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¡Qué de premios! ¡Qué de premios!
Ricardo Riverón Rojas , 15 de junio de 2009

¿Qué hubiera sido de muchos de nosotros sin los premios literarios? Cuando nos dedicamos a mirar, con ojeriza, indulgencia, suspicacia y amor, el saldo de tanta lid, se nos despierta una ambivalencia que bien quisiéramos de una sola magnitud: la del reconocimiento. Pero falta mesura: todo se lo debemos a los premios, los premios son los responsables de una buena parte de los bienes y los males que hoy cosechamos regalándole el crédito mayoritario a su bondad.

Cuando la vida literaria cubana no medía su cuota de eficiencia como mismo el acontecer deportivo lo hace (somos, o éramos hasta Beijing 2008, el país de más medallas olímpicas por habitante cuadrado) ganar uno de los escasos premios convocados portaba otro sabor, otro saber, remitía a otras magnitudes curriculares más rigurosas y en verdad consagratorias.
 
Lástima que en la literatura no hayamos sabido combinar, con igual devoción y eficacia que en el deporte, la participación popular y el que pudiéramos llamar «texto de alto rendimiento». No sé si en la capital del país suceda lo mismo, pero en provincias la proliferación de concursos literarios ha conducido, a despecho de las orientaciones y los muchos conjuros emitidos desde todos los niveles, a la obtención del tesoro inútil del igualitarismo reductor, al amparo de cuya lógica se acuñan consagraciones ilegítimas a personas que aún no han demostrado, con el rigor imprescindible, merecer la condición de escritores.
 
No palidezco al afirmar que el salvoconducto, en una buena parte de los más recientes ingresos al gremio, se expende por autoridades institucionales (y  hasta políticas) a expensas de la publicación de uno o más libros en el programa popularmente conocido como «Riso»; o tras la obtención de unos cuantos de los cientos de premios municipales que en el panorama de la Isla compiten hoy, de manera espuria, con los «premios de verdad» dado que sus beneficios materiales y morales resultan, en muchos casos, equivalentes a las de estos. Quisiera que el resultado fuera otro, pero tengo la certeza de que retrocederemos en magnitud directamente proporcional al tiempo que tardemos en reconocer esas manchas que opacan nuestro sol.
 
Preguntémonos cuánto desdibujo de jerarquías trajo aparejada la ejecución de una política que, más que a multiplicar exponencialmente el emisor, debió proponerse captar receptores, o en el mejor de los casos circunscribirse al estricto marco de la cultura comunitaria sin invadir los espacios de lujo configurados por quienes cultivan con profesionalidad las letras. De la respuesta depende en buena medida que ubiquemos cada pieza del mecanismo donde mejor pueda cumplir la función que le corresponde, pues en el espectro de una política cultural inclusiva como la nuestra todos tenemos derecho a un lugar. Pero nunca el sitio del general debe ocuparlo el soldado, para usar un símil comprensible a todos.

Ganar los premios David, UNEAC, 26 de Julio, 13 de Marzo, Casa de las Américas o La Edad de Oro, hace unas pocas décadas constituía un buen boleto para acceder a la platea de la vida literaria con el monograma de «autor novel». Los palcos eran ocupados, legítimamente, por los que en circunstancias más adversas que las nuestras, sin el tipo de premios y editoriales que la política revolucionaria orquestó, labraron la proeza de una formación y una información admirables. Hoy, desgraciadamente, no ocurre así: el «cargo» —virtual pero real— de escritor se alcanza con relativa facilidad gracias a la multiplicación de las oportunidades que, simultáneamente con su reproducción acelerada, a contrapelo bajaron la marca mínima exigida para acceder al panteón. No son pocos los currículos cebados en la arcadia municipal o provincial que, a la hora de la verdad, terminan compartiendo espacios en igualdad de condiciones con otros que fueron labrados, tras décadas de esfuerzo y transitando por distintas escalas, en cotos de mayor trascendencia.
 
La falta de luces en algunas instituciones ha conducido con frecuencia a los directivos hasta el laberinto de una falsa igualdad, caldo de cultivo para que la mediocridad ocupe espacios que no le pertenecen. Un vicio burocrático de visible frecuencia en la conducción de las instituciones culturales consiste en buscar a toda costa el respaldo de las estadísticas como sustento de un discurso que de fe de la riqueza del clima cultural. A tenor con lo dicho, y en pos del holograma de una masificación a ultranza, la vida literaria cubana ha visto crecer desmesurada y un tanto anárquicamente las propuestas de intercambio autor-lectores, las publicaciones, los premios literarios. Y del afán masificador se derivó en el ámbito literario lo que en otros terrenos artísticos se conoce como «instrusismo profesional».
 
No basta que desde los inicios del programa de expansión propuesto por la dirección del país en 2000 el Ministerio de Cultura se pronunciara por definir y respetar los espacios reservados a lo que entonces denominó «vanguardia artística»: los males que critico se han venido dando y legitimando de manera pedestre, más que en el terreno de la política cultural, en el tantas veces confuso dominio de la operatividad de las instituciones, y de manera bastante desigual en los distintos territorios.

Sería conveniente observar el fenómeno a la luz de dos disciplinas: la sociología y la propia literatura, pues ambas, en buena parte de sus recorridos autónomos, convergen en las plataformas de la política cultural y su posterior ejecución. Resulta sumamente importante, en los dominios de lo sociológico, que nuestro país pueda exhibir un espectro institucional dotado de infraestructura tecnológica a partir del cual no sea una frase vacía la afirmación de que en muy pocos países, como en Cuba, el arte y la cultura son derechos del pueblo. El anterior es un axioma incuestionable incluso para los que atacan a la revolución. Solo que a la luz de la literatura el espacio a democratizar con mayor intensidad no se ubica específicamente en los dominios creativos (donde de alguna manera debe imponer su rasero la selección natural, con la crítica como tijera implacable) sino en los de los receptores no conquistados, cada día más esquivos.

Centrémonos de momento en uno de los sectores estratégicos para la configuración de una utópica arcadia de lectores: el de los jóvenes. Difícilmente un estudiante cubano de preuniversitario, alejado de las instituciones literarias por nueve días mientras cursa ese nivel de enseñanza, se forme como lector en las caquécticas bibliotecas de esos centros, además alejados de las instituciones llamadas a ejercer su influencia formadora en ese sentido. No recuerdo haber leído en los últimos tiempos ningún estudio serio sobre las preferencias culturales de este sector de nuestra población. Pero de manera empírica puedo afirmar (la mayoría convivimos con jóvenes) que un altísimo porciento fueron irreversiblemente captados por las diversas y controvertidas opciones audiovisuales e informáticas. Casi todos los jóvenes que conozco prefieren las fiestas y paseos, o esclavizarse a un DVD, un equipo de música, una TV, o cualquier juego pasivo, antes que asistir a una biblioteca, un evento literario, o leer un libro de un autor cubano, a no ser que este cuente con el respaldo que pudiera concederle el reconocimiento llegado de allende el mar. Y en estos casos siempre se tratará de un autor con imagen mediática, que en líneas generales cumple con la norma del best seller. Y aún así el acercamiento se produce muchas veces por curiosidad, cuando no por el hechizo que todo lo foráneo ejerce, con escasa competencia nacional, en ese sector de la población.

¿Leer? Ni los propios padres consideran «justo» que tras una «novena» de concentración en las tareas docentes y agrícolas, los muchachos dediquen el pase a una actividad que no les parezca «placentera». Y ese estudiante de preuniversitario, a la edad en que se configura e intensifica la formación del lector, se pierde como tal para el resto de su vida, pues su posterior inserción en el entorno universitario tampoco lo saca del marasmo. Sin leer a los clásicos, a las grandes firmas de la historia de la literatura, ¿leerán a los premiados en el sinfín de concursos que hoy adornan nuestra realidad?

Un escritor sin lectores constituye una falacia, un espejismo social que lejos de dar testimonio positivo de la efectividad de una política, nos deja la certeza de que hemos derrochado los valiosos recursos, muchos de ellos no renovables, que demanda la producción del libro. En ese sentido, aunque sea durísimo reconocerlo y no lo propongamos como modelo, los anárquicos y también injustos raseros que establece el mercado en otras latitudes resultan, al menos, más racionales, pues solo se edita y se mantiene como presencia pública lo que se vende, de manera que aún en el confín, la imagen del posible lector se configura con más claridad que cuando lo dejamos al azar de un entorno enriquecido suponiendo que su conversión en lector se producirá automáticamente como colofón del incremento de la oferta y la existencia de una política cultural que no lo excluye.

Cualquier razonamiento en este terreno peca de controvertido y paradójico. Y en tal sentido lo menos que quisiera es que las ideas que expongo fueran entendidas como una exhortación a sumarnos a la lógica del mercado para el libro cubano. Solo quiero alertar que el prejuicio contra ese medidor tal vez nos esté conduciendo al absurdo de ignorarlo totalmente, cuando lo sabio sería aprovechar las señales que envía a la industria cultural para que se le tome en cuenta como un elemento más a la hora de reproducir sus propuestas.

No quiero concluir el presente texto sin dejar claro que considero el sistema de concursos literarios de Cuba mucho más riguroso y limpio que el que en otros espacios del mundo he visto. Nuestros concursos, pese a no ser invulnerables al tráfico de influencias y manejos capillistas, muestran una limpieza superior a los cientos que se convocan en España —para citar el caso al que más me he acercado— donde las agencias literarias, y las propias instancias auspiciadoras, «negocian» los premios de manera escandalosa. De lo antes dicho dan fe, entre otros desaguisados, las ocasiones en que escritores prestigiosos —como lo hicieron José Manuel Caballero Bonald y Rosa Regás hace unos años— se retiraron de algún jurado, denunciando de paso públicamente, además, la manipulación a que intentaron someterlos.

En el caso de Cuba me llama la atención un hecho de naturaleza paradójica. Resulta que muy pocos de los libros que se alzan con los más importantes premios, una vez publicados, alcanzan el reconocimiento del Premio de la Crítica. A mi juicio tal contrasentido pudiera apuntar hacia distintas direcciones: están mal los concursos o está mal el Premio de la Crítica. O está mal todo el sistema de evaluación. Lo que no me funciona con mucha lógica es que sea tan bajo el porciento de validación que a los premios de primera línea les confiere la Crítica.

El Premio de la Crítica ha sido duramente cuestionado desde que, en 1982, se instituyera. Se ha tratado de renovar y redimensionar en varias ocasiones con la intención de trasfundirle fuerza y prestigio, pero todos los intentos, hasta ahora, han sido infructuosos. En la actualidad se rediseña una vez más, con pautas que considero nuevamente equivocadas, aunque les concedo el beneficio de la duda. Entre los aspectos que me incentivan la ojeriza hacia la nueva metodología señalo: la exclusión de los libros de testimonio, el que solo compita una selección que hace la editorial de sus libros publicados y no toda su producción, y el que se exija que los libros, para optar por el galardón, hayan sido previamente reseñados en algún medio.

Sobre el último de los aspectos señalados en el párrafo anterior, me predisponen dos características de nuestra vida literaria: la primera es que en nuestro país «la cultura de la reseña» se ha convertido, con el paso de los años, en el ejercicio de un arte complaciente, pues los posibles críticos solo escriben de los libros que les parecen buenos; o de los libros de los amigos; o convierten las palabras de presentación de un título (acto laudatorio que aspira a interesar a los lectores-compradores) en reseñas, que en más del noventa por ciento de los casos son positivas. La otra cuestión es que los libros del plan de un año, en su mayor porciento, comienzan a circular a partir del mes de febrero del año siguiente, al celebrarse la Feria Internacional del Libro, y como las editoriales deben entregar los libros para optar por el Premio de la Crítica (si no ha cambiado también esto) antes de junio, el tiempo para que los libros sean reseñados es extremadamente corto. Ojalá un día aparezca una buena fórmula para este premio, pues constituye uno de los que mayor significado podría y debería cobrar en nuestro entorno.  
Recuerdo que a inicio de los años noventas el Instituto Cubano del Libro se pronunció sobre la proliferación de concursos a lo largo y estrecho del país, y se trazó una política para su reducción de manera que ello fructificara en la ganancia de prestigio para los premios que quedaran como emblemáticos, a partir de lo cual se hubieran podido establecer medidores más rigurosos para acuñar el ingreso en la «nómina» de autores. Aquellos estudios y pronunciamientos no condujeron al resultado que se esperaba y generó resistencia en la mayoría de los territorios, que se negaron a aceptar un pronunciamiento de naturaleza tan vertical. Se podría hasta decir que generó el efecto contrario, pues hoy se convocan más premios municipales y provinciales que entonces.

Si a lo anterior le sumamos que la factura visual del libro se polarizó ostensiblemente, de manera que mientras por una parte las editoriales nacionales acusaban una notable ganancia en imagen lo producido en las editoriales denominadas «territoriales» debió conformarse con la manufactura no profesional de la tecnología asignada, no es descabellado asegurar que la mayor parte de los libros premiados en los concursos con sede en provincias o municipios son títulos que tampoco ganan lectores a partir de su imagen. Y de esa forma continúa la noria circulando un agua insana, con el lector más inaprensible cada día.

Una adecuada política de premios es imprescindible para el montaje y desarrollo de una vida literaria racional y rica. Pero los premios deben recuperar, según opino, el rigor que en determinado momento les permitió instituirse marcador eficiente y, por tanto, consagratorio para los ganadores, además de justo aviso a los lectores de que se les ofrece un texto de valor. Depurar, prestigiar y amplificar hasta donde lo merecen los premios que se convoquen constituye un reto para las instituciones literarias del país.


Santa Clara, 2 de junio de 2009