Apariencias |
  en  
Hoy es martes, 16 de enero de 2018; 12:07 AM | Actualizado: 15 de enero de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 147 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Elogio de la página virtual

Ricardo Riverón Rojas, 13 de diciembre de 2017

No sé cuántos bosques hice desaparecer. Si calculo los folios tamaño carta que garabateé, con o sin resultados, desde 1972 hasta ayer mismo, soy (o mayormente fui) un "silvicida". Suerte la computadora. Bendición estos caracteres que, sin daño a nadie, hoy puedo modificar a mi gusto, sin conciencia dolosa.

Soy de los que empezó a escribir cuando tal ejercicio se concretaba con el lápiz sobre una libreta a rayas (chapucerías que se podían borrar) y terminaba con la dactilografía: (mecanuscritos que, con simbología gráfica unipersonal, supresiones y adiciones al margen, enmendábamos a bolígrafo). Pasábamos en limpio los borradores hasta sentirnos conformes con la máxima de Juan Ramón Jiménez: "no la toques ya más, que así es la rosa".

Pero nuestra carnicería no terminaba ahí, pues los concursos, único modo de iniciarnos, pedían tres ejemplares impresos, y algunos hasta cinco. Y siempre había que dejar uno para la oralidad rampante de la época y la mortificación a los colegas obligados a echarle un vistazo a nuestras "obras".

Si además de enviar el libro a concurso queríamos proponerlo también a una editorial, otra copia era necesaria. Sumémosle los sueltos enviados a revistas y periódicos y perdonémonos nuestros propios volúmenes publicados, pues de alguna manera devolvían el daño si acaso alcanzaban lectores, críticos, fans, salvoconducto para interesar a la academia.

Hemos sido depredadores de selvas, por eso celebro (no sin ojeriza) la llegada de la era digital, cuyo balance daño-beneficio dista mucho aún de ser concluyente, sobre todo por el abuso de las variantes light de Internet, pero al menos ya le salvó la vida a muchos árboles. Aunque, en verdad, el debut del ebook no ha hecho que la producción del libro en su formato tradicional mermara drásticamente. Como tampoco ha decrecido mucho la reconversión en pulpa de los libros no vendidos, hecho que convierte en víctimas inútiles a los árboles inmolados en eso que el poeta Manuel Díaz Martínez llama "bibliocausto".

El volumen de ejemplares destruidos, tras su devolución por las librerías, para su reconversión en pulpa es, sencillamente descomunal. Por ahí andan algunas estadísticas. En una reciente indagación por las redes accedí al artículo "Los árboles invisibles", referido al contexto español, donde en fecha tan reciente como 2014, alguien que firma como Rosa (supongo que el seudónimo puede ser institucional) ofrece un testimonio de interés:

Vivimos inmersos en la cultura del papel. Solemos identificarlo con periódicos, folios, cuadernos y libros, es decir, con comunicación, educación y conocimiento, pero lo cierto es que lo usamos en una gran variedad de actividades. La Asociación Española de Fabricantes ASPAPEL estima que en 2011 cada español usó una media de 136 kg de papel en más de 300 usos diferentes. He registrado en una lista los papeles que he usado a lo largo de un día y de verdad es sorprendente la cantidad de papeles que pasan por mis manos, la diversidad de tipos y, más aún, la cantidad y variedad de papel que desecho.1

En lo referido a la destrucción de libros, pasando por alto criterios de censura en distintas épocas y sistemas, continúo focalizando el contexto español con lo publicado por Luis Prados en El País. Cuando Havas, primer editor francés, compró Anaya, reflexionó:

Tres editoriales del Grupo Anaya –Alianza, Cátedra y Tecnos–, que han publicado buena parte de lo mejor del pensamiento español en el último tercio de este siglo y los clásicos extranjeros que han modelado la cultura universitaria de este país, van a proceder a la destrucción de parte de sus fondos. Una práctica antigua y habitual en el sector editorial español dictada por la lógica empresarial: la escasa venta de los libros no compensa los elevados costes de su almacenamiento. Esta solución ha indignado a numerosos autores, que temen que sea el principio del fin de la pérdida de un acervo cultural importantísimo en un país con un índice de lectura aún bajo en comparación con Europa y escasas bibliotecas públicas. José Manuel Segura, director de comunicación de Anaya, insiste en que la destrucción de las existencias es lo que hacen todas las grandes editoriales, y que sólo serán sacrificados "aquellos títulos con más de tres años de antigüedad que venden menos de 100 ejemplares anualmente". Asegura, además, que no se destruyen en su totalidad, "ya que siempre se guarda un pequeño fondo de 25 o 50 ejemplares por título para futuras peticiones".2

El esquema mercantil del libro, con la excepción de los pocos países que no lo tratan como mercancía, prescinde alegremente del efecto a largo plazo, o de fondo, de la cultura literaria. La plusvalía manda. La privatización, o no estatización de la industria del libro, sujeta a los códigos del mercado, convirtió a muchos escritores en huérfanos (pobres poetas), o en subalternos dispuestos a emprender cualquier proyecto, por pedestre y vergonzoso que parezca, para sobrevivir.

Quienes nos formamos en una tradición de lectura en la cual se acariciaba al libro como un niño, una amada o a una flor, nos cuesta trabajo concentrarnos ante la pantalla por demasiado tiempo. La fatiga hace lo suyo, al menos en los de vista más cansada. Pero no nos quepan dudas de que el libro digital sustituirá al de papel, y que estamos obligados al reacomodo, porque aparte de su potencialidad para devenir salvavidas ecológico, le reporta ventajas y facilidades al lector, y cito solamente una: localizar, con el motor de búsqueda, cualquier pasaje solo pidiéndolo con una de las palabras que contiene.

Herramientas como la descrita repercuten notablemente en la productividad de la escritura, pues eliminan la necesidad de confeccionar voluminosos ficheros en aras de consultar y citar contenidos que tributan a las tesis. Todo el proceso de corrección, edición, diseño e impresión también halló en la informática, con los programas cada vez más sofisticados y eficaces, el equivalente de lo que fue la "máquina de vapor" para la industria del siglo xviii.

Algunos defensores empecinados del libro, y de todo el proceso literario en su expresión tradicional –entre los cuales a veces formo fila– arguyen racionalizaciones sensoriales: que necesitan palpar el folio, sentir los efluvios de la tinta, el sentimiento de intimidad que genera hojear las páginas, el crepitar de las solapas plastificadas. Es cierto, porque somos animales de costumbres; los reflejos condicionados nos configuran y resetearnos en la edad adulta constituye un ejercicio de traumática disciplina. No obstante me atrevo a asegurar que la pantalla, ya no en blanco sino poblada de caracteres, también genera complicidades que acaban incorporándose a nuestras costumbres, también con la circulación de endorfinas aparejadas al baile de los dedos sobre el teclado.

La alarma ecológica en que ya vivimos me conmina a elogiar, y proponer como modelo ideal, tanto para los premios literarios como para la recepción de originales en las casas editoras y revistas, la entrega solo en formato digital. Suprimir el requisito de la copia dura se impone, siempre que no implique la posterior impresión de los originales por parte de los organizadores, o de los editores. A la luz de hoy, solo para la fase de revisión de planas de los libros el gasto de papel me parece imprescindible. En Cuba aún estamos lejos de activar estas variantes, crecientes en muchos países.

He hecho abstracción de otro costado del componente mercantil, que también ha traído aparejada la aparición de empresas que comercializan la conversión de originales (cualquier original) en ebook, como es el caso de Ink it, que negocia la conversión, con todos los requerimientos, de los archivos que cualquiera envíe siempre que pague por publicar. Garantiza la presencia en cualquiera de las tiendas en línea: iBooks, Amazon, Google Play, Apple, Kobo y Barnes & Noble.3 La promoción de la literatura mediante su conversión en hecho público es un acto que no puede estar sujeto solo a la voluntad del autor, o de alguna entidad dispuesta a lucrar con sus ansias de notoriedad. La cadena evaluadora es imprescindible en pos de que, junto con la destrucción de los bosques que evitamos, no les expidamos pasaporte falso a los asesinos de la literatura.

(Santa Clara, 8 de diciembre de 2017
)

 

Notas

1 "Los árboles invisibles", jueves 20 de febrero de 2014, fecha de consulta, 8 de diciembre de 2017.
2 Luis Prados: "Adiós a una gran biblioteca universitaria", 20 de junio de 1999, disponible en: El País, fecha de consulta 8 de diciembre de 2017.
3 Al respecto consultar: Ink-it

Ricardo Riverón Rojas, 2017-12-27
Ricardo Riverón Rojas, 2017-11-20
Ricardo Riverón Rojas, 2017-11-03