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Escribir es tentar la suerte

Luis Álvarez Álvarez, 18 de marzo de 2010

Ni siquiera puedo explicarme a mí mismo por qué, al terminar la primera de varias lecturas del poemario de Osvaldo Gallardo, Diálogo sin luz1  [Premio de poesía “Rolando Escardó”, UNEAC, Camagüey], me vino a la mente, con persistencia, una frase de alguien tan polémico, tan desafiante y heterodoxo, como el filósofo francés Georges Bataille, quien, en algún texto que soy incapaz de localizar debidamente, escribió, con verdad para mí entrañable, que escribir es tentar la suerte, la cual anima las más pequeñas partes del universo. Creo que la intrusión de esa idea de Bataille tiene que ver tal vez con el hecho de que Gallardo, quien no se ocupa para nada del azar en su poesía, se mueve, sin embargo, en un universo lírico en el que habría que reconfigurar la retadora afirmación de Bataille y decir, por el contrario, que escribir es tentar la infinitud del Amor, esencia que anima las mínimas partes del universo. Es en ese sentido que se desarrolla su discurso poético como diálogo en la más recoleta intimidad y su penumbra.

Sí, este libro es ante todo un diálogo a oscuras, pero no tiene nada de conversación en una umbría y placentera locación interior: es, por el contrario, un choque estremecedor entre la voz diminuta del sujeto lírico —un yo que se autoexamina con implacable, pero estremecida minuciosidad—  y la enormidad ensordecedora de los espacios sin medida ni límite posible. Blas Pascal, filósofo francés que sabía cosas más esenciales que el iconoclasta Bataille, escribió su deslumbrante y antológica afirmación acerca de que le espantaba la soledad de los espacios infinitos. El libro de Gallardo aparece transito por un semejante terror ontológico que, lejos de detenerse en pregunta tan vanidosa como “¿quién soy?”, se atreve a interrogar, a dialogar, incluso, con el Todo, en su cabal estatura de eternidad.

Esa conversación turbadora resulta, ante todo, un reclamo y una confesión: el yo lírico se muestra insumiso, contestatario, irreverente, como cuando descubre que, frente al infinito insondable, él, el hombre, minúscula mota material, puede encarnar un infinito equivalente: “Hay más hambre en mí / que riqueza en tu espíritu”.En una introspección que se devora a sí misma, el poeta descubre que su esencia es “el hambre de lo suficiente”, pero también la ansia por la totalidad de lo existente, lo más alto y espiritual, y lo más apagado y frívolo. He ahí la esencia de su infinitud: el hombre —parece decirnos en el primer poema del libro— es la inmensidad de la carencia, idea que recorre el poemario y que me evoca resonancias de una obra esencial de Simone Weil, La pesanteur et la grâce. Escribe Gallardo:

Quiero el opio del mundo,
la ambivalencia del que miente,
la euforia del deportista
y también la del asesino.

Quiero tiempo para destruir mi espíritu
y la voluntad del bien
que mora en él a pesar mío.

Quiero hacer del mal la tentación
que mata y equilibra.

Quiero el privilegio del error;
esa mínima porción de luz
que hay en la ausencia de la luz.

No quiero ser el número exacto,
la voz comprometida,
el soldado dispuesto para la luz
que otros le dictan.3

Ese vacío sin bordes ni posible consuelo, resulta el cimiento, sin embargo, del sello personal, el talismán y el castillo interior del poeta, que, en su múltiple diálogo con la infinitud y consigo mismo, alcanza su inalienable perfil propio, como artista y como ser humano:

Entonces soy el número
y no quiero, Dios mío.

No quiero la eternidad
que me redima de mi hambre.

Quiero hambre, Señor,
toda mi hambre.4

¿Cómo aceptarle a este libro una tan violenta declaración de opuestos? No hay, empero, más alternativa que ceder ante la apasionada irrupción del poeta. Como en los viejos tiempos de Heráclito, cuya obra era a la vez arte y filosofía, lo capital de este diálogo contemporáneo radica en los contrastes retadores: “Soy el verdugo febril de mi esperanza”,5 imagen que evidencia una cabal estatura no solo literaria, sino también intensamente reflexiva, ontológica incluso, en la medida en que de un modo personal y esperanzado, vuelve a iluminar la imagen del ser humano como presa desgarrada, pero altiva, de carne y espíritu; materialidad que, no obstante, puede trascenderse a sí misma, transmutarse en rabia, pasión, llamarada purificadora y, a la vez, espíritu cuestionador, lábil, desfalleciente a veces, invocador simultáneo de la fe y el instante de abatida soledad en los olivos. De ahí que escriba unos versos de trágico paradojismo y muscular exaltación: “—Solo conozco una certeza: la eternidad la lloro en tus palabras”.6

El amor, entonces, es sustancia de la soledad, su cimiento y razón de existir. Chesterton cerraba su mejor parábola, El hombre que fue jueves, con una frase atronadora que emergía del ser siempre en la sombra en su última respuesta al protagonista, una pregunta centelleante: ¿podréis beber en la copa en que yo bebo?. Gallardo renuncia a una empinada y tonante expresión como esa, para hablar desde una radical y humilde cercanía del drama humano: “Yo que padezco el amor en mi camino / siempre he estado solo”.7  Es en el poema “Certeza de soledad”, donde se alcanza el clímax emocional y lírico de Diálogo sin luz, pues en este poema la sombra se muestra en su perfil de acuciante aislamiento y sed de amor, que es marca de lo humano, destino del diálogo con el absoluto eterno. Este nexo de conversación imprescindible con la totalidad universal, recorre todo el poemario, y estalla en versos de un desasimiento, una voluntaria desnudez, una capacidad de levantarse sin trucajes ni vestiduras banales, que se diría, con sencilla concreción, que el verso es sustantivo, reducto de energía y densidad, verbo sin modificación, merced al angustioso diálogo entablado. En el poema “Lamento del dolor perdido”, hay un instante en que el secreto de tal intensidad se levanta como en un brote indescriptible:

El hombre nace en la diestra de Dios.
¿Dónde está tu diestra?
Si no en el juego de esconderte
que me hiere.
En ese nombre ausente
que me hiere.8

Desbastado hasta el hueso y la oquedad, reducido a la esencia misma de una comunicación que es, en todo y por todo, profundamente íntima y, por ello mismo, de resonancia universal, Diálogo sin luz tendrá su propio destino ——como decía Tertuliano, habent sua fata libelli —: lo tendrá, en tanto poesía, que es mucha en él, y transparente e intangible, como el arte más raro ya en este mundo, donde lo que menos se ha perdido es el ozono, y eso solo después que desaparecieran, como en difusa lontananza, la voluntad de ser y de trazar una trayectoria del espíritu. Diálogo sin luz se concentra en esas pérdidas terribles, pero no se expresa con la diestra ensangrentada del vencido, sino con la concentración, el jadeo, la pervivencia y la altivez de quien sabe que “sola al final la vida es buena / y hay un almuerzo de domingo”.9

Aceptemos la invitación a este convivio y, ya sentados a la mesa, cada uno desde su alta torre de soledad, de amor y de terrores, tendamos la mano a este poeta y su libro desasido, que nos hablan, para siempre, de nuestro tiempo efímero, nuestra eternidad.

1 Osvaldo Gallardo González: Diálogo sin luz. Ed. Ácana, Camagüey, 2009.
2 Ibíd., p. 9.
3 Ibíd., p. 12.
4 Ibíd., p. 13.
5 Ibíd., p. 16.
6 Ibíd., p. 17.
7 Ibíd., p. 19.
8 Ibíd., p. 28.
9 Ibíd., p. 43.