Apariencias |
  en  
Hoy es martes, 17 de octubre de 2017; 9:27 AM | Actualizado: 16 de octubre de 2017
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 193 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

La ironía desde Ítalo Calvino

Jorge Ángel Hernández, 09 de octubre de 2017

En los numerosos intentos de clasificación de lo literario que asumiera en su obra Ítalo Calvino, la ironía se constituye en un elemento omnipresente. A través de ella se atempera la extrema seriedad del arte y la literatura y se compensan los esquemas cargados del comportamiento humano. Partiendo del concepto legado por la retórica clásica, Calvino somete la ironía a un trabajo intenso, moldeable y maleable. Con frecuencia la usa como un referente que todos reconocen, aunque también suele detenerse a anotar especificidades que la dotan. Hallamos incluso variables contradictorias entre sí.

Rara vez, sin embargo, coloca a la ironía en un plano bajo o medio de valor. Con ella equilibra y desequilibra, enmascara y desenmascara, precisa y descompone, codifica y somete a ambigüedad. Tan grande es su poder, según vemos en los constantes llamados que hace el novelista, tan dado a las conceptualizaciones interpretativas, que puede anularse a sí misma, ya sea porque se pasa en subversión y peligra convertirse en el propio extremo que había comenzado por negar, ya porque se va vaciando de significado y puede dejar de subvertir.

Desde esa poderosa ironía, Calvino dirige su mirada a la sátira, al humor, a la parodia y, sobre todo, a las esencias de lo literario.1

La sátira, por ejemplo, comprende para él un doble accionar de la moralidad y la burla. “El que ejerce de moralista cree ser mejor que los demás y el que se burla se considera más astuto o, mejor dicho, cree que las cosas son más sencillas de como las ven los demás”, asegura, deseando a la vez que le fueran ajenos ambos elementos.2 Si bien la sátira excluye cualquier actitud de análisis o interrogación, continúa, no excluye, sin embargo, la dosis de ambivalencia en la que la repulsión y la atracción se mezclan. La ambivalencia, añade, dota de más rico aspecto sicológico a la sátira, pero reduce la ductilidad del conocimiento poético. Y así va a perder su batalla frente a la ironía: la repulsión inherente a lo satírico reduce las posibilidades de conocimiento del mundo circundante. Conocimiento y poesía quedan negados.

Al asumir al menos un rasgo de la tradición occidental de discriminación de lo cómico, enfocada en la sátira burlesca, Calvino se convierte en un elemento de la paradoja que plantea en sus objetivos de reivindicación humana y, sobre todo, literaria. Literatura y existencia no están desligadas en su obra ni, tampoco, en sus propias concepciones: se relacionan y se complementan. De modo que deberá resolver de inmediato este problema.

A propósito de la dicotomía que ha planteado entre lo irónico y la sátira, asegura que su búsqueda como creador se enfoca en salir de la univocidad de los juicios, en plantear las cosas de modo que, a la vez que se transmite un sentido, se deja ver que “el mundo es mucho más complicado, vasto y contradictorio”.3 Así se distanciaría de lo particular y buscaría lo que llama “un sentido de la amplitud del todo”. Desde su propio concepto de la creación literaria, tomará partido en contra de la sátira: “aprecio y valoro el espíritu satírico cuando sale a la luz sin una intención determinada, al margen de una interpretación más vasta y desinteresada”,  es decir, cuando la sátira se recompone a sí misma a través de la ironía.

Por tanto, más no faltaba, la primera virtud de todo humorista radica en incluirse a sí mismo en la ironía.

En un homenaje a Groucho Marx, Calvino apunta que sus personajes representan figuras de poder, de las que saca siempre su lado innoble. “Groucho desnuda el mito del éxito de toda posible sublimación, demostrando todo lo que de miserable y bellaco lleva consigo la afirmación social”.4 Por tanto, la genialidad de Groucho se centra en la capacidad de ser irónico y, curiosamente, no en su descarnada sátira, que el novelista italiano prefiere disolver en su también omnipresente ironía. Se trata, desde luego, de ensayos escritos en tiempos diferentes, tal vez desconectados entre sí gracias a los diez años de distancia entre ambos, por lo que no entiende necesario deslindar al genial Groucho irónico del peligroso e implacable satírico.5

Al acercarse al conocido ensayo de Northrop Frye, Anatomía de la crítica, Calvino precisa también la función de la ironía cómica: es la de definir al enemigo de la sociedad como un espíritu propio e interno de ella.6 De este modo podrá pasearse por todos y cada uno de los eventos de la sociedad sin demasiado peligro de ser negada o expulsada y sí con virtudes de transformación. Transformar la sociedad fue una de sus más constantes preocupaciones. En no pocos de sus ensayos, sobre todo en aquellos que resultaban de sus notables conferencias, abundó en la necesidad de entender los mecanismos de control y estancamiento social, para poder dinamitarlos, no precisamente con bombas, sino con la capacidad de la ironía. De ahí que adjudique a la ironía, a propósito de los estudios de Frye, esa capacidad determinante, y hasta un tanto exorcista, de ubicar y definir el enemigo.

Ironía y paradoja son además, para Calvino, elementos capaces de deformar el realismo de la historia, necesarios para adjudicarles un movimiento que las despoje de la carga melancólica que, según él, asume el modo trascendental de mirar el mundo desde lo literario.7 Su proyección de lo fantástico, en su obra narrativa, responde justo a esa ruptura paradójica e irónica: un caballero que no existe y se realiza solo a través de su armadura, un hombre al que le han arrancado una de sus mitades y otro que decide permanecer el resto de su vida sobre las ramas de los árboles, como una especie X de persona que asume lo salvaje para escapar de la opresiva tradición humana.8

A lo largo del tiempo y los diversos esbozos de definición, la ironía funcionó como un elemento que podía destruir la seriedad del trasfondo aunque, cuando se dosificaba, no llegaba jamás a conseguirlo. Era su comodín por excelencia, el elemento al que acudía para solucionar las deliciosas contradicciones de su obra que tanto desconcertaron a críticos y estudiosos y que, no obstante, logran seguir seduciendo a numerosos lectores y hasta renovar el ámbito generacional de recepción. La paradoja de lo imposible es, por ironía, lo posible de la aceptación de la circunstancia que plantea.

El mundo fantástico de la obra de Ítalo Calvino no es el de la tradición generada por la ciencia ficción, ni siquiera en sus más altos exponentes, sino el del mundo invertido y deformado en circunstancias irónicas. Estas van a aferrarse a una lógica de plano insobornable, fiel a su principio ilógico; tanto, que terminan por difuminar su origen imposible y se transforman en suceso posible, libre de la ruptura radical que la ficción fantástica propone.

Incluso la excentricidad de la palabra, de acuerdo con la norma carnavalesca bajtiniana, será convertida por su mirada en la base de lo literario.9 Las ideas concretas y sensibles que el carnaval reproduce, de acuerdo con la teoría de Bajtín, son para él la esencia de la literatura, o sea: vivir e interpretar los rituales carnavalescos –de burla, de farsa– como la vida misma.

Se invierte el mundo en el ciclo de Cuaresma para proyectar el deseo en ese mismo rito, aunque la norma destrone de inmediato al coronado rey de la plebe, al rey que viene de la burla. Si el mundo al revés de Bajtín, y de Kristeva, que reproduce el Carnaval, libera ese deseo de las masas de revertir las figuras del poder, el mundo al revés, o subvertido, el de Calvino preanuncia, como un designio de divinidades un tanto informales y asistémicas, el atractivo de la literatura. Es irónico en sí, desde su propia mirada y hasta el último punto de la definición. La teoría de Bajtín, que busca conclusiones afines a las del escritor italiano, se basa en referentes mucho más dramáticos que los que pueden verse en la práctica inmediata: Goethe traducido y retraducido frente a las frases comunes del italiano común. No obstante, y de una sola brazada, Calvino lleva a Bajtín, a Kristeva, y al Carnaval en sí, a su objetivo literario, con la ironía como eje redentor de las contradicciones.

Así, y desde su perspectiva, la ironía va a quedar como esa dama que el caballero medieval coloca –ideal– en su ideal. De ahí su carácter de pleno comodín, su esplendor y su belleza, su inteligente malicia y su inagotable poder de seducción.

 

Notas

1 Italo Calvino: Punto y aparte. Ensayos sobre literatura y sociedad, Siruela, 2013. Traducción: Gabriela Sánchez Ferlosio. ISBN: 978-84-9841-829-3, 385 pp. En lo adelante consignaremos solo el título del ensayo de donde procede la cita o referencia ya que todas se toman de esta misma obra.
2 “Definiciones de territorios: lo cómico”.
3 Ídem.
4 “El cigarro puro de Groucho”.
5 “Definiciones de territorios: lo cómico”, 1967; “El cigarro puro de Groucho”, 1977.
6 “La literatura como proyección del deseo".
7 “Tres corrientes de la literatura italiana de hoy”.
8 Véanse sus novelas El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959). La industria española del libro tradujo y publicó estas obras en 1960 y 1961 con tal éxito que se han seguido reeditando a través del tiempo.
9 “El mundo al revés”.

 

Foto tomada del blog Red Mundial Bibliotecas de Córdoba