Mientras cabalgaba sus noventa y nueve años de vida, Ángel Augier se había convertido en un poeta cubano recordista, pues ha vivido ya mucho más que su antecesor de sobrevivencia prolongada: Eugenio Florit (1903-1998). Aunque armé todo un volumen antológico sobre la obra del segundo: Órbita (2003), nunca pude verlo en persona, porque vivíamos en ciudades cercanas pero a la vez muy distantes: La Habana y Miami. En cambio, en un corredor de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba tuve ocasión de que Jesús Orta Ruiz me presentara a Ángel Augier en los finales de la década de 1970, y luego él y yo coincidimos muchas veces en la Biblioteca Fernando Ortiz del Instituto de Literatura y Lingüística. Allí nos reunió una pasión común: la indagación en torno a la poesía.
Mi cercanía mayor con Augier se debe a que en 1986-1988 fui el editor en Letras Cubanas de su libro Darío en Cuba y Cuba en Darío, que me permitió conocer al hombre mucho más de cerca, admirar su precisión de detalles y su infatigable sentido de comprobación de datos para reflejarlos con certeza en sus lucubraciones. A la sazón visité Santiago de Cuba, y se me ocurrió laborar todo un día en la Biblioteca Elvira Cape, debido a que por simple intuición yo le había expresado a Augier que quizás el barco que condujo a Darío en su viaje final a Nicaragua, hubiese pasado por esa ciudad, de manera que el poeta de Azul debió haberla conocido. Así fue, hallé el dato y regresé muy contento a La Habana para darle a Augier la noticia de mi descubrimiento, que él perfeccionó: en efecto, el barco surcó en el puerto santiaguero, para luego seguir viaje hacia Nicaragua, pero el poeta que iba como pasajero no descendió en el puerto, y quizás ni lo vio, debido al delirio que lo poseía en medio de su irremediable y mortal afición al alcohol.
Este detalle del carácter investigativo de Augier, me hizo conocer en toda su espléndida nobleza y seriedad a un hombre cuya obra poética había leído hasta entonces confieso que con entusiasmo menor, a no ser por su magnífico Isla en el tacto (1969), y que pocos años después me iba a sorprender con una vitalidad y un renacimiento de poeta ya octogenario, con Todo el mar en la ola y sus poemarios posteriores, que situaban a Augier en altura superior del buen poeta que ya era. 
Otra mirada ulterior al hombre, me dejó aún más impactado. Augier acababa de cumplir noventa y un años, cuando un caluroso día de julio lo vi llegar tempranero a la Biblioteca del referido Instituto. Conversamos un poco, él estaba buscando datos sobre Enrique Loynaz, cuyas cartas a José María Chacón y Calvo ya yo había compilado, aunque nunca han tenido la suerte de ser rescatadas por algún inteligente editor, pese a mis muchas gestiones al respecto. Ese día Augier se fue casi a las cuatro de la tarde, sin haberse parado de aquella silla de biblioteca más que para beber un café. Resolvió su indagación como si se tratara de un investigador de menos de cuarenta años.
He admirado mucho a la gente que trabaja de veras, no a las que hacen alarde de trabajar o que guardan o exhiben su saber acumulado y no lo ponen en función de utilidad. Augier rompía también mis expectativas sobre el trabajo sencillo, silencioso, creativo y tenaz. La verdad es que este último hecho me acabó de convencer de que hay que amar mucho a la poesía y a todo lo que gire en torno de ella, para consagrarle la vida, y no sólo a la creación propia, sino al servicio de otros poetas de estéticas incluso bien diferentes.
En poesía, es imprescindible el talento y resulta maravilloso el genio, pero en la labor ensayística en torno a la poesía, no basta ser talentoso, hay que tener ingenio y tenacidad, honradez y disciplina. Y si todo ello se acompaña con sabiduría y generosidad, se tiene ante sí a un verdadero servidor de la palabra poética, alguien que ha abrazado como en un sacerdocio al amor por la Dama Poesía. Muy pocos de estos he visto en realidad a lo largo de mi vida. Entre esos “muy pocos”, cuento a Ángel Augier.
Él, por su parte, comenzó pronto a distinguirme, me pedía colaboraciones para la ingratamente desaparecida Revista de Literatura Cubana de la Uneac, que con tanta pasión dirigió, las publicaba, comentaba conmigo cuestiones esenciales de nuestras investigaciones en torno a la poesía, me llamaba por teléfono para verificar datos, para comentarme algún asunto de su interés, y siempre que nos encontrábamos, chocaba con su sonrisa franca, en simpatía. Sus libros de la década de 1990, me llegaban generosamente dedicados, con frases que me hacían sentir orgullo, pues don Ángel Augier no era ya para mí “uno cualquiera”.
Aquel intelectual de Partido y militancia política, se nos fue convirtiendo poco a poco en un viejecito dulce y simpático. Nunca lo escuché agredir a nadie, ni lanzar ideas más o menos escabrosas sobre persona alguna. No fue un polemista de tribuna, pero sí un crítico literario de ideas propias. Poseer ideas propias ya es una manera inevitable de polemizar. Ser un crítico literario de valor, como lo ha sido Augier, implica sin dudas discrepar y rebatir. Admiro en su obra en prosa el gran sentido de la ética, el evidente deseo de añadir y no de restar, su singular manera de hacer ver lo notable y no callar mezquinamente valores incluso en personas a las que, luego, ni siquiera escuché que tuviesen una noble opinión sobre el propio Augier.
En crítica literaria no debería mirarse sólo como audaces a quienes forman ciertos ruidos en torno suyo o emplean frases de espuma y escarcha, sobre todo durante la juventud biológica. A mi juicio la más legítima audacia es la que tiene como soporte la discreción, pero la certera, o sea, aquella que anota lo que ha visto con sencillez y hasta con cierta modestia, pero que nunca deja de anotar, señalar, subrayar valores o caídas estéticas. No creo en los críticos tipo Conde Kostia, fiscales insultantes, lamentables ruidosos, que a la larga obran mucho menos que el tranquilo, digno, singular, sagaz Ángel Augier. En él creo, en la obra en prosa y verso que fue acumulando a lo largo de su nada breve vida, si no es que en verdad toda vida es breve.
Tengo una foto con Augier en la que los dos reímos a carcajadas, ya no recuerdo por qué causa, en medio de una Feria Internacional del Libro que ese año se le dedicaba. Me gusta esa foto, es una muestra de que casi cuarenta años de diferencia no son obstáculos para la franqueza, la amistad limpia y el mutuo respeto afectuoso.
* (N. del Editor: Este artículo fue escrito antes del fallecimiento de Ángel Augier.)