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Sigifredo Álvarez Conesa: matar el olvido

Ricardo Riverón Rojas, 13 de marzo de 2018

La implacable dinámica literaria cubana, afanosamente centrada en la autovalidación de figuras y la pugna por los protagonismos, ha dado pie a una lamentable disfunción en el trazado de un mapa lírico total del país. No se recuerda, con la frecuencia ni la intensidad apropiadas, a los escritores fallecidos o emigrados. El olvido es inmediato. Malévolo olvido, evaporador de palabras.

No todos los muertos son grandes muertos. Lezama, Virgilio, Padilla, Gastón Baquero, Mañach cuentan con obras de gran significación, y también con el beneficio de circunstancias extraliterarias que, en manos de quienes usan la literatura para validar sus tesis políticas, les facilita la presencia constante en medios del ancho y ajeno mundo. En Cuba hemos reproducido la frecuencia de sus apariciones, seguro que con conciencia cultural, pero también –así lo veo– para ganarle la partida a aquellos que, enajenando al autor y la obra de su medio natural, aspiran a adjudicarse, en la aldea global y xenófoba que proponen como modelo, protagonismo en el mecenazgo.

Valdría la pena preguntarse entonces: ¿Por qué en nuestra plataforma pública (crítica) apenas hay referencias puntuales –cuando no silencio total– sobre Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, Roberto Friol, Noel Navarro, Wichy Nogueras, Ezequiel Vieta, Alejo Carpentier, Samuel Feijóo y mucho otros? Ni en los medios especializados, ni en los programas de estudio de los distintos niveles son incluidos en una magnitud equivalente al merecimiento, independientemente de que en algún que otro evento se les recuerda. Desde mi punto de vista, no existen panoramas exhaustivos y lo suficientemente jugosos para conjurar al olvido y consolidar, con un cuerpo crítico sistemático y creciente, los aportes de esas figuras.

Autores de menos renombre, mas no por eso insignificantes, llevan mucho peor sus ausencias. Devoto como soy de la memoria, casi siempre estoy hurgando en mi biblioteca y la de otros en busca de colegas poco recordados. En esta ocasión fijo mi interés en un poeta que, mientras vivió, publicaba regularmente en editoriales y revistas de la época. Sigifredo Álvarez Conesa, nacido en 1938 y fallecido en 2001, en este año hubiera cumplido 80 años. Hasta donde sé, no se harán conmemoraciones ni publicaciones especiales por el aniversario, por eso esta breve reseña tiene el propósito de no dejar sin comentarios, a diecisiete años de la partida definitiva de su autor, la que considero una obra coherente.

Con estilo depurado, centrado en la síntesis, lo esencial supera a lo coyuntural en la obra de Sigifredo. De esa forma nos deja el testimonio de una sensibilidad atenta y comprometida con el ideario que –entonces más que hoy– inspiraba con fuerza a muchos de nuestros escritores.

Mis búsquedas en Internet no me llevaron a reflexiones críticas sobre la obra de este intelectual, que también fuera fundador de la revista El Caimán Barbudo, en el lejano 1966. Aquel emblemático y polémico "primer Caimán". Es probable que existan esas valoraciones, pero seguramente sumergidas en medios de papel, de limitado alcance territorial y magra tirada.

Cuando en 1967 su cuaderno Matar el tiempo alcanzó mención en el Premio David (para escritores inéditos) operaba con mucha fuerza y entusiasmo la norma coloquial, derivada del "descubrimiento" de Nicanor Parra y Ernesto Cardenal, y de la mejor difusión de nuestros Rolando Escardó, José Zacarias Tallet, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís y otros aventajados. El poemario de Sigifredo comulga en algunas zonas con esa estética, de lo cual es ejemplo notable el primer poema, titulado "Por donde mejor se mira":

Madre hemos estado
sin contar el tiempo
sentados uno al lado del otro
sin hablarnos.
Madre
por favor haz caso
apaga el televisor
y deja abierta para siempre
la ventana.1

Pareciera escrito hoy, como conjuro a la incomunicación deshumanizante en que nos han sumergido los objetos que llaman inteligentes. Pero data de 1967, como dije.

Poco después de aquel debut apareció, en 1974, Como a una batalla; cuatro años después, en 1978, Será bandera, fuego en la cumbre, y como cierre de esa etapa, en 1985, obtiene de manera compartida el premio Uneac con Casa de madera azul.

En toda la creación recogida en estos volúmenes se aprecia una voluntad de reinterpretar la realidad a través de los objetos cotidianos, a los que se les aparean isotopías adjetivas cargadas de connotaciones. También la misma voluntad de reciclaje de códigos de la cultura popular, unida a la insistencia en su crítica a la prevalencia de lo virtual sobre lo cercano y cálido. En Será bandera, fuego en la cumbre, el poema "Elogio de la sin-razón" lo confirma:

Yo admiraba a una muchacha
que se desvivía por oír a los Cinco latinos
Cuando le contemplaba sus ojos azules,
o de miel, ya no recuerdo,
eran dos aguas,
dos pajaritos volando
tras la noche de los cantantes.
Cuando quería decirle una palabra,
una mínima palabra amable:
salimos, estrella, sábana,
cualquier cosa para encender
el pan en sus manos,
ella tarareaba una canción.
Prefería el programa de sus favoritos
a mi elogio de su cintura.
Un transistor nos separaba.
Existía un vacío de voces acopladas
entre ella y yo.
Qué competencia tan desleal
la de cinco voces contra un amor.2

En los cuatro cuadernos reseñados se usufructúa a veces la sintaxis vallejiana, acaso unida a una cosmogonía deudora de las enumeraciones caóticas, tan caras a las Odas elementales de Neruda. Con esa materia prima este poeta construye imágenes de limpia riqueza plástica. En ese sentido destaco los poemas "Sustantivo afilado es el hacha", "De las razones y uso del güin" y "En busca de un personaje", aunque no son los únicos de esa tónica.

De mis apreciaciones en este momento escapan sus otros títulos: Árbol incendiado es la noche (1988), El tiempo es un pelícano (1990) y El piano náufrago (2000), pues corresponden a otra etapa, más cercana en el tiempo. Al redactar estas líneas no disponía yo de los ejemplares que me permitieran constatar la continuidad o la ruptura con aquellos códigos.

Aunque resulte colateral, no quiero concluir sin hacer referencia a la labor de promotor, primero del teatro y posteriormente de la literatura, que durante décadas llevó a cabo Sigifredo Álvarez Conesa en los dominios de la cultura comunitaria. A tal extremo es así que el Centro Nacional que se ocupa de esos perfiles creó, para escritores miembros de los talleres literarios, una beca que lleva su nombre.

Ojalá esta casi exhortación motive a los investigadores a estudiar en profundidad, y en toda su dimensión, la obra de este poeta –no tan copiosa, por cierto– para de esa forma darle sentido a otro de sus textos (reproduzco un fragmento), también profético si acaso estas palabras que hoy he escrito tuvieran algún valor:

Qué serán mañana estas palabras mías.
Qué serán, sino piezas sueltas
que alguien con vehemencia
habrá de desenterrar
como un ánfora del cieno,
o un navío del siglo XVI
del fondo arenoso del océano.3

(Santa Clara, 12 de marzo de 2018)

NOTAS

1 SIGIFREDO ÁLVAREZ CONESA: Matar el tiempo, Colección David, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1969, p. 9.
2 SIGIFREDO ÁLVAREZ CONESA: Será bandera, fuego en la cumbre, Ediciones Unión, La Habana, 1978, p. 41.
3 SIGIFREDO ÁLVAREZ CONESA: Casa de madera azul, Ediciones Unión, La Habana, 1987. p. 26.

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