Los 110 de Félix: un silencio muy fino
En Tarot de la poesía Félix Pita Rodríguez nos regala una de sus más pulidas sentencias: La poesía es un silencio / que alguien de oreja muy fina escuchó. Pasaron 110 años desde que este narrador, dramaturgo y periodista naciera en Bejucal, un 18 de febrero. No ha sido muy fino el silencio que en torno a su obra, poética y fiel, han escuchado las orejas de los críticos, de ahí la escasez de valoraciones sobre su obra en nuestras principales páginas de análisis literario.
Resulta sorprendente que el onomástico no haya tenido una mayor repercusión en lo tocante a desentrañar los valores de su oficio, pese a que en la pasada Feria Internacional del Libro tuvo lugar un coloquio sobre el tema. Ángela de Mela, Cira Romero, Ricardo Otero y Fernando Rodríguez Sosa disertaron en el mismo, con énfasis en su narrativa, su pertenencia a la vanguardia y su periodismo.
También, es justo mencionarlo, en este mismo portal, Leonardo Depestre Catony publicó un hermoso texto de recordación titulado "Félix Pita Rodríguez, entrando en la leyenda", a la par que las emisoras Radio Reloj, COCO y Habana Radio se sumaron a la celebración con emotivas semblanzas.
Como la poesía no protagonizó los espacios de recordación, tengo interés en referirme, específicamente, a dos de sus últimos libros de poesía: Historia tan natural (1971) y Tarot de la poesía (1976), ambos marcados por coyunturas especiales en la dinámica literaria y política del país. El primero de ellos, el más logrado y singular a mi entender, salió a la vida pública en el mismo año en que se desarrolló el I Congreso de Educación y Cultura, tras los desafueros del famoso caso Padilla. Viene a ser algo así como lo contrario a lo que las tesis del infeliz cónclave proponían con aquel llamado a una literatura puesta al servicio de una función educativa francamente reductora.
Historia tan natural se centra en la introspección lírica, con el individuo como protagonista de visiones y saberes que solo desde el humanismo podrían aportar rentabilidad a las pautas instructivas por las cuales se clamaba. Un detalle curioso es que el propio Padilla, tan mordaz e irónico en su Fuera del juego (uno de los detonadores de su caso), hubiera elogiado en su momento, 1961, el libro de Pita Las crónicas: poesía bajo consigna. Valiéndose de términos tan antagónicos con los de su famoso premio Uneac, de 1968, Padilla aseveró:
Tal vez parezca sorprendente que yo escriba las palabras de presentación para Las Crónicas, pues ni siquiera había yo nacido cuando el entonces adolescente Pita era ya un destacado renovador de nuestra literatura; pero es que, siendo de dos generaciones completamente diferentes, de dos circunstancias históricas afortunadamente opuestas, he aquí que la Revolución nos hermana sin cronologías de ningún género, y lo pone a él a decir su poesía con un fuego juvenil que supera al más bisoño y a mí a dar testimonio emocionado del hecho.1
Bien recuerdo aquellos años en que se decía que la literatura debía reflejar, sobre todo, los esfuerzos y las luchas del proletariado en pos de conquistar el anhelado sueño del socialismo. Félix se pronunció, creo que a contrapelo, a favor de una poesía que retomara, y reconvirtiera en patrimonio de los proyectos revolucionarios, la expresión poética nacida de la autoreflexión y el ensimismamiento lírico. Un ejemplo de Historia tan natural me sirve de apoyo:
ASPIRO A SER PUERIL
Aspiro a ser pueril
Flor de naranja, menta inverosímil,
en esta angustia espero y me debato,
agonizo queriendo
no tener ni sombrero ni esperanza.
Sueño el cauce del pan, un carro de manzanas,
para dormir mientras de pie interpreto
mi parte en este mundo.
Cierro los ojos, miro al otro lado,
compro lo que me venden
sin escuchar al vendedor.
Digo que sí, pensando en otra cosa.
A veces frente al agua, a una muchacha,
al sol bajo las ramas,
me digo convincente que es así,
me lo juro
buscando a un dios para comprometerlo,
pero ninguno quiere y no me creo.
Parece fácil, puerilmente fácil,
por ejemplo, el silencio,
callar, no decir nada.
Uno afirma que el pan, que su perfume
desnudo junto al horno, en la canasta,
que la flor repetida,
digamos la amapola silvestre, el aguinaldo
por millones naciendo,
sin que nadie compruebe
su orfandad, su silencio.
Se habla de transparencias, de alegrías,
de sutiles zozobras,
de la muerte.
Y yo digo que no.
Miro para otro lado, justifico el silencio,
aspiro a ser pueril, me comprometo
con el callado,
el taciturno y pálido jinete
del corcel mensajero.
Insisto, se trata de un libro publicado en 1971, señalado como año de debut del "quinquenio gris". ¿Se podría calificar de evasiva esta poesía? Evidentemente, si la hubieran medido con el sesgo que se impuso como norma preceptiva, y si Félix no hubiera demostrado con sobrada fuerza su condición revolucionaria, mal la hubieran pasado aquellos textos.
Esta casi inútil demostración de fidelidad lírica, de momento solo me sirve para desarticular el falso mito de que en aquellos días solo se publicaban loas y hexámetros a favor del rey. ¿Cómo hubieran reaccionado los parametradores, de no haber "mirado para otro lado", ante una declaración tan poco participativa como está: "¿Es acaso este oficio de sombra el que conviene al artesano corazón dormido?" Y se trata de una composición que ni siquiera pertenece al cuaderno referido sino a Las crónicas. Poesía bajo consigna.
Sobre Historia tan natural, en su momento Desiderio Navarro afirmó:
(...) la memoria además de tener sus evidencias, es rica en paradojas, falacias, laberintos, sofismas. Son éstos los que Félix Pita Rodríguez explora en Historia tan natural. Este no es un libro de memorias, es un libro sobre la memoria. Pero en él nada se aprende de esa árida facultad que describen los manuales de psicología bajo el mismo nombre. Porque el poeta no cree que la memoria es la cámara fotográfica que acopia instantáneas para el álbum de un turista, no cree que la memoria es un amarillento libro de actas donde un notario asienta lo que juzga importante. Porque, por el contrario, él cree que la memoria es una pasión y una voluntad. Y si para él la memoria todavía pudiera tener algo de espejo, no se trataría de un domesticado espejo común, sería uno de esos infernales espejos hiperbólicos que se las arreglan para reflejar lo que en su lugar no mostrarían los espejos ortodoxos.2
Tarot de la poesía, aparecido cinco años después, sigue la misma línea de Historia tan natural, pero en él se desliza el balance hacia el rescate de modos de decir de la poesía marcada por un fuerte aire tradicional y sentencioso. La cantiga, de espíritu galaicoportuguesa, con su aparente ligereza cantábile y su exceso de terminaciones en palabras agudas e infinitivos, le sirve de instrumento. Según mi opinión, aquí el resultado es menos efectivo que en los pasajes de puro verso libre, más abundantes en Historia tan natural. No obstante, no se puede negar que Tarot de la poesía constituye, en una oblicua medida que solo hoy identificamos, contestatario de aquella equivocada ruta que por decreto se trazara para el verso.
Aunque no me gusta encajonar la creación de un autor tan polifacético en compartimentos estancos, como hoy me decidí a hablar sobre todo de su poesía, me sumo a algunos criterios de intelectuales notables: "Aunque Pita es un hombre dotado para la creación artística en sentido total (cuento, novela, teatro), siempre he creído que la poesía es su zona natural".3 (Heberto Padilla); "Hemos advertido que el poeta genuino que hay en Pita Rodríguez, trasciende su obra narrativa. Una profunda veta poética recorre e ilumina todos sus cuentos".4 (Ángel Augier); y "Montecallado es, en suma, la anticipación poética del mundo a que siempre aspiró Félix Pita Rodríguez".5 (José Lorenzo Fuentes).
En este aún cercano aniversario cerrado del autor de Corcel de fuego, inconforme aún por el injusto desdibujo de su presencia en la flaca memoria lírica de nuestra actualidad, concluyo con unos versos suyos donde también el bardo se autocalifica: Los dones delicados, la siniestra merced y la dispensa / para poder estar no habiendo estado / le fueron conferidos./.../ Lo disolvió el silencio, / condenado a guardar, bajo pena de olvido, / la puerta sin umbral que nadie pasa.
(Santa Clara 25 de abril de 2019)
Notas
1 Heberto Padilla: Prólogo a Las crónicas. Poesía bajo consigna, Ediciones Nuevo Mundo, La Habana, 1961, 95 pp.
2 Desidero Navarro: La Gaceta de Cuba, junio de 1971, p. 31.
3 Heberto Padilla: Ob. Cit.
4 Ángel Augier: prólogo a Félix Pita Rodríguez, Poemas y cuentos, Bolsilibros Unión, La Habana, 1965.
5 José Lorenzo Fuentes: El Mundo del Domingo. Suplemento del periódico El Mundo, octubre 30, 1966, p.3.