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Agnes Heller y los niveles (comunitarios) de conducta

Jorge Ángel Hernández, 16 de abril de 2018

Según la definición de comunidad de Agnes Heller, esta es “un grupo o unidad del estrato social estructurada, organizada, con un orden de valores relativamente homogéneos, a la que el particular pertenece necesariamente”.1

Hay, pues, necesidad de pertenencia, incluso en casos de elección. Esta necesidad puede estar dada, en primer orden, por motivos de tipo económico, productivo y social propios de la sociedad en su conjunto. En este caso, el proceder de los individuos que componen una comunidad determinada no puede prescindir de la norma productiva que define al sistema. Así ocurre tanto en el capitalismo, cuya economía de mercado define las reglas del estatus social, como en el socialismo, aun dependiente del intercambio mercantil aunque intervenga en la necesidad vital del ciudadano con iniciativas de resultado concreto, como el acceso universal y gratuito a la salud, la educación, el deporte y buena parte de la formación cultural.

Las comunidades productivas que han buscado establecer relaciones socialistas dentro del capitalismo, desarrollado o dependiente, no han podido siquiera despegar sin aceptar ciertas normas de corporativización mercantilista y, una vez que progresan, han perdido la esencia de redistribución equitativa que reza en sus principios y objetivos. Así, el tipo de comunidad incide seriamente en el conjunto de objetivos que aspira a conseguir. En el socialismo, por el contrario, la intervención social que el estado constitucionaliza concede cierto grado de relativización al intercambio mercantil, aunque muy lejos se halla la posibilidad de minimizar el papel que juega la necesidad en el proceso de formaciones comunitarias internas.

De acuerdo con la perspectiva de Agnes Heller, para una comunidad, la organización proporciona un espacio de acción que permite a la conducta individual desarrollarse. Por tanto, hablar de organización para el comportamiento individual no es un asunto formal, de perspectiva puramente sociológica, sino un escenario dialéctico de realización. Según el tipo y contenido de amplitud de esa organización, será la amplitud de la conducta individual. Pero todas, por amplias que se muestren, establecen un espacio total para el comportamiento, con bordes que no pueden franquearse si no es a condición de romper con el estatuto comunitario que permite al individuo la relación identitaria. El particular se representa en la comunidad como un “hombre total”, apunta Heller. De ahí que, mientras una misma persona puede pertenecer a diferentes grupos, no es posible que desarrolle los mismos niveles de pertenencia respecto a varias comunidades.

Cuando un individuo asume la pertenencia a más de una comunidad, debe asumir jerarquías entre ellas y elegir, en sucesivas situaciones, a cuál debe dedicar sus principales esfuerzos. Es un concepto que parece no estar bien entendido en el sistema socialista, donde se establece la proliferación de organizaciones masivas de la sociedad civil. En lo masivo se incluyen heterogéneos colectivos ciudadanos que, aun cuando acepten integrar su membresía, por necesidad de su propia conducta individual en el proceso productivo, han de elegir entre una u otra para manifestarse en acciones individuales o de grupo. No es un error que sea masivo, por ejemplo, el acceso a la cultura de más alto nivel, eso es, sin discusión, un logro sin otro precedente en la historia de la humanidad. Sí es una pifia, en cambio, asumir que las relaciones de la masa se manifiestan como una entidad comunitaria. Las comunidades han de formarse en el interior de esa masa, que se incorpora al proceso de renovación social y arrastra, sin poder evitarlo, el entramado ético que ha sido garante de su alienación. La ramificación de tipos y la expansión de las posibilidades de avanzar hacia los objetivos que el sistema de relaciones sociales ha trazado son amplias, y debe trabajarse en su desarrollo desde la perspectiva científica de la ideología, más que desde el punto de vista de la propaganda. Emprender esta meta es una necesidad del proceso revolucionario, sobre todo a partir de que los cambios radicales que marcan la conducta reclaman un grado natural de reconciliación con las nuevas circunstancias. Desde los grupos, aunque fuertemente asociados a las comunidades institucionalizadas, el individuo está en riesgo perpetuo de ceder en su sentido de pertenencia a estas instituciones creadas solo para su beneficio. Es un proceso de socialización complejo que sufre el constante peligro del comportamiento dogmático reductor que suele surgir dentro del propio discurso institucional que asume el legado estatal de representación más que el reto directo de participación.

La acción social de conjunto no presupone, necesariamente, una acción comunitaria. Al cometer ese error de conceptualización, asumiendo formal y superficialmente las necesidades de comportamiento comunitario, las más radicales tendencias del socialismo en el poder generaron un nudo potente en su propia evolución. Los momentos cruciales de polémica evidenciaron la esquematización del conflicto y, sobre todo, la incomprensión de la necesidad como categoría. Los ideólogos de la guerra fría cultural sacaron partido de tales circunstancias, a tal grado, que aún manipulan su incidencia. Sin embargo, con el socialismo en el poder, no solo estaban creadas las bases para expandir el grupo a una conducta comunitaria que jerarquizara como contenido vital el sistema de relaciones sociales hacia el que transitaban, sino que se podía incluir en el interior de la conducta diferentes gradaciones de otras comunidades que permitieran al individuo particularizar su importancia.

Al no entender la dialéctica vital entre el funcionamiento de los niveles comunitarios de conducta, se esquematizaron las bases tradicionales de la creación –que son el contenido esencial de una comunidad muy vasta en todo el occidente global–, y, paradójicamente, se cerraron importantes caminos al necesario proceso de ruptura con el sistema de relaciones sociales que debían dinamitar. El voluntarismo político que la comunidad regente esgrimía como consenso, se trasladó arbitrariamente al ámbito de la cultura.

No se logró superar la demagogia conceptual que divide metafísicamente a la cultura en niveles elevados y bajos, algo que la revolución burguesa dejaba en esquinazo, pues declaraba la igualdad sin establecer las bases sociales para poder alcanzarlo. Así, la socialización revolucionaria de la burguesía emergente se transformó en corporación conservadora y redujo el consumo del arte y la literatura al mismo proceder de selección natural dentro del hábitat mercantilista que rige la necesidad de lo masivo. Y en el folclor, la rajadura fue honda, pues le añadió una condición de obsolescencia a toda manifestación de cultura popular que se diera en los ámbitos cerrados de las comunidades. Su condición tradicional, sus bases históricas y sus tipos antiguos de estructuración expresiva, la alejaban de la idea de novedad con que el mercado marcaba su eficiencia.

En el ámbito del arte y la cultura, con la reducción de los tipos creativos en que se enfrascaron los ideólogos del realismo socialista, tanto se estrecharon los marcos de comportamiento, que se hizo práctica habitual optar por la búsqueda de nuevos procederes en comunidad. Se quebró la dialéctica entre el individuo creador, el grupo a través del cual buscará identificarse, y la comunidad que debería permitirle asumir una conducta natural. Esta ruptura con el curso dialéctico de los niveles comunitarios de conducta fue aprovechada por los ideólogos de la guerra fría cultural, quienes abrieron los tipos organizativos en tanto controlaban los objetivos básicos de contenido.

Heller aclara que, para el desarrollo de una relación comunitaria, y su vínculo continuo con otras comunidades, no es necesaria la relación frente a frente, o persona a persona. Se puede, y se debe actuar, desde la relación personal que los grupos establecen, enfocando los objetivos hacia los valores comunes que unen al sistema y le permiten seguir evolucionando. La conservación es dialéctica, como dialéctica es la relación entre el individuo, el grupo que lo identifica y la comunidad que lo impulsa a un entramado mayor de socialización.

Para Heller, siguiendo las bases teóricas del marxismo, “un proletario, por ejemplo, forma parte del movimiento dirigido a la liberación del proletariado, es decir, es miembro de la comunidad de partido, no en cuanto es proletario, sino en cuanto ha alcanzado el nivel de la consciencia de clase, en cuanto plantea conscientemente la liberación de su clase y, por consiguiente,  de toda la humanidad (un genérico), y sobre esta base se somete al sistema de valores y de exigencias de la comunidad. Nacer en el seno del proletariado lo hace solamente capaz, dado que se siente a disgusto en su alienación, de afrontar esta tarea, de elegir esta comunidad. En este caso el nacimiento no es en absoluto vinculante”.2

Deja de ese modo claro hacia dónde ha de apuntar la dirección de pensamiento ideológico, y de investigación sociológica, de los niveles comunitarios de conducta. El amplio marco cultural de nuestra sociedad reclama un llamado menos esquemático, menos servil a la práctica académica que legitima la conservación del sistema social de relaciones que se niega a admitir contradicciones entre las diferencias de clases que definen la construcción de sus comunidades y el ejercicio concreto de la libertad de los individuos que se integran a ellas.

Notas

1 Sociología de la vida cotidiana, Península, Barcelona, 1977. Traducción: José Franciso Yvars y Enric Pérez Nadal, p. 77.
2 Ob. cit., p. 82.