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Umbrales (feministas) quizá no tan inciertos

Jorge Ángel Hernández, 25 de junio de 2018

El miedo y la fe son las dos líneas esenciales que marcan la poética del poemario Los inciertos umbrales1, de Ileana Álvarez. La cita de pórtico, tomada de Franz Kafka, lo define: “si pudiera entregarme al sueño como me entrego al miedo ya no estaría vivo”. ¿Cómo recorren estas líneas la esfera de lo femenino, el ámbito de la familia? ¿Lleva ese miedo la carga de la relegación patriarcal? ¿Es la fe la respuesta? ¿Son ya evidentes las marcas feministas que irán definiendo el posterior interés activista de su autora?

Además de la de Kafka, el resto de las citas de portadillas de secciones pertenecen a Mariano Brull (“Balaustrada de sombras”), Octavio Paz (“El esplendor de la calma”) y Luis de Góngora (“Las páginas del tedio”). Ninguna mujer entre ellos.

El párrafo tercero del primer poema (“Una perla mellada en el principio”, escrito en prosa) nos orienta: “En aquel instante mis padres se golpeaban sus culpas”. Una oración después confesará: “sentí miles de arañas frotando sus telas pegajosas en mi vientre vacío”. El texto describe su fuga, en la que, con apenas cuatro años, rescata a su hermano menor y se refugia en casa del abuelo.

“Sobre el dintel de las analogías” [pp. 23-24] parece ofrecer un atisbo de ruptura una vez que describe su propia situación de soledad y temor: “Afuera el viento trae una nostalgia de paisajes vírgenes”. Con este viento llegará “el cáliz derramándose” y “la savia de otra mujer”. Ambas comparten ese estatus solitario y austero de los rincones marchitos de la casa. La presiente y desea, en desafío que sacude el barroquismo estilístico: “Si pudiera alcanzar la delgadez de su mano. Acariciar sus dedos temblorosos hasta darle el volumen de la fruta que cae sobre las aguas quietas de un estanque. Si pudiera hundirme en la espuma de sus ojos, tan semejantes en el dolor al mío, tan salpicados de sueños idos, de raras oraciones y afiebrados parajes”.

El desafío es, sin embargo, desiderativo: será cortado en la oración siguiente: “Pero estamos signadas de soledad”. La fe, que es el lamento a gritos en que buscan enconarse, revela y describe la situación que ambas comparten, al menos desde la perspectiva del sujeto lírico. Pero el miedo define la conducta: “Ella también conoce que no nos fue dado un encuentro. Que esa página quedará incólume, arrugada, o arrancada de la esterilidad del fuego”. El desenlace las coloca a ambas levantándose “con una sonrisa ensayada en el ijar de la costumbre” y marchando “a la cocina, como cualquier mujer”. El miedo le gana la partida a la fe en este texto y deja solo el buen sentir del aroma del café “por las piedras descalzas, por la piel del corazón, por las palabras que no diremos”. El recurrente ijar de la costumbre, con su accionar enjaezado, simbólicamente espoleado, gana por completo el lance y deja un resquicio aromático que funde el olor con el aliento humano de lo femenino. Son dos, no obstante, y hay una perspectiva común que se atisba en esa segunda persona del plural. El poema “Límites” [p. 26] anunciará una ruptura, aunque esta tampoco explicita las marcas feministas: “Poseída me alejaré de mí en un círculo sin retornos. Me buscaré en cada espina, en cada diente. En el fuego de la aurora me arrojaré sin piel. Me haré de nuevo”.

El cierre de “El resplandor en el túnel” [p. 29] pulsa un aliento suave de llamado: “Mujeres que buscamos desde las faldas fervorosas de soñadas colinas, el tierno semblante que nos brinde, en ánfora de barro, el agua viva”. Hay mito, más que implicación social; y hay arquetipo bíblico más que nuevo trazado de sendero desde lo femenino.

En la sección siguiente de Los inciertos umbrales el hijo, la casa –aun con muebles improvisados y carencias– y el ámbito familiar, se significan más bien como refugio, como una especie de fuerte, desde donde es posible denunciar el deterioro externo, sobre todo el que se aviene a la destrucción de los árboles.

El poema “Claustros sobre el horizonte”, que abre la última sección del cuaderno, replantea el desafío desde la adolescencia, como ofreciendo un dato previo del porqué de esa soledad condenatoria de la casa ya vista en el texto anterior que analizamos, abundante en descripciones. Este retoma la norma descriptiva y el estilo simbólico, aunque escribe hechos, ciertamente, para dejar en el miedo, e incluso en la culpa, la fe del desafío. Del fervor con el cual podrían conquistar el mundo y ser Brünhildes salvadoras del héroe, pasan a un aplastante “recuerdo de aquel primer impulso. Un ápice de nieve derritiendo nuestras uñas ardientes. El esbelto sabor de unos bizcochos mojados en café”. Lejos, por tanto, de la ruptura activista, del llamado tenaz y el desafío a toda costa. Es un umbral apenas que, bien valorado en sus detalles, no se ve tan incierto como lo suele presentar el sino de la fatalidad solitaria que el sujeto lírico asume con frecuencia, demasiado permeado, pienso al cabo del tiempo y el conocimiento, por el control social que ejercía la moral anquilosada. No hay desafío en el poema, ciertamente, pero sí hay sacrificio, es decir, fe. Así, el signo de la fe labra con paciencia en el signo del miedo, en las fronteras de la limitación genérica.

La sección última apenas comparte la comunicación entre mujeres, aunque este acto se centra en lo circunstancial, ya sea por la experiencia familiar vivida, y sufrida, ya por las prácticas sociales que la historia ha narrado.  La alteridad es a veces más literaria que testimonial, asida a su propia conceptualización: “La poesía siempre torna en exquisita falacia los incorpóreos recintos del espíritu, y a su vez esta invención llega al otro transformada en verdad literaria cuando es dicha con una belleza que pulsa, tensa y refrena el potro salvaje del asombro”.

La belleza poética, insisto en resaltarlo, debe pulsar, tensar y refrenar el potro salvaje del asombro, y al mismo tiempo ser el incorpóreo recinto del espíritu. Ambos, en la norma poética de Álvarez, signados por el miedo y alimentados por la fe. Resarcimiento que tributa al cristianismo el gesto de reivindicación.

Comprobamos por tanto que el principio era resumen de un “libro gastado por el miedo y la fe.” [p. 12] Ese texto de pórtico, “Una perla mellada en el principio”, revela un acto clave de sentido: “Con el misterio que traiciona toda confesión, hoy puedo advertir que mi vida solo ha sido ese constante recorrer un mismo camino, atravesar la misma cañada, el puente derruido, la sombra de mis pequeños pasos adelantándose a la brisa, los cristales que el sol tendió en nuestro anhelo”.

Junto al camino arquetípico que ha de convertirse en Uno universal, hallamos elementos estrictamente topográficos como la cañada y el puente, y naturales, poetizados bajo un simbólico proceder que marca el estilo de la autora, como la brisa, a la cual se adelanta la sombra de pequeños pasos, y el sol, dador de cristales que van directamente a nuestro anhelo.

En el poema-carta “En las espirales del amparo” continuará: “mi vida entera ha sido una fuga desde el centro de mí y hacia el fondo de mi raíz interior”.

El tercer párrafo del poema pórtico, que es guía y premisa de todo el poemario, rompe con esta desgarradora frase: “En aquel instante mis padres se golpeaban sus culpas”. “Yo crecí entre unos padres que se odiaban. Crecí con la miseria de ese odio y esa otra miseria del que nada puede dar porque nada posee”.

La muerte, sin embargo, devuelve la imagen que imagina, aunque esta nueva visión se coloca en una carta bastante posterior, acaso trasvasada por continuos incorpóreos recintos del espíritu: “Me di cuenta de que mi padre se refería a mí como si aún fuera una niña, rápidamente me percaté de que él había guardado mi imagen más hermosa”. [p. 74]

La familia, las personas de cercana compañía, arrastradas con dolor básicamente humano, y aquellas encontradas en los recodos de ese camino repetido, son más que personajes de reparto, incluso más que elementos a los que el juicio poético va a coronar con sus palabras. La raíz básicamente humana de ese texto actúa como llave maestra que permite aquilatar las claves de reserva y desafío que propone el libro, aun sin activismos de fondo, aun sin propuestas concretas de ruptura.

Luego, inevitablemente, la presencia del hijo, las “semillas del alba” que la vida ofrece como un misterio que se nutre de su propia inspiración, que le devuelve la oportunidad de que en un futuro no guarde para sí mismo versos como los de la confesión de su madre. Podría indagarse, con menos premura de reseña, cómo el misterio de existencia física de la persona hijo, con su indiferencia natural y sus supuestas certezas, supera al otro del nacimiento, del proceder de entraña propia. Tal vez esto explique por qué el feminismo es apenas umbral, confesión más o menos recogida.

El insomnio y la fabulación son escenario para esos desafíos, para esas confesiones: “me hundiré en las cavernas de esta noche, en la espada sin filo de esta luna”. [p. 26] Ciclo que no dejará de repetirse, que insistirá en rebuscar las versiones, como en “Cáscara de nuez”, donde confiesa haber “robado unos momentos a la abrumadora cotidianidad”, o en “bajo el incólume cuerpo de la ausencia” donde asume que, al cabo del tiempo, sus manos “se ven cansadas de la propia torpeza que no pueden ocultar, siempre agitadas en las faenas cotidianas a las que no se resignan”.

Así, del temor que la muerte siembra en la familia, los poemas avanzan hacia los signos de la fe, a la asunción del miedo como sacrificio de sí y, por extensión poética, denuncia y anunciación de desafío. Solo en umbrales, aunque tal vez no resulten al cabo tan inciertos como propone el propio fatalismo barroco del sujeto lírico.

 

1 Álvarez, Ileana: Los inciertos umbrales, Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, 2003, ISBN: 959-229-069-5, 75 pp.

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