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Perséfone o la naturaleza poética (II Parte)
Virgilio López Lemus , 04 de junio de 2009

No habría que decir que la naturaleza sea “inteligente”, sino que es poética. Pero quizás la poesía resulte ese fogonazo decisivo de la inteligencia cósmica. ¿Cómo puede ser “poético” este conjunto que llamamos “naturaleza”, y que tantas veces se muestra voraginosa, huracanada, en forma de torbellino, así como serena, apacible, o en calma como el mar?

Parece ser que en tiempos arcádicos, la prolífica madre Natura ofrecía a Deméter (la Tierra) una estabilidad maravillosa, hasta que el rey de los Infiernos, Hades, raptó a su hija Perséfone (Proserpina entre los romanos), cuando la bella joven recogía flores del prado paradisíaco, y con ese rapto desestabilizó el entorno, al grado de que una enorme sequía asoló al planeta. La madre Deméter conturbada y solo preocupada por buscar a su hija, desatendió a la vida vegetal y los animales y los hombres padecieron hambre. Tuvo que intervenir el mismo Zeus, y tras un acuerdo con Hades, Proserpina regresó a la tierra durante una etapa que habría de llamarse estación, lo cual dio lugar a la existencia de la primavera, el verano, el otoño y el cruel invierno, lapso en el que la joven debería volver al Infierno a reinar entre los muertos.

Proserpina devino diosa de Vida, Muerte y Resurrección, definió con su belleza la estación de la flores y los frutos, y con su ausencia, viva en el reino de las sombras, define la llegada del frío viento y de la estación helada, en la que la semilla no brota, ni los frutos son espléndidos. El mito habla de la doncella ingenua que recoge flores, pero que inspira una pasión desmedida al rey de los muertos, al mismo Hades, quien surge bruscamente de la tierra y rapta a la bella, para conducirla a su reino y convertirla allí en reina de la sombra. Este mito y su leyenda parecen evocar a la semilla “raptada” por la tierra, donde se sume en las tinieblas telúricas hasta que la estación propicia la hace brotar convertida en planta, fecundidad, vida y promesa de vida. Perséfone va más allá de la semilla, es todas las semillas, es la estación florida, el momento en que la madre tierra deja germinar toda simiente y se convierte en un jardín de maravilla. Perséfone es el eterno retorno de la vida, la cadena vida-muerte-vida que sustenta la opción de lo poético como Dador, como fecundador, sonrisa vital, creación perpetua de más vida.

El Renacimiento vio en Proserpina un buen tema para su órbita creativa. El Renacimiento fue el retorno de Perséfone a la tierra, la gran era de un arte paridor en el que un Da Vinci y un Miguel Angel hacían sombras al mismo tiempo sobre la tierra y creaban con sus manos un mundo de poesía, muchas veces esculpida o pintada, pero poesía renaciendo y elevando su belleza, ocupando el lugar de la verdadera naturaleza, porque el arte creció hasta ser él mismo otra-naturaleza, un sitio de autonomía extraordinaria en el que el hombre podía crear su propio orbe, como un pequeño dios. Ese renacer vio en Proserpina un símbolo de los propios tiempos creativos que se vivían, pero la dama negra, la reina de la muerte, de vez en cuando resulta raptada y por acuerdo divino baja a los infiernos, y la tierra se puebla del mal de su ausencia. La diosa negra de la materia oscura, de la ausencia de luz, contrasta con la lunar diosa blanca, la Isis que representa, como la Virgen María, las fuerzas femeninas, fecundadoras y paridoras del cosmos. Perséfone negra, diosa del Infierno, tiende la oscuridad del invierno. Pero ella regresa y se convierte en diosa blanca, siempre de motivo solar, que revierte las tinieblas y funda un nuevo mundo en la luz.

Vivimos tiempos de contaminación, en los que Proserpina ya no sabe qué hacer, y a veces prefiriría quedarse allá abajo, donde los muertos no viven, porque en la superficie terrestre el hombre ha ido contaminando poco a poco hasta su propia semilla. El sabio Samuel Feijóo, gran poeta, decía que de la semilla del tigre se sabe que nacerá un tigre, pero de la del hombre no se sabe nunca qué ha de nacer. Aunque cada nacimiento humano se revierte en esperanza de semilla no contaminada.

Hay que avanzar hacia un estado propicio en el que Deméter reciba siempre a su hija con la gala de la resurreección, y, juntas, ofrezcan un parto sin trabas, el renacimiento de la vida, de la belleza, el surgimiento de las semillas convertidas en plantas, como un estado de gracia, como la mejor de las metamorfosis.

La naturaleza es paridora de poesía. Incluso sus fuerzas depredadoras, el potencial humano antipoético para destruirla, ocasiona a la larga, o en el propio acto de la destrucción, carga poética suficiente para la elegía, para el llanto tierno, para la desdicha de trasfondo emotivo y lírico. Los poetas metafísicos, sobre todo los ingleses, y los románticos que van de Goethe a José María Heredia, el cubano cantor del “Niágara”, vieron más que nadie y de manera cimera en la historia humana, ese potencial generador de poesía que ofrece la naturaleza, y su repercusión en los estados de ánimo de los seres vivos.

El extraño Aloysius Bertrand encontró los platónicos “cuatro elementos” en medio de su Gaspard de la nuit, tan célebre canto: “Cada flor es una ondina que nada en la corriente, cada corriente es un sendero que serpentea hacia mi palacio, y mi palacio es navío fluído, al fondo de un lago, en el triángulo del fuego, de la tierra y del aire”. Esta ensoñación semipalaciega, pareciera indicar que la naturaleza es ese palacio y el poeta lo (la) contempla en las aguas del lago. Allí, reunida en los elementos, el poeta mira, escucha, y cree captar el canto de una ondina, personificadora de los dones de la tierra. Verlaine cantaba el otoño mientras Rimbaud hablaba del verano. Los poetas románticos apreciaron todas las estaciones, pero en la mayor parte de los casos prefirieron las brumas del invierno, el renacimiento de la primavera. Mallarmé parece obsesionado por el mar, y Julián del Casal por una nieve que nunca vio ni siquiera de lejos. Darío veía cisnes en lagos azules, tan enjoyados, que parecerían  aguas de lapislázuli... Allí, en el modernismo de la época dariana los poetas comenzaron a sentir que aquella idea de Pascal: “la verdadera naturaleza se ha perdido”, correspondía a la etapa en que el creador debería armar con palabras una “realidad” nueva, que en letras de José Lezama Lima se interpreta como que “todo puede ser naturaleza”.

La poesía salta de la imitatio mundi, de la poética de la imitación, al “creacionismo”, mediante el cual (a la mente el chileno Vicente Huidobro) la naturaleza resulta menos digna de la creación que el arte mismo, aquel que comenzó en el artificio tipo Casal y culminó en el invento del surrelaismo, una naturaleza-otra, la naturaleza de la poesía. Entre el “arte por el arte” y la “deshumanización” del artista, la Naturaleza avanzó cada vez más hacia la gradual contaminación del siglo XX, que deja herencia de cambios atmosféricos al XXI, en el que la especie humana tendrá que dar soluciones más dramáticas que un verso, más difíciles que la rima de un soneto perfecto, más acuciantes que la punzada del artista ante su propio impulso creativo. Aquella idea de José Martí: “Verso, o nos condenan juntos / o nos salvamos los dos”, tendrían nueva interpretación ante las especies en peligro de extinción, bajo el cambio climático que parece amenazarnos cada vez más, si no logramos agarrar en las manos de manera definitiva la evolución del planeta.

He aquí que la naturaleza puede volcar también una cornucopia vacía, rota, de frutos contaminados, que traiga consigo una nueva época metafísica en la era de la física cuántica, un canto élego en medio de la búsqueda de la Ley de Leyes, que unifique las cuatro fuerzas (y no los cuatro elementos), del macro y del microcosmos. Ha de surgir el poeta, los y las poetas de esa voz de la Tierra, de los nuevos tiempos en que Perséfone se siente a meditar y no a esparcir semillas, de las que no se sabe en verdad qué ha de brotar, si algo brota. Y tras la meditación serena, la siembra. La semilla es una cápsula meditativa del cosmos.

No hay que ser tampoco derrotistas, colmados del espanto de la era del consumismo, y dejar que siga fluyendo ese “Le Chant du monde” que ardiera en letras de Jean Giono, donde los sonidos de las campanas parecen más bien crujido creciente de hojarasca secreta... Las hojas secas presagian el reverdecimiento, y quizás estos tiempos solo son la entrada en gris de la primavera humana sobre un planeta salvo, feliz, un mundo feliz, con todos y para el bien de todos. La Naturaleza también nos hace sostener utopías, luchar por ellas, esperar y esperar, porque de la mano nuestra puede surgir un mundo mejor. Esa es la idea última del mito de Perséfone: una revitalización continua de la vida, la promesa del fruto, y de la nueva semilla.

“La tierra es azul como una naranja”, dice Paul Eluard sobre el corcel de fuego del surrealismo. ¿Por qué no? Desde el Cosmos ella puede verse así, la Tierra, como un punto azul en el resplandor solar. Los poetas suelen tener siempre la razón, a veces a la larga, porque ven tan de lejos, que los versos deberían ser tomados por enigmas, por centurias a lo Nostradamus, por prefiguraciones del tiempo por venir. Perséfone sonríe, vuelca su mirada ahora mismo sobre el papel y deja que sus ojos brillen sobre cada palabra.

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