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Maravilloso idioma

Virgilio López Lemus, 17 de diciembre de 2018

¿Qué hace bellas a ciertas palabras, independientemente de sus significados? Busco el ejemplo en sobaco, cuyo sinónimo axila es una bella palabra, en tanto que la primera no llega a tener sonora belleza expresiva. Los fonemas y sus pronunciaciones desempeñan un papel decisivo en la sonoridad más o menos grata. Digamos que la palabra sífilis es el nombre propio de una enfermedad nada grata, ligada a centenarias taras morales, prejuicios y discriminación, de modo que las connotaciones sociales del léxico pueden ser tan diversas en sí, que imprimen al vocablo una atmósfera tétrica. Pero la palabra en sí, sífilis, recuerda sílfide, es "bonita" en su triple presencia de [i], fonema incluso presente en la palabra lírica. Otros fonemas [s], [f] y [l] silban, flotan, languidecen, ayudan al vocablo a sonar con primor.

Palabras bellas son alcor, colina, hada… Y feas: verija, peste, murciélago. En los seis ejemplos, el significado influye poderosamente en la catalogación categorial, más allá de la composición de fonemas que armen cada palabra. Las cinco vocales en murciélago no ofrecen una fea combinación. Palabras como Murcia o piélago pueden ser tenidas por poéticas, líricas, hermosas, colmadas por la presencia de vocales que suenan bellamente.

Hay palabras neutras, como los monosílabos: sal, sol, mar, don, pero a otros monosílabos acude el resplandor de su pronunciación, quizás asistidos por sus significados: luz, pan, voz. Entonces, la belleza de una palabra puede estar conformada por sus fonemas, pero influye sobre ella qué significa y el mundo de connotaciones que pueda provocar.

Un poeta elige palabras. Es su léxico personal. Un poeta debe jugar a las lecturas varias de todo diccionario, no de uno solo, especializados o no, en busca de vocablos que han de serle útiles. El contraste es un juego primoroso. Una palabra tiene raíz que ofrece diferentes caminos expresivos: así speculo, conduje a espejo, y a especular. El poeta no especula con dinero, sino con ideas, imágenes, acierta a jugar con el idioma, a contrastar sonidos, a hacer vibrar a las palabras unas pegadas a otras para ofrecer significantes emotivos, sensoriales, intelectivo.

Con un juego de fonemas se puede asumir un lenguaje que apela a lo ignoto, a lo misterioso, usual con los fonemas [o] y [u]: "Una noche toda llena de sonidos y de música de alas…»; los acentos fundamentales del verso suelen estar en esos fonemas, y el efecto que se logra con ello es muy poético. Es a lo que llamo hacer vibrar a las palabras una junto a las otras. El verso de José Asunción Silva ayuda a comprender el valor lírico del fonema. Al cerrar con "de alas", es como si abriese la caja que se sella, que mantiene algo oculto (en las u y las o) y que se despliega al tiempo y al espacio. La secuencia vocálica principal de ese verso suena: u-o-o-o-o-u, mientras que en la secuencia secundaria escuchamos: a-e-aeae-i-ie. La magia está en esas dos u que encierran a las cuatro o. El poeta debió ser un sabio y un músico para que vibrase en su oído esa musicalidad "nocturna".

Se pueden hallar connotaciones mucho más alegres, abiertas, diurnas mediante el uso del abierto fonema [a], como en alba y hada. Rubén Darío usó ese juego feliz en una combinación de a-e-i vibrante como un cristal: "¡alegría, alegría!". La vocal a puede dejar como abierta a la o: alcor, y solo en la dupla de la o se sentirá de nuevo el aladinesco sentido oscuro, como en alcohol, palabra hermosa, de exótico sentido árabe.

La palabra cosmos ayuda a precisar que las vocales, en este caso duplo de [o], determinan una fuente de vibración lexical dentro de la lengua española. Cosmos ofrece un sentido de algo completo, redondez e ingrediente de misterio, asombro o murmullo radicado en el duplo de o. En las vibraciones fónicas surten efectos otros elementos, como la llamada yod, y el peso de fonemas como [s] y [f], y con menos fuerza [j], [l] y [r].

No soy lingüista. Esta reflexión es del rango poético y no lexical, gramatical o lingüístico en sentido especializado. Hay una particular connotación en el uso de las palabras, cuando ellas quieren expresar poesía. Un poema es, en efecto, una unidad lingüística y puede asimilarse y estudiarse como tal, pero también es un cofre de connotaciones, de interrelaciones y evocaciones, que van más allá del lenguaje llamémosle común, cotidiano, de efectiva comunicación. El poema también comunica, pero de una manera-otra, en la que las connotaciones en torno a la organización léxica determinan la imagen principal y sus efectos de evocación, sugerencia, plurisemia, e incluso su intervención en el sistema rítmico expresivo.

El género literario al que llamamos poesía, se escribe con palabras, se acrece con ideas, bulle en imágenes (tropología) y la malla interlexical produce vibración. Un poema debe quedar vibrando al ser leído, tanto por lo que dice como por cómo lo dice y por lo que sugiere. Si no vibra, falta allí una cuerda esencial del arpa poética. Véase cómo vibra este verso martiano: "Todo el que leva luz, se queda solo". Y la vibración que también ofrecen las vocales convierte al texto en magia de la palabra, palabra con intensidad, poesía.

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