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Ejercicio 22

Jesús David Curbelo, 24 de octubre de 2018

Retrato de una antigua dama “indigna”

La poesía de amor ha causado buena parte de las grandes revueltas en la historia de la lírica occidental. Esta observación parecería pueril si no fuera aterradora la postura crítica que, entre sus muchas flaquezas lectoras —o quizá obnubilada por los modus operandi de las corrientes de la teoría literaria contemporánea erigidas en paradigmas al estilo de los principios de autoridad del escolasticismo—, ha desdeñado la impronta de la poesía erótico-amatoria y se regodea en los campos de la ideología, la política, la historia y la lingüística, entre otras disciplinas, sin recordar (o conocer) quiénes fueron y qué hicieron Arquíloco de Paros, Safo, Catulo, Dante, Petrarca, Ronsard, Du Bellay, Donne, Shakespeare, Garcilaso, Quevedo, sor Juana, Hugo, Baudelaire, Bécquer, Rilke, Kavafis, Masters, Neruda, Salinas, Celan, Szymborska.

Ellos y otros y otras que no atino a recordar aquí supieron tomar el pulso al espíritu de su época al desplegar agudas inquisiciones sobre esa íntima manera de relación contentiva de tal gama de sentimientos que va de la adoración al odio y afecta variados órdenes de la vida privada y de la pública para terminar interactuando, por lo general desde la sospecha y la mirada desacralizadora, con los más feroces dogmas impuestos por el poder en cualquiera de sus variantes (la religión, el estado, la clase social, la familia, la moral, el género, la raza, la preferencia sexual).

Si encima convenimos en que esos acercamientos han cumplido la regularidad de la literatura (a menudo invisible para los antedichos críticos) de que cuando se expresan ideas nuevas se impone, incluso a despecho de las voluntades de los autores, una renovación lingüística y estilística que sea el adecuado continente para el pensamiento novedoso, no vacilaremos en admitir la arista de que el amor, al ser el motor del universo, lo es asimismo de una gran zona de la alta poesía.

En esa larga nómina de subversores cuyo móvil aparente para refundar los cimientos de la tradición poética ha sido explorar en el intenso drama humano del amor, se inscribe el nombre de Louise Labé. Nacida hacia 1523 o 1524, en el seno de una familia acomodada de cordeleros de la región lionesa, vivió en un siglo que se inicia con la vigorosa poesía de Clément Marot (con quien se rumora sostuviera amores tormentosos en su juventud) y finaliza con la épica extraordinaria de Agrippa d’Aubigné, pasando por Pierre Ronsard y Joachim du Bellay, quienes fijaron teórica y poéticamente los destinos del francés moderno, en un ejercicio sin duda aprendido en Dante y propio de la revolución renacentista. Es esta también la centuria de los dos grandes fundadores de la prosa francesa: el novelista François Rabelais y el ensayista Michel de Montaigne; y la de la Reforma iniciada por Lutero y proseguida por Calvino (quien acusó alguna vez a Louise de plebeia meretrix en virtud de su conducta desordenada a los ojos del adalid), la cual trajo por consecuencia furibundas guerras religiosas y el decaimiento de la autoridad real, hasta caer en la célebre noche de San Bartolomé, una de las más sangrientas masacres registradas en la historia de Francia. Antes, sin embargo, el reinado de Francisco I y la influencia de su hermana Margarita de Navarra (autora del Heptamerón, pieza fundamental de la narrativa gala), habían creado un clima cultural propicio para el advenimiento de las mejores ideas artísticas y literarias del Renacimiento italiano, que demoraron alrededor de dos siglos en permear las sensibilidades del resto de Europa.

En ese ambiente se educó Louise Labé; aprendió latín, italiano, español, música, y hasta el manejo de las armas, al punto de participar en torneos e incluso en verdaderas batallas a las que se vio abocada por seguir a alguno de sus numerosos amantes. Fue, además, animadora de uno de los primeros salones literarios franceses, visitado, entre otros, por Maurice Scève (poeta fundamental de la “escuela” lionesa) y Jacques Pelletier du Mans, Antoine de Baïf y Pontus de Tyard (integrantes del grupo La Pléyade, liderado por Ronsard y Du Bellay). Este salón fue una trinchera del mejor pensamiento intelectual de la época, y le permitió a la Bella Cordelera (sobrenombre con el que la tildaran, además de por su origen, por su matrimonio entre 1543 y 1545 con Ennemond Perrin, un tolerante cordelero de mucha mayor edad que puso su fortuna al servicio de los caprichos eruditos de su esposa) ampliar su visión del mundo y de la literatura. El resultado: una obra breve e intensa como pocas, que oscila alrededor de un tema central: el alma encantada ante la idea de un amor perfecto y la imposibilidad de su existencia real, donde los ecos de Platón y Petrarca se van haciendo imperceptibles, y termina por imponerse una avalancha de sinceridad rayana en la impudicia, dicha en un francés atrevido e indagador, pleno de búsquedas formales que la convierten en una de las más contemporáneas entre los autores del período.

Esa obra, en suma, está compuesta por tres colecciones: los Sonetos, las Elegías y un texto en prosa titulado Debate de Locura y de Amor, aparecidos de manera conjunta en 1555, cuando la poetisa editara sus Oeuvres luego de solicitar y recibir el entonces consabido permiso real que tal menester requería. A partir de esa fecha, gozó de varias ediciones sucesivas en los años subsiguientes y no ha cesado de reeditarse y traducirse hasta hoy a diversas lenguas como el inglés, el italiano, el español, el polaco y el alemán (en esta fue nada menos que Rilke quien la puso en circulación en 1918 en un compendio que recogía los veinticuatro sonetos indiscutidos de la autora), ni tampoco de recibir cientos de trabajos analíticos que oscilan desde los estudios de literatura comparada hasta los enfoques feministas (amén de varios poemas laudatorios) y recopilan firmas de algunos intelectuales de primer orden como Sainte-Beuve, Marceline Desbordes-Valmore, Jean Moréas, Samuel Beckett, Enzo Giudici, Louis Aragon y Jude Stéphan, aparte del ya mencionado Rainer Maria Rilke.

Es muy probable que fuera el Debate... la pieza inicial de la exigua producción de Louise Labé. Se considera el 1548 como la data probable de escritura de esta composición que cuenta los avatares de la disputa entre Amor y Locura a la puerta del banquete al cual han sido convocados por Júpiter. En el calor de la reyerta, Amor le dispara una flecha a su contendiente, pero esta se vuelve invisible y le arranca los ojos a su rival. A solicitud de Venus, Júpiter accede a celebrar un juicio en el que Apolo defiende al amor y Mercurio a la locura. Después de ambos alegatos, que dejan a los dioses divididos, Júpiter determina que los adversarios deberán en lo adelante convivir amigablemente, que Locura guiará al ciego Amor por dondequiera que este transite. No obstante, lo importante no es el veredicto, sino la controversia en que los abogados despliegan sus discursos a través de argumentos históricos, mitológicos y retóricos en los que alternan máximas neoplatónicas con chispeantes anécdotas dignas de Boccaccio o Rabelais. Como en los diálogos contradictorios del Heptamerón, aquí son confrontadas dos concepciones del amor: la que aboga por un principio de orden y de dignidad si amor y locura viven separados, en un armonioso conocimiento de sí y del otro, y la que defiende el acto de amar como una perpetua agitación del espíritu muy lejana de toda mesura y todo equilibrio. O sea, en el fondo se porfía sobre un asunto filosófico y literario, el enfrentamiento de dos opciones epistemológicas y existenciales, pues Apolo y Mercurio hacen del amor una metonimia del saber; el primero propone un saber acabado y armónico, mientras el segundo alaba la desmesura, el caos, el exceso de las fuerzas vitales, que son los únicos factores capaces de llevar al hombre hacia los saberes inauditos. Estamos, al cabo, ante la expresión de dos poéticas inherentes a la conciencia creadora: el culto de la forma y la violencia de los excesos, la vieja disyuntiva entre lo clásico y lo barroco que muchos años después enunciaría Wölfflin.

Sobre esta plataforma teórica abierta y ambivalente se alza el resto del trabajo artístico de Louise Labé. Para la crítica resulta un hecho incontrastable que es en los sonetos donde cristaliza el genio elegíaco de la poetisa, aún dubitativo en las elegías entre la retórica preciosista y el prosaísmo típico de las urgentes necesidades expresivas. Ambos grupos de composiciones fueron escritos al parecer al mismo tiempo, entre 1552 y 1554, cuando conoció al poeta Olivier de Magny y sostuvo con él tal vez la más tormentosa de sus relaciones erótico-sentimentales (se le acusa de haber sido amante no solo de Marot, sino también de Luigi Alamanni, del rey Enrique II de Francia cuando todavía era el delfín, del impresor Jean de Tournes que publicara sus textos en 1555 y, por último, del florentino Tomasso Fortini, a quien la Bella Cordelera legó en herencia todas las posesiones que amasara a lo largo de su vida con sabias inversiones en tierras, fincas y viñedos). Sin embargo, este dato resulta intrascendente; de nada vale, desde el punto de vista literario, salvo para añadir notas picantes, el apunte biográfico o la triste constatación de las calumnias, los ataques verbales y por escrito o los procesos judiciales diversos con que asaetearon a Louise Labé los espíritus mediocres de su tiempo.

Bastante más relevante resulta la intensidad con que se expresa el amor femenino, heredera de la aparecida antes en Safo y otras poetisas griegas de la antigüedad, en las italianas Gaspara Stampa o Veronica Gambara, o en las francesas Christine de Pisan, Margarita de Navarra y Pernette du Guillet, por solo citar a las más conocidas. Esta presencia de las opiniones, ansias y emociones de una mujer enfrenta el totalitarismo del discurso masculino de la época con Marot, Scève y Ronsard a la cabeza, que hicieron de la figura de la hembra un objeto de apetito sexual y un modelo de belleza neoplatónica y preconcebida mediante los blasones1 puestos de moda por el primero y cultivados por el segundo, o las colecciones de poemas del tercero, en los cuales se sobreentiende el predominio social y cultural del hombre.

En este sentido, hay un curioso documento perteneciente al compendio de obras de Louise Labé: la dedicatoria que esta hace a su joven amiga y poeta Clémence de Bourges. Estamos en presencia de un auténtico manifiesto redactado con la ironía, el desenfado y la mirada emancipadora y peculiar que ha sido consustancial a la mayoría de la literatura escrita por mujeres a lo largo de la historia. Me permito presentar algunos fragmentos para que se aprecien las similitudes de este discurso con el de otras precursoras célebres de la defensa de los derechos de la mujer:

Habiendo llegado el tiempo, Señorita, en que las severas leyes de los hombres ya no impiden que las mujeres se apliquen a las ciencias y disciplinas, me parece que aquellas que tienen la posibilidad, deben utilizar esta honesta libertad que nuestro sexo ha deseado tanto, y aprenderlas: y mostrar a los hombres el error que cometían al privarnos del bien y del honor que allí podíamos recibir. Y si alguna llega en grado tal que puede poner sus conceptos por escrito, que lo haga cuidadosamente y sin desdeñar la gloria, que lo haga suyo más que las cadenas, anillos y trajes suntuosos, que solo podemos considerar nuestros por el uso. Pero el honor que la ciencia nos proporcionará será completamente nuestro, y no podrán despojarnos de él ni la habilidad de un ladrón ni la fuerza de los enemigos ni la duración del tiempo [...] No puedo hacer otra cosa que rogar a las virtuosas Damas elevar un poco sus espíritus por encima de sus ruecas y carretes, y emplearse en hacer entender al mundo que si no estamos hechas para dirigir no se nos debe desdeñar como compañía, lo mismo en asuntos domésticos que públicos, de aquellos que gobiernan y se hacen obedecer. Y aparte de la reputación que nuestro sexo recibirá, habremos demostrado al público que los hombres ponen más esfuerzo y estudio en las ciencias virtuosas por el miedo que les da la vergüenza de que los precedan en ellas aquellas a las que han pretendido siempre ser superiores en casi todo [...] En cuanto a mí [...] solo buscaba un honesto pasatiempo y forma de huir del ocio y no tenía ninguna intención de que nadie más que yo las viera nunca. Pero después que algunos de mis amigos que encontraron la forma de leerlas sin que yo lo supiera y que (como fácilmente creemos a los que nos alaban) me hicieron creer que los tenía que publicar: y no me atreví a desoírlos aunque los amenacé con hacerles beber la mitad de la vergüenza que me producirían. Y por aquello de que las mujeres no se muestran solas en público, la he elegido para que me sirva de guía, y le dedico esta pequeña obra, que tiene por único fin ratificar el sentimiento que desde hace tiempo le manifiesto, e incitarla y provocarle ganas, viendo mi obra torpe y mal construida, de traer a la luz otra que esté más trabajada y sea más graciosa.

Otro filón que me parece en grado sumo revolucionario reside en los cuestionamientos, muy próximos a lo testimonial, acerca del deseo y de la identidad del yo amoroso. Para Louise Labé, el ser se desarticula en las extensas maniobras y las preocupaciones enojosas de la pasión, y se desgaja en proyecciones contradictorias, como lo indican las continuas series de antítesis y paradojas de lejana estirpe petrarquista que pueblan los sonetos y las elegías. Este ser desarticulado pugna en todo momento, sin conseguirlo jamás, por subsanar la ausencia del otro, equivalente a una pérdida de sustancia, a una disociación continua del alma y el cuerpo, a una negación del principio de armonía que se busca en las mentidas uniones logradas en el sueño y en la imaginación, o en el deseo de un éxtasis erótico efímero y mortal que fragüe por leves instantes las partes escindidas. Esta carrera inútil, por supuesto, semeja el itinerario del arte: la búsqueda perenne de una comunicación que se disloca, se malinterpreta y da pie a nuevas interpretaciones cada vez que se dialoga con distintos interlocutores o, incluso, con el mismo interlocutor en una nueva oportunidad.

Tantas concepciones nacientes descansan en un lenguaje en el que se conjugan lo clásico y lo moderno, lo culto y lo popular, desde alusiones de carácter histórico-mitológico-literario hasta expresiones coloquiales que realzan la agudeza de Labé al buscar en los resortes de la lengua popular otra manera de vivificar el idioma poético, siempre tendiente al anquilosamiento. Sus maestros Petrarca y Ariosto ya habían puesto en práctica la mezcla con excelentes resultados, como lo habían hecho también, en la literatura francesa, su coterráneo Maurice Scève y el angevino Joachim du Bellay. Con tales conquistas Louise Labé dio rienda suelta a su subjetividad y nos legó una colección de poemas en que, si bien no alcanza siempre la excelencia de las cúspides, laten para la posteridad la psicología y la audacia artística de una dama lionesa que en 1566 dejó de existir físicamente y se convirtió desde entonces en una amiga cercana que nos conmueve con su testimonio acerca de los misterios del amor y que trasciende los vagos rumores y los vacuos procesos judiciales sobre su reputación y la moralidad de sus libros, coyunturas que en ocasiones han intentado preceder a la calidad de su poesía.

VII

Vemos morir toda cosa animada
cuando del cuerpo el alma sutil parte;
yo soy el cuerpo, tú la mejor parte,
¿dónde estás, pues, oh alma bienamada?
No me dejes gran tiempo desmayada,
vendrás muy tarde, no me has de salvar.
No pongas a tu cuerpo en este azar,
dale su parte y su mitad amada.
Amigo, haz que no sea peligrosa
esta reunión, esta cita amorosa,
y escóltala, mas nunca con dureza;
no con rigor, sino con gracia amable,
que, dulce, me devuelva tu belleza,
antaño cruel, y ahora favorable.

On voit mourir toute chose animee,
Lors que du corps l'ame sutile part :
Je suis le corps, toy la meilleure part :
Ou es tu donq, ô ame bien aymee ?
Ne me laissez par si long tems pamee,
Pour me sauver apres viendrois trop tard.
Las, ne mets point ton corps en ce hazart :
Rens lui sa part et moitié estimee.
Mais fais, Ami, que ne soit dangereuse
Cette rencontre et revuë amoureuse,
L'acompagnant, non de severité,
Non de rigueur : mais de grace amiable,
Qui doucement me rende ta beauté,
Jadis cruelle, à present favorable.

VIII

Yo vivo y muero, yo me enciendo y me enojo;
siento el calor extremo y sufro también frío;
la vida me es muy dulce y a la vez harto dura;
tengo grandes tristezas y grandes alegrías.
Me río y lloriqueo en el mismo momento,
y en medio del placer sufro graves torturas;
mi bienestar se va, y dura para siempre;
en un único golpe me seco y reverdezco.
Así es como me lleva el Amor, inconstante,
y cuando pienso hallar la cumbre del dolor,
de súbito me encuentro al margen de la pena.
Mas luego cuando creo mi gozo asegurado
y estar en lo más alto del bienestar que ansío,
él mismo me devuelve a mi inicial desdicha.

Je vis, je meurs : je me brule et me noye.
J'ay chaut estreme en endurant froidure :
La vie m'est et trop molle et trop dure.
J'ay grans ennuis entremeslez de joye :
Tout un coup je ris et je larmoye,
Et en plaisir maint grief tourment j'endure :
Mon bien s'en va, et jamais il dure :
Tout en un coup je seiche et je verdoye.
Ainsi Amour inconstamment me meine :
Et quand je pense avoir plus de douleur,
Sans y penser je me treuve hors de peine.
Puis quand je croy ma joye estre certeine,
Et estre au haut de mon desiré heur,
Il me remet en mon premier malheur.

XVII

Huyo de la ciudad, los templos, y los sitios
donde, al sentir placer en oír tus lamentos,
tú puedas, no sin fuerza, al final obligarme
a darte aquello que yo más valoro.
Máscaras, fiestas y torneos me aburren,
nada sin ti de bueno me puede suceder;
por más que trato de apagar el deseo
y un nuevo objeto hallar donde posar mis ojos,
y escaparme de estos pensamientos de amor,
en los bosques espesos soy la más solitaria;
pero percibo entonces, después de errar mil veces,
que si mi real deseo es librarme de ti,
me conviene vivir afuera de mí misma,
o en cambio hacer que lejos permanezcamos ambos.

Je fuis la vile, et temples, et tous lieus,
Esquels prenant plaisir à t'ouir pleindre,
Tu peus, et non sans force, me contreindre
De te donner ce qu'estimois le mieus.
Masques, tournois, jeus me sont ennuieus,
Et rien sans toy de beau ne me puis peindre :
Tant que tachant à ce desir esteindre,
Et un nouvel objet faire à mes yeus,
Et des pensers amoureus me distraire,
Des bois espais sui le plus solitaire :
Mais j'aperçoy, ayant erré maint tour,
Que si je veus de toi estre delivre,
Il me convient hors de moymesme vivre,
Ou fais encor que loin sois en sejour.

XVIII

Bésame una vez más, vuelve a besarme y bésame,
dame uno de tus besos que sea el más sabroso,
dame uno de ellos que muy amoroso sea,
yo te daré otros cuatro más calientes que brasas.
¿Y te quejas aún? Lo que te daña alivio
dándote otros diez besos todavía más dulces.
De esta forma mezclados nuestros besos dichosos,
gocemos uno del otro, a nuestra guisa.
Entonces doble vida cada uno seguirá,
pues vivirá en sí mismo y también en su amigo.
Permíteme, mi amor, pensar una locura:
siempre estoy mal, cuando discreta vivo,
y no puedo alcanzar a darme yo contento,
si no salgo de mí con alguna agudeza.

Baise m'encor, rebaise moy et baise :
Donne m'en un de tes plus savoureus,
Donne m'en un de tes plus amoureus :
Je t'en rendray quatre plus chaus que braise.
Las, te pleins tu ? ça que ce mal j'apaise,
En t'en donnant dix autres doucereus.
Ainsi meslans nos baisers tant heureus
Jouissons nous l'un de I'autre à notre aise.
Lors double vie à chacun en suivra.
Chacun en soy et son ami vivra.
Permets m'Amour penser quelque folie :
Tousjours suis mal, vivant discrettement,
Et ne me puis donner contentement,
Si hors de moy ne fay quelque saillie.

Elegía III

Cuando leáis, oh damas lionesas,
estos escritos llenos de lances amorosos,
cuando lamentos, penas, desengaños y lágrimas
me oigáis cantar en estos tristes versos,
no queráis condenar mi ingenuidad
y el error de mi loca juventud,
si es un error, ¿quién bajo los cielos
puede jactarse de no ser vicioso?
Uno no está contento con su forma de vida
y siempre envidia algo a su vecino.
Otro, furioso al ver la tierra en paz,
por cualquier medio quiere traer la guerra.
El otro cree que la pobreza es vicio,
solo se sacrifica ante el Dios oro.
Otro su fe perjura aplicará
en defraudar a cualquiera que le crea.
Otro miente con lengua traicionera,
lanzando mil insidias sobre todos.
No nací bajo el signo de un planeta
que me pudiera hacer tan infeliz.
Ni mi mirada nunca se afligió
porque lloviera más en casa del vecino.
Jamás sembré entre amigos la discordia
ni en pos de beneficios me humillé.
Mentir, engañar y abusar de los otros
me disgusta tanto como denigrarlos.
Pero si no tengo nada de imperfecto
que a Amor se acuse, fue quien me hizo así.
En mi joven edad me aprisionó en sus redes,
mientras ejercitaba mi cuerpo y mi espíritu
entre mil y mil obras ingeniosas,
que al poco rato me dieron fastidio.
Por saber dibujar con las agujas
hubiera emprendido la fama extinguida
de aquella que, más docta que sabia,
con la de Palas comparó su obra.
Quien me hubiera visto en armas, orgullosa,
portar la lanza y hacer volar maderas,
hacerlo incluso en combate furioso,
picar, voltear el glorioso caballo,
por Bradamante2  o la alta Marfisa,3
hermana de Roger, me habrían tomado.
Pero Amor no soportó por mucho tiempo
que amara solo a Marte y al saber,
y queriéndome dar otra inquietud,
sonriendo, así me dijo:
“¿Piensas, dama lionesa,
por estos medios escapar de mi llama?
Pues no lo harás, he subyugado dioses
en los infiernos, en el mar y el cielo.
¿O piensas que no tengo potestad
sobre los hombres, para hacerles ver
que no hay quien escape de mi mano?
A quien se cree más fuerte, más pronto lo golpeo.
Para insultarme no tienes vergüenza,
confiando en Marte, que esperas te salve.
Pero ahora verás si al persistir
en seguirlo podrás resistirme”.
Así hablaba, y ardiendo de ira
de su carcaj extrajo una saeta
y la lanzó con fuerza formidable
directo contra mi tierna corteza:
débil arnés para cubrirme el pecho
contra el Arquero siempre vencedor.
Abierta la brecha, Amor entra en la plaza
de la que expulsa ante todo al sosiego,
y, con el afán que sin cesar me da,
beber, comer, dormir no me permite.
No me abandona ni al sol ni a la sombra;
en mi ánimo solo tengo Amor y fuego,
que me transforman y me vuelven otra,
sin que pueda a mí misma conocerme.
Aún no había visto dieciséis inviernos
cuando entré en estas múltiples miserias,
y en el verano decimotercero,
Amor paralizó mi corazón.
El tiempo acaba con las altas pirámides,
el tiempo acaba con las fuentes húmedas;
no perdona a los bravos coliseos,
pone fin a las villas más preciadas,
y acabar también tiene permitido
el fuego del amor más ardoroso.
Pero, ay, tal parece que en mí aumenta
con el tiempo, y me acongoja más.
Paris amó a Enone  ardientemente
pero su amor no duró demasiado;
Medea fue amada por Jasón
que de su casa pronto la expulsó.
Si ellas merecían ser queridas,
y por amar a sus amigos, ser amadas.
Si el que es amado puede olvidar a Amor,
¿no es razonable, no siéndolo, cansarse?
¿No es razonable pedirte que permitas
Amor, ponerle fin a mis tormentos?
No dejes que de la muerte haga la prueba,
y que la encuentre más piadosa que tú;
pero si quieres que ame yo hasta el límite,
haz que aquel a quien estimo sobre todo,
el único que me causa risa o llanto,
y por el cual suspiro sin cesar,
sienta en sus huesos, en su sangre, en su alma,
o bien igual, o más ardiente incendio.
Así tu peso no será castigo
cuando conmigo alguien lo comparta.


Quand vous lirez, ô Dames Lionnoises,
Ces miens escrit; pleins d'amoureuses noises,
Quand mes regrets, ennuis, despits et larmes
M'orrez chanter en pitoyables carmes,
Ne veuillez pas condamner ma simplesse,
Et jeune erreur de ma fole jeunesse,
Si c'est erreur : mais qui dessous les Cieus
Se peut vanter de n'estre vicieus ?
L'un n'est content de sa sorte de vie,
Et tousjours porte à ses voisins envie
L'un forcenant de voir la paix en terre,
Par tous moyens tache y mettre la guerre
L'autre croyant povreté estre vice,
A autre Dieu qu'or, ne fait sacrifice :
L'autre sa foi parjure il emploira
A decevoir quelcun qui le croira :
L'un en mentant de sa langue lezarde,
Mile brocars sur l'un et l'autre darde :
Je ne suis point sous ces planettes nee,
Qui m'ussent pù tant faire infortunee,
Onques ne fut mon oeil marri de voir
Chez mon voisin mieus que chez moy pleuvoir.
Onq ne mis noise ou discord entre amis
A faire gain jamais ne me soumis.
Mentir, tromper, et abuser autrui,
Tant n'a desplu, que mesdire de lui.
Mais si en moy rien y ha d'imparfait,
Qu'on blame Amour : c'est lui seul qui l'a fait.
Sur mon verd aage en ses laqs il me prit,
Lors qu'exerçois mon corps et mon esprit
En mile et mile euvres ingenieuses,
Qu'en peu de tems me rendit ennuieuses.
Pour bien savoir avec l'esguille peindre
J'eusse entrepris la renommee esteindre
De celle là, qui plus docte que sage,
Avec Pallas comparoit son ouvrage.
Qui m'ust vù lors en armes fiere aller,
Porter la lance et bois faire voler,
Le devoir faire en l'estour furieus,
Piquer, volter le cheval glorieus,
Pour Bradamante, ou la haute Marphise,
Seur de Roger, il m'ust, possible, prise.
Mais quoy ? Amour ne peut longuement voir
Mon coeur n'aymant que Mars et le savoir :
Et me voulant donner autre souci,
En souriant, il me disoit ainsi :
Tu penses donq, à Lionnoise Dame,
Pouvoir fuir par ce moyen ma flame :
Mais non feras, j'ay subjugué les Dieus
Es bas Enfers, en la Mer et es Cieus.
Et penses tu que n'aye tel pouvoir
Sur les humeins, de leur faire savoir
Qu'il n'y ha rien qui de ma main eschape ?
Plus fort se pense et plus tot je le frape.
De me blamer quelquefois tu n'as honte,
En te fiant en Mars, dont tu fais conte
Mais meintenant, voy si pour persister
En le suivant me pourras resister.
Ainsi parloit. Et tout eschaufé d'ire
Hors de sa trousse une sagette il tire,
Et decochant de son extreme force,
Droit la tira contre ma tendre escorce
Foible harnois, pour bien couvrir le coeur,
Contre l'Archer qui tousjours est vainqueur.
La bresche faite, entre Amour en la place,
Dont le repos premierement il chasse :
Et de travail qui me donne sans cesse,
Boire, manger, et dormir ne me laisse.
Il ne me chaut de soleil ne d'ombrage :
Je n'ay qu'Amour et feu en mon courage,
Qui me desguise, et fait autre paroitre,
Tant que ne peu moymesme me connoitre.
Je n'avois vù encore seize Hivers,
Lors que j'entray en ces ennuis divers
Et jà voici le treizième Esté
Que mon coeur fut par amour arreste.
Le tems met fin aus hautes Pyramides,
Le tems met fin aus founteines humides :
Il ne pardonne aux braves Colisees,
Il met à fin les viles plus prisees,
Finir aussi il ha accoutumé.
Le feu d'Amour tant soit il allumé
Mais las ! en moy il semble qu'il augmente
Avec le tems, et que plus me tourmente,
Paris ayma Oenone ardemmant,
Mais son amour ne dura longuement,
Medee fut aymee de Jason,
Qui tot apres la mit hors sa maison,
Si meritoient elles estre estimees,
Et pour aymer leurs Amis, estre aymees.
S'estant aymé on peut Amour laisser
N'est il raison, ne l'estant, se lasser ?
N'est il raison te prier de permettre,
Amour, que puisse à mes toumens fin mettre ?
Ne permets point que de Mort face espreuve,
Et plus que toy pitoyable la treuve :
Mais si tu veus que j'ayme jusqu'au bout,
Fay que celui que j'estime mon tout,
Qui seul me peut faire plorer et rire,
Et pour lequel si souvent je soupire,
Sente en ses os, en son sang, en son ame,
Ou plus ardente, ou bien egale flame.
Alors ton faix plus aisé me sera,
Quand avec moy quelcun le portera.
 

1Un blasón es un poema que dibuja o sugiere un órgano, una parte del cuerpo, etc. El poeta suele enumerar los atributos mediante epítetos y metáforas muchas veces de carácter mitológico. Así, la frente, la ceja, el ojo, la mejilla, la boca, el cuello, los dientes, el corazón, la mano, el pezón, el sexo, el vientre, la pierna, el pie, entre otros, se convierten en una imagen absoluta e ideal. Hubo blasones platónicos y petrarquistas, de espíritu suave y evocador de los encantos de la amada, pero también los llamados satíricos, que cantaban las partes del cuerpo solo accesibles en la intimidad de la alcoba.

2Hermana de Rinaldo, héroe mitológico que cumple diversos papeles en la épica medieval y renacentista europea. Bradamante es una de las heroínas de Orlando enamorado de Matteo Maria Boiardo, y también del Orlando furioso de Ludovico Ariosto. Está considerada uno de los paradigmas literarios de la mujer guerrera.

3Hermana de Ruggiero, otro héroe imprescindible en los libros de Boiardo y Ariosto. También es un paradigma de la mujer diestra en el empleo de las armas.


 

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