El movimiento que cito, asentado en las provincias con visible anterioridad a lo que entonces se conoció popularmente como «masificación», se inscribe en un proceso que, desde antes de 1990, se venía desarrollando casi al margen de políticas nacionales en lo tocante al fomento de editoriales, pues estas se habían circunscrito, de manera casi absoluta, a la existencia de instituciones de este tipo en la capital de país.
El carácter espontáneo y autónomo de la mayoría de las editoriales gestadas en provincias antes del año 2000 avisa de una capacidad de trabajo y de una creatividad en estos territorios, imposible de obviar si atendemos a que nunca sus líderes se sentaron a esperar por políticas de mayor impronta inclusiva, ni por inversiones de ninguna cuantía para expresar la riqueza de un entorno que rebasaba, por exceso y para bien, los generosos esfuerzos que en esa esfera siempre han caracterizado al gobierno revolucionario. Fueron espacios incubados en la propia necesidad del desarrollo literario que ya mostraban los territorios, y que solo de manera fragmentada y azarosa lograba validarse en las también fragmentadas y azarosas pautas, llamadas nacionales pero con sedes habaneras, pues estas inclinaban, con mayor frecuencia que justicia, la fragmentación y el azar hacia la cercanía geográfica, en cuerpo y presencia mediática, que solo podían exhibir las personas inscritas en el Registro de Direcciones de Ciudad de La Habana.
En honor a la justicia, las dos direcciones que tuvo el Instituto Cubano del Libro de la década de los noventas fueron consecuentes en el respeto a la autonomía de esas modestas, pero medianamente eficientes casa editoras y viabilizaron, a inicios de la década, la impresión de un alto número de plaquettes. Fue en el justo momento en que la industria poligráfica se vio obligada a reducir casi a cero su actividad tras el cese del suministro de papel proveniente de la URSS . No debemos olvidar que en aquel momento las editoriales llamadas nacionales se vieron igualmente compulsadas a la opción «plaquettaria», lo cual motivó un agónico tránsito de apenas dos o tres años hacia la que marcó una rápida recuperación del libro cubano, que exhibe hoy por hoy un nivel incluso superior al que antecedió al Período Especial.
Fue ese el momento en que la mayoría de las editoriales provinciales nacieron, definieron sus perfiles y comenzaron un camino trazado desde la tradición en algunos casos, el estudio de las potencialidades literarias de las regiones y la articulación de un cronograma de etapas a vencer hasta conseguir su inserción en la coherencia de un discurso textual que entonces, al tomar en cuenta a todo el país, sí ostentaría de manera legítima la representatividad nacional.
El que unos siguieran al pie de la letra las instrucciones de hacer plaquettes mientras otros conseguíamos un acuerdo más satisfactorio, consistente en la impresión, aprovechando los mismos recursos, de un número menor de títulos, pero con más páginas —a los que se les añadió el beneficio del presillado y la encuadernación— no devalúa la experiencia, pues tanto para las editoriales habaneras como para las provinciales estas alternativas constituyeron paliativo coyuntural que, al arribo del 2000, la mayor parte había superado de una u otra manera.
A mi juicio, uno de los planteamientos equívocos con que fuera lanzado el proyecto de los libros de la Riso estuvo marcado por lo que en ese momento la recién estrenada dirección del Instituto Cubano del Libro promulgó y proclamó como fecha de fundación del programa: el año 2000. Al parecer, en la reunión con directores municipales de Cultura —donde Fidel pidió datos sobre las posibilidades de publicar a disposición de los autores del interior del país— nadie supo explicar que en todas las provincias existían casas editoriales con ese perfil. Y de tal equívoco se derivó la voluntad estatal de invertir en una infraestructura mínima para dar respuesta al supuesto déficit total. Para atemperar el hecho al trascendente paso político a que nos abocaba el líder, se acuñó la falacia de que nunca antes el problema de la publicación de libros en provincia había estado sobre el tapete; y de esa forma se comulgó con el desaguisado de celebrar cada 13 de agosto la fecha de fundación del programa. Aclaro dos cosas: el año y el día están mal registrados, porque al menos en Villa Clara, la editorial Capiro (que entonces dirigía yo) tenía su programa, orientado por el ICL, para publicar a autores de municipios desde 1990, y al llegar la Riso, en el año 2000, los trabajos de impresión comenzaron el 23 de julio, momento en que se inauguró la imprenta como obra por el 26 de Julio en atención a que la provincia ese año alcanzó el primer lugar en la emulación que por la fecha se lleva a cabo periódicamente. El 13 de agosto es una fecha gloriosa para la Historia de Cuba, pero no porque ese día se comenzaran a imprimir libros en las provincias.
El rigor histórico me obliga a concluir con toda dureza que no me parece serio borrar, o en el mejor de los casos minimizar, escamotear u obviar, la primacía histórica que en el tema le corresponde a los proyectos nacidos antes de que echaran a andar los rodillos de las Risograph. Mientras esa rectificación no se haga, seguiré pensando que en aras de magnificar un hecho y un momento se renuncia a un capítulo importante de nuestra historia cultural, algo así como negar al 10 de octubre para magnificar el 26 de Julio. Pasaron por alto quienes así actuaban —y prolongarán con la no rectificación quienes continúen el mismo discurso— el alto valor épico que contiene la voluntad y el logro de echar a andar editoriales a principios de los ‘90s, cuando todo en el país se detenía, y era más que ilusorio soñar con inversiones de ningún tipo, razón por la cual se consiguió, como pocas veces he visto en nuestra práctica social, hallarle una nueva utilidad a lo que parecía desechable.
Partamos entonces del inobjetable hecho de que aparte de las precursoras Matanzas y Holguín, entre 1990 y 1991, unos con más fortuna y acierto que otros, la inmensa mayoría de los sellos editoriales hoy actuantes en territorios no habaneros —también con excepción de la Editorial Oriente, que por razones obvias escapa a estos razonamientos— asumieron el nombre que, transcurridos veinte años, aún ostentan.
Tres décadas sin Riso, pero con libros en las provincias
Entre los años setentas y ochentas, cuando nuestra industria poligráfica exhibía como adelanto mayor la composición en caliente con linotipo y el offset con fotomecánica; o más atrás, al amparo de la monotipia, el componedor, el esténcil y el ditto (estos dos últimos, medios de reproducción no profesionales, como la Riso), los escasos y balbucientes proyectos editoriales gestados en provincias ponían un énfasis apreciable en divulgar los movimientos literarios que en esos territorios nacieran y crecieran derivados del funcionamiento de instituciones culturales de nuevo tipo, muchas de ellas operantes desde los tempranos sesentas.
Tal vez peque de prolijo, pero enumero someramente las que me parecen más trascendentes: Imprenta Nacional de Cuba, talleres literarios, red de librerías, bibliotecas municipales, boletines y revistas, un entramado de concursos, eventos teóricos y actividades de diálogo autor-público cuya proliferación configuró, como presencia activa, no solo un receptor para la oralidad literaria sino también —y es lo más significativo— una masa de lectores activos, que cada año colmaban (y aún colman) las ferias del libro.
Los esfuerzos editoriales de las provincias, en un inicio, se centraron con fuerza en la opción revistera, pues era más que utópico pensar en otras posibilidades. Las revistas tipo Hogaño, fundaba en 1967 en el municipio de Camajuaní, y producida en monotipia, así como El Jigüe, de Holguín, Matanzas, de la provincia homónima, Tercer Mundo: Siglo XX, de Cienfuegos, Con la Mies en Parvas, de Caibarién, o La Mosca Profana, también de Matanzas, más otras que no cito para huir de lo puntilloso, dieron una especie de ópera prima que anunciaba una capacidad editora en provincias, la que evolucionó casi vertiginosamente y, de la misma manera que nacieron y vivieron su efímera vida un sinfín de boletines literarios municipales y provinciales, vieron la luz los primeros libros en las Ediciones Matanzas (hoy con más de treinta años de labor), Ediciones Vigía y Holguín (creadas en 1985 y 1986 respectivamente), a los que les sumo los cuadernos que desde el activo Camajuaní se produjeron entre los años setentas y noventas gracias a la gestión del taller literario «José García del Barco».
En esas labores estábamos cuando —como dije antes— surgieron en 1990, apoyados por la política y la gestión del ICL, los sellos editoriales de provincia, y durante toda una década se acumuló una producción, si bien desigual, no por ello despreciable, pues en el período algunos de esos sellos, como Capiro, Luminaria y Vigía alcanzaron galardones en el Premio de la Crítica.
Otra de las virtudes de aquellas editoriales eran sus tiradas, por lo general de 2000 ejemplares, que permitían, de manera efectiva, colocar los libros en los estantes de la red de librerías de todo el país, incluyendo los más inesperados rincones municipales. Se llegaron a producir, además, libros con todo el rigor que demanda la escuela cubana de edición, y el hecho de que una buena parte de las editoriales no lo lograra no devalúa la experiencia en su dimensión histórica, pues si ajustáramos las cuentas de esa manera, tendríamos que borrar de la Historia, igualmente, más del sesenta por ciento de lo producido después de iniciado el programa de los libros de la Riso.
La victoria que para la cultura cubana se alcanzó en el año 2000 no es otra que la de una generosa inversión estatal que repartió, con justicia igualitaria, tecnología no profesional en pos de un ambicioso objetivo sociocultural que debía propiciar a su vez un florecer de la creación y difusión literaria en beneficio, primero que todo, de los lectores. Se trata del aseguramiento material a la creación y promoción de la literatura, no del nacimiento de una conciencia cultural en torno a ambos objetivos, presentes en la práctica revolucionaria y en la voluntad de los promotores y mesiánicos editores provinciales desde antes que se lanzara con bombos y platillos el programa. El mérito —justo— de lo que llamo la segunda etapa del programa se relaciona con el crecimiento, no con el nacimiento.
¿Logros? ¿Renovación? ¿Perspectivas?
Al analizar, a la luz de diez años de ejecutoria, los aciertos, yerros, rectificaciones y perspectivas en la segunda etapa de la vida editorial generada y radicada en las provincias cubanas, me impongo la enumeración. Recuerde el lector que en esta parte del artículo solo analizo el impacto de la inversión sobre el elemento «editor». Le ruego asimismo a ese lector que me perdone el lenguaje que asumo para la enumeración, más cercano al informe que al texto literario.
Entre los logros más significativos, sin ánimos de agotar la lista, pudiéramos señalar:
1. Aseguramiento material y financiero estable para la producción de libros, emanado del nivel central.
2. Notable incremento cuantitativo, tanto en autores como en títulos publicados a nivel de todo el país, con lo cual creció el alcance sociocultural del proyecto en su dimensión comunitaria.
3. Incorporación de temáticas escasamente tratadas en la etapa anterior, de manera que se diversificó el espectro cultural de las editoriales, hasta entonces ceñidas casi exclusivamente a lo literario.
4. Revelación de nuevas firmas autorales y consolidación de otras, pues el tiempo medio de espera para la publicación de un libro y el debut de un autor se redujo notablemente.
5. Surgimiento de una incipiente escuela de editores en las provincias.
6. Despegue de algunos sellos provinciales, que en la etapa anterior no habían alcanzado coherencia. Tal es el caso de Mecenas y Ácana, por citar solo dos.
7. Publicación de una muestra, no significativa aún en proporción con lo invertido, de títulos de indudables valores artísticos.
8. Articulación, en los dos últimos años, de un programa de reediciones de los títulos más notables, con perfiles de diseño, tiradas y cobertura de prensa mayores.
De igual forma, hasta donde alcanzo a mirar, las principales insuficiencias que advierto serían las siguientes:
1. La escasa tirada impide que los libros alcancen significación cultural fuera del contexto regional donde se producen, comercializan y promueven, pues las cantidades que circulan en el resto del país son mínimas y no configuran una presencia real.
2. La falta de estudio previo en algunos territorios sobre lo que significa una editorial, que obviamente va mucho más allá que el de ser «una productora de libros», así como el rasero igualitario con que se pensó el programa, sin tomar en cuenta, para bien, las diferencias regionales que ya existían, motivó la publicación de un alto número de títulos de escasos valores literarios y lamentables perfiles de diseño, deficiencias solo superadas de manera parcial a lo largo de la década.
3. La fase de encuadernación sigue siendo manual y sin el equipamiento requerido, lo cual determina un mal acabado del libro, pese a que en algunas casa editoras, el esmero de los trabajadores gráficos ha paliado de alguna forma el problema. La falta de medios de encuadernación adecuados reduce apreciablemente el límite máximo de páginas que pueden tener los libros de la Riso.
4. Las acciones de superación para editores y diseñadores han resultado insuficientes, y se aprecia una gran desigualdad en esos dos aspectos (edición y diseño) de un territorio a otro. Igual sucede con los oficios gráficos.
5. Las cubiertas, en gran medida de cartulina Bristol, encadenan a este tipo de libros a un estatus no profesional, sobre todo si atendemos al nivel de competitividad medio actual del libro cubano.
6. Existe discriminación salarial para los editores de este programa, que devengan un salario (equivalente a nivel medio) muy inferior a los editores de las casas llamadas nacionales. De este hecho se ha derivado el abandono del proyecto, en busca de remuneraciones más justas, de una buena parte de los editores formados en la práctica desde los noventas, algunos de los cuales, con nivel superior y postgrados vencidos, han alcanzado y en ocasiones rebasado el mínimo de competitividad profesional que la escuela cubana de edición exige.
Para concluir, de momento, lanzo una propuesta. Considero que va siendo hora de reorientar la inversión que anualmente se hace para este programa, y de la misma manera que se concibió una lógica de reediciones, se podría pensar, para las casas que mayor desarrollo muestran, en la producción de una parte (solo una parte) de su plan anual en la industria poligráfica, para dignificar con la factura industrial esos libros y de esa forma premiar los resultados. Se trataría solo de usar parte del mismo financiamiento que se destina a la compra de insumos para con ello pagar el servicio de impresión en los talleres especializados de esa industria, aunque ello implique reducir el número de títulos a publicar en un año. Las editoriales que reciban este beneficio mantendrían su producción en la Riso sobre todo para los autores debutantes y emergentes.
En la próxima entrega de esta columna continuaré con el tema, de donde quizás se desprenda una nueva relación de logros y deficiencias. Derivaré mi análisis hacia los efectos que el desarrollo de este programa ha tenido sobre el elemento «promoción».
Santa Clara, 19 de diciembre de 2009
Notas:
1 Al cesar el suministro de papel, el Instituto Cubano del Libro logró un convenio con la Unión Poligráfica donde esta se comprometía, con los remanentes de las bobinas con que se imprime la prensa diaria, más otras recorterías, a producir un alto número plaquettes, que no debían rebasar las 10 ó 12 páginas y carecían de encuadernación y acabado, pues se embuchaban, sueltas, en el interior de una cubierta de cartulina.
