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Vindicación de la oralidad

Ricardo Riverón Rojas, 25 de febrero de 2019

El pasado 20 de febrero me trasladé al municipio de Manicaragua, en Villa Clara, invitado por los escritores Mario Brito y Alfredo Delgado. Tenían convocadas un par de actividades literarias que yo debía protagonizar, una en la Casa del Escritor de ese municipio (el único en la provincia que la posee), y la otra en la biblioteca. Me sorprendió que en las dos tuve público, cosa poco esperable en estos tiempos en que el imperio de lo material y del consumo aparatoso de joyas, prendas de vestir y toda clase de arreos dorados, junto a los desembolsos alegres constituyen el más reiterado patrón de éxito en nuestra cotidianeidad.

Por supuesto que pregunté y supe que en uno de los casos se trataba de trabajadores de las bibliotecas del territorio, y en el otro de los promotores de los distintos consejos populares. En otro momento de mi ya larga vida profesional me hubiera disgustado enfrentarme a un público cautivo (recuerdo que en algún momento le decíamos "público amaestrado"), pero esta vez no. Y no es que ya los hábitos de consumo cultural al uso me hayan derrotado, es que considero que estamos arribando a un nuevo momento en que a la oralidad literaria le urge recuperar su papel movilizador de conciencias hacia los paradigmas humanistas que necesitamos para enfrentar la barbarie de la pseudocultura, tan dinámica y relumbrante.

Me gustó la actividad porque no se centró en que yo les leyera textos a los presentes, sino en que dialogáramos sobre diversos temas, entre ellos: cómo se forma un escritor (basado en mi experiencia personal, por supuesto) y en cuáles son los ingredientes que no le deben faltar a un promotor de la literatura para obtener resultados concretos. Terminamos, claro, con que les leyera algo de mi producción, en este caso, la de perfil humorístico y de tal brevedad que apenas aportó apenas un matiz catártico al encuentro. Quizás pueda ser el embrión de un nuevo modelo de intercambio oral, con el componente pedagógico prevaleciendo sobre la desgastada fórmula del recital "a palo seco".

No soy el primero que ha escrito sobre la caducidad de un modelo comunicativo que solo se concebía con un autor leyéndole textos a un público espontáneo (o amaestrado).  Se sabe que ante la reiteración y la lenta dinámica de tales actos, han terminado por quedar totalmente secos de escuchas.

Hace años, específicamente el 7 de abril de 2013, en esta misma columna publiqué un texto titulado "¿Dónde estás, espectador?" Algunos de los argumentos que en Manicaragua esbozaba ya estaban presentes en aquellos razonamientos, sobre todo los referidos a la proliferación caótica de las actividades de intercambio, por lo general de espaldas a jerarquías.

Según pienso hoy, estos dos últimos vicios, ya no son heridas a sanar sino secuelas a rehabilitar. El público ya lo perdimos, y reconstruirlo no es tarea simple que se pueda asumir empíricamente. A mi modo de ver, la renovación de los formatos debe constituir el primer antídoto para el rescate, pero antes deben operarse otros cambios en nuestra vida nacional.

Insisto en que me gustó que en una actividad a la que fui convocado como escritor, donde me pusieron a hacer el papel de maestro, pues considero que si las dos figuras con las que trabajé: los bibliotecarios y los promotores no se enfocan de otra manera en su misión cultural, seguiremos por el camino de devaluación de lo literario. Algo he razonado sobre principios a aplicar en la promoción, y algo de eso fue lo que compartí, aunque, de ir preparado, hubiera sido mejor estructurada mi exposición.

Recuerdo que a la pregunta de qué no le puede faltar a un buen promotor respondí que son varias las cualidades de las que no pueden prescindir; la primera de ellas sensibilidad, la segunda sentido de la trascendencia de una labor encaminada a exaltar la espiritualidad, la tercera: conciencia de que se hace algo que beneficia más a otros que a uno mismo, pues visibiliza y propone nuevas figuras de prestigio apartadas de lo material. Otras cosas dije y me percaté de la convocatoria mesiánica que estaba haciendo, casi al estilo de un predicador religioso, razón por lo cual concluí que la nuestra es labor de "evangelización", como lo es también la correspondiente renuncia a jugosas retribuciones que implica. Los salarios de cultura, se sabe, son casi risibles. La única probable compensación estaría con el reconocimiento de aquellos que se "salven" a través de un patrón iluminista, nunca estará caduco, aunque lo golpeen el pragmatismo y la ponderación de los consumos.

Si los bibliotecarios abandonan la quietud de sus salas, y salen a tomar la comunidad por asalto, los promotores estudian las obras clásicas y contemporáneas, con especial énfasis las de su entorno inmediato, y las llevan a los espacios que convocan, en la misma o superior medida en que proponen variantes de espectáculo o de perfil festivo, habremos empezado a estar a tono con un nuevo concepto de público para la literatura. Insisto, los formatos deben variar, concebirse como espectáculos, sin caer en el abaratamiento, pero quitándole –eso sí– algo del lustre académico.

Sé que existen metodologías, ya obsoletas, de naturaleza lúdica, para involucrar al público en la actividad como parte de ella, no como consumidor, y aunque estas pudieran continuar operando, sobre todo en el caso de los niños, urge una renovación metodológica que, unida a la concentración de las actividades, seguramente cambiará el panorama.

Pongo un solo ejemplo que valdría la pena analizar: ¿por qué la mayor parte de las actividades de intercambio literario del tipo diálogo autor-público carecen de producción, escenografía, guión, locutor, y se repite hasta el cansancio la propuesta de uno o varios escritores leyéndole a un público, con intervenciones de un trovador u otra propuesta musical, alternando unos con otros? También podríamos cuestionarnos esas presentaciones de libros con un disertante que despliega un ejercicio crítico demasiado profundo y teorético, poco coloquial cuando esa sería una fórmula a aplicar quizás en una universidad, o en una publicación, pero no en una actividad con público general. Quizás sean tiempos de ensayar algo que he denominado, alegremente, "twiter literario".

Todas esta son ideas que, de haber tenido más tiempo, me hubiera gustado debatir más a fondo en Manicaragua. Agradecería que, ya en un ambiente más amplio, más de intercambio que de conferencia, razonáramos profundamente, y con tiempo, sobre estos temas en pos de reivindicar una oralidad que en determinado momento fue puerta de entrada de dos promociones poéticas.

En estos momentos en que el libro anda herido grave por tanta competencia grosera, un evento de este tipo contribuiría a darle la respiración boca a boca.
A Manicaragua fui y regresé en guarandinga, el medio de transporte habitual para ese bello pueblo al que sigo considerando portador de una ruralidad lúcida y productiva en lo literario. Dando trompicones a la ida y a la vuelta en el endemoniado vehículo se me movieron estas ideas que, por primera vez en muchos años, he escrito de un tirón. Ideas sobre las que seguiré pensando y –terco que soy– martillando.

Santa Clara, 20 de febrero de 2019