¿Dónde se hallan los peligros que amenazan al universo simbólico de nuestra especie?
¿De qué tendríamos que proteger nuestros valores culturales si cada día experimentamos más la seguridad de dominar el mundo natural que nos rodea y hasta la propia natural evolución del universo?
¿No supone ello también un llamado a autoconquistarnos, pues, si el proceso de transformación cultural incluye la incidencia definitiva sobre la naturaleza propia, se entiende que se hace necesario dominar al ser humano mismo?
¿Es la cultura a fin de cuentas una sofisticada justificación del sojuzgamiento entre los diferentes sectores de la especie?
¿Qué hemos colocado, como barrera elemental, en el camino de esta posible autodestrucción: el progreso creciente y desmedido de ineludibles medios de dominio; la protección de los valores simbólicos a costa de la amenaza y hasta de la destrucción de los valores simbólicos ajenos; el entramado de una red que nos aísle de la propia especie de la que nos enorgullecemos?
Tales sofismas no apuntan, a mi juicio, hacia el Apocalipsis del mundo en que vivimos, como con tanta frecuencia se interpreta, sino que han de servirnos para comprender cuánto puede limitarnos atender al concepto de cultura sólo en su papel diferenciador del mundo natural, aunque este sea un paso vital para el desarrollo de la práctica cultural que nos espera. No me tientan, lo confirmo, esas líneas de pensamiento apocalíptico y de denostación universal que siembran el vocablo civilización en un cómodo espectro de sinonimia demoníaca. Sé que el ser humano, por naturaleza de instinto, intenta sobrepasar el dominio de las demás especies para extenderse al de sus semejantes, pero también advierto que su propia necesidad de creación le permite autovalorarse como semejante y, por consiguiente, ser capaz de detener ese avance hacia su figurada destrucción. La advertencia que los sofismas revelan es, desde luego, válida, pero sólo desde el punto de vista que nos coloca delante del peligro posible y no como un aserto absoluto al que estaríamos fatalmente condenados.
Delante de esos vaivenes autodominadores colocamos la ética, la concepción aprehensiva del ethos como constructo de sentido capaz de regular el impulso desmedido de nuestra conquista y el absurdo que supone la continuidad estrictamente lógica de la dominación natural. Nuestro concepto de civilización, y el conjunto de normas que afianzan determinadas unidades de manifestación moral, aúnan los preceptos éticos, lo cual remite, dada la diversidad de la conducta humana, a un estrecho campo de acción para cada segmento de actitudes. Me niego a ver al ser humano como formador de una cultura que, al protegerse de las hostilidades del mundo natural, agrede, discrimina y obstruye no sólo ese grupo de formas que brinda la naturaleza, sino también su propia evolución. La amplitud del concepto, del fenómeno connotado por el término cultura, implica una búsqueda casuística, capaz de adentrarse en los diversos subsistemas en que se sustenta, preparada para integrar a su universo la extrema diversidad que el conocimiento y la práctica le ofrecen.
La sintagmática del devenir social se enfrenta así a una paradigmática de las significaciones a las cuales el universo comunicativo debe conducirnos. Los vínculos dialécticos entre cultura y sociedad deben pasar por este eje. De otro modo, en tanto reconocemos el carácter alienante al que pueden conducir las relaciones productivas, tendríamos que negar a las masas su posibilidad de generar cultura. Son múltiples, en cambio, los ejemplos de comunidades artesanales, rituales festivos, oralidad literaria o, en general, espontáneas manifestaciones artísticas que demuestran la posibilidad creativa cultural aun en las más alienantes condiciones de existencia. Justamente las fuerzas productivas, en su forzosa alienación de lo que las esferas dominadoras han legitimado como práctica cultural y gracias a que sus formas de consumo se focalizan necesariamente en sistemas comunicativos inmediatos, son portadoras de los valores simbólicos en peligro de desaparición. Ante el empuje de los modos culturales estratificados a los que tienen poco o ningún acceso, esos sujetos alienados se imponen como fuerzas modeladoras de formas arraigadas en la tradición más que en la inmediatez de los contextos reconocidos por esas mismas esferas de poder que las alienan, las discriminan, o al menos las sobredimensionan.
Una y otra vez la mirada analítica ha perdido las bases esenciales del fenómeno ante esta paradoja, generalmente mal asimilada, que concede a las masas alienadas la posibilidad de formar los valores perdurables de los sistemas simbólicos en el tiempo histórico, mientras ofrece formas irremediablemente efímeras a las esferas científica, técnica, material y gnoseológicamente preparadas. Escindir austeramente la noción de cultura popular del concepto general de cultura llevaría a profundas discriminaciones que, en lugar de conceder el necesario valor a cada uno de los modos de expresión del pensamiento, mutilaría a uno de los extremos o, en el peor de los casos, los forzaría a una sorda guerra de desgaste. Establecer rupturas insalvables entre una estetización presupuesta y un consumo forzosamente espontáneo y deficiente de nociones estéticas, apenas crea normas discursivas estratificadas en sus propias posiciones de exclusión o supeditación del otro. Necesitaríamos hallar salidas epistemológicas que modelen un sistema principal capaz de contener, con el más legítimo de los derechos, estas manifestaciones que lo popular atesora y brinda, las más de las veces sin la retribución que tanto les apremia.
Si bien es poco saludable intentar aislar los procesos culturales de las relaciones de trabajo que han de definir la sociedad misma, no es factible trasladar de una a otra, como si fuesen idénticos, vínculos cuyos grados de equivalencia merecen ser evaluados en sus propios sistemas de codificación. La sociedad es el marco operativo de las relaciones culturales, el sitio que les permite actualizar sus niveles de expresión, pero las líneas sintagmáticas de ambas deben formarse a partir de normas diferentes y, además, con motivos y modos en franca oposición dialéctica. Oposición dialéctica, insisto, pues no se trata de desentenderse de los problemas y códigos del otro por el simple hecho de que me son ajenos, indiferentes o, peor y más común, de que los ignoro. Al acercarnos a la sintaxis de los sistemas y subsistemas culturales tendremos que emplear los estatutos sociológicos como incidencia diagonal, sincrónica, y no como discurso reflejo de lo que en la cultura se instituye. Así mismo, la indagación sociológica de lo cultural puede emplear el recurso semiológico como un elemento de advertencia sincrónica importante, capaz de llamarlo a dejar comprobado el efecto científico de los preceptos. Aspiro a rebasar esta limitación que ha agobiado al discurso en la inmensa mayoría de los estudios culturológicos. Cultura y sociedad no deben suplantarse en el discurso de análisis, sino, como ocurre en su proceso evolutivo, contribuir para que se complementen.
Los progresos en las diversas disciplinas especializadas van incidiendo ya en las teorías generales tras ocupar el lugar dejado por la crisis de la filosofía y de las ciencias que sufrieron el estremecimiento de su objeto de estudio. Las ciencias naturales, en no pocas ocasiones, se apoderaron de estas zonas de vacío, para revalorizar el ambiente, con todos los objetos que lo pueblan y que ocupan un puesto preponderante en las relaciones productivas, en sus posibilidades comunicativas inmediatas. A veces el acercamiento fue hostil, pero los productores culturales descubrieron, siquiera subjetivamente, que en ese ambiente operaban modos de significación mucho más profundos que los que la inmediatez y la utilidad social les destinaban. Esos objetos que denotaban la alienación de los contextos inmediatos en su carácter de producto común, de simple operatividad material, pasaron a connotar relaciones simbólicas enmarcadas en el tiempo histórico y ocuparon, además, el lugar de las manifestaciones del saber que por incomunicación elemental habían entrado en crisis.
También la especialización, en sus diversos modos de análisis y estudios culturales, ha recibido rachas de viva hostilidad, como ocurre siempre que una nueva manera del conocimiento amenaza estamentos asentados, pero los progresos de esos estudios de especialización, en tanto productos culturales, se han ido aproximando a las teorías más generales, aquellas imprescindibles para que el conocimiento se propague. Los objetos de consumo y comunicación de naturaleza teorética van en aumento, tal como lo refleja el número creciente de publicaciones que en el mundo se destinan a este tipo de estudio. Tal avalancha no sólo acusa un interés por los propios sistemas teóricos, sino también una necesidad de buscar un modo eficiente de comunicación a través de ellos.
Las formas simbólicas de conocimiento, formadas bajo la necesidad de comunicación e imprescindibles para la perpetuación de la cultura, son desde luego insuficientes para un proceso efectivo de autocomprensión. Si una publicación es un objeto de consumo, no debíamos suponer que su proliferación responde únicamente a pedanterías de sabios especializados, sino que existe un reclamo seguro de esos metadiscursos. Es cierto que el fenómeno de extrema fragmentación que ha acosado a ese cúmulo de estudios especializados llegó, en no pocas ocasiones, a un grado delirante y, más dolorosamente aún, a un aislamiento voluntario de ranciosa élite. En buena medida, las condiciones de empleo en el marco creciente de globalización generaron las pasarelas de sobreviviencia a las que no están ajenos los intelectuales ni, mucho menos, los integrantes del sector académico. Tal vez por ello, metatextualidad y metadiscursividad ocuparon sin más el lugar de las fábulas tradicionales puestas en crisis a partir del empuje que la noción de posmoderno creó en el pensamiento universal.
La cultura ha permitido al usuario de la significación hacer operativa su información elemental, no precisamente al margen de esa delirante fascinación por el fragmento, sino en virtud de una aprehensión intuitiva que la propia dinámica social hace pertinente. Ante la crisis del vacío significante, es decir, de sistemas de significación que se llenan con la ilusión de que se extienden vacíos por completo, el orden cultural distribuye los significados reemplazantes; crea, por encima de todo, el camino de la sustitución. Un vacío de significado —como el que repentinamente planteó la especialización extrema— debe ser sustituido por una significación aún no cerrada, “misteriosa”, capaz de convertir a esos sujetos de la significación en nuevos objetos del significado. Ante tantas diminutas estancias del saber científico, válidas siquiera por un mínimo aserto, la reacción no puede ser la del avestruz, con lo cual se asumiría una actitud similar a la peor tendencia de aislamiento y de fragmentación, sino enfrentar el pensamiento al necesario reto de abarcar un amplio espectro de disciplinas sociales y de conocer o reconocer discursos teóricos de estilo, fuentes, procedencia y especialización múltiples. El empleo necesario de fuentes múltiples, diversas, antagónicas incluso, no implica por sí mismo eclecticismo vario. Si vale el método en su ejercicio aplicativo mismo, antes que en sus postulados desiderativos, se hallarán soluciones.