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Poiesis
(Lujo, calma y voluptuosidad)
Alberto Garrandés , 26 de febrero de 2010

II Parte

En la célebre película de los hermanos Washowski, Matrix es este mismo mundo nuestro, ilusorio, que pasa por real y se alimenta del hombre para regresar a él en forma de una vasta y complejísima construcción. Lo real es, en verdad, un caos grisáceo, polvoriento. Un páramo que se origina en una guerra total ganada por las máquinas. Hoy, al examinar mi experiencia, diría que mi Matrix está conformada por las escrituras que voy hilando placenteramente, acaso para entenderme con ese mundo real que, si no es todavía un caos de destrucción, está al borde de serlo, mientras la realidad cumple, por segmentos —un detalle asombroso aquí, otro allá—, los sueños de la ficción, como ocurre ahora, por ejemplo, con un edificio residencial, de ochocientos ocho metros, recién inaugurado en Dubai, y que es, al parecer, un icono palpable de aquel mito de la micro-ciudad aportado por J. G. Ballard en su novela High Rise, publicada hace ya más de treinta años.

Pero lo importante es ese hecho en apariencia tan simple: la inteligibilidad del mundo real pasa por el lenguaje y pasa, también, por la ficción. Matrix necesita del hombre para alimentarse y alimentar la extraordinaria nitidez de ese espejismo en que los hombres viven. Sin embargo, hay una porción de realidad —aludo al deseo, precisamente— dentro de lo irreal, y es esa porción la que nos salva del absurdo y la que alimenta la existencia y su intención de perdurar. Y también hay, por otra parte, una fracción de irrealidad —el deseo otra vez, el deseo como proyecto— dentro de lo real, y es esa fracción la que nos recuerda que el lenguaje es origen y ceniza de todo cuanto existe. El deseo, por tanto, funciona como común denominador.  El deseo como sí, como aceptación, como beneplácito, y el deseo como no, como negativa, como rechazo.

Si no forcejeas, estás muerto.

Al final, ves que toda la incorporación del mundo en ti —ese maravilloso proceso de selección y descarte— es un asunto de las palabras. 
Hay una especie de celofán que no suena cuando lo palpas. Y estás muerto si no escuchas nada.

Tres cosas que hago y no termino (todavía) de hacer:

A. Escribir la versión final del diálogo o monólogo de Manet frente a Victorine, mientras pinta la Olympia.
B. Contar las aventuras de Heathcliff por el mundo, desde su desaparición de Wuthering Heights hasta su vuelta “a casa”.
C. Elaborar el encuentro, en una rica mansión súbitamente abandonada, de una mujer joven —que anhela desaparecer del mundo— con un antiguo demonio que está enamorado del Arte.

Hace pocos días, durante un sueño que no alcancé a recordar con eficaz coherencia, vino una persona a mi casa, entró al portal, tocó la puerta y, cuando abrí y le pregunté qué deseaba, descubrió su cabeza —la tenía medio tapada por una especie de albornoz— y me dijo: “Soy Frederick, el Elector de Sajonia”. Supongo que le quité el seguro a la reja y lo hice pasar a mi sala. De lo demás apenas me acuerdo, excepto de la imagen, muy vívida, de una naturaleza muerta con plantas secas, pétalos pardos, flores temperamentales y en un tono sepia, que guardo, al pie de un butacón, dentro de un sapo de terracota pintado de naranja y verde. Aquí empieza lo literario, como pueden apreciar ustedes, y sin embargo no me he apartado un ápice de la verdad. Al decir esto de la forma en que acabo de decirlo, pareciera que verdad y literatura se oponen, o se oponen siempre amistosamente.

Ignoro el significado de mi sueño, si es que tiene alguno. Lo más cerca que he estado de la literatura, de lo literario, fue cuando escribía precisamente una novela sobre el sueño, Las potestades incorpóreas, y algunos ensayos y cuentos que han aparecido en los últimos años, y un poema en casi cien fragmentos titulado Kashmir, donde hay verdades y opciones que me conciernen, que han fijado mi vida y la han moldeado.

Cuando escribes un libro donde hay verdades sobre ti y opciones de verdades (también sobre ti), de cierto modo empiezas a prepararte para encuentros sucesivos con lo invisible, para no hablar de un grupo de seducciones distintas, agazapadas delante de ti más por respeto (si es que ellas encarnan en personas) que por entrega al simulacro. Allí, en ese instante, empiezas a comprender que la literatura no es ni el Libro ni la Escritura, sino lo que se activa dentro de las personas tras el Libro, tras la Escritura. Lo que se activa —tenga la forma que tenga— cuando ambos, Libro y Escritura, son ya realidades trascurridas.

Las potestades incorpóreas es un bastidor donde hay una tela donde alcancé a pintar devotamente la historia de un amor interrumpido por la locura de los otros, o que acaso —y aquí brota su médula más secreta— sólo podía manifestarse gracias a la locura de los otros. En cambio, Kashmir es música más fotos más los filtros de PhotoShop más mi cámara Kodak Easyshare. Todo eso acribillado por un pieza artillera lingüística a la vieja usanza: un cañón cargado con el exotismo del romantic revival y las atmósferas de Gustave Moreau —un Moreau seducido por las putas líricas de Baudelaire y los chicos portuarios de Dorian Gray. (Aquí asoma la textura electrónica del mundo que vive dentro de mí.)

En la película Blade runner, de Ridley Scott, el detective Deckard encuentra en el apartamento de la replicante Zhora, justo en el fondo de la bañera, un grupo de escamas de reptil que somete a examen. Después, mientras hurga en un cajón, topa con un grupo de fotografías y una de ellas lo seduce al punto de introducirla dentro de una máquina capaz de tridimensionar las imágenes. Deckard da vueltas a la foto, viaja por dentro de ella, penetra inverosímilmente en su profundidad. Algo similar hacemos los escritores. Creo que existe una analogía con respecto a ese acto imposible de Deckard. Percibimos de modo anómalo un mundo en 3D, por así decir —un mundo tangible, sólido y que no nos sorprende porque estamos acostumbrados a él—, y tenemos que ir hacia otras dimensiones no visibles si queremos que lo visible, lo tangible, tenga un sentido primordial, básico, o adquiera un grado de realidad mínimamente irrefutable. He ahí el destino mítico de la literatura: poner lo invisible al servicio de lo visible. Y quién sabe: quizás sea al revés.