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Una casa cubana construida con arena del Sahara
Emilio Comas Paret , 09 de junio de 2009

Mi primer viaje  a La Habana, evidentemente tuvo un matiz sombrío.

Resulta que cuando yo tenía solo cinco años, mamá, quizás por razones de costumbres del barrio, por la sugerencia de una vecina o hasta para descansar de mi por unas horas, contando con el apoyo de papá; me matriculó en una escuelita que había cerca, para que me enseñaran a leer y escribir.

Entonces un buen día que recuerdo nítidamente a pesar de mi poca edad, llegué con mamá a la casa de Chicha Díaz, una maestra ya entonces octogenaria, que de alguna manera había sido maestra en la colonia. Siempre sentada en una “comadrita”, aquellos sillones ligeros y sin brazos que se usaban para enamorar, tenía una cara de bruja que se agarraba a un moño de pelo blanco detrás de las orejas. Ahora cierro los ojos y me parece estarla viendo, con su eterna vara en la mano.

A la escuela teníamos que llevar donde sentarnos y por ello se consiguió una sillita pintada de azul, que yo debía llevar y retirar cada día después de terminar las clases.

La escuela era una casa de madera de puntal alto, clara y fresca; y en lo que pudiera ser la sala y la saleta nos sentábamos los niños. Enfrente de la sala había un cuarto donde estaba permanentemente sentada la vieja Chicha. Frente a la saleta, otro cuarto que siempre estaba cerrado y luego se desplegaba un pasillo que tenía otros cuartos a su derecha. En uno de esos cuartos que daban para un patio interior de jardines pobres y descuidados, vivía encerrada una señora, que luego supe que era hermana de Chicha, completamente loca y que profería unos alaridos que le ponían la carne hecha pinchitos al más pinto. Ese fue mi primer encontronazo con la nueva escuela. Cada vez que sentía los alaridos aquellos se me revolvía el estómago de miedo y soltaba unos gases que hacían poner caras de degollados a los niños que sentaban a mi lado. Esto también y por supuesto que me daba una gran vergüenza.

Pero ahí no paraban las sorpresas desagradables.

Desde el primer día una niña me dijo que la maestra Chicha estaba muy enferma, que en cualquier momento se quedaba muerta en la comadrita delante de nosotros, que tenía una enfermedad llamada hidropesía y que era muy contagiosa. Creo que a partir de ese momento me convertí en un hipocondríaco, aunque no lo sabía.

Yo trataba de no acercarme a la vieja por temor al contagio, pero ella insistía en tomarme la lección en aquella cartilla que empezaba por una cruz y que había que leer: Cristo, A, B, C, D, etc. Y los muchachos mayores cantaban a solas una coplita que decía: Cristo, A, B, C – la cartilla se me fue – por la calle San José – maestra Chicha no me pegue – que ya yo la buscaré. Y el problema es que Chicha tenía la vara siempre lista y por cualquier nimiedad te sonaba duro por las nalgas, la cabeza o los brazos, y hasta los niños grandes le temían, pero a la vez se burlaban de ella.

A mi por supuesto que los gases arreciaban cada vez que tenía que pararme delante de la vieja a recitarle la letanía y alguna que otra vez quise verle en los ojos que había olido perfectamente mis descomposiciones intestinales. Pero eso no fue lo peor.

Cuando llegó el momento de que aprendiera a escribir, porque el Cristo a,b,c ya me lo sabía hacia adelante y hacia atrás, sobrevino la hecatombe. La vieja era de aquellas maestras que tenían el eslogan de que “la letra con sangre entra”. Y cuando intenté tomar el lápiz y escribir en mi libreta nueva, lo hice con la mano izquierda. Esto es, que yo era zurdo, como mi hermano, y como el tío. Y lo que me cayó arriba fue una tromba marina. La vieja tomó la vara y empezó a darme golpes, dos en la mano que tenía que mantener estirada y uno en el lomo y así me dio y me dio hasta que se cansó y empezó a jadear. Yo estaba tan aterrado que no lloré y tenía tanto miedo que nada dije en la casa a pesar de los dolores y los moretones.
 
Al otro día, cuando llegué, me impuse  hacer mis primeras letras con la mano derecha. A los tres días de esta faena tartamudeaba de tal manera que nadie podía entenderme, ni aún mamá.  Así pasaron varias semanas, en que se incrementó tanto mi capacidad de escribir como la tartamudez. Entonces mamá cayó en la cuenta de la maestra Chicha, la tartamudez, el Cristo a, b, c  y el que yo hacía unas letras grandes y barrigonas, como si quisiera que se vieran a toda costa y así evitar confusiones aleatorias a la vara de la maestra.

Y una tarde en que papá llegó del trabajo le dijo de irnos para La Habana,
argumentando que cuando yo no podía articular palabras y darme a entender cogía unas rabietas y me daba por romper y destrozar. Y ello podría ser muy peligroso. En definitiva, papá se dejó convencer, y acompañado de mamá fue a hablar con mi abuelo.

Mi abuelo había sido mensajero de los mambises, en la tropa donde era Sargento su hermano Rogelio, el verdadero mambí de la familia, pero el que también se murió recién terminada la guerra de una epidemia de fiebre amarilla que diezmó la tropa por estos lares. Entonces como que la familia perdió a su único mambí, el abuelo aprovechó la situación de hermano de mambí y mensajero de algunos recados a la manigua y se metió en la política por el Partido Conservador, el partido de Estrada Palma. Y entonces lo hicieron Secretario del Ayuntamiento a pesar de que casi no sabía escribir su nombre.

Por eso es que el abuelo tenía un amigo que era Senador de la República.
Los dos eran de Caibarién, del mismo barrio y del mismo partido. Aquel hombre se llamaba Abelardo Ruiz y tenía un hijo, que era médico y trabajaba en el Hospital de Emergencias en La Habana, como director del hospital o algo de eso. Y esa fue la vía que se usó para llevarme a la capital a verme con el médico. Un logopeda, había dicho Chicho y aquello sonó en la familia a sánscrito mezclado con la lengua de los tuaregs.

Porque el único logopeda que había entonces en Cuba era el doctor Cabanas, que cobraba la consulta a veinte pesos, pero gracias a la gestión del senador y de Chicho, mi consulta solo costó diez.

De la consulta yo recuerdo poco, solo que el hombre se puso a hablar conmigo de piratas y barcos que surcan el Caribe y me dio por la vena del gusto y le empecé a contar, para alante y para atrás, trabándome y soltándome, pero contándole películas que había visto en el cine de la esquina de casa y de cuentos de piratas y tesoros que corrían por el barrio en boca de pescadores.
Al final el hombre le dijo a mamá, porque era la más encaprichada: "Señora, este niño no tiene nada, solo ha sido la imposición de que escribiera con la mano que no estaba predestinada por la Naturaleza para hacerlo. Eso pasa muchas veces. Y se cura con unos ejercicios de dicción que yo le indicaré".

Al otro día de la consulta y a la hora del almuerzo, Chicho nos vino a buscar con su auto y nos llevó a la casa del Senador, donde papá, que siempre fue un excelente cocinero, iba a cocinar unos cangrejos moros traídos especialmente para la ocasión.

En este almuerzo en casa del Senador pasaron dos cosas importantes para mí, la segunda más importante que la primera. Y la primera fue que cuando la cocinera de la mansión me quiso hacer una tortilla con jamón para que yo almorzara, mamá le dijo que no, que yo no comía tortilla y yo le dije que sí, que la tortilla me encantaba.

La mirada de mamá fue indescifrable, inescrutable para mis seis años, pero muy extraña, de eso me di perfecta cuenta. La situación se suavizó cuando la esposa del Senador le dijo a mamá con picardía que todos los niños hacían lo mismo.

Mi almuerzo fue arroz blanco, plátanos maduros fritos y tortilla de jamón que la comí toda sin dejar ni rastro. Se suponía que era muy niño para comer el cangrejo moro, pero a decir verdad: olía a gloria, y me hubiera gustado probarlo. En otro momento le habría pedido a papá que me sacara “una masita”, pero ahora, como estaban rotas las hostilidades, nada dije.
La cosa fue que Chicho, para sacarme de circulación y refrescar el ambiente me dijo: ¿Por qué no vas con el chofer a buscar a Catalina, mi esposa? Yo le dije que sí con la cabeza y salí tras él hacia el auto, sin pedir permiso a mamá o papá.

Cuentan que la construcción de aquella enorme casa en la esquina de Paseo y 17, en el Vedado habanero, se remonta al 1922. Todo comenzó en el mayor misterio. Nadie sabía quiénes eran los dueños y entre la aristocracia habanera se hablaba de que si una pareja de americanos  dueños de varios centrales azucareros comprados después de la guerra, (pero a este argumento se les oponía cierta gente de cultura y empaque que decía que los americanos nunca tendrían un gusto tan refinado que les permitiera concebir aquella mansión de exquisiteces y delicadeces), que  realmente era de unos franceses muy ricos, antiguos dueños de cafetales en Haití y que habían venido a Cuba cuando la revolución de Toussaint Louvertoure, o que si era de unos suecos parientes de “la divina Fanny” la ballerina famosa que bailó en La Habana por esa época o de los promotores italianos del Gran Caruso que también había llenado los teatros habaneros. En fin, La Habana, que como también hoy, siempre ha sido una aldea algo grande, hervía de comentarios que eran la comidilla en cuantos saraos y tertulias  se organizaran, incluyendo las de la Acera del Louvre.

Se comentaba que para su construcción se usaron materiales traídos de otros países, incluso la arena se decía que era proveniente del desierto del Sahara.
Dicen que no fue hasta quince días antes de la inauguración de la mansión, cuando la alarmada aristocracia habanera supo que los dueños eran nada menos que Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, aquella pareja que se había formado a contrapelo de la vida y que se juntara por causa de un apasionado amor, pese al escándalo de altos quilates, por cuanto el esposo de Catalina era nada menos que Pedro Luis Estévez, primer vicepresidente de la República y la esposa de Juan Pedro era Rosa Varona, una encopetada dama de la sociedad habanera de entonces.

Se cuenta que Juan Pedro logró que el Papa en persona anulara su matrimonio y el de Catalina  y que luego obligó a Mario García Menocal, presidente de la república entonces, para que aprobara la Ley del Divorcio en 1919. Los primeros divorcios que se registran en Cuba son los de Catalina Lasa y Luis Estévez y el de Juan Pedro Baró y Rosa Varona.

Se cuenta también que Rosa Varona y Luis Estévez se unieron maritalmente al pasar de los años, quizás para echarle más leña al fuego del escándalo.
Cuentan además que la casa pretendía remedar una villa del renacimiento italiano, que en su construcción se usaron mármoles de Carrara, que tenía dos leones de ese mismo mármol guardando la puerta principal, que toda la herrería era de estilo florentino y la escalera principal tendría un pasamanos de plata laminada, el vitral del vestíbulo era de París y en sus jardines crecerían las rosas redondas y de pétalos cerrados logradas mediante múltiples injertos y que llevaban el nombre de “Catalina Lasa”.

Pero nada de aquello tuvo el disfrute esperado por la pareja.

Luego de haberse enfrentado a la maniquea sociedad habanera de entonces y haberla doblegado para que aceptara su apasionada circunstancia, unos pocos años después, en 1930, Catalina moría a causa de la intoxicación de un pescado. Plebeya muerte para quien ostentó tantas riquezas y renombre.
Se cuenta que Juan Pedro entonces mandó a construir en el Cementerio de Colón una gran mole, estilo art decó en su fachada, semicircular, de mármol y con dos puertas con ángeles en bajorrelieve, para el último descanso de su amada.

En la cúpula del panteón, hecha de cuarzo, se talló por un célebre tallador francés, la rosa “Catalina Lasa” para que a determinada hora del día, la luz del sol proyectara la rosa sobre la tumba.

En 1941 cuando murió Juan Pedro, fue inhumado en el mismo panteón, que por su propia decisión fue clausurado, para que nadie perturbase el reposo eterno de los enamorados.

Y hasta hoy se mantiene en ese estado de clausura.

En el 42 yo nací. En el 48 tendría seis años, que es cuando vengo a La Habana por primera vez. Y mis seis años de entonces nunca olvidarán la visión de la escalinata de puro mármol, del breve balcón con su enrejado de filigranas, las columnas pulidas como si fueran metal, la soledad misteriosa de la brisa en un atardecer de verano y el tamaño de los leones a la entrada de la mansión de Paseo y 17, donde yo fui a buscar de nuevo a Catalina, por segunda vez, como si todo volviera a comenzar.