Apariencias |
  en  
Hoy es miércoles, 19 de diciembre de 2018; 5:10 AM | Actualizado: 18 de diciembre de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 44 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Regino Boti

Roberto Manzano, 12 de marzo de 2018

Abierta a la relación entre los elementos y el conjunto, la poesía de Regino Boti es una de las primeras entre nosotros, generadora de sistema. Más allá de los trabajos teóricos con que acompaña sus versos, hay en sus poesías conseguidas, de modo explícito o implícito, una atractiva conciencia creadora, finamente elaborada, que constituye un sistema de visión. Tal vez se deba a ello la centralidad en su obra de un concepto como el Gran Todo. Es frecuente en él la visión pánica, lo Panida, que alude simbólicamente al Todo, y que es una mención dariana, que este no llegó a desarrollar plenamente. En Boti, surgida una imagen, se somete de inmediato a los despliegues del pensamiento: los vínculos entre la Imagen y el Pensamiento son frecuentemente señalados en sus versos o desarrollados de modo subyacente en su sistema expresivo. Considera que lo poético no puede abandonarse íntegramente en manos de lo espontáneo. En él el poeta, el hombre-representativo, que posee mayor sensibilidad que los restantes seres, debe tener un absoluto dominio de dos vínculos básicos: el Sí mismo y el Gran Todo. Por una vía entra el poeta en la entraña de la relación del Mundo con el Individuo, y por la otra en la del Individuo con el Mundo. No basta representar estados de ánimos. Hay que verter cosmovisiones. La poesía no es solo arte, sino sobre todo un acendramiento antropológico, una elevación y comunión de la partícula racional con la unidad cósmica. Con ello su mirada sobre el fenómeno poético supera cualquier localismo exacerbado o desvaído cosmopolitismo.

La práctica de la poesía como la relación óptima que el hombre realiza consigo mismo y con el universo le garantiza salvarse del costumbrismo, de lo puramente pintoresco, del mutilante sectarismo o bien de lo proyectado a lo general o lo extravagante de ciertos imaginarios metropolitanos. Su creación aspira a conseguir un estado más alto para la experiencia humana, de carácter holístico, que se asiente sobre el principio de una armonía distributiva, de afinada reciprocidad entre sus componentes. Todo lo discorde hiere su sensibilidad. Sabe que para tratar directamente las profundas esencias hay que reconocer las formas supremas que las contienen. Como cada parte se expresa, para el poeta sujeto a un pansiquismo constructivo el Todo piensa y dialoga, y en cada una de sus manifestaciones palpita la circularidad de la Gran Pulsación. Con una visión de tal envergadura lo estético entra en lo ético y gnoseológico, e incorpora de modo natural lo científico y místico, lo personal y suprapersonal, lo telúrico y estelar. No es rara su predilección temática por los elementos heracliteanos, en cuya dinámica trascendente encuentra la fraternidad del Todo. Lo asiste la Musa del Cambio, aunque reconozca ciertos ejes parmenídeos que garantizan la continuidad, y en ocasiones expresa su derecho a las repeticiones fervorosas. Toda su creación confirma este moverse y decantarse, construirse y reconstruirse, expandirse y contraerse, marchar de lo grave a lo irónico, de lo temperamental a lo intelectivo. Sabe que el desarrollo, en la misma medida en que se acerca la Psiquis a la linde de lo definitivamente expandido, tiende a contraerse y a acelerar la interacción vital entre la creación y el caos. Sus últimos libros lo testimonian. Cada vez que mira a su aldea encuentra en ella esencia universal. La entrada de lo regional en la poesía cubana a través de su mano alcanzó una grada transfigurante, de la cual no se percataron muchos a su alrededor y otros muchos después no supieron asumir como legado. Esta actitud le decantó los rebuscamientos y arrogancias modernistas y tonificó sus viejas cepas románticas, nunca totalmente desarraigadas. Sus aproximaciones vanguardistas posteriores no son más que actualizaciones de su posmodernismo más acabado. Mucho más útil que posmodernismo sería llamarlo Proteísmo (es término del propio Boti), por el camino multiforme que desplegaba, y cuyo uso suprimiría muchos encontronazos clasificatorios.

Lo distinto y lo nuevo le resultaron palabras sacras: por todas partes reitera un ansia febril de renovación. Su principio es que lo mejor es lo menos viejo. Cuando sufre un vuelco estético se siente semejante a un cíclope quebrando cráneos. Explica que no se puede uno detener, porque retrograda. El primero es el mejor. Colón será definitivamente el descubridor de América. Con esta visión revela ya el profundo mal artístico del siglo XX: el culto a la novedad margina los verdaderos valores de la obra de arte, convirtiéndose en rápida llave para el éxito, del mismo modo que sucede en la disensión tecnológica y en la dialéctica del comercio. Es de los primeros en explicitar esta apetencia total de lo diferente. Esto posee una importancia capital en la construcción de su lenguaje lírico, y es el eje de muchos de sus descubrimientos y desequilibrios. Más tarde juzgará a otros cuando se articulen en la vida literaria según estos principios. Afirma que en poesía lo que vale son las personas poéticas, no las corrientes. Usa este concepto, que aún no ha examinado el pensamiento de la poesía. Sin embargo, cree que la literatura se gana realmente en la vida literaria. Aconseja desatar primero la gran obra grupal, que consiste en poner en marcha pública la tendencia, y luego cada obrero trabajar con absoluta independencia.

Entiende ya, apenas iniciado el siglo, que la tendencia se ha impuesto como el motor del proceso artístico en el mundo contemporáneo, y que esto genera inevitablemente ideologías y batallas de afirmación y exclusión, muchas veces resueltas en lo invisible. Piensa que el torremarfilismo es un mito: argumenta que los poetas más subjetivos tienen su Astarté en el mundo exterior. Sostiene que los cinco sentidos son uno solo: el tacto. No suscribe que el adjetivo mate: al contrario, da vida y es imposible excluirlo del estilo. Detesta las asonancias, las concurrencias viciosas. Se percibe que leyó ergonómicamente la poesía anterior de la lengua, y que era un lector voraz de sus contemporáneos en América y España. Entra en los libros de historia, mitología, ciencia, política, sociología, filosofía, religión, esoterismo, y de todas partes acarrea sustancia y forma. A través de él entraron a la poesía cubana zonas y actitudes nuevas, atento al énfasis y lo raro, sobre todo en la constitución de su lenguaje. Con ello persigue dos fines: ampliar el campo designativo de la imaginación, y asustar a los desdeñosos y retrógrados, a quienes desprecia, como parte de su aristocraticismo de espíritu, heredado del modernismo. Su estructura yoica revela muchos mecanismos de defensa frente a la indiferencia. Propugna el ritmo interior, y examina el metrolibrismo con su compañero de armas José Manuel Poveda. Expresa que es útil volver hacia los versos primitivos, porque nada importa una sílaba de más o de menos. Estaba enterado de cubismo y futurismo, y de otros muchos ismos, aunque parece asimilar más la filosofía general que sus modos directos de plasmación. Especifica que lo revolucionario urge de doctrina y bandera: no debe estar reducido a cambios esporádicos, sino regido por la irrenunciable conciencia de renovar, bajo una declaración de principios. En esto ya tenía la actitud partidista de las vanguardias, que priorizaban la vida literaria muchas veces más que la literatura.

El prólogo de su primer libro es un evidente manifiesto. Pero su lenguaje era esencialmente posmodernista, aunque no totalmente consciente, pues prefería llamarse modernista. Sucede aún que el posmodernismo es usado en las historiografías y críticas como un saco estilístico donde se arroja lo modernista residual y lo primigenio vanguardista, y solo se visualiza como transición sin sendero propio ni ancha resonancia mundial. Cierto es que los poetas modificaron velozmente sus lenguajes bajo las presiones de las nuevas tendencias, pero en Cuba, al menos, el primer vanguardismo fue más de actitud que de creación. Apenas se revisan los textos concretos sin atender a lo que han proclamado fuera de ellos, se advierte que un número elevado de nuestros supuestos vanguardistas no son más que excelentes posmodernistas. Para fortuna nuestra, tuvimos uno de los mejores posmodernismos de América, y con ello nos entroncamos con una corriente subterránea de América, de Estados Unidos, de la India, de muchas regiones de España, de Rusia, de Bélgica, de Francia, de Italia, de Finlandia, de Alemania...

A través de su obra hay constantes temáticas y estilísticas, y evoluciones evidentes, que han sido parcialmente detalladas. Una ganancia profunda que nos deja es la riqueza de intuiciones que exhibe su sistema poético. Hay ideas que no pueden pasarse por alto, por su intrínseca sustancia creadora, y algunas de ellas son el hombre-nexo, lo hermético (en el sentido dialéctico y comunicativo) y su intuición de la escritura poética como si fuese un fosfeno, cuyas manifestaciones corren semejantes a ríos secretos a través de todo su caudal imaginativo. Se infiere que en una doctrina que tiene de eje al Gran Todo, se priorice lo interactivo, lo que reúne los cuadrantes del mundo. Parece haber lindes que no se pueden saltar, oposiciones que no entran en el círculo, como la comunicación de lo orgánico y lo inorgánico. Esa linde la disuelve a través del pansiquismo: todo tiene ánima, y el hombre y la mujer son las ánimas capaces de cópula y comunicación total. Esa dualidad racional invade la euforia del Todo a través del Amor, y es por ello que el erotismo —la manifestación del Amor que funde lo racional y lo natural en el ánimo, la piel y el átomo en el ánima— es uno de sus principales asuntos líricos. De ello se desprende que el poeta que habla en sus versos reconoce en la mujer la Suprema Forma. A través de lo femenino entra en una conexión atávica con el Gran Todo. Pero el hombre-nexo, y su imprescindible correlato, la mujer-nexo, son partículas (hacia sus últimos versos, cuando ha descendido mucho su estimativa de la condición humana, llamará a esas partículas como Hominicaco y Homúnculo) que no podrán tener jamás una mínima sensación de plenitud si no ingresan el mayor número de relaciones armónicas posibles con lo total.

Una estética del paisaje en él —como crepuscularismo, con mayor frecuencia— es una indagación anímico-visual para consumar la transfiguración armónica comunicativa que realiza el erotismo con esa totalidad y con la que establecemos un diálogo superador de la razón —pero que la contiene, pues se aborda también a través del intelecto. Con ello se garantiza un estado de comunión especial y depuramos las acumulaciones de hybris social. En esa estética suya del entorno hay una evolución: se transita de la delectación parnasianista a la mayor racionalidad contemplativa, siempre bajo la intensidad de una mirada que se percata de la grandeza del minuto y el lugar en el que se encuentra ubicada en el momento de la enunciación. Así la poesía se le transforma cada vez más de himno que lanza redes globales al Todo para apresar la simultaneidad —propiedad psicológica de índole vanguardista, que tuvo desde siempre, antes del conocimiento exacto de esta postura estética— en esquelas fragmentadas y dinámicas que abandona a su paso por la Realidad mientras consume su destino bajo la disolvencia cotidiana. Aquel célebre apunte lírico suyo de la taza de café que bebe en un bohío mientras lo devora la fiebre sintetiza con sumo vigor la evolución de las relaciones entre el Gran Todo, el hombre-nexo y la alienante vida cotidiana. El mar, la playa, los mangles, el valle, la montaña, la pequeña ciudad, las casas, los bueyes, las mujeres, los bañistas, los encuentros humanos, constituyen sucesos del espíritu. Todo entorno es un torno: nos modela. Esta apropiación de un lugar como patrimonio del espíritu ya tiene en nuestra poesía largo trayecto, pero la conversión de Guantánamo en el magno libro donde cumple la sucesiva lectura del Gran Todo es una de nuestras hazañas imaginativas. A través de su escritura entramos en su Cuba profunda como en un mandala donde nos cumplimos cognoscitivamente nosotros también, a través de la recepción apasionada e inteligente, en humanos-nexos. Con ello nos colocamos en un estado póntico (los puentes —se ve en él y en otros poetas cubanos— parecen ser buenos proscenios para los meditadores), de positiva estirpe anudadora.

Se advierte que tiene a Hermes presente, pero lo verdaderamente hermético atraviesa de punta a punta su creación poética: nunca había ocurrido antes con tal densidad comunicativa, salvo en José Martí. Comprende, empero, que nos conducimos como ciegos, y que la poesía es semejante al restregón en el párpado que nos permite ver los fosfenos: captamos gracias a ella ciertas figuraciones luminosas en el brevísimo tiempo de revelación que constituye un poema. Es un velocísimo alfabeto luminoso. Todas las sinestesias son posibles, porque la poesía se comporta análoga a un golpe eléctrico en nuestro destino y nuestra inserción en lo Total. Gracias a ella podemos establecer un sistema de comunicación que nos permita ver aunque sea unas flotantes estrías luminosas en medio de la oscuridad. Mucho de su amor por lo crepuscular deriva de estos ocultos ejes. En cuanto tenía un fino sentido crítico y autocrítico, y emanaba hebras teóricas con facilidad, sus versos compendian ricas y ramificadas intuiciones de la realidad de donde se deducen, de mirar con unción en ellos, abundantísimos ángulos sistémicos. Muchas de esas exploraciones poseen una futuridad que la más reciente poesía cubana desconoce, inclinada a deslumbrarse con cualquier burbuja foránea. La creación de Regino Boti —a través de sus cúspides dinámicas, como hélices para remontar un siglo— constituye un espléndido y suscitador aporte en cualquier sitio del mundo.

REGINO BOTI (Guantánamo, Oriente, 18. 2. 1878-Íd., 5. 8. 1958). Entre 1895 y 1898 residió en Barcelona, enviado por su familia para que continuara sus estudios. En 1900 fue nombrado ayudante interino de una escuela de varones de Guantánamo, de la que más tarde ocupó la dirección. Trabajó como auxiliar de la mayordomía en un ingenio de República Dominicana (1902-1904). Ejerció el magisterio en las escuelas públicas hasta el año 1906, en que fue declarado cesante. En 1907 fue cofundador, en Guantánamo, del Partido Conservador Nacional, cuya presidencia llegó a ocupar años más tarde (1920-1922). De 1907 a 1908 trabajó como profesor en colegios privados y dirigió la Escuela Nocturna Municipal. Durante varios años desempeñó la secretaría de la Junta Municipal Electoral de Guantánamo (1908-1917). En 1911 se graduó de maestro público. Obtuvo el título de Bachiller en 1913. Ese mismo año fue presidente de la Sociedad de Conferencias de Guantánamo. Se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana (1917) y más tarde obtuvo el título de Notario Público (1918). Ejerció la carrera notarial y fue profesor de gramática y literatura en el Instituto de Segunda Enseñanza de Guantánamo. En 1942 se graduó de Doctor en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Fue miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba, de la Academia Cubana de la Lengua y de la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz. Se dedicó al estudio de la métrica y publicó obras desconocidas de Rubén Darío. También escribió ensayos. Compiló cantos populares cubanos, recogidos en La lira cubana (cuarta edición, Imprenta La Imperial, Guantánamo, 1919). Algunas ediciones de sus libros de poesía son: Arabescos mentales, R. Tobella impresor, Barcelona, 1913; segunda edición en Ediciones de la Organización Nacional de Bibliotecas Ambulantes y Populares, La Habana, 1959; El mar y la montaña, Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1921; La torre del silencio, La Habana, 1926; Kodak-Ensueño, Revista de Avance, La Habana, 1929; Kindergarten, Hermes, La Habana, 1930; Poesía, presentación de Imeldo Álvarez García, Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, Cuba, 1977; El mar y la montaña, prólogo de Jorge Núñez Motes, Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, Cuba, 2002; La visita de los dioses, selección y prólogo de Rissell Parra Fontanilles y Regino Rodríguez Boti, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 2004.