Ensayo humanista e investigación de las artes: una reflexión para hoy
Si bien los estudios sobre el arte —y, de hecho, también los referidos a la cultura— deben tener una perspectiva eminentemente científica, en la generalidad de los casos exigen una alta dosis de creatividad, así como la construcción de un metatexto que, en los casos más relevantes de la historia de los estudios del arte y la cultura, al menos en América Latina, resultan marcados, en mayor o menor medida, por las características de su objeto de estudio: las ciencias sobre el arte, entonces, sin dejar por ello de ser fieles a su carácter gnoseológico profesional, son manifestación de un acto creativo que, en tanto oficio, es también un ars en sentido pleno, a la vez arte de interpretación, arte de síntesis y visualizaciones histórico-culturales, semiológicas, sistémico-estructurales, sociológicas en sentido amplio y, también, desde luego, altamente noéticas.
En las últimas décadas, algunos han pretendido que la investigación del arte sufra delimitaciones que, en realidad, se aproximan peligrosamente a la deformación escolástica, sobre todo en lo que se refiere a un intento esquematizador del discurso axiológico en el cual deben manifestarse los presupuestos, proceso y resultados de la investigación. De aquí han derivado, por una parte, parámetros de extensión en páginas —ingenua creencia en que puede haber una relación estricta entre sustancia científica y número de páginas, ideas que hubieran hecho sonreír a todos los grandes científicos sociales de la historia, desde Aristóteles hasta Marx, desde Lessing hasta Walter Pater, desde Saussure a Lévi-Strauss, Lacan, Foucault, Deleuze o Derrida—, y, por otra, pontificales instrucciones sobre cuántos capítulos debe tener una tesis y qué asunto debe desarrollar cada uno de ellos. En realidad, no solo esta peregrina actitud responde a una vasta inexperiencia en la investigación como actividad científica concreta y palpable, sino a un proceso más grave todavía: se trata de una manifestación ominosa de lo peor de la globalización sobre la actividad científica. Sobre este último aspecto, es conveniente escuchar lo que advierte la destacada culturóloga chilena Nelly Richards en su ensayo “Saberes académicos y reflexión crítica en América Latina”.1 En dicho estudio, luego de una referencia a la amplia tradición del ensayo cultural en América Latina, entre cuyos grandes nombres la autora está de acuerdo con Alicia Ríos en incluir a Bello, Sarmiento, Martí, Rodó, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Fernández Retamar, González Prada, Mariátegui, Fernando Ortiz y Ángel Rama, entre otros muchos que son, sin duda, precursores y fundadores de los estudios culturales propiamente latinoamericanos. En su estudio, Nelly Richards denuncia el anglocentrismo que está tratando de imponerse en los estudios culturales en América Latina, los cuales, peligrosamente, no solo están imitando posiciones de concepto y enfoque de los Cultural Studies típicos de Gran Bretaña y Estados Unidos, sino que, incluso, están adoptando las características del paper, o modo angloamericano de construir el discurso de investigación en ciencias humanísticas, como canon absoluto del informe de toda investigación cultural, lo cual agrede la propia tradición —y peor aun, el desarrollo mismo contemporáneo— de los estudios culturales latinoamericanos, ajenos al espíritu y la letra del paper. Vale la pena tener en cuenta su criterio al respecto:
Es comprensible este deseo de querer reforzar una continuidad con el pasado regional para salvar la memoria de las tradiciones culturales latinoamericanas que se encuentran constantemente amenazadas de despidos y cancelación en el globalizado paisaje académico de los «post» internacionales. Pero, al mismo tiempo, insistir tanto en esta dimensión fluida de continuidad entre el culturalismo de la tradición del ensayo latinoamericano como género (y escritura) que se ha visto reemplazada por la consagración del paper que, hoy, instaura el nuevo modelo tecno-operativo del conocimiento universitario. Varios rasgos de discontinuidad entre un antes (latinoamericanista) y un después (globalizado) de los «estudios sobre cultura y poder» en América Latina, merecen anotarse, retomando el hilo de una reflexión desplegada por B. Sarlo […]: 1) la pérdida del protagonismo de la literatura como alegorización identitaria de una relación entre modernidad y tradición, hoy disuelta por los flujos desintegradores del neocapitalismo […]. 2) El debilitamiento del lugar de autoridad de la crítica literaria como sistema de fundamentación del «valor», dentro del proceso generalizado que lleva el pluralismo y el relativismo del mercado a impulsar la multiplicación indiferenciada de los signos y a borrar, entonces, la especificidad de lo literario que antes articulaba una reflexión densa sobre cultura, ideología y estética; 3) la hegemonía mediática de los lenguajes audiovisuales que, también, afecta la relación con el «texto», desplazando su volumen de interpretación-desciframiento hacia una cuestión de superficie de información, regulada por un simple valor-circulación. El alcance de estos cambios es suficientemente dislocante como para atentar contra la idea de una continuidad lisa entre la tradición den ensayo cultural latinoamericano y los nuevos «estudios sobre cultura y poder». Si bien ambos comparten una cierta travesía de las disciplinas, las circunstancias de hoy son radicalmente otras a las que pudo experimentar la crítica humanista: mientras ésta última se vivió a sí misma siempre desgarrada entre los horizontes de lo histórico-social, de lo político-ideológico y de lo crítico-estético-político (y mientras esta se sintió siempre más atraída por la negatividad de lo irreconciliable que por el positivismo de las reconciliaciones), la fórmula exitosa de los estudios culturales obedece hoy a las reconversiones del mercado universitario que piden conexiones empíricas entre saberes cada vez más funcionales y adaptativos.2
Ese hegemonismo globalizante, sin embargo, en particular por su carácter de esquema importado, no tiene por qué ser suscrito a ciegas, ni, de modo irreversible, tiene por qué convertirse en un patrón dominante de la construcción del significado (enfoque de los conocimientos aportados por la investigación sobre cultura y arte) ni de la configuración del significante (modo en que se estructura el discurso sobre dichos campos de estudio). Pero para resistir a un enfoque metodológico que, bajo el manto de la cientificidad pura, oculta una violenta transfiguración globalizada de una tradición de las ciencias humanas en América Latina, se precisa, en la realidad contemporánea, una actitud profesional responsable. De ella deben formar parte una serie de factores. El primero, desde luego, tiene que ver con una conciencia de la tradición humanista de una investigación de sentido crítico inalienable sobre la cultura y el arte en nuestro subcontinente, con vistas a garantizar una dinámica continuidad entre el pasado reciente —pues el enfoque humanista de este tipo de estudios no se remite a Martí y Rodó, sino que llega hasta un presente en el que autores como Ernesto Sábato, Darcy Ribeiro, Mariano Picón Salas o Fernando Aínsa siguen dialogando con nosotros en una tesitura humanista nítidamente entroncada con dos centurias de ensayo cultural latinoamericano—. El segundo componente tiene que ver con la lúcida advertencia martiana: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”,3 cuyo sentido alude a la incorporación de cuanto pueda mejorar la cultura de América, pero sobre una base netamente propia. En este segundo ángulo de la cuestión, se trata de asimilar de manera consciente y no ecléctica, lo mejor del pensamiento científico del planeta, en un gesto de globalización seleccionadora, positiva y respetuosa de las bases de historia e identidad.
Esa incorporación al modo del injerto martiano no consistiría en una remodelación del discurso humanista, para adaptarlo a las superficies y estructuras del paper anglosajón. No es la apariencia exterior del discurso lo que nos hace modernos o postmodernos, sino la perspectiva esencial. El uso acrítico y reproductivo —en los discursos de resultado investigativo— de categorías asumidas como científicas no a partir de su eficacia real para el proceso investigativo, sino desde el triste criterio de estar à la page, ese aniquilador culto a la moda que suele ser ejercido de la manera más lamentable como empleo irreflexivo y mimético de un metalenguaje y como estructuración formalista del texto científico, lo cual tiende a imponer una igualación imposible de todos los discursos que dan cuenta de los resultados de una investigación. Esto constituye una ruptura suicida con una tradición cultural compartida por toda América Latina, herencia en términos no solo de modos de construcción del discurso crítico sobre la cultura y el arte, sino también en lo que se refiere a una actitud humanista, problematizadora, de integración multidisciplinaria y perspectiva omniabarcante, a la vez culturológica, ética, estética, política, ideológica e histórica, por solo mencionar constantes claramente discernibles en esa tradición. Pero además está teniendo consecuencias arrasadoras para el propio desarrollo de un pensamiento y una labor científicos cabales. Pues, por esa presión globalizante que se infiltra de manera creciente en los medios académicos, se termina por no considerar científicamente válido un discurso investigativo que, teniendo intrínseca solidez y coherencia argumentativa, haya obviado, sin embargo, la declaración formal estereotipada de fórmulas sacralizadas por una práctica acrítica de construcción de informes de investigación. Este, no obstante, es el peligro menor para nuestros países. El más grave, el que resulta verdaderamente desolador, es el simétricamente complementario: discursos vacíos, sin cabal estructura lógica, y, peor aún, sin el menor sentido humanista, pero revestidos de un metalenguaje —que cuando tiende a un empleo indiscriminado de formas estereotipadas, es merecedor más bien de la clasificación de palabrería— al uso y de acuerdo con otros criterios igualmente vacíos de significado —normas de presentación inflexibles, extensión regulada, estructura capitular idéntica—, no obstante su patética carencia de sentido tanto científico como humanista, podrían recibir una validación orientada al formato consagrado y no a la hirviente, dramática y creativa realidad del proceso de indagación científica en el campo de las humanidades.
1 Cfr. Nelly Richards: “Saberes académicos y reflexión crítica en América Latina”, en: Nelly Richards: Campos cruzados. Crítica cultural, latinoamericanismo y saberes al borde. Ed. Casa de las Américas. La Habana, 2009, pp. 213-228.
2 Ibíd., pp. 216-217.
3 José Martí: “Nuestra América”, en: Obras completas. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1975, t. 6, p. 18.