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Confluencias: Chejov y Carpentier (II)
Luis Álvarez Álvarez , 22 de diciembre de 2009

En su artículo “Actualidad de Chejov”, Carpentier expresa su admiración con una frase admirable: “El «ayer» de Chejov se sitúa siempre en la hora que vivimos”1, es decir, la obra del autor de El jardín de los cerezos  le da pie para dejar sentada una comprensión muy especial de la creación literaria y su función, en un pasaje que es toda una proyección de sus personales convicciones estéticas, ese tema todavía por estudiar en la obra de Carpentier:

Racine decía que en materia de literatura y de teatro, «toda la invención consistía en hacer algo con nada». Chejov nunca nos sitúa ante conflictos sobrehumanos; no sabía engolar la voz. No pretendía «demostrar» cosa alguna. Creía —lo dijo muchas veces— que «con plantear un problema, bastaba». Un problema que hacía reflexionar, que nos seguía a nuestras casas, luego de terminada la representación. La solución quedaba a nuestro cuidado —a nuestra inteligencia, a nuestro poder de ser mejores de lo que somos. De ahí que, presintiendo el precepto de Unamuno, buscara «lo universal en las entrañas de lo local; y en lo local y circunscrito, lo eterno». El mundo de pequeños funcionarios, de muchachas provincianas, de personajes apagados, que quiso presentarnos, pertenece tal vez, históricamente, al pasado. Pero sus hombres, sus mujeres quedan. En cualquier pequeña ciudad de nuestra América suspiran sus «tres hermanas» —hermanas, a su vez, de las tiernas doncellas pueblerinas, cantadas por un Ramón López Velarde—.  Y no por vestir la casaca de los funcionarios de ayuntamiento de un tiempo pasado, dejaron de ser actuales algunos de sus mejores personajes.2

Todavía el 13 de abril de 1957, en “Una frase de Chaplin”, Carpentier comienza señalando —aun antes de citar la frase del famoso artista de cine  que da pie al artículo— que “una respuesta del gran actor me llamó poderosamente la atención por coincidir exactamente con una frase de Antón Chejov incluida en sus cuadernos íntimos —cuadernos cuya edición limitada ha alcanzado a pocos lectores—". Y añade ideas que amplían los juicios que en años anteriores ha venido expresando como convicción estético-literaria:

Antón Chejov decía: «El novelista, el dramaturgo, nada tienen que resolver, nada tienen que demostrar. Con plantear los problemas, cumplen ampliamente su deber»… Pero muchos son, en esta época, los que piden al novelista y al dramaturgo «que tracen caminos», que «traigan soluciones», que  «demuestren cómo el hombre podría rebasar tales o cuales crisis». Lo cual me parece pedir mucho. Un novelista no es forzosamente un filósofo, un sociólogo, un político. Es un hombre dotado de una retina aguzada por su innata vocación de observador, que tiene el poder de describir, pintar o evocar satisfactoriamente, con mayor o menor habilidad, estilo personal y dominio de sus medios de expresión. Ofrecer un cuadro exacto, desgarrador, dramático, de una ciudad en estado de sitio, no implica una capacidad especial para analizar las causas determinantes de ese sitio, trayendo soluciones válidas al conflicto. Un economista o un estratega serían más indicados que un novelista para culminar tamaña tarea. Muchas veces hemos visto cómo las prédicas idealistas de un poeta o un escritor estaban totalmente desajustadas con una realidad cuyos mecanismos secretos vinieron a revelarse a la luz de la investigación histórica […].4

Es así que, al reflexionar sobre Chejov, se van transparentando intereses muy altos de Carpentier en temas de estética y poética. El humorismo, por ejemplo, es un tema mucho más frecuente en su crítica, de lo que estamos dispuestos a dar por sentado. Chejov le da pie a detenerse en la dualidad profunda que, en su día, Luigi Pirandello le atribuyó, en un ensayo memorable, al humorismo. El 26 de junio de 1957, apuntaba:

Del mismo modo, las grandes obras cómicas —allí, precisamente, donde lo cómico parece mejor alcanzado— entrañan siempre una amargura latente. Si los cocus de Molière mueven a risa, no son, por ello, menos dignos de lástima. El pequeño personaje de Chejov que entra en una armería para adquirir una pistola, con el ánimo de suicidarse, y acaba comprando una red para cazar mariposas, es un sujeto profundamente triste.5

Chejov, pues, para Carpentier, fue no solo un artista en extremo admirado: por ello mismo tal vez, se convirtió, más que un modelo propiamente dicho, en un estímulo para la reflexión sobre la esencia de la literatura y, sobre todo, sobre el proceso de creación y la ética profunda del artista, su conocimiento de sí, de sus límites y su poder. De este modo, siendo una verdad histórica que Carpentier nos recuerda, Chejov en efecto influyó sobre la narrativa latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. Pero también, y este es otro inapreciable componente de su legado, impulsó a Carpentier, su lector infatigable, a legarnos algunas de sus ideas más concluyentes sobre el hecho literario.

Notas:

1 Alejo Carpentier: “Actualidad de Chejov”, en Alejo Carpentier: Letra y Solfa. Teatro. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1994, t. 4, p.93.
2 Ibídem, t. 4, p. 92.
3 Alejo Carpentier: “Una frase de Chaplin”, en Alejo Carpentier: Letras y Solfa. Cine. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1997, t. 1, p. 53.
4 Ibíd., p. 56.
5 Alejo Carpentier: “Melancolía de lo cómico”, en Alejo Carpentier: Letras y Solfa. Literatura. Libros. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1997, t. 7, p. 184.