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Ciertas experiencias personales y una injusticia que se debe reparar
Emilio Comas Paret , 23 de julio de 2009

Siempre he pensado que si hubiera nacido en el corazón de la Sierra Maestra, quizás habría bajado con Camilo o el Che, o con la columna de Fidel como un guerrillero, pero la vida no me dio esa oportunidad y por eso, de manera permanente mantendré la duda.

Mi participación en la etapa de la lucha contra Batista tuvo mucho que ver con el origen social, el lugar de nacimiento y estancia y determinadas condiciones familiares.

Mi padre, que un largo tiempo vivió en condiciones de gran penuria, en la década del cincuenta y en sociedad con otro hombre que poseía cierto capital, había puesto un comercio y le iba bien. No éramos ricos, pero habíamos salido de la miseria. Es decir, la dictadura no nos afectaba económicamente. Por otro lado, una buena parte de la familia materna eran batistianos furibundos, tanto que mi abuelo, que murió a finales del 1958, la última frase que dijo antes de dejarnos fue: “Al general no hay quien lo tumbe”. Por supuesto que se refería al “general” Batista.

Todo dejaba bastante claro que yo debía ser, por lo menos, un “apolítico”, como se decía entonces. Pero el hombre supone y Dios dispone, dice el refrán.

Un tío, que siempre fue mi preceptor y desde pequeño pagó porque estudiara en un buen colegio privado y religioso, me había conseguido una suerte de “media beca” en un famoso colegio presbiteriano, La Progresiva de Cárdenas.

Siete manzanas constituían su entorno y era considerado uno de los más importantes colegios del país, donde además de las letras y las ciencias muy a menudo se escuchaban en boca de los directores y profesores palabras como “honda crisis de la nación”, “justicia y libertad”, “lograr la República que rinda culto a la dignidad plena del hombre”, y en sentido general existía un profundo sentimiento contra la dictadura de Batista, que a veces se hacía tan evidente y militante que permitía que sucedieran cosas como la de aquella tarde, en que por los altoparlantes del dormitorio oímos en vivo la voz de José Antonio Echevarría cuando daba a conocer, a través de la emisora Radio Reloj, el asalto al Palacio Presidencial.

Ese mismo día asesinaron a José Antonio, que además era oriundo de Cárdenas, y aquello hizo que el colegio, casi en pleno, se volcara a una huelga general con escándalos incluidos, donde me destaqué más por usar mi vozarrón para arengar a la acción, que por otras cosas de más peso, pero ello me significó y ante la perspectiva de que los medios represivos pudieran “pasarme la cuenta” papá decidió que dejara el colegio.

El tío preceptor, al que le llamaremos el reverendo, (realmente era ministro de una Iglesia Bautista, además todo un personaje en la masonería y el Club de Leones), tuvo la idea, y lo conversó con mis viejos, de llevarme a vivir con él a Santo Domingo, para que estudiara en la escuela que tenía aledaña a su iglesia y de la cual fungía como director. Era lo que le llamaban entonces un colegio incorporado: se impartían las clases de bachillerato, pero los exámenes se hacían en el Instituto de Bachillerato de Sagua la Grande o,  lo que realmente sucedía más a menudo, los profesores del instituto venían  a examinar a los alumnos incorporados.

Así funcionaba aquello. El colegio no era malo, había maestros de calidad, muchos de ellos venían diariamente de Santa Clara. Nunca supe por qué lo habían incorporado al Instituto de Sagua y no al de Santa Clara, que estaba más cerca, pero ello quedó en el misterio. Desde ese punto de vista todo estaba bien, pero no en otros aspectos.

El problema se armaba porque, como era el sobrino del reverendo, mis acciones tendrían que adecuarse a esta nueva situación: no podría, por ejemplo, bailar rock and roll como estaba de moda, y que tanto me gustaba. No podría tampoco seguir usando aquella combinación de pantalones vaqueros, botas mexicanas cortas y camisas de cuadros grandes, como el hombre del Marlboro, que era nuestro referente para vestir. No, señor, tendría que empezar a usar pantalones de casimir de colores oscuros y camisas que solo fueran blancas, azul celeste, verde claro o rosa pálido. Toda esta imposición venía de la esposa del reverendo, es decir, de mi tía política, que en aquel entonces era más aristócrata que un lord inglés y más burguesa que la familia de los Rockefeller.
 
Al principio acepté a regañadientes, pero aquella situación iba a ser la espoleta de la bomba que en cualquier momento habría de explotar. Transcurría el año 57 y los cubanos la estábamos pasando muy mal con la represión del gobierno batistiano. Como Santo Domingo era uno de los pueblos que enlazaba con la carretera Central, única que comunicaba a todo el país entonces, se consideraba un lugar estratégico, y por eso tenía el cuartel de la Guardia Rural con muchos números y el cuerpo de Policía, bastante agresivo y peligroso.
 
Dentro de la Policía se movían dos hombres de la Secreta, conocidos como el cabo Candela y Cordo, los que al parecer se ocupaban básicamente de vigilar a la gente joven del pueblo. Frente al colegio y al lado de la casa del reverendo, había una construcción antigua, casi en ruinas, donde malvivía un viejo solitario. Era tan precaria su situación, que no tenía luz eléctrica ni agua corriente. Por las noches, desde mi habitación, veía una tenebrosa y titilante vela moverse de un cuarto a otro, lo que me ponía la carne erizada, fría y hacía recordar las películas de misterio. Por ello casi nunca abría la ventana que daba a la maltrecha mansión, y en la noche, cuando cruzaba por delante, no miraba para dentro. De haberlo hecho alguna vez quizás habría caído en la cuenta de que esa casa era continuamente utilizada por la pareja de la Secreta para esconderse y sorprender cualquier acción contra el Gobierno.

Generalmente iba todas las noches a estudiar en casa de un compañero llamado Fernando, conocido entre nosotros como el Queso, porque su padre tenía una quesería donde se hacían los mejores quesos blancos del mundo. En la vivienda del Queso, nos reuníamos un grupo de muchachos que estudiábamos el segundo año de bachillerato, estábamos en contra de Batista y simpatizábamos con el Movimiento 26 de Julio. Por eso nos dedicábamos a pegar banderitas del Movimiento en las paredes de los establecimientos del barrio y en casa de una vieja batistiana que vivía en la esquina. Yo tenía, además de esta, otra misión: como para llegar a casa del reverendo cruzaba obligadamente la carretera Central, debía regar unas alcayatas que se viraban, y cuando caían al piso siempre lo hacían con una punta afilada hacia arriba. De esa manera, tiradas en la carretera, los carros les cruzaban por encima y se encajaban en las gomas. Entonces se ponchaban. Era una suerte de sabotaje al transporte, porque buscaba lograr la paralización total del transporte por carretera.

Todas las noches regaba un puñado de aquello, que la gente les decía Bromo Seltzer, parodiando una tableta efervescente y digestiva que tenía el eslogan de “siempre cae bien”, y como usaba los bolsillos intencionalmente desfondados, venía con las alcayatas en una mano que guardaba dentro del bolsillo y las dejaba caer y bajar por la pierna del pantalón, mientras yo cruzaba la carretera con la inocencia de un niño de quince años caminando por una calle solitaria a las once de la noche.
 
No obstante, siempre que llegaba a la esquina de la casa del reverendo salían de la oscuridad Candela y Cordo y me registraban hasta las medias. Nunca pude precisar por dónde venían y cómo llegaban tan a tiempo para cachearme en el mismo lugar. Después imaginé qué habría pasado si un “bromoseltzer” se hubiera quedado enredado entre la ropa.

Con nosotros, también en segundo año, estudiaba un muchacho a quién le decían Jaimito. Con solo catorce años, era tan alto y fuerte que parecía de más edad,  y venía de una familia que entonces se calificaba bajando la voz, como “revolucionaria”. Su padre era un dirigente sindical de cierta importancia en la zona, y por la fuerza y el carisma del muchacho, la mayoría de los alumnos del colegio simpatizábamos con los “revolucionarios”,  además de que alguna que otra vez el reverendo, en sus cultos, hacía una discreta alusión a los atropellos a que éramos sometidos y a la necesidad de que aquella situación cesara.

Una tarde el sindicato convocó a una huelga, y Jaimito decidió que los estudiantes del colegio incorporado debíamos apoyarla. Nos lo dijo, y casi todos estuvimos de acuerdo. Salimos corriendo de las clases rumbo a la carretera Central, que estaba más o menos a una cuadra.
 
Yo voy al lado de Jaimito gritando ¡Abajo la dictadura! y ¡Batista asesino! y cuando llegamos a la esquina me toma del brazo, nos detenemos, y entonces, acercándonos al sillón de limpiabotas de un personaje a quien llamaban Calderín, me dice: Flaco, tú tienes que hablarles a los estudiantes, yo no puedo porque estoy fichado,  pero tú eres sobrino del reverendo, y además, casi nadie te conoce en el pueblo. Nunca he hablado en público, le dije, y me respondió: repite lo que yo te vaya diciendo. Me paré encima  del sillón de limpiabotas ante la mirada asustada de Calderín, que se hizo a un lado, y Jaimito empezó a “soplarme”:

¡Estudiantes, estamos apoyando la huelga de los azucareros  porque también así se lucha contra la dictadura, la sangre de los que hoy mueren en las cárceles...! Y no recuerdo haber dicho algo más. Terminé abruptamente mi primer discurso público cuando vimos que a lo lejos, por la carretera, venía corriendo un grupo de soldados procedentes del cuartel que estaba en las afueras del pueblo. Todos salimos a guarecernos, y yo llegué a la casa del reverendo y entré como un bólido para el cuarto, sin percatarme de que era el último lugar donde debía estar, no sólo por la cercanía con la “escena del crimen”, sino porque la casa era muy conocida.

El reverendo me vio pasar a todo correr por delante de su oficina y nada dijo, nada  preguntó.

A los pocos minutos siento que tocan a la puerta. Me chivatearon, pensé. Agucé el oído, y evidentemente: eran Candela y Cordo buscándome. Me entró un gran frío por toda la columna vertebral.

- ¿Qué hizo mi sobrino?, les preguntó el tío.
 
- Estaba  echando un discurso en la Central, armando revuelo contra el Gobierno, dijeron.

- No, contestó, es una equivocación de ustedes, mi sobrino no ha salido de aquí en toda la tarde. Busquen al verdadero culpable. Buenas tardes.

Los policías no replicaron. Mucha influencia tenía el reverendo para entrar en contradicciones con él. Sin decir nada más y aun sin despedirse, salieron de la casa y se perdieron buscando a quien echarle la garra. Aquella vez el tío me salvó el pellejo y se lo agradecí siempre, aunque nada le dije, nunca.

Después todo resultó menos fácil. Candela y Cordo me vigilaban continuamente. Los registros de las noches ya no eran en silencio, alguna que otra vez hubo  empujones, y normalmente me ofendían diciéndome “cabroncito”, “mariconcito”, “el día que agarremos alguna prueba nos vamos a limpiar el culo con tu tío”, “tú estás metido en el ajo, hijoeputa” y cosas así, entonces ya tenía más cuidado con las banderitas y las alcayatas. Dejé de ir a casa del Queso a estudiar.

Como que todo lo malo sucede junto, en esos días tuvimos que ir a un velorio; había muerto algún feligrés, y la tía se encaprichó en que me pusiera una camisa blanca para la visita de cumplido. Las muchachitas del colegio, que nos acompañaron, desde que salimos caminando hacia la casa del muerto empezaron a joderme con que esa era “la camisa de los velorios”. Yo me encabroné,  sin pedir permiso volví a la casa y me cambié de camisa. Salí con la de Marlboro y aparecí en el mortuorio. Aquello fue la explosión. A la vuelta,  y ya desde el camino la tía empezó a pelear, dentro de la casa me increpó y ofendió a mis padres diciendo que eran unos indolentes, unos incultos y que me estaban malcriando, que al final iba a ser “carne de presidio”. No quedé callado y le dije todo lo que se me ocurrió, pero lo que más le molestó fue cuando puse en dudas su condición de cristiana por haberme prohibido andar con el mulato Tamargo, que era mi amigo, porque “era negro y eso no convenía”. A la tía le dio un soponcio y cayó como un pollo, y el tío entonces  se pasó y quiso pegarme. De su propio buró tomé un tintero y le dije: Si me tocas te lo sueno en la cabeza. Aquello fue definitivo. Ahí mismo firmé mi sentencia de muerte.

Al otro día se murió el abuelo y papá vino a buscarme en un auto que alquiló. Algo le dijo el tío y se rompieron las hostilidades. Papá no estaba muy de acuerdo con las estupideces de la tía, de quien decía, comía boniatos hervidos y eructaba faisán de la India. Entonces llegó hasta donde arreglaba la maleta, me dijo que recogiera todo definitivamente. Lo hice encantado.

Salimos en el auto. La carretera era como un cementerio. Cuando íbamos llegando a Camajuaní dimos con un desvío de la carretera, y al entrar en él notamos un cartel que decía: “Territorio Libre de Cuba.” Eran los rebeldes de Fidel. Caibarién estaba lleno de soldados de Batista.
 
En la esquina de casa habían asesinado a un muchacho, y todo el barrio comentaba la agonía. Luego, en el entierro, empezamos a cantar el Himno Nacional, y los soldados comenzaron a disparar. Nunca olvidaré que vi saltar de pronto, y primero, las flores de las coronas mortuorias, y después sentí las detonaciones; la carrera que eché fue tan larga que terminé con la lengua chocándome contra el ombligo.

Eso sucedía en el mes de diciembre de 1958, y el primero de enero del 59 Batista abandonó el país con sus más cercanos compinches y comenzó la etapa de la Revolución. Volví a ir a Santo Domingo. Quería despedirme de los amigos y de una novia, Lourdes, que se había quedado esperando a que la pidiera en matrimonio. Cuando llegué, los amigos estaban consternados y me dieron la noticia.

Casi a mediados de año un coronel, enemigo político de la familia, había asesinado a Jaimito cuando intentaba impedir el asesinato de su padre.
 
Jaimito hoy debía ser reconocido como un mártir del estudiantado cubano, sin embargo, nunca he oído que se hable de su vida efímera y de su violenta muerte. Su familia se perdió en la bruma miamense y nunca más oí hablar de aquel infortunado compañero.

Pero la vida tiene sus meandros a veces inexplicables. Sucede que hace veinticinco años vivo en el Nuevo Vedado habanero y hace unos días andaba con mi compañera de compras en los agromercados del barrio, y ella, que como todas las mujeres es adicta a visitar las tiendas “a ver que hay”, me invita a entrar a un sitio de venta de ropa reciclada. Llegué al lugar, nada me interesó y salí afuera a respirar la poca brisa de un candente día de verano, en eso miro hacia la fachada del edificio aledaño y veo una placa de bronce, por curiosidad me acerco y leo con asombro que en ese lugar el 16 de abril de 1958, el coronel Pedraza, acompañado de Irenaldo García, su ayudante, mataron a dos personas, padre e hijo, y debajo un nombre: Jaime Vilella Prats.

Tenía quince años cumplidos.