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La Riso, diez años después (Parte IV y final)
Ricardo Riverón Rojas , 08 de marzo de 2010

Para que un libro alcance significación real en la comunidad literaria, tiene que cumplir plenamente su ciclo de receptividad, mucho más amplio que el espacio inmediato donde transcurren la vida y actividades del autor, pues depende también del reflejo mediático que propicia la crítica, así como de su inserción, aunque solo se concrete de manera ancilar, en el universo académico.
 
Retomo con el aserto anterior —y concluyo con el presente texto— mis razonamientos sobre el impacto de la política de expansión editorial, que en el año 2000 el Instituto Cubano del Libro instrumentara, con el propósito de dotar de tecnología y soporte material al «programa de ediciones territoriales», nacido en las provincias entre mediados de los años ochentas y principios de los noventas.

Para comenzar el resumen, propongo que nos detengamos en el punto coyuntural: aquella trascendente pregunta hecha por Fidel, que en esencia parafraseo: «¿Qué puede hacer con su original alguien que escriba El Quijote en un municipio?» Al enfocar tal dilema, no pierdo de vista que el líder de la revolución acudió a un ejemplo extremo, y en su pregunta quedaba implícito que no podíamos permitirnos que un original, de semejante valor, naufragara en el implacable mar del fatalismo geográfico. No obstante, al diseccionar con los ojos de la receptividad crítica y académica lo producido en estos diez años, aun con dudas aventuro algunas (probablemente imprecisas) respuestas.
 
En el supuesto de que alguien hubiera escrito semejante original (o algo parecido que concretara un atendible nivel cualitativo), en las desventajosas condiciones de un territorio periférico, seguramente ya a estas alturas alcanzó a publicarlo en la editorial de su provincia (antes del 2000 hubiera podido hacerlo también, aunque esperando un poco más), solo que en una edición bastante lejana aún a lo mostrado por la escuela cubana de edición. También, sin duda, ese libro fue vendido y promovido en la localidad y provincia de origen del autor, mientras una exhausta cifra que oscila alrededor del quince por ciento de la tirada circulaba por el resto del país.

Aunque me desvíe un poco del centro de mi argumentación, abundo sobre ese dato (¡el quince por ciento!, ¿quién, con tan científica precisión, lo habrá determinado?). Si conocemos que la abrumadora mayoría de los títulos de este programa, después del año 2000 cuentan con tiradas de quinientos ejemplares, tras una mínima operación de cociente concluimos que ese quince por ciento agrupa la escuálida cifra de setenta y cinco. Y en el caso de que la tirada fuera el doble; es decir: mil (lo máximo permisible) hablamos de ciento cincuenta. No se demanda mucho cálculo más para saber que matemática, cultural y geográficamente en ninguno de los dos casos el lote alcanza siquiera para enviar un libro a cada municipio del país. Consideremos no obstante que, según se consigna en las últimas páginas de cada título, estos se distribuyen a todas las librerías Ateneo del territorio nacional, en virtud de lo cual, la cifra de cinco ejemplares por provincia, en el primer caso, y de diez en el segundo, nos parece un poco más «generosa». Ya me imagino a los interesados en algún título, saltando sobre las distancias y el raquítico sistema de transporte intermunicipal cubano, desde sus municipios hacia las capitales, para no quedarse sin un ejemplar del texto que necesitan o quieren leer. Y de cuya existencia, con toda seguridad, no se enteraron por la prensa.
 
Contrasta lo anterior con las tiradas promedio de dos mil ejemplares de la etapa previa al año 2000, y con la voluntad de la Distribuidora Nacional del Libro de adquirir más del cincuenta por ciento de la producción. El lote obtenido entonces permitía una distribución visible para el mercado (léase lector), la crítica, las bibliotecas y la Academia. Eso me consta, pues en provincias extremas como Guantánamo y Pinar del Río vi por aquellos días libros de Ediciones Capiro.

Considero necesaria, con perdón de los lectores, otra digresión: el impacto alcanzado por los grandes circuitos de comercialización de la literatura a nivel global, que han acabado por imponer con fuerza de monopolio: modas, modos, estilos, temas, enfoques, y son en gran medida culpables de muchas de las aberraciones derivadas de transmutar al libro en mercancía, nos advierte no obstante, en buena medida, que del factor mercado se derivan invadeables consecuencias estéticas, a veces también válidas, por mucho que lo neguemos con programáticos y enfáticos argumentos, pues un mercado eficiente, como el que aspiramos a tener en nuestro socialismo, sería quien pondría los libros en todas las manos adecuadas, para cerrar de esa forma el ciclo de su receptividad.

Volvamos entonces al autor del «libro municipal» que analizamos. Es un hecho real, como ya dije, que tuvo garantizadas actividades de promoción de su texto, en medio de un entramado de encuentros autor-público algo caótico en lo tocante a las jerarquías, el atractivo (y renovación) de los formatos y la sobresaturación. Lamentablemente, pese a tanta presencia pública, la crítica no se enteró del suceso, y la Academia mucho menos. Y para colmo, corrió el riesgo de que el resultado del costoso esfuerzo no llegara, al menos, a cada biblioteca provincial.

Llegado a este punto opino, que los libros insignia de las editoriales con sede en provincia debían acceder, en condiciones de igualdad con los de las casas nacionales, a la plataforma de promoción que nuestra escasa realidad mediática amplifica. Digamos, entre otras cosas, ingresar al listado de  títulos que el Instituto Cubano del Libro circula previo a la organización de esas ferias provinciales del libro, eufemísticamente acogidas al calificativo de «internacional», por el hecho de que con ese carácter nacen como evento madre en La Habana. Si tal hecho se concretara, se les abrirían a los libros de la Riso las puertas del programa de esos eventos, de manera legítima y no mediante transacciones personales de sus autores con los organizadores de cada territorio, a veces con la oposición de la instancia nacional, esto último sobre todo en su etapa inmediata anterior, la de mayor verticalidad directiva que he conocido en la institución en los últimos veinte años.
 
Al meditar sobre todas estas problemáticas, añado que el reflejo de estos libros en los medios, pese a los reclamos vertidos en muchos foros de debate, ha caído en saco roto. Los ejes principales en el sistema de validación crítica apenas los tienen en cuenta y, cuando magramente lo hicieron, predominaron lo noticioso, elogioso, o denostador a ultranza. Y conste que identifico como «ejes principales en el sistema de validación crítica» a las revistas especializadas de mayor impacto, como La Gaceta de Cuba, Unión, El Caimán Barbudo, etcétera, junto a todos los medios masivos de difusión (los más indiferentes), y en alguna medida el aún mal llamado Premio de la Crítica.

No paso por alto, que también los pronunciamientos de los principales intelectuales del mundillo literario, podrían aportar validaciones de diversa índole a tan «valiosos» textos, solo que hasta ahora lo que más he escuchado, son devaluaciones y lo que más he visto, son miradas dubitativas por encima del hombro.

Abundo: en torno a lo que producen las casas editoras nacionales, más lo que aportan los resultados de ultramar y los pugilatos de grupos concentrados en torno a intereses estéticos, raciales o sexuales, se ha estructurado (¿atrincherado en cenáculos capitalinos?) un sistema de validación crítica, autoritario y miope, que no alcanza a «ver» y evaluar correctamente estas ediciones y conferirle a cada libro, o proceso expresado en un conjunto de libros, el sitio que merecería. Y no son los críticos los mayores o únicos culpables, aunque algún gesto desdeñoso he percibido, sino el propio sistema de trabajo de estas ediciones, que por una parte no permite que los libros lleguen de manera natural a todas las instancias críticas del país, y por otra tampoco consigue interesar a los analistas.

La Academia, con su habitual cautela, se ha distanciado más aún. Recuerdo que cuando me incorporé a este programa, en 1990, enfatizamos mucho en una de las líneas de trabajo que nos sugiriera el Instituto Cubano del Libro: el que mediante intercambios dialógicos nuestros autores y procesos llegaran a conocerse por los estudiantes de distintos niveles, especialmente los universitarios. En virtud de aquello establecimos, por convenios de común interés, la celebración de los «Días del escritor» en los centros, con sus enjundiosos encuentros extracurriculares, de donde se derivaron trabajos de grado y de diploma sobre algunos resultados literarios destacados.

Tal fue el caso, en nuestra provincia, de los estudios sobre la obra de Carlos Galindo Lena, Félix Luis Viera, Agustín de Rojas, Luis Cabrera Delgado, más los análisis panorámicos sobre la poesía y la narrativa villaclareña (de 1996), cuyo soporte bibliográfico más nutrido fueron los libros de las editoriales del territorio. Ganamos públicos —bien lo recuerdo— y el necesario componente autorreflexivo,  que exige la dinámica de cualquier proceso literario que aspire a acercar los polos autor-receptor. Hoy, al menos en mi entorno más cercano, no percibo una voluntad de confluencia similar, y tampoco conozco pronunciamientos programáticos de la instancia rectora nacional sobre el tema. Lo que concretan el Festival Universitario del Libro y la Lectura (FULL) y las ferias del libro padece como flaquezas lo puntual y lo discontinuo. Hemos vuelto a ser —escritores y estudiantes universitarios— mutuos y amables desconocidos, que hasta saludos cordiales y conversaciones intrascendentes intercambiamos al cruzarnos en la calle. Lo triste es que en algún momento reciente de nuestra vida literaria esta pareció una batalla ganada.

Los razonamientos que hasta aquí he estructurado, por su dureza, podrían resultar dolorosos. En busca de algún equilibrio proyecto mi mente hacia lo positivo y concluyo que el programa de «los libros de la Riso», no solo complementó el ya existente y concretó su consolidación, sino que en la operatividad cultural de varios territorios jugó, en efecto, un papel fundacional, pues algunas provincias, hasta el 2000, dormían casi plácidamente el sueño y la inercia editoriales, de manera que muchos de los sellos creados diez años atrás solo existían en su cota simbólica.

Precisamente, por lo antes expresado insisto en que ya es hora de proponerse una renovación de las pautas que guiaron los primeros diez años de labor.

Ya no existen Cervantes inéditos en los municipios (creo que nunca existieron en todo el territorio nacional), y si alguno nuevo surgiera, ya se montó una infraestructura que salva a su manuscrito del letargo eterno en la gaveta. Se hace imprescindible que retomemos entonces la pregunta de la cual partimos, y que justamente orientaba instrumentar oportunidades con el noble propósito de que quien fuera capaz de escribir un texto de calidad, no encontrara en su camino un obstáculo tan tonto como el de residir en un sitio geográficamente desfavorecido. Ya el conflicto de este autor emergente no es con el editor, sino con un circuito comercial donde no se inscribe plenamente, y también con el promotor, el crítico y el estudioso de la literatura. Estaríamos, pues, ante un sinsentido puramente numérico, que a mi modo de ver comenzaría a resolverse reduciendo el número de títulos a favor del incremento de las tiradas, para propiciar que lo producido en esas editoriales se convierta en un hecho cultural, visible para los lectores de toda la Isla.

Pero con eso no bastaría. Las soluciones igualitarias siempre resultan más injustas que la propia desigualdad (me excuso, Pero Grullo). El Instituto Cubano del Libro debe cuidarse de pasar de nuevo la frota igualitaria, como hizo en el 2000, al desconocer olímpicamente las desigualdades derivadas del esfuerzo y el pensamiento culturales de avanzada, que ya mostraban algunas provincias, con lo cual prácticamente obligó a todas las editoriales a acogerse al estatus risográfico. Cualquiera que hubiera observado, aunque fuera someramente, los procesos de esos territorios hubiera percibido que ya varias de las casas editoras existentes merecían, con la misma inversión, encaminar sus pasos hacia otros rumbos más profesionales en términos de impresión, circulación, y acceso a los medios y la crítica. Transcurridos los últimos diez años, otro grupo de provincias ha demostrado merecer también su ingreso en aquel pelotón de avanzada. Pero una buena parte de ellas aún debería transitar —solo por un tiempo más— el camino por el que hoy andan. En identificar el nivel alcanzado por cada editorial de este sistema, debía concentrarse el Instituto Cubano del Libro para establecer, a partir de un diagnóstico certero, nuevos estatus jerárquicos.

Es hora de optimizar recursos. Sigamos buscando al autor de un nuevo Quijote, donde quiera que pueda surgir y, si aparece, hagámosle el favor de llevarle su texto, en una edición digna, a la mayor cantidad de lectores, críticos, periodistas, profesores y alumnos posibles, lo más rápido que lo permitan nuestra economía y nuestro pensamiento cultural, una vez más renovado.

Santa Clara, 1 de marzo de 2010