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La poesía o el ánfora con asas blandas
Roberto Manzano , 17 de julio de 2009

El amigo Racso Pérez Morejón, poeta y promotor de la Casa de la Poesía, nos ha entregado unas preguntas. Como todas las de este mundo, aunque tengan las más diversas magnitudes, resultan inquietantes enigmas y parecen realmente pronunciadas por los labios de la Esfinge. Y el viajero del desierto, que ha de resolverlas con cierta prontitud, advierte que se hunde en la arena de la perplejidad. Un diálogo entre personas que se encuentren de vuelta ya de un largo ejercicio buscando la poesía, aunque no la hayan encontrado jamás, se establece más bien sobre preguntas que sobre respuestas. Más bien intercambian interrogaciones recíprocas, que es su modo fluido de contestarse. Pero en el juego de esta ocasión Racso ha escogido las blancas: él pregunta, y yo estoy sujeto a las negras: debo responder.

¿Cómo se manifiesta el fenómeno de lo inasible y lo inefable de la realidad en la poesía cubana después del llamado período cero-cero?

¿A qué llamas período cero-cero, a la promoción de poetas que se incorpora a partir del año 2000? Si es así quieres que hablemos de lo que acaba de entrar en el escenario lírico. El examen crítico de lo inmediato es el más difícil de todos. Casi se puede decir que es más un acto de intuición que de examen. Todo examen crítico exige distancia. Distancia para que los cultivadores puedan arar el terreno y arrojar la semilla que traen en sus secretas alforjas. Distancia para que la semilla encuentre su camino más adecuado de fructificación. Distancia para que el perito agrícola pueda entrar al campo y subir a la balanza los mejores frutos. Me parece un magnífico medio de encontrarse productivamente establecer las equidistancias pertinentes. Ni el amor, que anhela el entrañamiento de lo separado, puede medirse bien sino cuando la separación ofrece el tamaño real del entrañamiento. Fíjate que, por ejemplo, nadie puede ser profeta en su tierra. ¿Este es el hijo de José, el carpintero?, se preguntan los descreídos. Júpiter no puede ser venerado si dialogamos a cada minuto con él en las termas. El poema de ayer puede ascender al Olimpo, pero el poema de hoy suda junto a nosotros. Claro, el poema que más posibilidades tendrá mañana es el que más respetemos hoy; pero todos sabemos, porque se sobran los ejemplos históricos, que el respeto de hoy puede asombrar a los enjuiciadores de mañana. Así que lo más práctico es someter a sospecha primero todo juicio alzado ahora mismo sobre algo de ahora mismo, y verificar directamente, y dejar que Cronos redondee la fruta. Pero también tenemos derecho a sugerir a Cronos qué frutas nos parecen bien. Así que si seguimos atendiendo las dinámicas facetas del asunto, terminaremos con vértigo en el juicio. Para mayor complejidad, no preguntas sobre el fenómeno global, sino sobre una cara de su proteico aspecto: la presencia de lo inasible y lo inefable. Y el asunto de lo inasible se nos vuelve inasible. Parece que lo inmediato tiene pocas asas, o el tiempo que permanece en lo inmediato echa pocas asas, y de carácter blando, como curvas germinaciones, porque resulta extraordinariamente difícil de asir. Pero, bueno, que no se diga: vamos a aventurar una respuesta.

Estoy de acuerdo en que hay nuevas promociones actuando en la poesía cubana, porque a veces pasan las décadas pero no asoman realmente nuevos cultivadores. Ser joven biológicamente no incluye ser joven en arte. Pero a finales de los noventa se dieron a conocer algunos jóvenes, adelantados de su promoción, que poseen determinados escogimientos expresivos comunes. No entraron con estridencia, sino desde la presentación natural del que llega a nombre personal, sin irrupción tribal. Una de sus peculiaridades consiste en no insistir en lo grupal. No tienen mucha fe en la manipulación de la vida literaria desde los grupos. Les antecede mucha experiencia de ese tipo, y han leído mucho desde temprano, y están enterados de abundantes y sospechosos mecanismos de generaciones y tendencias artísticas. Vieron que los de los ochenta más beligerantes atacaron a veces a los de los noventa, de los que tienen muchos rasgos, y no se encuentran interesados en ese tipo de broncas. Se encuentran diseminados por todo el país, y no es una tropilla moviéndose dinámicamente en la capital. Cada uno tiene sus propuestas, y maneja sus propias circunferencias de influjos y reacciones, y puede convivir sin agresiones inútiles con búsquedas disímiles. El espectro de proyecciones es amplio, y se reconocen más bien en lo que no quieren hacer que en lo que quieren. Pueden ir desde lo perfomático, que no se desvive por la página, hasta la explotación de la página como recurso especial. Pueden ir desde la décima y el soneto reactualizados hasta el versolibrismo bien presentado o desintegrado en su elocución, como una especie de fraseo coloquial, de una pieza expresionista o de un renglón deconstructivo. Pueden ir desde la anécdota inmediata de nuestra compleja vida ciudadana hasta las relaciones misteriosas del ser humano con el más allá. Pueden ir desde una hermética identificación con lo sublime hasta la ironía que aprovecha el absurdo y lo grotesco de la realidad cotidiana. Pueden ir desde el sujeto lírico que deslinda la vivencia íntima de toda referencia culturalista hasta el que a través de escenarios culturales refracta su experiencia personal. Pueden ir del que sólo respira el ámbito ciudadano hasta el que reactiva su infancia rural. Pueden atender las demandas que gran parte de nuestro medio literario, tan lleno de costumbrismo hasta la frente, solicita en alta voz a la poesía, para considerarla con legítimo valor artístico: que supla la ausencia crítica de los periódicos. Pero pueden mirar con desdén esas demandas, y concentrarse en el mundo simbólico en que la poesía respira lo profundamente humano. La diversidad es su carácter, y el individuo es su sujeto hablante, y la época —vista como un abismo global— su atmósfera más densa. Lo que quieren encontrar son los procedimientos, tomados de cualquier parte, según las improntas personales, para la representación expresiva de sus mensajes, y no imponer una manera específica sobre unos asuntos determinados, como lo han hecho hasta ahora un número considerable de tendencias líricas.

En este concierto que asoma, ya se ve la inclinación a reflejar lo inasible y lo inefable, como la denominas. Alguna diferencia estableces entre los términos, y alguna semejanza, cuando enuncias el rasgo de este modo. Trato de interpretarte: llamemos inasible aquello que no puede sujetar la psiquis ni a través de la intuición: queda fuera de cualquier mecanismo de apropiación. Llamemos inefable lo que no puede atrapar el lenguaje, aunque la psiquis lo intuya. Ambas palabras refieren fracasos antropológicos, bien de la psiquis o del lenguaje. Son insuficiencias de nuestros abordajes de la realidad. Sólo resisten una articulación sintáctica en forma de preguntas. Y como la poesía es el reino de nuestras mejores preguntas, pues los poetas atienden mucho a la inasible y lo inefable, según los distingues. En efecto, eso se ve ahora más entre los jóvenes poetas, aunque hay que reconocer que es un imponderable general de la poesía. Pero cuando algo que ha existido siempre se vuelve frecuente, por el carácter estadístico de su significación adquiere carácter de marca, se vuelve un rasgo de identidad. La décima ya rebasa los quinientos años, pero si ahora aparece una tendencia que convierte la décima en su portaestandarte expresivo, ella se convertirá en la usufructuaria histórica de la décima. Lo digo porque a veces oigo a personas señalar, criticando a una propuesta artística, que aquello que proponen ha existido siempre, y por lo tanto no es un valor específico de los criticados. Sí, nada nuevo hay bajo el sol; pero cada hombre estrena el mundo, y trae una manera de vivirlo, que resulta su inalienable incorporación. Lo mismo sucede con las tendencias poéticas. Así que, aparte de otros intereses temáticos, que son muchos, como corriente germinativa en curso que es, los poetas cubanos de los 2000 también explotan expresivamente lo inasible y lo inefable. Pienso, de inmediato, en dos de ellos, por ejemplo, Leymen Pérez y Liudmila Quincoses. Liudmila, que se dio a conocer precozmente, y Leymen, ya con los 2000 propiamente, son creadores que van refrendando mundos, pues es indudable que poseen voz propia. En ambos están presentes esos rasgos, aunque no dejan de estar muchos otros. Pero cada uno de ellos encara esa búsqueda de manera personalísima. En Liudmila el tratamiento de lo inasible y lo inefable conduce a mundos distintos al nuestro, o adyacentes con el cotidiano, poblados por otros seres, con los cuales se pueden sostener comunicaciones sensibles, según parecen enunciar algunos de sus versos. En Leymen se trata de una búsqueda de comunicación con lo cósmico, en que queda incluido el Todo, pero convocándolo desde la Historia, según se desprende de la arquitectura de sus textos. Bastan estos dos ejemplos, pero estoy seguro de que deben existir otros. Como es una poesía que comienza su avatar productivo, se verá con el tiempo, en lo que conservan y lo que abandonan, si lo inasible y lo inefable constituyó en ellos uno de los procedimientos básicos de su mirada artística.

¿Cuáles son las huellas más evidentes de experimentación conceptual que podrían notarse en la poesía cubana más reciente?

La poesía es una manifestación artística donde la ausencia de experimentación continua se revela de inmediato, y genera de modo automático una retórica vacía, sin nervadura ni sangre. Lo peor que le puede pasar a un poeta es aprender una receta para crear. La poesía exige un sistemático desaprendizaje. Al entrar en el nuevo proyecto creador hay que haberse sacudido profundamente del proyecto anterior. Hay que hacer mudas y metamorfosis oportunas: con las mudas se cambia de piel, porque no se cabe ya en la antigua, dada la naturaleza progresiva del crecimiento; con las metamorfosis se establecen crecimientos no sólo cuantitativos, sino sobre todo de carácter morfológico. Un poema, un libro, un ciclo específico, son experiencias únicas, en las que se establecen juegos tremendos entre lo sedimentado y la sorpresa, entre lo idéntico y lo disímil, entre Parménides y Heráclito. En la poesía se evoluciona por catástrofes, se ordena a través del caos, se alcanzan sumas legítimas con dolorosas restas, se penetra cada vez más lejos, hacia zonas oscuras, con los tobillos desafiantes de la marcha creativa. Es una renuncia voluntaria a permanecer estático, para entrar con alguna dignidad en el flujo inagotable de lo real. Pero no confundir esto (¡hay que estar muy alerta!) con la ilusión falsa de lo nuevo, con el anhelo caprichoso de la diferencia, con el voluntarismo de la moda, con la negación de lo trasgresor baldío. Alrededor nuestro, en la arena artística inmediata, cuántos artistas uno ve que creen de verdad que lo último es todo el arte: padecen un ultimismo atroz, y consideran que los vehículos son valores por sí mismos. Toda su formación es de ahora mismo, y rinden culto a los diosecillos que acaban de bajar la escalerilla del avión, y persiguen, como pobres insectos, las bengalas que disparan hacia las lámparas del techo los bulliciosos diletantes, y están muy atentos a las recientes consignas estéticas. La experimentación hay que aprender a distinguirla bien, porque bajo ese rótulo camina mucho gato como liebre. Lo primero es saber que no hay poema verdadero sin experimentación: el poema es el acto de habla de la poesía, y en él se resuelven todas las experiencias de la expresión. Experiencia, expresión, experimento son palabras que tienen visibles hilos. Hay veces que en el poema perfomático o en el visual se están liberando grandes tensiones artísticas, pero no siempre son ambos campo verdadero de experimentación. En cualquier poema, de cualquier tipo, mucho más dentro de la poesía más ortodoxa, se realizan —no cabe otra posibilidad que realizarlas para lograr decoro creador— transformaciones sustanciales de los recursos que nos brinda la práctica expresiva. Cada poema es un mundo, y exige un demiurgo joven, inédito, que pronuncie adecuadamente la orden genésica. La longevidad creadora se consigue tan sólo a través de esta plasticidad de lo imprevisto.

¿Existe eso ahora mismo en la poesía cubana? Pienso que eso existe continuamente, y que continuamente también está en riesgo absoluto. No es fácil para un poeta no legitimado persistir en su búsqueda personal sacrificando todo deseo de éxito inmediato. Con una facilidad tremenda los poetas emigran de tendencias, o se afilian desde el principio, hacia las zonas de mayor éxito. Desde el año setenta participo públicamente en la vida literaria cubana, más cerca o más lejos de donde se dirimen sus asuntos, pero siempre atento a su devenir, porque es el espacio natural de mi vocación. Y he visto poetas abandonar sus búsquedas iniciales por otras de mayor potencialidad legitimadora, según las circunstancias estéticas, que también tienen sus ondulaciones específicas; o eliminar de sus balances productivos sus zonas creativas dentro de tendencias desdeñadas; o cambiar de una tendencia a otra como quien tiene mareos estilísticos. Exagerando un poco, se puede decir que no tienen música propia, y que le van poniendo letra al sonido ajeno. Eso puede parecer una experimentación, pero no lo es realmente: sólo se experimenta combinando del modo más perfecto posible la música y la letra que llevamos como una utopía humana y artística dentro de nuestra sensibilidad proyectiva. Un gran creador que riñe ferozmente con el instrumental para que exprese con vigor lo que él siente en su corazón o ve con los ojos de su mente es un experimentador de ley, que siempre produce hallazgos significativos, y en los que los restantes individuos admiran el triunfo humano alcanzado. En la poesía cubana de ahora mismo hay poéticas experimentando, de variado carácter, lo que es emblema de salud y fuerza, pero a la larga el esfuerzo será válido cuando sea una conquista personal, la hazaña de un artista a través de su obra específica. Sería riesgoso decir, y absolutamente impropio, que un área de la poesía cubana actual es la que se encuentra experimentando y que otra no: en arte, no siempre el escándalo es síntoma de que se ha realizado un hallazgo real.

La crítica literaria está siendo cada vez más reclamada en los medios editoriales, pero sin la paternal lisura que ejerce en la actualidad. ¿Cómo propiciar a este indispensable género una presencia más cerca de la objetividad literaria del país?

La crítica siempre entre nosotros ha sido el punto más problemático del sistema literario. No que no haya habido excelentes críticos, que los ha habido, sino que se ha tenido que recurrir al expediente de que la propia vanguardia productora se desdoble en vanguardia crítica. Y no siempre lo hace bien, o no lo hace de modo imparcial, o no lo hace con suficiente penetración y utilidad. Para no hablar de lo que todos sabemos, que la crítica en ejercicio sobre la poesía de nuestros contemporáneos adolece de males ya diagnosticados: la amistad, la afinidad estética, la dirección grupal, el oportunismo literario de todo tipo. El tema de la ausencia de una buena, imparcial, autorizada crítica que ejerza su ministerio socioartístico para bien de todos es permanente en todas las discusiones sobre poesía, pero nunca se resuelve definitivamente el asunto. Tenemos una crítica muy vivaz e insidiosa, que entre nosotros cumple un papel litigante muy eficiente: la crítica oral, de escenarios rápidos, y llena de ácido y picardía. Aunque no la tomamos en serio, pues su cobertura ética consiste en embozarse de humor, crea plataformas de recepción inconscientes ya prejuiciadas. La atmósfera crítica de nuestra vida literaria no ha sido diagnosticada en detalle, y nunca he leído nada de cómo se han construido y construyen estereotipos, desdenes y valores. En la vida social todo lo objetivo pasa por lo subjetivo, y es de mucha dificultad una distancia adecuada para el examen. Pero lo importante es la consigna de Rubén Darío: Crear, crear, crear! Queden las nueve musas encintas, y que bufe el eunuco. En las naciones de poder creador fatigado, la crítica dicta a la creación sus temas y actitudes, y es por ello que uno ve cómo la poesía se termina encajonando en túneles sin salida en esos escenarios, de los cuales sólo es posible salir regresando a la legítima estructura del fenómeno: la creación genera su crítica, que atiende entonces a calibrar lo producido y a perfilar sus derroteros. A veces escucho que sería bueno fundar una revista de crítica literaria, para que comience a ejercer su papel dentro del sistema. Correcto, pero eso trae aparejados grandes peligros. Como no hay críticos con suficiente autoridad en el medio, de consensuado respeto, libres de sospecha de militancia estética desaforada, por simple percolación natural será copada por tendencias, y entonces tendremos más de lo mismo, y elevado a espacio de privilegio. La crítica debe estar en todas partes, y asentarse sobre el principio de la existencia continua de opciones, de alternativas de expresión.

La poesía, género de los pocos, carece de publicaciones especializadas. ¿Cómo asumir ese déficit editorial?

Sería bueno que hubiera publicaciones sólo de poesía. Y las ha habido, y se intentan otras. No están de más. ¿A quiénes se les daría? Ahí es donde empiezan los riesgos. Porque el sistema institucional no visualiza tendencias, pero ellas existen, irremediablemente: ellas constituyen la estructura dinámica de la vida literaria, y las que ofrecen a la literatura el carácter procesual que la distingue. Intervenir ecológicamente en esto es de una complejidad extraordinaria, y no hay diagnósticos buenos sobre el problema, pues no se realizan desde el interior mismo del arte, sino desde los perímetros de otras disciplinas. Como mínimo, tendría que haber dos tipos de publicaciones de poesía: unas para que las tendencias sacien sus anhelos de desarrollo artístico, y demuestren la validez estética de sus propuestas; otras para jerarquizar la producción poética de modo social más generalizado, no como órganos de la vida literaria, sino del patrimonio de la literatura. Si no se cubren ambas necesidades, ellas se solapan, luchan ferozmente por los espacios disponibles, y los toman subrepticiamente: como la literatura no puede combatir en la inmediatez con la vida literaria, pues ella se encuentra naciendo con mucha frecuencia del vapor generado por la vida literaria, pierde la batalla casi siempre, y determinadas tendencias —poleas motrices de esta última—ocupan el espacio para usufructo propio frente a otras tendencias que no pudieron acceder a la toma de poder estético.

¿Para qué la poesía?

Si hay ánfora con asa blanda es ésta. Aquí sí parece fundirse lo inasible y lo inefable. Con frecuencia me preguntan esto: también me lo pregunto yo mismo cada cierto tiempo: se lo preguntan naciones enteras: civilizaciones íntegras se esfuerzan en manipular con cierta destreza esta asa. Pero el juego de la poesía no se detiene. En los dos sentidos, como manifestación artística y como fenómeno antropológico. Hay vidas enteras que jamás han leído un libro de poesías, o no se han detenido a escuchar una sola de sus piezas. Si acaso fueron a la escuela, allí tal vez algún poema les pasó por las orejas o se les insinuó en los ojos. Me he puesto a imaginarme lo siguiente: Suprimamos los libros de poesía. Y me digo con dolor: Los seres humanos van a seguir viviendo. Pero, bueno, existe la poesía oral. Me imagino entonces: Suprimamos la poesía oral. Seguirán viviendo sin dificultades. El instinto de conservación es primario respecto a la necesidad de poesía como manifestación artística. No va esfumarse la especie porque de pronto desaparezcan los poemas que amamos unos pocos. Correcto, sigamos adelante. Vamos a suprimir a la poesía en el sentido amplio del término, no ya puramente artístico. La poesía como el grado exponencial de la cultura, como la apropiación más humana que se ha cumplido hasta ahora de lo natural. Esa poesía, aunque se la pedimos a los poemas grandes, no tiene por qué estar en lo que conocemos como arte. Vamos a suprimir esa poesía. Este acto de la imaginación sí tiene unas consecuencias tremendas, pero tampoco alcanza a eliminar la especie. Desciende mucho en la escala, pero sigue parada sobre el planeta. Entonces, ¿de qué estamos hablando? ¿Para qué sirve la poesía? Sin embargo, sabemos que, como decía Lautréamont, su fin es la utilidad práctica. Todos somos seres humanos, pero no todos se encuentran en los mismos peldaños de la escala de Jacob. La poesía es el acto espiritual por el cual un ser humano asciende en la escala de Jacob, consuma o no poemas; es una lanza que San Jorge rompe con el dragón, si aceptamos que ambos riñen en nuestra cálida entraña, que va de minotauro a mariposa, consuma o no poemas: si los consume, mejor, porque ellos objetivan lo subjetivo, dejan fluir en el aire o inscriben en un soporte esos peldaños de la ascensión y esos invisibles vencimientos de lo plutónico. La poesía es —en el sentido amplio, y en el estrecho— una manera muy eficaz de organizar emociones, de estructurar la imaginación para poder alcanzar dentro de nosotros la posibilidad de un cosmos, de un génesis que nos dignifique. La poesía es un ejercicio interior de humanización. La poesía atrapa lo inasible y nombra lo inefable. La poesía modela lo que deseamos bajo el ojo vigilante de la memoria. La poesía es un relámpago que el corazón sujeta, para que la herida quede cauterizada, y salga del dolor la paloma de Noé, con la rama fresca en el pico.

Nota a los lectores:

El poeta y escritor Roberto Manzano, columnista de CubaLiteraria, invita a sus lectores a participar más activamente en Vertebraciones enviando sus preguntas sobre aspectos específicos de la poesía como manifestación artística. Escriba a: manzano@cubarte.cult.cu para plantear sus interrogantes sobre la práctica y la teoría de dicha expresión.