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Florencia mítica: arte y poesía 
Virgilio López Lemus , 04 de marzo de 2010

Da Vinci y Miguel Ángel pasearon por sus calles, trabajaron allí, ayudaron a elevar el mito florentino. Fue capital (cabeza, sede) del Renacimiento, ciudad donde se respira historia de violencias sumas y bellezas magnas. La Plaza de la Señoría ostenta singularidad asombrosa, con su gótico Palacio Viejo, el prodigioso museo escultórico de la Logia de la Orgaña (donde se exhibe al aire libre el Perseo de Cellini), la fuente de Neptuno, la copia del David de Miguel Ángel, y el lateral y la entrada principal de la Galería de los Oficios. Cien metros más allá, el Arno muestra sus aguas amarillas y ofrece en sus márgenes un panorama citadino único. Sobre el río, del otro lado del Puente Viejo, que conduce al Palacio Pitti de los duques de Toscana, puede admirarse otro puente, reconstrucción del antiguo donde el Dante debe de haber conocido a su Beatriz.

Deslumbrado, llegué a Florencia la noche del 27 de diciembre de 1992, me albergué enseguida en un simpático hotelito cercano a la estación de trenes, y me desperté el Día de los Inocentes en una ciudad por conocer, que se me figuraba enorme. Desde las 9 de la mañana hasta el rápido oscurecer de las cinco de la tarde ya con fuerte ventisca y lluvia, anduve a mi agrado por sus calles. Sin darme cuenta, me enfrenté deslumbrado a la Catedral gótica de Santa María de Fiori, admiré el recubrimiento en mármoles tricolores del siglo XIX, subí a su cúpula y al Campanario, y entré al Batisterio por la derecha de la Puerta del Paraíso de Ghiberti. En fin, hice allí lo mismo que cientos de miles de turistas, seguramente millones si se toman por tales a los forasteros que la han visitado desde el siglo XII, advenidos de todas partes, hasta las olas asiáticas que hoy recorren esta ciudad de sueño... 

Regresé por nueve días en el 2008, aprovechando un viaje de trabajo a Francia, y me di cita allí con el poeta Alberto Acosta-Pérez, quien a la sazón había ganando en Sevilla el Premio Alberto Lista de Narrativa Breve. Él cumplía un anhelo dorado con aquella visita, y yo quise particularizar en lo que tan velozmente admiré en menos de veinticuatro horas, dieciséis años antes. Ofrecimos un recital poético en el restaurante Giubbe Rosse, famoso cenáculo artístico y literario de longeva tradición. El encuentro fue sugerido por los poetas experimentales y performáticos Emilio y Franca Morandi, coordinado por la poeta Liliana Ugolini, y fuimos presentados por la profesora universitaria y crítica literaria Martha Canfield, todo lo cual representó un lujo en nuestras vidas. Concluimos con un almuerzo realmente de gala, en unión de la intelectualidad viva de Florencia, y que sólo costaba doce euros, en los salones de camareros de camisa blanca y chaleco rojo y mesas vestidas de iguales colores. El resto del tiempo fue nuestro, para el más hondo conocimiento de la ciudad histórica e incluso de sus alrededores modernos, de sus iglesias, plazas, cementerios, la vera del río, sus numerosos puentes, sus monumentos y museos, el David legítimo en la Academia y el panteón de los Médicis, de nuevo la Catedral al detalle y cada sitio de interés, que comprendía desde la casa natal del Dante hasta la tumba de Miguel Ángel en la iglesia de la Santa Cruz.

Florencia nos impresionó mucho. Incluso si la hubiésemos visitado sin conocimiento de sus anales, nos habría dejado una huella singular en la memoria. Logramos días de espiritualidad en medio del crecido consumismo que también padece. Me siento tentado a contar la emoción que vivimos, frente a los originales de tanta pintura vista antes solo en papel de libros o en postales, o dentro y fuera de edificios de centenaria fama, ante esculturas y objetos que, más que obras de arte, se han ido convirtiendo en objetos sagrados de nuestra especie. Pero yo creo que nada, ni siquiera el David, nos dejó más maravillados que poder ver en sus mínimos detalles la Puerta del Paraíso en el Batisterio. Cuando tres años después vimos la fantástica Puerta del Infierno de Rodin, en su museo de París, nos dimos perfectamente cuenta de que la fabulosa puerta florentina rebasaba su calidad de obra escultórica, para ser en verdad un poema visual en bronce. Sentíamos además que aquella joya ante nuestros ojos, estaba rodeada literalmente de obras de Cellini, Rafael, Tintoretto, Tiziano…, dispersas en iglesias y museos y sobre todo concentradas en la Galería de los Oficios, que visitamos largamente, sin apuro.

Florencia tiene un aura poética, como un halo invisible que se cierne sobre la parte histórica, no tan extensa como para que pueda recorrerse, sin detallarla, en un día. Los artistas que la visitan sienten, en su mayoría, una suerte de compulsión creativa en sus calles, porque ella no es una ciudad sólo para ser contemplada, resulta en su conjunto mucho más que un museo, porque es una ciudad palpitante, que vive no solamente por haber sido centro renacentista, cuando el florín era en Europa la primera moneda colectiva del Viejo Continente, antecedente remoto del euro. Desde la encantadora colina de la iglesia de San Miniato, se aprecia bien ese halo del cual hablo, una suerte de respiración poética, serenidad gentil, «abolengo democrático» de una poesía citadina, plena de edificios históricos y vegetación deslumbrante, fuentes de placer visual y simple yerba sutil frente al fausto arquitectónico gótico y renacentista. ¿Podría hablarse de una «energía de arte» y sentir ese valor energético en las calles florentinas? 

Parece una ciudad sin edad, femenina, desgranada junto al Arno como terreno propicio para un cuento de hadas itálicas, toscanas, por lo que se diría que esa respiración suya es asimismo mágica, de magia blanca, o de milagroso venero lírico. Muchos poetas y pintores la han escogido para pasar allí temporadas de escritura y de pintura, inspirados por el Más Allá latente de sus calles. Un Más Allá que rebasa el mero dato histórico, la presencia en ella de grandes figuras del arte y las letras (o del arte de las letras). Se siente como si allí todavía pudiésemos charlar con el Dante, como si viésemos al gran zurdo dibujar y soñar, o al mismo Cellini vivir a punto del escándalo. Florencia tiene esa gracia, ese don extraño en las urbes contemporáneas de ofrecer evocación y a la vez vivencia de profundo goce espiritual. No puede ser sentida, in situ, como una ciudad del ayer glorioso, sino como una suma de ayeres que es su fantástico hoy, su aquí y ahora de suma temporal. Si el aleph se pudiera materializar, un punto que reuniera todo el espacio y el tiempo, es posible que no haya otro lugar mejor en la tierra que esta bella Florencia, competidora de la mítica Jerusalén, capaz de imponerse en su singularidad a las galas de las bellas París, Venecia, Praga, Londres y tantas otras maravillas citadinas europeas.

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