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La literatura cubana y el “realismo socialista”
Emilio Comas Paret , 28 de agosto de 2009

Hace unos días leí un trabajo donde se hablaba de la “etapa realista socialista de la literatura cubana” y no me gustó ese término. Pensé que no era justo hablar de una “etapa” realista socialista en la literatura isleña, que no era exactamente así, pero no me abroquelé en mis ideas. Salí a buscar criterios con algunos colegas y en general llegamos a la conclusión de que, si bien es cierto que hubo un tiempo en que nos influyó literariamente el realismo socialista proveniente de la antigua URSS, y que dicha escuela fue potenciada y estimulada por determinados funcionarios de la cultura, realmente los títulos pertenecientes a esta corriente coexistieron con publicaciones francamente imaginativas, y si no ver Pailock el prestidigitador, la novela de Ezequiel Vieta publicada en 1966, los Cuentos de Enrique Labrador Ruiz publicado por Bolsilibros UNION en 1970, o El fantástico mundo de Oaj, de Miguel Collazo, publicado por Ediciones Unión en 1966.

Ezequiel Vieta, cuya literatura ha sido considerada plena de  alegorías y búsquedas formales, Labrador Ruiz experimentador tanto de la forma como del contenido, y Collazo demostrando que era posible escribir una obra de ciencia-ficción cubana,  los tres alejados del realismo en boga de entonces.

Alguna vez escribí que la escuela realista socialista, seguida por algunos escritores cubanos luego de conocer obras soviéticas tan medulares como los textos de Sholojov, no era, como diría el Che y también Ambrosio Fornet, una escuela demoníaca en sí misma, sino que la demonizaron cuando fue impuesta por Stalin en la URSS como única forma de creación, pero que pudo ser una escuela literaria más dentro del universo creativo soviético y universal.

En nuestro universo literario nunca se impuso la escuela realista socialista como línea oficial y única, por suerte y para beneficio de la propia literatura cubana, sin embargo, para muchos y por razones más que extraliterarias, hablar de “realismo socialista” es como “mencionar la soga en casa del ahorcado”, y sacan conclusiones sin notar la percepción de que aquella época y aquella escuela dieron algunos títulos notables que hoy están olvidados por la crítica y lo que es más importante, por los lectores, que se pierden el gusto de efrentarse a obras bien escritas, magníficamente armadas y con un contenido interesante.

Con este trabajo solo pretendo tocar la conciencia de los lectores y hacerlos pensar y estimularlos a buscar en las bibliotecas y librerías de textos usados algunos ejemplos ilustradores de mis criterios.

Y para ello les voy a recomendar dos títulos.

El primero es de un escritor “de éxito”, el cubano –uruguayo Daniel Chavarría, profuso escritor de buenas novelas y ganador de varios importantes premios como el Mortiz – Planeta en México 1993, el Ennio Faiano de Italia en 1997, el premio Edgar Allan Poe en 2002, el Casa de las Américas en el 2000, premio Alejo Carpentier en el 2004 y en el 2005 el Camilo José Cela en Palma de Mallorca.

La novela Joy, publicada en 1977, fue la primera novela de Chavarría.

La obra cuenta acerca de la realización, por parte de la Agencia Central de Inteligencia del gobierno de Estados Unidos, de un sabotaje en gran escala, es decir, guerra biológica, contra la industria citrícola cubana. Se enmarca dentro de lo que los soviéticos llamaban una novela política de espionaje y es muy destacado que la dedicatoria de la primera edición dice: “A la memoria de Félix Edmundovich Dzherzhinski. Caballero de la Revolución, forjador de la gloriosa Checa leninista, maestro, precursor.”

Pero dejemos que sea el propio Chavarría quien nos dé, ahora mismo, su valoración de aquella, su primera novela. En su texto de memorias Y el mundo sigue andando,  publicada por la Editorial Letras Cubanas en el 2008, Chavarría nos dice:

“Luego, en Cuba, leí con gran interés varios ejemplos de novela política de aventuras; y de ese interés y la imitación de aquellos ejemplos, mezclados con recursos de la narrativa moderna, nació Joy. Esta mezcla se me reveló de inmediato muy apta para una literatura de reflexión sobre temas sociales e históricos; y Cuba revolucionaria, por sus singularidades, me ofrecía una cantera temática única en la literatura de Occidente. A mediados de los 70, las novelas de espionaje, salvo la honrosísima excepción de Le Carré, eran basura literaria, como las de Ian Fleming y su héroe James Bond. Era un subgénero monopolizado por autores anglosajones, y por supuesto, con protagonistas norteamericanos y británicos. Y yo tuve el honor, por primera vez en la historia de la literatura occidental, de publicar una novela exitosa, cuyo protagonista era un agente de los servicios secretos de un país latinoamericano. Cuba y su momento histórico me propiciaron la ocasión de concebir un héroe cubano como el mayor Alba, protagonista de Joy, más ilustrado que James Bond, tan buen karateka como él, empapado de las más modernas técnicas de inteligencia y contrainteligencia que le enseñaran en la URSS; y por supuesto, un patriota heroico, valiente, y con los rasgos étnicos y conductuales de un latinoamericano tropical. Ningún otro escritor del tercer Mundo, ni del Occidente europeo, francés, italiano, español, podía darse el lujo de promover una trama donde el héroe se enfrentara de tú por tú con agentes de la CIA. Un personaje como el mayor Alba, no podría ser uruguayo, ni argentino, ni brasileño, ni mexicano, ni alemán, francés, italiano, español, sueco u holandés, porque los órganos y profesionales de la Seguridad en esos países, jamás se han opuesto a la CIA y todo el mundo lo sabe. Por el contrario, se le han sometido, han sido sus soplones y sumisos recaderos. Cuba y solo Cuba, entre todos los países del Occidente europeo y el continente americano, se enfrentaba entonces a la CIA en una denodada batalla de inteligencia  y contrainteligencia. Y yo he sido el primer latinoamericano autor de novelas con héroes cubanos, comunistas, negros, mulatos, bailadores de son y comedores de arroz con frijoles. (…) Cuba no sólo me ha ofrecido singulares héroes de la Seguridad, sino una pléyade de personajes conflictivos, muy funcionales en literatura por su riqueza de contrastes, y al mismo tiempo únicos; y me ha ofrecido y ofrece también situaciones originales que solo se producen aquí”.
 
Joy se convirtió, en su época, en un gran best seller, en los países del otrora campo socialista se vendieron un millón de ejemplares de la novela y en el URSS se hizo una primera edición de 500,000 ejemplares y tres años después otra de 220,000.

La otra novela, que se enmarca también dentro de la escuela del realismo socialista y que quiero proponerles para su lectura es La última mujer y el próximo combate del escritor Manuel Cofiño López, desgraciadamente desaparecido hace algunos años.

De Cofiño podríamos decir que nació en La Habana en 1936 de padre español y madre cubana, y que su juventud la vivió en el popular barrio de Jesús del Monte. En la actividad literaria se destacó la publicación de su libro de cuentos Tiempo de cambio que fue premio del MINFAR en 1969; La última mujer y el próximo combate, premio Casa de las Américas en 1971, y Cuando la sangre se parece al fuego, novela publicada en 1977. Luego publicó además Los besos duermen en la piedra, cuentos, Santiago de Chile 1971, Y un día el sol es juez cuentos, 1976, y Las viejitas de las sombrillas 1972, premio Edad de Oro.

La última mujer y el próximo combate se desarrolla en un plan forestal a principios de la Revolución. En el abordaje temático de la obra se mezclan el atraso social y el conservadurismo de las tradiciones, propio de personas con escaso horizonte cultural y también cómo las nuevas decisiones y las grandes oportunidades que entraña el triunfo revolucionario, se van imponiendo y hacen que las personas comiencen a cambiar y a trabajar por transformar primero su entorno y después la sociedad misma.

El título de la novela sale de una entrevista realizada al comandante Camilo Cienfuegos cuando aún combatía en la Sierra Maestra contra el ejército batistiano, que ante el requerimiento del periodista sobre qué pensaba el guerrillero cuando no estaba combatiendo, Camilo le respondió: “en la última mujer y el próximo combate”.

Esta obra fue impresa en más diez países, y se inscribe en el principio que el propio Cofiño defendía de que se debía ir “de las cosas de la vida al libro y no al revés, del libro a las cosas de la vida”. Esto es, que el escritor debe colocarse como observador de la vida y del ambiente y entonces, cuando lo ha aprehendido a cabalidad, lo hace literatura, que es decir, lo recrea. Ese es su sistema, que logra una perfecta comunicación con el lector, aún con el de otras latitudes, porque maneja la realidad con un alto grado de sugerencia, pasando por alto el objetivismo chato encarnador del naturalismo.

La última mujer… en su momento fue traducida a diez idiomas. En español tuvo siete ediciones con 256,000 ejemplares, y cuatro ediciones en ruso con cerca de tres millones de ejemplares.

Al morir Cofiño era vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC y estaba escribiendo otra novela, titulada Pastora de sueños, de la cual pude leer un capítulo y me pareció superior a todo lo otro escrito por el autor.

En fin amigos, en este verano caluroso qué mejor que una buena lectura, y por ello les recomiendo encontrar estas dos obras, léanla y ojalá que las disfruten como yo, que las sientan como nuestras y como hijas de una época tumultuosa que, por desgracia, aún está lejos de desaparecer de nuestro horizonte social.