los demás. No saberlo porque en los demás están el yo, su materia reintegrable, y el sentido de nacer y de vivir dentro del lenguaje. Arriesgadamente en la aventura, con el alma por fuera.