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El mismo tonto con mejor chaqueta

Ricardo Riverón Rojas, 13 de octubre de 2017

-I-

A inicios de la década de los 80 la comunidad poética villaclareña polarizó sus modos de asumir, entender y socializar, tanto el hecho creativo como el activismo literario. De una parte, la promoción de los 60-70, marginada del canon –por provincial y provinciana– pugnaba inútilmente en busca de visibilidad. Jugaban con las reglas impuestas por interpretaciones reduccionistas que le asignaban a la poesía una función de servicio político. Los más jóvenes, en otro vértice, despuntaban a contracorriente: insistían en desentenderse de aquellas coyundas.

Las puertas de las instituciones de lujo raras veces –y con ojeriza– se abrían para los residentes fuera de la capital. Solo ganando un premio de primera línea se podía soñar con la publicación de un libro. Estábamos en la prehistoria de lo que sería un sorprendente movimiento poético y, posteriormente, editorial, cuyas mejores cristalizaciones se concretarían a partir del segundo lustro de los ochenta.

A nuestro entorno de tierra adentro lo caracterizaba la insuficiencia operativa y estratégica de las instituciones. Teníamos –es cierto– taller literario, biblioteca, librerías, concursos municipales y algunos boletines publicados en mimeógrafo, de dudoso rigor profesional. Faltaba casi una década para que se fundara la editorial Capiro y, posteriormente, Sed de Belleza. Las ferias provinciales del libro iniciaron su accionar en 1981, pero casi nunca las protagonizaban títulos de los autores del territorio. El debate de ideas estratégicas era considerado una herejía.

Apenas dos años atrás, en octubre de 1979, se había fundado el Comité Provincial de la Uneac, cuya sección de Literatura admitió a los once escritores con libros publicados.1 La mayor parte de los autores emergentes hacíamos vida en la que entonces se denominaba Brigada Hermanos Saíz, muy subordinada a la Unión de Jóvenes Comunistas.

En medio de aquel panorama irrumpe en el taller literario el grupo de jóvenes al que antes me referí. Su discurso público se acogía a una irreverencia iconoclasta que, entre otras cosas, reclamaba para la poesía, primero que todo, un compromiso con la tradición –nacional, latinoamericana, universal– y su esencia humanista.

Sus herramientas fueron: una delirante y enfática oralidad, la beligerante presencia en cuanto foro se convocara y –sobre todo– la hoja literaria Brotes. La mayoría rondaba los veinte años, y en medio de discusiones bizantinas y malos entendidos, les movieron el piso a los rígidos preceptos que atenazaban a la creación literaria. La confrontación, creo que de manera atípica, se dio más en el plano estilístico que en el político, aunque no faltaron desafueros y excesos.

-II-

Uno de los inquietos debutantes era Jorge Luis Mederos, quien desde su primer día en el taller (1983; yo estaba allí) asumió el seudónimo de Veleta. Llegó leyéndonos romances, muy bien escritos, además de unos raros poemas anecdóticos que para nada anunciaban al poeta que luego nos sorprendería con un atado que tituló Romanza del malo, gracias al cual ganó, en 1987, uno de los tres premios "Abel Santamaría" que por entonces convocaba la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas.2

Dos años después otro cuaderno suyo, Poemas de la remota desconfianza, obtuvo mención en el codiciado premio El Caimán Barbudo. La mayor parte de los textos contenidos en esos opúsculos fueron incorporados al más ambicioso proyecto de El tonto de la chaqueta negra, finalmente publicado por Ediciones Capiro en 1993 y más felizmente en proceso de reedición ahora.

Tuve la buena suerte de ser editor del cuaderno, junto a Frank Abel Dopico, quien concibió la funcional estructura que unió en un cuerpo coherente toda aquella poesía algo dispersa y destilada, con dispares motivos, en diez años de trabajo. Con la genialidad que lo caracterizó, Dopico tuvo el buen tino de hallar lo que sería el hilo conductor del conjunto: los avatares de un sujeto poemático –el propio poeta– socialmente descolocado, que bordeaba lo marginal, mas nunca agresivo sino alusivo y parabólico, arropado por una imaginería tropológica donde la entonces sacralizada realidad constantemente era convocada a la asimetría inmersa en un surrealismo cuyo último sustrato se asumía impugnador desde lo ontológico. El título también lo sugirió Frank Abel. Mi labor, aparte de algún pequeño ajuste estilístico, fue más cercana a la del corrector que a la del editor.

Uno de los desaguisados que lamento, en mi papel de editor, fue haber convencido al poeta de retirar del conjunto el texto "Paulo majora canamus", atendiendo a factores extraliterarios que lo vinculaban con traumáticos acontecimientos políticos relativamente recientes en aquellos días. Por suerte el poeta conservó el texto y lo incluyó en su posterior Libro de otros, de 2008. En el conjunto para el cual fue concebido encajaba perfectamente, pero así de veleidosa es la vida literaria cuando se le juzga con códigos ajenos a su naturaleza.

El protagonista de El tonto de la chaqueta negra es un sujeto en perpetua desventaja, mas no por ello quejoso; hay una especie de sarcasmo que lo salva de la lástima; un humor que, cercano al cinismo, sitúa su posición crítica en el latir de las preocupaciones de la comunidad inteligente de aquellos días. El sujeto lírico nunca se autocompadece, sino que enumera plenitudes en su marginalidad iluminada y expone, con serena humildad, su inventario de deslumbramientos, decepciones, angustias, experiencias lúdicas. Marca con tinta indeleble su vocación por las problemáticas del individuo común, al modo chaplinesco, ciertamente, pero también fusionando aciertos de la antipoesía, los metros tradicionales y el suntuoso lirismo, marca genérica del grupo en que militó con voz singular.

Uno de los errores de apreciación más frecuente que se comete al evaluar críticamente la etapa y sus protagonistas es el de considerarlos a todos anticoloquiales a ultranza, rescatistas del decir ajeno a lo circunstancial y cercano. Las diferencias entre poetas como Heriberto Hernández, Arístides Vega, Rafael Soriano y Pedro Llanes con Frank Abel Dopico, Jorge Ángel Hernández, Miguel Páez, Arístides Valdés Guillermo, el propio Veleta y Sigfredo Ariel –sobre todo en su trayectoria posterior– seguramente obligará a críticos más sosegados a deslindar con mayor profundidad modos y esencias.

-III-

La virtud que más aprecio de El tonto de la chaqueta negra es la coherencia de su lenguaje poético, que pese a la diferencia de intenciones conserva una altura compositiva sin concesiones al discurso plano. El poema pórtico "A la que hicimos morir de buena tinta", dado a la efusión sentimental en trabajo metafórico inscrito en lo que acabaron denominando coloquialismo renovado, o las emblemáticas décimas de "Diálogo sostenido con los ojos de una mujer que pasa" (tributarias del título de la primera sección) no discuten conflictivamente con la enunciación más directa, de intención aforística, y a todas luces irónica y jocosa, de "Algunos ejercicios de calentamiento". Nunca el poeta, ni siquiera en sus momentos de mayor impulso lírico, aleja demasiado sus pies de la tierra, la oreja de los rumores cotidianos, el alma de lo que le ocurre al más anónimo de los transeúntes, especie de alter ego. La última sección, "Poemas de la remota desconfianza", funciona en este sentido como credencial.

La justa medida del verso, el vigor de las imágenes, la gracia de lo parabólico y lo alusivo aportan costados gratos para la lectura de este conjunto. Y conste que no hablo de cualidades tan frecuentes en los poemarios-tesis que tanto abundan en la dinámica literaria cubana de las últimas décadas. Cuando uno lee, por ejemplo "Canción de la sirenita" siente muchas voces que desde muy atrás insisten en que el amor se vive con idénticas caídas y resurrecciones en todas las épocas. Pero cuando lee "Naóh veinte años después", se divierte en los paralelismos no dichos, pero fácilmente deducibles en su corrosiva reformulación intertextual de las manipulaciones.

Leer un libro, de izquierda a derecha, sin pausas, con una sola respiración, es una prueba que El tonto de la chaqueta negra soporta con gallardía. Los libros posteriores de Jorge Luis Mederos: Otro nombre del mar, El libro de otros y Descartes, son volúmenes que también se pueden consumir como mismo hacíamos cuando la literatura cumplía funciones "alimenticias" destinadas a enriquecer, por igual, el intelecto y la emoción. Lo lúdico, sagaz y sutilmente, reporta facilidades para el banquete.

-IV-

Reeditar este poemario después de 24 años de su primera edición responde a una política que felizmente la editorial Capiro viene cumpliendo a favor de libros emblemáticos, con prioridad villaclareños, pero no solo de acá. La efímera memoria del papel, sobre todo el vulnerable gaceta que usábamos en los tiempos inaugurales de Capiro, sumada a la quietud de las bibliotecas, escuelas y quienes tienen como misión promover la lectura les ha escamoteado a los lectores de años recientes el disfrute de algunos de los libros emblemáticos de un proceso que se caracterizó por sus aportes, nunca visibilizados por la institución nacional con la amplitud que merece. Toda reedición es, para un libro, como un segundo nacimiento, como una segunda bofetada al silencio y al olvido. Celebro entonces, con doble entusiasmo, la inteligencia de abrir una línea de reediciones, gracias a las cuales podremos quizás validar con más luz un canon periférico, además de regalarle a los lectores libros que dan testimonio de la utilidad de la poesía.

(Santa Clara, 18 de septiembre de 2017)

 

Notas

1 Los fundadores de la sección de Literatura fueron: Leoncio Yanes (presidente), Carlos Galindo Lena, Araceli de Aguililla, Andrés García Suárez, René Batista Moreno, Arturo Chinea, José Lamadrid, Félix Luis Viera, José Rodríguez Boubén, Fidel Galván y Roberto Orihuela. De ellos solo habían publicado poemarios: Leoncio, Galindo, René y Viera.
2 Los tres premios, sin distinción de lugares, fueron para el mencionado cuaderno, y también para Es demasiado tarde para hinchar los vidrios como la boca de un caballo, de Arístides Vega Chapú y Sonetos imperdonables, de Jesús David Curbelo. Tuvieron una lamentable edición, totalmente invisible, a cargo del Departamento de Extensión Universitaria.