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Del cuaderno de apuntes

Roberto Manzano, 22 de diciembre de 2017


(1)

VOCACIÓN

Como vocación significa ser llamado, tener vocación implica oír voces, atender ciertas invisibles exigencias que pueden ocuparnos íntegra y dramáticamente la existencia. Después que la vocación aparece (vale decir, cuando comienzan a atenderse esas llamadas) invade todo nuestro destino, y ya no podemos verdaderamente renunciar a esa posesión con la que poseemos al mundo. Aunque fenómeno de tal naturaleza atañe específicamente a la vida individual, las vocaciones sólo lo son realmente cuando adquieren carácter social. Surgen y se desarrollan en un ser humano concreto, pero para servir a determinadas esferas de la existencia colectiva. Así, tener vocación implica tener talento y carácter. Sin talento, una vocación puede constituir un manadero continuo de frustraciones, pues la personalidad se encuentra fracturada: tiene la aspiración, pero no tiene las destrezas imprescindibles para que la aspiración alcance término. Y ha de tener carácter, porque frente a toda vocación se yerguen las prolíferas resistencias del mundo. La vastedad y energía de las resistencias pueden ser fabulosas, y sólo poseyendo una vocación que tenga carácter, además de talento, se logran pulverizar con el tiempo esas adversidades. Lo que niega a la vocación no sólo bulle afuera, en el conglomerado de los otros, sino que con mucha frecuencia las negaciones más eficaces están dentro de uno mismo, y son indudablemente las hostilidades peores. Pero la vocación legítima posee dos propiedades cardinales, sin el ejercicio voluntarioso de las cuales perece bajo los anteriores impulsos contrarios: la primera es el dinamismo tenaz que la permea, y la segunda es la necesidad intrínseca de ser productiva. El marasmo y la aridez son terribles enemigos de toda vocación. Ante estos rudos vectores de disolvencia, la vocación ya bien estructurada oye llamadas aún más enérgicas y despliega con multiplicada fuerza sus dos poleas básicas ya mencionadas. A pesar de todas las dificultades, el ser humano habitado por una vocación posee ya una provisión espiritual interna sin la cual la vida no llega a tener un verdadero tono ni una dirección significativa. Toda vocación es un carisma: suministra al sujeto temporal el deseo arrasador de lo permanente.

                                                                          El Canal, abril de 2010.

 

(2)

VOLUNTAD

La voluntad es hija de la imaginación y del carácter. A través de la imaginación encuentra las vías de realización donde parecía que todo era imposible, y a través del carácter se echan a andar las propelas que la conducen a puerto. La voluntad no es un adminículo, ni una víscera, ni una variable independiente: es una sinergia de todas las facultades y deseos de la personalidad en aras de conquistar una proposición. Esta coordinación de fuerzas de la psiquis, este holismo increíble del mundo interior, puede llegar a una unidad de consecución tan alta que a la contemplación de los otros le parezca un movimiento autónomo de un extraño fervor. Es que los otros están viendo el vapor que genera la suma férrea de las partes para el movimiento del todo: en una personalidad bajo el imperio de la voluntad bulle insoslayablemente una singular termodinámica. La voluntad es una energía organizadora, una combustión aglutinante del ser hacia la meta. Bajo este estado el ser adquiere una súbita elongación que se conserva en todo el desplazamiento, pues sus vectores deforman topológicamente su esfera íntima hacia la dirección indicada. Esto se torna visible en determinados puntos de la circunferencia, pues la esfera avanza desde ellos para contactar el ideal perseguido, que pasará a constituir en su momento de triunfo el centro de la esfera ya desplazada. Como puede inferirse, movimiento psicológico de tal carácter implica un gran gasto y una movilización absoluta. Dentro de la esfera que hemos empleado como modelo para graficar los movimientos extraordinarios de la voluntad, hay diámetros infinitos, pero a la voluntad le interesan cuatro especialmente, que configuran los cuadrantes de la sinergia desarrollada. El primer diámetro contiene la pareja extrema saber / no saber, que es sometida a decisiones trascendentales bajo la acción de la voluntad: hay que saber ineluctablemente. La pareja querer/no querer asciende en sus temperaturas hasta enrojecer vivamente, y querer se torna la punta incandescente de la flecha. Tener / no tener, el otro diámetro capital, se reorganiza hacia el primer extremo bajo una portentosa demanda. Y ya, como muestra de las primeras sinergias conseguidas por dentro antes de partir al trabajo real, la voluntad entra a decidir y a equipar el primer extremo de la polaridad poder / no poder. Hay que saber querer, y hay que tener poder: así parece decir la voluntad en el instante en que aglutina y moviliza a la imaginación y al carácter para que alcancen el suficiente nivel de energía coordinada para la transformación de lo real.

                                                                                   El Canal, abril de 2010.

 

(3)

REFRACCIÓN DE LA POESÍA 

La poesía es un poderoso exorcismo. Como es la voz del mundo interior, apenas su imantado espacio se satura de angustia, el verso sube, como un compañero del alma. Si se atiende a lo que cantan los poetas de un país, se verá el país por dentro, dentro de su vida cotidiana y su profunda atmósfera psicosocial.

Un poeta habla siempre de su propia vida, pero su vida más honda, la que le sirve de materia prima para la poesía, es la relación de la suya con las otras, la comunidad de destinos que lo alcanzan, entorpecen o desarrollan. En su yo palpita, a través de invisibles sensores, su colectividad entera. Su monólogo es su oscura manera de dialogar.

La poesía es siempre una verdad, una oscura verdad, una verdad alucinante, una compleja verdad tejida por el ánimo y la angustia, una detección de invisibles fricciones que necesitan ser dichas. Sólo que no es un informe ni un expediente, sino un arte, y posee por ello un lenguaje especial, que ha de ser ejecutado según sus propios principios.

Ahí, en la realización de esos códigos, es que se pierden los que quisieran encontrar las ecuaciones lógicas, las aseveraciones abiertas, los dictámenes directos. La poesía es un lenguaje exponencial, en el que se retrata un mundo interior según rigurosísimos estatutos de expresión. No es un reportaje ni una investigación: es un emotivo vertimiento del alma.

Es un arte muy difícil, donde se descalabran muchos, porque no basta sentir las fricciones con el mundo, sino que se tiene que ejecutar el vertimiento con una suma increíble de gracia y de síntesis. Las palabras han de estar más allá de las comunicaciones habituales, escorzadas y dinamizadas según los imperativos implacables de la expresión artística.

                                                                         El Canal, septiembre de 2012.