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Cultura y clases
Jorge Ángel Hernández , 01 de enero de 2010

Ante el creciente desarrollo de estudios culturales básicamente metadiscursivos, metateóricos y metafilosóficos, muchas veces con el noble propósito de escapar al copioso flujo de especialización, intentando volver a la generalización perdida, se ha opuesto a la expresión de una “cultura burguesa” el presunto surgimiento de una “cultura proletaria”, con lo cual apenas se consigue insistir con demasiado escándalo en las características clasistas que en la cultura se reflejan, mientras que desfavorecemos el conocimiento profundo de esos componentes de clase que actúan desde el proceso cultural.

La clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad, aseguran Marx y Engels en La ideología alemana, es al mismo tiempo su poder espiritual dominante; afirmación devenida de que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época.* Seguir en aritmético ritmo este precepto nos desvincularía de las ricas y complejas relaciones que establecen los subsistemas culturales al margen de las líneas directrices sostenidas por las clases dominantes. Por lo demás, dominante, en el ámbito de las clases sociales, no significa absoluto o actitud sine qua non, menos, proporcionalmente, en la dinámica que imponen los diferentes estratos del orden cultural.

El proceso de evolución latinoamericano, por ejemplo, muestra que los segmentos que surgen desde productores oprimidos y que son capaces de legitimar su enunciación simbólica resultan mucho más importantes para la formación cultural de la nación que lo que los propios clásicos del marxismo pudieron prever, dada la carencia de investigaciones que hubieran sido necesarias para hacer más específico el análisis. La formación cultural de la nación cubana, en el mecanismo originario del que hoy somos deudores, se determina más por la acción de las clases oprimidas, por el influjo de sus manifestaciones dentro de los preciosos cofres de los valores culturales de las clases dominantes, que por la acción vertical declamada en los centros de poder. Las prácticas rituales de los esclavos de plantación, transculturadas y religadas con el gusto imperante de los ennoblecidos españoles y criollos, son una muestra de hasta qué punto el sujeto oprimido —esclavizado— puede imponer un giro en la cultura del sujeto que lo oprime. Asimismo mulatos —libres y libertos—, mestizos y emigrantes de ascendencia blanca cuya pobre condición los llevó a la inmediata mano de obra, a las artes y oficios, conjuraron los nuevos estamentos culturales. Las relaciones de clase, que en el plano político son más claras y diferenciables, y exactas y concretas en el desglose financiero, se mezclan de modo diferente dentro del universo de esas enunciaciones simbólicas que pasan después al legado cultural.

Mientras la sociedad se muestra fuertemente estratificada, la cultura, en su contaminación constante, sufre un proceso de transculturación y sincretizaciones que va, por la herencia, de los macro a los microniveles, mientras que, por la asimilación, se desplaza de los micro a los macroniveles. Lamentablemente, la generalidad de los estudios culturales que han insistido en proclamarse marxistas, pretendiendo dejar sentado que sólo desde el marxismo —y esto es: desde el marxismo según su propia manera de estrecharlo—, se han dedicado mucho más al inútil ejercicio de demostrar, en general mediante puras abstracciones bastante impositivas y excluyentes, la validez del método antes que a diseñar una verdadera teoría que sustente sus planteamientos y que rinda el honor que merecen las fuentes de las cuales se proclaman paladines exclusivos. Si, más allá de los principios más generales y de la efectividad metodológica, las teorías de Marx, Engels e incluso Lenin permanecieran inmutables ante el desarrollo y la evolución sociales, tendríamos que admitir, paradoja adentro, que justamente por ello son inexactos y equívocos tales presupuestos teóricos. Ser marxista debe entenderse como una posibilidad, una elección, de ningún modo como un fatalismo o una predestinación divina, tan ajena al espíritu de sus contestatarios escritos.

Las relaciones entre «cultura dominadora» y «cultura dominada» tampoco aparecen cabalmente isomórficas, delimitadas y firmes en sus compartimentos. En su eje medio actúan mecanismos de denominación que tendenciosamente manipulan los modos clasificatorios. Y a pesar de ello, entre los sujetos significantes representativos de las clases dominantes y los productores pertenecientes a sectores dominados —de sesgo vario en sus múltiples vínculos entre ethos, etnos, ciudadanía, religión, lugar de asentamiento, etcétera— coexisten imprescindibles relaciones de interinfluencia que no se manifiestan sólo en verticalidad impositiva, o subversiva. La práctica social activa niveles de comunicación —en el esquema sintáctico del emisor al receptor— y, de inmediato, operaciones de significación —en la estructura operativa del signo.

El producto cultural que la clase dominante legitima y en efecto impone, sufre también el influjo de procedimientos semiósicos sociales que ponen a prueba su estabilización y que, ante la necesidad de reproducirse en una actividad continua, se transforma. Las estructuras que la significación social lleva hasta órdenes de tipo cultural reclaman la inclusión de un análisis de razonamiento y fundamentación semiótica. Desconocer estos procesos, para cualquiera de las ramas del saber, pudiera retrasar, o mutilar, resultados cognoscitivos que los sujetos de la significación emplean de cualquier modo bajo la subjetividad de su práctica habitual. En el contexto cubano se ha perdido un buen tiempo y, aún hoy, no se vislumbran suficientes intenciones de reconquistar los espacios metodológicos abandonados al bizantino enfrentamiento.

No se trata, insisto aunque parezca ociosa la advertencia, de descronologizar, desideologizar o establecer un aparato puramente taxonómico, al más malogrado modo del estructuralismo, sino de incorporar, con todo el eclecticismo con que ha sido modelada nuestra sociedad y nuestro pensamiento, los valores innegables de las diversas fuentes del saber a una teoría que en sí misma sea consecuente con todos los aspectos que retienen su carácter científico. Una semiología de la cultura no debe limitarse a describir las estructuras de significación de los procesos culturales y así permanecer como una disciplina de puro servicio a otras esferas del saber, sino que puede trascender esos sus tradicionales marcos operativos para hallar desde sí misma la trascendencia de todo el proceso cultural. A fin de cuentas, por muy especializada que sea la disciplina, en principio es necesario interpretar la cultura precedente, distanciarla sobre la base de juicios parciales e intuitivos para, después, emprender el discurso metadiscursivo que ilumine los pasos hacia la autocomprensión. Vencido este ciclo, se pasaría a las proposiciones, no importa si más o menos encerradas en determinadas normas epistemológicas, no importa si, apenas establecidas, comprobadas y acuñadas, convertidas en fuentes de teoremas subsiguientes en los cuales pudieran aparecer sosteniendo contrarias conclusiones.

Los modos de analizar fenómenos culturales, y de acercarse al específico acápite de lo popular, inciden poderosamente en el lugar que estos fenómenos ocuparán en el conjunto de relaciones nutricias para el devenir social. Una condición esencial de las clases oprimidas radica en su propia posibilidad de transformar el mundo en el que viven. Las tradiciones son constantemente puestas a prueba por la mirada otra de los analistas y en consecuencia por las medidas prácticas que la sociedad asume en relación con ellas. Pero también las más humildes, populares y hasta dominadas tradiciones miran, desde sus propias maneras de análisis, desde su peculiar resistencia, hacia las normas analíticas y consiguen, sutil y casi siempre subrepticiamente, incidir en los dominios culturales que las engloban. Su revolución es constante. Del mismo modo en que las relaciones dominador-dominado no suceden en una simple línea sintáctica, y ni siquiera isomórfica, de causa a efecto, la cultura misma contiene interesantes vínculos con las definiciones que de ella se producen.

Nota:
* C. Marx y F. Engels: La ideología alemana, Edición Revolucionaria, La Habana, 1966. pp. 38-39.

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