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Charleville y Rimbaud
Virgilio López Lemus , 24 de febrero de 2010

En los mapas de Francia, muy al norte y pegada casi a Alemania, aparece una ciudad de nombre doble, por ser la suma de dos villas de larga vida: Charleville-Mezières, a la vera del río Mosa. La una, sitio privilegiado por el duque Charles, del cual proviene el nombre, y la otra, un punto militar de relieve hasta mediados del siglo XX. Al final del XIX, Charleville no era más que una crecida aldea, con un palacio ducal enorme que casi rodea a una ancha plaza, a la que ofrece su mejor faz.  Pronto asumió el rango de capital de las Ardenas francesas, aunque no ha perdido ni siquiera hoy su ritmo provinciano. Poseía un floreciente comercio, algún relieve cultural, valor de sitio de frontera pero, sobre todo, había sido la petit patrie de un poeta enorme, que se va más allá de los límites urbanos, regionales e incluso de la propia Francia: Arthur Rimbaud (1854-1891), uno de los máximos representantes del simbolismo.

Un mediodía de noviembre de 2009 me monté en la Gare de L´Est de París en un cómodo TGV, siglas de “tren de gran velocidad”, y en dos horas llegué al sitio desde donde partió tantas veces Rimbaud. Mi primera impresión fue un tanto desconcertante, pues compré de inmediato en la vieja estación un plano de la ciudad, y enseguida descubrí que, aun siendo pequeña, era mayor que las dos horas y media de las que disponía para recorrer el ámbito rimbaudiano. Casi corrí desde la estación hasta el lejano Museo Rimbaud. Primero anduve por una ancha calle que me condujo hasta un crucero-plaza, que es el corazón de la villa, y como trazando una ele, o una escuadra un poco masónica, me adentré en la calle de la República, la principal, llegué a la bella Plaza Ducal, y me quedé atónito ante la belleza del palacio, que si bien había visto muchas veces en fotos dentro de libros dedicados a Rimbaud, nunca pensé ni que se conservara tan bien, ni que en verdad ofreciese esa fachada como de sitio de gran ciudad.

Las gentes en Charleville resultaron algo desconfiadas. Me aproximaba a preguntar, y, sobre todo las damas, saltaban un poco, enseriaban el rostro y se ponían en guardia por si les iba a pedir algo, pero al preguntarles dónde quedaba el Museo Rimbaud, todo cambiaba y hasta me sonreían con cierta gracia. Llegué al Viejo Molino con un poco de sofoco, debido a la larga caminata contra reloj. Es una edificación de tres pisos encima del río Mosa, seguramente mejor cuidada que en la época en que el joven Arthur vivía en la acera de enfrente. Visité el pequeño Museo y admiré la discreta colección expuesta sobre la obra y la vida de Rimbaud, cuya cantidad de objetos no sobrepasaría a la posible exposición documental de alguna gloria municipal en cualquier ciudad de provincia. Un baúl, unos manuscritos, una fotos familiares, objetos menores, libros con diversas ediciones de las obras del gran poeta, no había mucho más: un cuadro-foto a cuerpo completo y de tamaño natural del joven maestro, tal y como llegó a París en sus recientes diecisiete años, y el cuadro de Fantin-Latour Le Coin de table, de 1872, en el que Rimbaud aparece con su mano calzando su barbilla, el cabello casi rizado y de espaldas a seis poetas cualitativamente menores, pero al lado del serio Paul Verlaine. Ya había visto el original de ese cuadro famoso en el Museo de Orsay, de modo que me concentré más en los objetos y fotos de familia.

Fuera del Palacio Ducal, y del Viejo Molino, ni la casa natal ni la muy restaurada y museada casa donde vivió el poeta en su adolescencia frente al río y al Molino, me causaron tanta impresión como el cementerio principal de Charleville, donde yacen los despojos mortales de Rimbaud (excepto una pierna, cortada en Marsella en el mismo año de su muerte).  La hermana Isabel debe de haber transportado los restos de Arthur a la tumba familiar tan sencilla, rodeada por una verja, loza de mármol al centro y dos esquelas funerarias elevadas al fondo, una de las cuales, la de la derecha, dice que allí fue sepultado el poeta, y se recuerda en mármol, bajo su nombre, que murió de treinta y siete años. Gravilla en torno, dos grandes árboles, ligeramente distantes, y nada más, dan relieve a ese sitio al que llegué con devoción, como a un santuario de la poesía, si los hubiera.

Que Rimbaud no fue jamás un santo, ya se sabe, se le llama un «místico», alguien que pasó por la poesía a la misma velocidad con que vivió siempre, sólo entre sus dieciséis y sus veintidós años fue un extraordinario poeta activo, creativo, revolucionario de las formas y de los contenidos. El resto de su vida resulta interesante solo en función de esos años geniales, en los que escribió «El barco ebrio», el soneto hiperestésico de las vocales y sus obras maestras Iluminaciones y Una temporada en el infierno.

Sin el atributo de poeta genial, ni siquiera creo que le hubiesen levantado la estatua que hoy se advierte en un jardín frente a la estación de ferrocarril de Charleville, y que no es más que un busto en cuyo pedestal se lee el solo apelativo de “explorador”, rótulo ganado por sus correrías por el norte de Europa, la India, Indonesia, el norte de África, en especial Abisinia, Adén y Egipto. Este periplo desde la fría Escandinavia hasta los desiertos africanos más bien parecieran cosa de un hombre que se escapa de todos y también de sí mismo, sin hallar nada que le satisfaga, ni hallarse en la aventura de su vida.

¿Qué buscaba Rimbaud? ¿O sólo en verdad se escondía, no quería que se descubriera su sino sexual o ansiaba escapar de sus instintos, borrarse en versos y en berzas, en el frío intenso o en los calores agobiantes? «Yo soy otro», dejó escrito en frase casi lapidaria, pero ¿quién es el otro? ¿Yo era el poeta y ese otro sería el «explorador», el hombre en fuga? Se escapaba de su tiempo, de su espacio, de su obra, de su vida misma, porque vivía una vida que parecía creer que no era suya.

Cuando se fue por primera vez de Charleville, se escapaba de su madre, de su familia  «normal» en una para él aterradora villa de gente demasiado «normal». En París dio de cara con la farándula poética, con la Comuna de 1871 y con un amoroso y violento Paul Verlaine, quien sacó de él lo mejor y lo peor, y acabó desequilibrándolo más, en medio del amor y de la poesía, el uno ya un maestro reconocido, el otro un imberbe insultante capaz de dar bastonazos a las celebridades, llamarlos mediocres y escribir la mejor poesía que por entonces se escribiera, no sé bien si solo en Francia o en el mundo todo…

Lo cierto es que Rimbaud padecía de una gran inestabilidad: no podía fijar sitio, decir aquí vivo, esta es mi casa, este es mi libro, este es mi hijo, esta es mi mujer o mi amante o mi amado, esta es mi calle, mi ciudad… «Inseguridad básica» dirían los psicólogos. «Complejos», los freudianos. «Espíritu no redimido», lo catalogarían los espiritualistas. Había nacido bajo el signo de la Balanza (Libra), a las seis de la mañana del 20 de octubre de 1854, se fue a París en 1871, a Londres y Bruselas en 1874, a Marsella en 1875, a la India y a Java en 1876, a Escandinavia en 1877, a Chipre en 1878, a Abisinia en 1880, a Harare en 1881y a Adén en 1883, luego estaría en Egipto y en los años sucesivos de nuevo en Harare y en caravanas por el desierto y junto al Mar Rojo… Dice su madre: «Luego de diez años de haber partido, nos escribe: Yo partiré…» (Depuis dix ans qu’il est parti, il nous écrit: Je partirai…). Tras un fuerte golpe en una rodilla, sufrió una grave enfermedad en ella y salió de África en camilla, en viaje truculento de dolor y espanto, hacia Marsella, donde en 1891 le cortaron la pierna monstruosamente enferma, y allí fallece por fin.

Tales son las incidencias de este hombre inestable, incapaz de asentarse y de autoevaluarse, ciego ante su propio genio, obtuso ante su talento, sin reconocer ni siquiera su propia obra o lanzarle un velo de olvido, vivir otra vida distinta a la del poeta en función de escritura, roto, sucio, maloliente, entre gente que ni lo apreciaba ni lo miraba sino como un extraño. Siempre un extraño, hasta para sí mismo, no paró de andar. Vivía de urgencias, provisionalmente, sin un techo al que pudiera decir, este es mi techo, este es mi pan, lo he ganado con mi sudor, este es mi lecho, este es el amor. Rimbaud pertenecía a la familia de Hölderlin, Nietzsche, Nerval, Van Gogh, pero fue más allá que todos ellos en la renuncia del arte de la palabra a cambio de una locura distinta, la del perpetuo errante, el incesante peatón, el comerciante en caravanas legales o de contrabando, tocado por la fatalidad.

Dicen que no le importaba lo Bello, sino la búsqueda de la Verdad. Al menos tuvo una fijeza: la de dibujar, pintar lo que veía en Charleville y en Harare, donde no escribió más que unas insípidas cartas, papeles de comerciante, números de ganancias o pérdidas, pero no dejó de pintar incluso con cierta vocación más allá de la anotación del explorador o del artista aficionado. En no más de cinco años de su adolescencia, entre los quince y lo veinte años, escribió una obra poética influida por Charles Baudelaire, por sus lecturas sobre ocultismo y por sus preocupaciones existenciales y sociales. El muchacho de Charleville impresionó a Verlaine, quien lo prohijó, lo reclamó a París, terminó por convertirlo en su amante, y casi lo asesina en Inglaterra y en Bélgica, debido a las constantes infidelidades del infante terrible. Rimbaud, en tanto, realizaba una exploración sobre el inconsciente individual, y experimentaba con el léxico, el ritmo versal, la prosa poética, con lo cual marcó al movimiento simbolista y a gran parte de la poesía del siglo XX. Fue un niño prodigio lleno de premios de sus escuelas de Charleville, luego escribió, pintó, deambuló, vivió en fuga constante, tangencial, irredimible, marginándose de todo constantemente.

Me fui de Charleville en el tren de las cinco de la tarde, un tren corriente, nada de TGV, un trencito cómodo que me llevó ya de noche hasta Reims, donde estuve dos horas antes de proseguir hacia París, para admirar la catedral gótica donde se coronaban a los reyes de Francia. Una amiga francesa que, claro, ha de llamarse Françoise, me regaló el librito de Alain Borer, Rimbaud. L’heure de la fuite, y con su lectura, recuerdos de lecturas, imágenes del sitio de donde surgió el genio de la poesía, dediqué a la memoria de Rimbaud todo el final del 2009.

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