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Atento a Martha Acosta Álvarez

Virgilio López Lemus, 02 de octubre de 2017

"Palomitas Company", de Martha Acosta Álvarez (1991), es un poemario de tractus narrativo, encadenamiento de sucesos y sentimientos de un texto en otro, abierto tono conversacional con dejos bukowskianos, ámbito de hogar con fatalismo inmerso, inmenso incluso. Ella es Ingeniera en Ciencias Informáticas y se ha destacado como narradora, con varios premios de ese género, en los que tiene algunos libros publicados, entre ellos Pájaros azules (Editorial Letras Cubanas, 2016). "Palomitas Company" es su primer poemario, inédito al publicarse esta nota.

En este libro, madre y padre son tratados de modo asfixiante, la muerte ronda entre ellos, uno desaparece, otra se muere gradualmente. Muerte y vida están entrelazados, la poeta siente honduras de emotividades frente a ellos. El padre se hace una sopa en el interior de la fábrica, se esfuma; la madre tiene el cabello corto con olor a cebolla. Un ritornelo marca la relación madre-hija: "Ay, mija, me estoy muriendo". Todos nos estamos muriendo, pero la madre parece quejarse por su muerte sucesiva, y obsesiva, aturde, desespera.

La palabra desesperación salta en el poemario desde un hogar disfuncional, padre borracho, madre sufriente, roídos ambos por la monotonía de: «Todos los domingos lo mismo». Desesperados, él refugiado en el alcohol, ella en la zozobra, trasmiten a la hija el ambiente enrarecido de sus relaciones. De la fábrica no se sale, sino que se es vomitado. Al hogar se entra con incertidumbre. Martha Acosta hace surgir una poesía existencial, al parecer más del camino de Camus que de Sartre, pero también existencial en el sentido de inclinarse a la «poesía del ser». El ser ante el sinsentido, ante la circunstancia viciada. El asunto rebasa a la familia, asalta al poblado, al pequeño pueblo donde hay poco que hacer:

En la mesa de los domingos la gente siempre es la misma,
diferentes caras,
diferentes nombres,
pero la misma gente.
No importa que alguien se vaya del pueblo en la madrugada,
o que alguien sea devorado por la fábrica.
Siempre es la misma gente.
Uno se va y otro le sustituye en la mesa del domingo.
El alcohol corre garganta abajo
no importa el nombre, ni el rostro.

La historia de vida teje una malla fuerte sobre la madre, el padre «borracho asqueroso», la hija, las gentes del pueblo, de modo que el libro surte efecto de testimonio más que de drama sentimental, aunque lo es. El dramatismo no le permite hacer una poesía demasiado tropológica, sino con cierto interés realista, que se acentúa por el tono conversacional, los versos libres, picados, sin importarle mucho que haya asonancias, porque no importa la perfección formal en un lenguaje que quiere advertir la realidad bajo cierto cinismo, o quizás sea mejor decir insolencia.

Aguas negras, fango, mierda (más de diez veces nombrada), escombros, es la suciedad que pulula en torno a las gentes que se asfixian, mueren simbólicamente en medio de la comida chatarra, los truenos, el deseo de vomitar y el alcoholismo. Quizás fuera bueno ahorrar algunas frases redundantes: fango del suelo, frases así que enturbian un poco más el ambiente expositivo, que a veces mejoraría con codas en los finales de versos: «Lleva mucho tiempo en eso», donde el «en eso» sobrante ofrece, sin embargo, una intención despectiva más que sutil.

Por momentos, el sujeto lírico (la «hija de mierda») toma la conmiseración en sus palabras y se siente necesaria:

¿Y si muero antes, qué será de ella?
Quizás muera más rápido.
O quizás no.
Mamá parece eterna.
Tal vez lo sea.
Pobre mamá.
Tendrá que vivir sobre la cama eternamente,
sin nadie que la lleve al baño.

Y es también una piedad escatológica: de desaparecer, como el padre, ¿quién conduciría a la gorda madre al baño? Una vejez contagiosa pende sobre el hogar, donde el padre frustrado golpea a la madre-víctima. Martha logra un cuadro patético de la infelicidad disfuncional hogareña. También la poesía se mete en esos cotos de dolor filial. Allí, el ser exclama desesperado: ¿cuánto tendremos que sufrir antes de morirnos? La vida así es una noria, una noria desesperada en la que el padre golpea para demostrar amor, y como naturalmente no lo logra, se va con una puta a languidecer en su frustración, mientras el sujeto lírico muestra el lado verdadero de la ternura: «Beso los cabellos de mamá, beso sus cabellos de sopa de cebollas».

Envuelto en tal dramatismo, hemos descubierto la palabra clave del libro, la que no aparece nunca: ternura. El ojo lírico puede que exagere o que sea de un realismo descarnado y exacto, pero lo que importa es la mirada extendida sobre la angustia vivencial, y antes de ofrecerle la voz de cierre a la misma madre, exclama:

Me levanto, voy hasta el baño,
mojo mi cara ante el espejo,
lloro ante el espejo.
Tú también vas a morir pronto, hija de mierda.
Veo asomarse a mi madre desde el espejo,
a mi abuela, a todas las mujeres de mi raza,
las veo asomarse desde mi rostro.
Soy la madre de mi madre,
la hija de mi abuela,
la madre de mi hija.

Una tristeza feroz lo inunda todo, del ámbito familiar escapa el dolor y contamina al pueblo; el poemario cierra abriéndose, como en Cien años de soledad: «Ha comenzado a llover, el pueblo se derrite de a poco, el fango crece y se desborda, las aguas negras inundan las calles, las casas se derrumban»: son versos, pero suenan como prosa, ante la prosaica realidad. La poeta ha hallado el lado oscuro, no hermético, de las cosas. Un halo de ternura estremece al libro que, al cerrarlo, nos deja vibrando.

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