Cubanos en Mendoza: entre el Zonda y la buena onda
Despuntaba el 12 de octubre. Cinco cubanos descendimos del Boeing-747 en el aeropuerto internacional de Mendoza. Me acompañaban, en esa delegación, los también escritores Alberto Marrero y Olga Montes; así como los ejecutivos Nancy Hernández Contreras, vicepresidenta de Creación y Promoción del ICL, y Cecilia Placeres, de la editorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma). Fría la madrugada, pero bella.
En el aparthotel Maué nos esperaban otros dos cubanos, Alberto Guerra, novelista de garra (guerrero de la palabra), y Maylín Noda, ejecutiva de la empresa comercializadora de arte cubano Artex; con ellos se completó la delegación. Teníamos el encargo de transmitir, de Cuba, el sabor y la profundidad de sus letras.
Todo con muy buena onda, según la concepción regional de la frase. Quizá los mendocinos –que nos asustaron con el viento Zonda anunciado para el jueves 18– no sepan que para los cubanos la palabra «onda» no carga con las mismas connotaciones que ellos asumen cuando dicen: «¡Qué buena onda!» Para nosotros este término viene a ser un sinónimo de estilo, o de elegancia. Tener «tremenda onda» equivale a bailar o hablar bien, enjaezarse como dictan las reglas de la moda, transfundirle refinamiento a cuanta tontería nos cruce por la vida. A decir verdad, prefiero aquella buena onda del sur, que ennoblece los actos y reduce las simplezas.
El Zonda tampoco tiene nada que ver con la sonda que conocemos –de uso en la urología–, ni con los demoledores huracanes nuestros, pues se trata de un viento que se genera en el Pacífico y, tras pasar por el Valle de Zonda, rebasa la cordillera andina y desciende, fuerte, seco y sucio sobre Mendoza y otros territorios de esa extensa área. Llega a alcanzar hasta 120 km/h, pero el que vimos nosotros, aquel día, fue menos de lo que en Cuba conocemos como viento platanero. Hizo su estrago, sobre todo en nuestras vías respiratorias, aunque no en el estado de ánimo. El Zonda nos trató con buena onda.
La feria se desarrolló en las salas y pabellones del espacio cultural Julio Le Parc y otras locaciones; Cuba fue el país invitado y además se le dedicó el evento a Liliana Bodoc, destacada escritora de la ciudad, recientemente fallecida. Nuestro programa oficial contó con cuatro actividades en la sede principal (día de Cuba incluido) y varias en bibliotecas, como la San Martín (con la imprescindible intervención de Marta Babillon, su directora), la Almafuerte y la Alberdi. Comparecimos a estaciones radiales y al canal de la TV mendocina. Íbamos escoltados por títulos nuestros de reciente publicación: Olga con la novela para niños Chimbe, Marrero con los poemarios Mística natural y Las tentativas, Guerra con su novela La soledad del tiempo, mientras a mí me acompañaron los poemarios Morir con otras almas y No me quieras matar, corazón, además del volumen de ensayos y artículos El verso para más.
Alejandro Frías, director de la feria, fue atento y eficiente. Aunque nos hubiera gustado una participación más profusa y créditos más expeditos, sobre todo en el discurso de inauguración, como hubiera correspondido a la condición de país invitado.
Nuestra participación oficial, además, se concretó con el montaje de un stand donde se comercializaron libros y otros productos alegóricos a Cuba y su cultura. Todo nuestro tiempo libre fue matizado por la buena onda de una ciudad atípica, en muchos sentidos amable y reposada, de baja estatura (por temor a los sismos) pero de inmedible grandeza espiritual. Mañana por mañana enrumbábamos, desde Dorrego y 25 de mayo hasta José Vicente Zapata en busca de la calle San Martín, que nos llevaba directamente a la peatonal, plena de establecimientos y cándidos rincones donde saciábamos la ensoñación, con buen café expreso, al estilo cubano.
Casi siempre nos acompañó Fabián Plaza, El Pelado, con su anatómico pañuelo en la cabeza, su mate colectivo, y a bordo de un auto que respondía (con un parpadeo de luces) al insólito nombre de «Culo»; siempre dispuesto a «darnos movilidad», como dicen por aquellos lares. Este simpático amigo y su esposa, Mariana Herrera Rubia, nos condujeron hasta los espacios donde respiramos, a pleno pulmón, la solidaridad con nuestro país y el amor por el ejemplo que representa para los pueblos que aspiran a su soberanía definitiva.
De un asado a otro, de vino en vino, fuimos tomándole el pulso a la ciudad: un sabor que no se da solo por el sentido del gusto sino también por las afinidades de dos culturas que, por distantes que parezcan, son la misma. Nos solazamos con tanta empatía. Y para fundir aún más esos vínculos, los asados que se organizaron por iniciativa de El Pelado y Mariana, fueron convites híbridos, donde el ron Havana Club, el arroz y los frijoles negros dormidos cruzaron abrazos con el vino, los bifes y otros cortes. Además, en el primero de estos, la música y el humor del compatriota Rafael de la Torre y sus acompañantes, dieron el toque definitivo de cubanía, mientras el de la despedida tuvo el profundo aire melancólico y combativo de la imponente cordillera.
En ese domingo del adiós, departimos con personas elanzadas por la activa militancia de izquierda. Aunque peque de prolijo, paso lista:
Mariana y Fabián redondearon la nómina hogareña con otros miembros de la familia: sus hijos Nahuel (músico, compositor) y Facundo (actor, murguero); además estuvieron Amparo (novia de Nahuel y estudiante de Historia del arte) y la infinita tía Chiqui.
Acudieron también el juglar Jorge Cuello –conocido en la calle, Pelado mediante– y su hijo Mauco, con quien hace dúo; ambos, tanto en el encuentro callejero como en la reunión, además de números emblemáticos de su tierra, nos sorprendieron con «A caballo vamos pa´l monte» y «Las maracas», de pura cepa insular. Grata la presencia de Jorge Garrido, Comanche, y Pablo Quiroga (Soplete). Todos ellos integran el grupo Alturas, que cada jueves acompaña a las Madres de Plaza de Mayo de Mendoza, en su ronda. Nunca faltan cuando se les convoca para una lucha.
Cleia, compañera del Comanche, brasilera de Mato Grosso, suma y acumula esperanzas por la libertad de Lula. Desde Mar del Plata Luis, amigo de Comanche, puso su nota de simpatía mientras Linda, de más allá de la cordillera, nos revivió a Víctor Jara con una cálida interpretación de El derecho de vivir en paz. El mensaje de Cuba llegó con los poemas que leímos y declamamos. «Che comandante» no podía faltar.
Jorge Bodoc se autodefine como evangelista del software libre mientras Mariana lo califica de loco hermoso, inteligente, ingenioso, creativo. Él me acercó la obra de su compañera, nunca ida del todo, Liliana Bodoc. Junto a su amigo Alberto Marino, legendario militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), fundaron el club de trueques en Mendoza (surgido como respuesta a las necesidades provocadas por la crisis del 2001). Luchadores por la economía social y popular, son impulsores de la criptomoneda, moneda social. Luchan asimismo por crear la Fundación para la Promoción del Arte de Liliana Bodoc.
No hay modo de salir indiferentes de Mendoza, de no renacer más cubanos, más argentinos, más americanos, de esa América nuestra que entrevió Martí. La comunión de ideas, el afecto, los vasos comunicantes entre nuestras culturas y nuestros anhelos constituyen un poderoso nervio que nos mueve el corazón con los mismos estímulos, similares utopías y las ansias comunes del abrazo total. De todo eso hablamos profunda y largamente con El Pelado, nuestro guía y lúdico interlocutor, muchas veces a bordo de «Culo», otras en demoledoras y fulgentes caminatas.
La gota de humor criollo no podía faltar, en el formato de la décima. No pude sustraerme porque, a decir verdad, el curioso nombre del auto de Fabián y Mariana, siempre dispuesto a transportarnos, constituía casi una provocación. Así nació la estrofa:
La verdad es que en Mendoza
nos atendieron bastante;
trajeron hasta a un cantante
que puso buena la cosa.
Con esa familia hermosa
que nos ganó el corazón,
Fabián y Mariana son
dos amigos que estimulo,
porque pusieron su «Culo»
a nuestra disposición.
«Un fuerte abrazo y feliz vuelta al sol», fueron las palabras de despedida que recibimos. Hoy, ya en mi tierra y dueño de una nueva página inmune al olvido, les respondo: «Otro fuerte abrazo, hermanos, desde este sol que también les pertenece».
(Santa Clara, 27 de octubre de 2018)
