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Rafaela Chacón Nardi y la palabra poética
Virgilio López Lemus , 12 de enero de 2010

Nunca olvidaré la tarde de 1989 en que invité a Rafaela Chacón Nardi a que me acompañara, entre el público presente, el día de discusión definitiva de mi tesis doctoral ante un noble Tribunal. Se desarrolló en el Aula 14, en el quinto piso de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. El ascensor estaba roto. Era sumamente difícil para la autora del bello soneto “A mis huesos” subir hasta ese sitio, y pensé que no lo haría. Al llegar, Rafaela se dio cuenta de mi vergüenza, y comenzó a subir la escalera lentamente, apoyándose con firmeza en su bastón. Llegó a tiempo. Ella se fue a sentar en una de las últimas filas del recinto, pero los miembros del Tribunal la saludaron con cariño. Lo presidía José Antonio Portuondo, con Angel Augier, Graciela Pogolotti, Ana Cairo y Denia García Ronda, Salvador Bueno, como tutor y Emilio de Armas y Roberto Fernández Retamar como oponentes. Fue una tarde intensa.

A ese bello gesto acompaño otro en mi recuerdo. Ella tenía una peña literaria en el Museo de la Quinta de los Molinos. Me invitó para que yo ofreciera allí una charla, conversatorio o conferencia sobre la poesía cubana en el siglo XX. Claro, que algo pedido por Rafaela no podía ser desatendido, y allí estuve un jueves en la tarde, presto a disertar. De entrada, advertí que la mayoría absoluta del público asistente estaba vestido igual, de negro y blanco, hombres y mujeres. Rafaela me presentó y de inmediato comencé mi intervención por un lapso de media hora. Nadie preguntó nada al final. Ella me dio las gracias y presentó a una Banda de Conciertos, que no sabía yo que estaba invitada. Se paró todo el  público, avanzó hacia el sitio donde me había sentado, retiraron la mesa, Rafaela y yo nos sentamos enfrente, y resultó que ella, dos o tres empleados del Museo y yo seríamos los espectadores. Sólo el espíritu de aquella mujer prestigiosa, infatigable, nerviosa, emprendedora, sensible y querible, había movilizado a toda una orquesta sin público para aplaudirla.

Era más que locuaz, me contó que una vez su esposo, el bibliógrafo español Francisco Mota, sintió que la llamaban por teléfono, ella tomó el auricular y habló por largo tiempo. Cuando colgó, Mota le preguntó: “Rafaela, ¿tú crees que la persona que te llamó te quería decir algo?”.

También, tras la muerte de su esposo, me mandó a buscar a su casa, insistió mucho, quería obsequiarme un libro, porque estaba vendiendo la gran biblioteca de su hogar. Vivíamos muy distantes, en momentos de pésimo transporte urbano, pero logré llegar un poco empujado por la idea de que me ofrecería una pieza de valor. Así fue: me obsequió una tesis de grado de persona desconocida, escrita sobre la década de 1930 y que versaba sobre la prosa de Nicolás Heredia. No, Rafaela era un alma noble y aquello no debe de haber sido una venganza por haberla hecho subir cinco pisos para escuchar mi propia tesis sobre la poética de Samuel Feijóo.

Rafaela se había sentido muy contenta por el estudio que le dediqué dentro de mi libro Palabras del trasfondo. Era realmente muy agradecida, creo que muchas veces actuaba como una niña y que no tenía el feo hábito de la maldad. Yo advierto que su temperamento quedó muy visible en su poesía delicada. Era una mujer con muchos problemas físicos, resultados de dos accidentes de caídas desde el balcón de su casa. Se había repuesto de varias fracturas, pero andaba con dificultad. Yo no pude conocerla en la década de 1950, cuando impresionó con tanta alegría poética a Gabriela Mistral, quien le respondió la entrega de su poemario Viaje al sueño con una carta que contiene una idea-consejo inolvidable: “Cuídese del mundo y del demonio. Sobre todo del primero”. 

Por cierto, este libro de poemas formalmente es el primero que se editó, o al menos el primero de relieve, de la llamada Generación de los Años Cincuenta. Data de 1948, pero se distingue por su lirismo depurado, un poco juanramoniano a veces, influido en lo local por la voz de Mirta Aguirre, lleno de sueños y de belleza expresiva, pero bien distante del tono conversacional, que sería distintivo de su generación. Quizás su mejor libro sea Coral del aire (1983), del que poseo un ejemplar dedicado por la propia Rafaela, quien pone en la fecha de la dedicatoria “Forum de la Literatura Cubana”, celebrado en octubre de ese año en el Palacio de las Convenciones, organizado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. En este libro, que es en verdad una selección de sus mejores poemas realizada por Félix Pita Rodríguez, hay un texto que no olvido: “De rocío y de humo”, donde Rafaela hace gala de ser una maestra del verso libre breve rítmico, atinado.

Por fin, aunque algunos luchamos un poco para que recibiera el merecido Premio Nacional de Literatura, se fue a la muerte, llevada por un cáncer atroz, sin recibir ese lauro, que no se honró con su nombre. Onelio Jorge Cardoso, Samuel Feijóo y ella inauguraban la lista de los preferidos con sobrados méritos para prestigiar cualquier lauro literario cubano. Nunca la escuché quejarse por ello, pero una vez me dijo entre sonrisas irónicas (y Rafaela no era una dama de ironías): «Virgilio, en el futuro, los estudiosos de la literatura cubana van a decir: “ay, mira, esta escritora nunca tuvo un premio literario, ¡qué interesante!”, y así me estudiarán como un caso singular». 

Le importaba hacer, estar en movimiento, era una pedagoga casi de cuna, fue una ilustre alfabetizadora, contribuyó notablemente a la Campaña de Alfabetización en 1961 y terminó por convertirse en consultante de la UNESCO en esta materia. Cuando yo la conocí, se movía en autos de amigos, en taxis, pero no paraba, no dejaba de tener una activa vida social. Me consta que era muy querida en el sector de la Educación cubana, que su nombre era pronunciado con devoción por las mayores pedagogas de su tiempo. Siempre andaba muy bien vestida, peinada con cuidado, quizás sería presumida, pero nunca vanidosa. Sobre todo no lo era con la obra propia, de la que no hablaba jamás. Era yo quien a veces le decía algunas novedades que había descubierto en su poesía y ella no dejaba de asombrarse por mis observaciones. Noble y de alma bella, discutía cuando se trataba de defender una idea que creyese justa.

Leía sus versos sin declamarlos, de una manera cálida y su voz adquiría entonces un timbre menos agudo, más suave y nítido, en el fondo risueño. Rafaela reía mucho, pareciera una mujer feliz aunque no lo fuese, yo la recuerdo así, riendo, incluso con una carcajada por cosillas que le decíamos sus amigos para alegrarla. Era una finísima mulata criolla, no una hembra sensual, sino mulata lírica, ni fatal como Cecilia Valdés, ni como las estereotipadas por la danza y el ardor sexual. Finísima, de voz educada y movimientos nerviosos pero a la vez elegantes, Rafaela era una dama, la perfecta dama criolla orgullosa de su mestizaje.

A su muerte, publiqué en la revista mexicana Cuadernos Americanos un “adiós” en la que le llamé “Rafaela de Cuba”. Creo que le hubiese agradado el apelativo. Esa era ella de cuerpo entero, poeta de la vida cubana, sencilla y también profunda, adorable y risueña y a su vez de claro sentido universal. 

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