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El convite de la ficción*
Alberto Garrandés , 08 de diciembre de 2009

La ficción literaria nos obliga a realizar ejercicios de perspicacia y de vigilia que la mayoría de las veces son, por paradójico que suene, más enérgicos y serios que los que solemos desarrollar en la vida, en la existencia de todos los días. Tal parece como si la ficción obrara el despertar de una especie de hiper-conciencia, una suerte de “seriedad” atenta que, sopesadas ambas con apresuramiento, no se encuentran entre los merecimientos más perentorios de lo real. Es como si la realidad empezara a beneficiarse de la perspicacia y la vigilia —y la nitidez de los enfoques más precisos—, pero únicamente cuando la pasamos por el filtro de la ficción, como si sólo entonces nos atreviéramos a leerla.

Este es un fenómeno bien extraño. Si ocurre así, por lo menos en lo concerniente al ser humano común —esa persona que lee ficciones y se entrega a la credulidad—, entonces quiere decir que algo sucede con y durante ese proceso que, de manera restringida, denominamos lectura. Hay una magia en eso, una magia que no deberíamos olvidar. Lo mejor de todo es que, muy probablemente, la lectura —y la escritura— potencian nuestra capacidad de observación de la realidad. Aprendemos, en principio, a entenderla mejor porque, quizás, aprendemos a tratarla como se trata a una construcción del pensamiento, una construcción —la más tangible de todas— hecha de verdad y de mentira.

La realidad es legible tan sólo como ficción, o como orden próximo a la ficción. Y cualquier orden acaba siendo, siempre, de la ficción. Es simple admitirlo, pero resulta necesario empezar por lo más simple.

Uno es un escritor no tanto por los libros que publica, sino más bien por el grado de sometimiento a la ficción que es capaz de observar en los entramados de la realidad cotidiana. Es ahí donde empieza todo, en la entrega al relato de lo real. El trasfondo, la sucesión de trasfondos y escenografías, son atributos del lenguaje del que uno es capaz de apoderarse con el paso de los años. Allí están, como es natural, las tradiciones literarias que uno es capaz de fijar e incorporar.

Quisiera decir que un hombre como yo, dedicado con intensidad —y con un goce enorme, porque me divierto muchísimo— a la escritura de ficciones y la interpretación de ficciones más o menos ajenas, confía en ciertos deleites interesantes, como el de contar con buenos amigos, algunos congregados hoy aquí.

He tenido la posibilidad, durante muchos años ya, de escribir arropado por mi familia. El placer de ver estos libros, y otros, convertidos en objetos provocativos, llenos de interrogaciones y enclavados en paisajes a medio camino entre lo real y lo irreal —si es que esa distinción pudiera importar: yo, que conste, la expreso por cortesía, no porque me incumba—, ese placer, repito, sólo podría compararse con el placer de haberlos escrito bajo esa condición de arropamiento constante a la que me he referido y que, por supuesto, importa mucho más en lo personal que en lo literario.

Días invisibles es una novela habanera, a diferencia de las dos que la preceden: Fake —relato un tanto británico— y Las potestades incorpóreas, que es una alegoría refractaria al emplazamiento. En Días invisibles, al pensar con tanta fuerza en un personaje doblado hacia dentro de sí mismo, un personaje que aspira al mundo del arte y que es acosado por la seducción del placer y por los cálculos que le permiten fabricar su yo más conveniente, comprendí que una Habana caprichosa y a ratos fantástica iba a ser su sitio ideal. Esta es la novela de un pintor que recuerda momentos selectos —llenos de aderezos en los que se complace— de su pasado, y cuya vida, de cierta manera rota, lo precipita en la mezquindad. Esta es la historia de un artista que, entre la seducción y la entereza, escogió mal. Por ignorancia, por cobardía y porque también tuvo mala suerte. Extraña combinación de infortunios. Pero ya sabemos que hay seducciones que desembocan en el amor, a pesar, incluso, de quien se deleita en ellas o las padece. Ocurre que las personas, pero sobre todo si son personas-personajes, aman no como quieren, sino como pueden, y esa es, acaso, una verdad universal. Amar como se puede es algo que, a los ojos de los demás, podría parecerse bastante al heroísmo, al desamor, o quizás a cosas peores. El pintor de mi novela es, a ratos, un sujeto indigno, pero ha sido quebrado, ha sido lacerado, y aun así ama, y esto tal vez lo acomode en una situación especial.

Es posible que el deseo represente un camino hacia lo sagrado, y cuando el deseo se sumerge en el arte y se mezcla con él, las cosas pueden complicarse mucho.

Un escritor no debería hablar así de su obra, sobre todo si se trata de una novela, porque en primer lugar una novela y un personaje novelesco se parecen a la vida, pero no lo son, y, en segundo lugar, es sentencia ecuménicamente reconocida que el autor es el peor crítico de lo que escribe (este es un veredicto del que descreo a veces). Sin embargo, el hábito de mi otra condición, la de lector que razona y escribe sobre lo que lee, me permite o acaso me obliga a hacer esos comentarios, que se desplazan hacia lo vital, como pueden ver ustedes, sin que yo pueda remediarlo.

En virtud de que he venido destilando y condensando mucho la escritura de cuentos, debería decir, en lo referido a las historias de Rapunzel..., que esa colección se empeña en ser el resultado de mis preferencias. Aunque no he dejado de ser un cuentista, sí lo soy de un modo cada vez más fortuito, cada vez más aleatorio, y aquí, en este libro, están mis obsesiones de siempre: la manera en que la vida se vive a ratos como literatura, las circunstancias en que el otro deja de ser un desconocido o una desconocida para inocularse en nuestros desasosiegos, o las razones que hacen de las palabras un medio entregado a lo visual (de cómo en las palabras se inocula una dramática visibilidad).

Estos textos son muy visuales, y no me queda más alternativa que la de volver a indicar, en principio, mi deuda con la pintura, la fotografía y el cine, tres mundos con los que he establecido, desde muy joven, un vínculo de fascinación y de renuncia, en especial cuando el cuerpo se involucra como territorio de llegada o de salida, desde la sangre de Rothko —y sus monocromías sobre la soledad y la muerte, como se ve en algún pasaje de esta novela— hasta los pezones de Kim Basinger acariciados por un fragmento de hielo.

Necesito subrayar mi agradecimiento a la Editorial Oriente, a Ediciones Holguín y en general al Instituto Cubano del Libro. No sólo han puesto el más activo celo en el cuidado de estas ediciones, sino que al esfuerzo se añadió un estimable grado de distinción y de fineza que mucho tiene que ver con las personas de Aida Bahr, Asela Suárez y Lourdes González. A ellas, a los diestros presentadores de estos libros —Rogelio Riverón y Eugenio Marrón—, y a todos ustedes: muchas gracias.

* Palabras leídas durante la presentación de Días invisibles y Rapunzel y otras historias, en el espacio del Sábado del Libro.