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Cosme de la Torriente, la Comisión de Washington y la Conferencia de Londres.

Jorge Renato Ibarra Guitart, 18 de marzo de 2010

Cosme de la Torriente  había alentado la idea de promover un arreglo negociado a la crisis política cubana desde 1931, oportunidad en que fue calificado de traidor por la Junta de Nueva Cork. En ese momento su proyecto no se concretó hasta que en 1933 cuando el nuevo embajador estadounidense en La Habana, Benjamín Sumner Welles, pudo darle su aprobación.

Entre las sugerencias que Welles le trasmitió a Machado el 5 de junio se encontraba la de suavizar la censura de los periódicos. Welles le pidió expresamente a Machado que le diera libertad total a Cosme de la Torriente para hacer declaraciones a través de la prensa1.

De la Torriente sería el encargado de lograr que la opinión pública se pronunciase a favor de la mediación del Embajador norteamericano. Veterano de la guerra de independencia, hombre ilustrado que había asumido importantes responsabilidades nacionales e internacionales era la persona ideal para dirigir una campaña pública que le ganase adeptos a la mediación: “Aceptaré con el mayor gusto los buenos oficios y la mediación pública o privada de los Estados Unidos en la ocasión en que dos tendencias, al parecer irreconciliables, sea cual sea aquella en que yo figurara, no pudiera por sí zanjar sus dificultades y amenazaran por eso producir la intervención, prevista en el Tratado Permanente.” 2
 
El fantasma de una intervención extranjera será manejado desde las más diversas posiciones políticas. Tendremos oportunidad de demostrar esta afirmación en distintos pasajes del acontecer político cubano de los últimos momentos del Machadato..

Mientras, el Wall Street Journal sentenciaba que aunque el Presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt había desistido de recabar del Congreso poderes amplios para negociar convenios arancelarios recíprocos con otros países, se esperaba que los delegados norteamericanos a la Conferencia Económica de Londres pudieran llevar a cabo negociaciones generales que facilitasen la adopción de dichos convenios. Se agregaba que de cualquier modo el poder legislativo consideraría en enero  de 1934  distintos tratados comerciales con otras naciones  y  se  referían expresamente  al  caso  cubano3.

La Conferencia Económica de Londres resultaba muy importante para el gobierno de Machado en más de un aspecto. No por gusto Orestes Ferrara fue liberado de sus funciones como Secretario de Estado para dirigir la delegación cubana a Londres. En la capital británica se iban a enfrentar los criterios libre cambistas de los Estados Unidos con las posiciones conservadoras en materia monetaria y comercial de  los países europeos. Washington estaba empeñado en reducir las tarifas arancelarias para beneficiar el comercio mundial y limitar las regulaciones del patrón oro en los cambios de moneda. Si Roosevelt lograba imponer su política, se crearían las mejores condiciones para la rúbrica de distintos convenios de reciprocidad comercial. Pero además, Ferrara tenía la misión de poner de acuerdo a los distintos productores de azúcar para que los precios del dulce aumentaran. Machado comprendía que adelantar en la adopción de estos acuerdos equivalía a neutralizar a la oposición y mantenerse en el poder hasta mayo de 1935.

Los resultados de la Conferencia de Londres y los de los debates alrededor del establecimiento de una Ley de Cuotas Azucareras  en  la Comisión Arancelaria  de Washington, iban a dictar los destinos más próximos del Machadato. Adelantar en la consecución de los objetivos que la delegación gubernamental se había trazado en dichos eventos era cuestión de vida o muerte para el régimen. La capacidad de maniobra política de la dictadura dependía en buena medida de un rápido restablecimiento de las arcas del Estado. Alberto Lamar de Schweyer, funcionario del gobierno machadista, en su libro Cómo cayó el presidente Machado, concuerda en que para el General-Presidente era vital un arreglo económico:

El problema cubano tenía dos aspectos. Uno era económico y otro político. En realidad uno y otro estaban muy estrechamente ligados, y es posible, o casi seguro, que sin la ruina del país no hubiera surgido el otro. Resolviendo el económico se abría, pues, una vía de solución a la cuestión política. Así pensaba el gobierno de Machado y así parecía pensar también el presidente de los Estados Unidos4.

Según la versión de Lamar de Schweyer, Machado y Welles aparentemente habían llegado a un acuerdo en cuanto a solucionar inicialmente el problema económico y luego el problema político. De cualquier manera, como la crisis interna de los Estados Unidos no le permitía a Washington adelantar acuerdos bilaterales hasta tanto no estuviese definida la situación de la economía a escala internacional, Welles tenía que llevar adelante el programa de conciliación política. Por tanto, consideramos que los Estados Unidos, en tenaz competencia con Europa para imponerse como potencia hegemónica, no podía otorgarle beneficios inmediatos al régimen machadista que sacrificasen su propósito de controlar los mercados internacionales más importantes, entre ellos el del azúcar. Además, su objetivo era lograr que se pudieran simultanear las negociaciones económicas y políticas en Cuba.

Notas:

1. Foreign relations of the United States Papers (FRUS.)1933.) Volume V, p. 303.

2.Diario de la Marina, La Habana,10 de junio de 1933, p. 1

3.Diario de la Marina, 12 de junio de 1933, p. 2.

4.Alberto Lamar de Schweyer: Cómo cayó el  presidente Machado. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1934, p. 58