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La soledad del tiempo: ética y escritura
Marilyn Bobes , 08 de marzo de 2010
Según el notable novelista inglés Martin Amis, «la fase actual de la literatura occidental es, sin discusión, la autobiografía de alto nivel, intensamente autoindagadora».
   
Empezó —dice este escritor— con la baba del confesionalismo, pero ha logrado estabilizarse y persistir. No más historias ajenas: el autor se halla cada vez más comprometido con la intimidad individual.
   
La soledad del tiempo, de Alberto Guerra Naranjo, muy bien pudiera inscribirse en esa tendencia, a no ser por la hibridez resultante con esa indagación también social, que el crítico cubano Alberto Garrandés señala como característica de la narrativa cubana de los 90, junto a la proyección de la individualidad, el regreso al espacio del sujeto y el ámbito culturalizado, que comienza a identificar a la prosa de ficción de este milenio.
  
Como lo asegura Sergio Navarro, el narrador protagonista de esta singular historia, publicada por Ediciones Unión y presentada en esta Feria del Libro, el autor se propone «una novela donde realidad y ficción se entretejen de modo natural, sin costuras, como si en el propio acto de colocar las palabras, la vida fuera distinta y a la vez muy parecida al entorno…»
  
Y es que, al margen del desarrollo argumental, La soledad del tiempo es también una suerte de poética, una reflexión sobre la escritura, la ética y esas conductas que se despliegan en una sociedad como la nuestra, todavía plagada —según la visión que Guerra nos muestra— de innumerables inescrupulosidades, tanto en la vida cotidiana como en el entorno propiamente literario.
 
La trama es sencilla y complicada al mismo tiempo. Tres personajes principales, todos escritores, luchan en el contexto de supervivencia que caracterizó a Cuba, después del desplome del campo socialista, para ganarse la vida y conseguir el reconocimiento social que todavía no poseen. Pero las circunstancias objetivas y subjetivas harán que sólo uno de ellos alcance este último propósito valiéndose de una muy censurable actuación personal.
   
Toda la acción, contada a partir de transgresiones espaciales y temporales, convierte a la novela en un texto de gran eficacia narrativa que no impide una exposición clara y decodificable para cualquier tipo de lector. En definitva: esta novela sobre la escritura tiene entre sus méritos el de resultar accesible y entretenida a pesar de todos sus referentes intelectuales.
  
La soledad del tiempo no es —ni mucho menos— una novela complaciente. No tiene un final clásicamente feliz y resulta implacable en la exposición de miserias y bajezas humanas, descritas con toda la crudeza imaginable.
  
Puede resultar, incluso, una novela molesta para quienes pudieran verse retratados en personajes que muchas veces parecen extraídos de la realidad o prototipos de ciertos sectores del mundo literario, pero que, al cabo, deben ser interpretados como criaturas de ficción.
  
El tema de la discriminación racial —muy poco o nulamente tratado por los narradores cubanos de las últimas promociones— aparece en este libro, aunque no constituya el eje fundamental de un argumento, que abarca mucho más en sus pretensiones testimoniales del período en que se desarrolla la trama.
   
Como dije en la nota de contracubierta de esta primera edición, se trata de una obra de madurez que, en mi opinión, se encuentra entre las mejores publicadas durante el principio del milenio en nuestro país.
 
Ojalá que otros lectores y críticos compartan conmigo este entusiasmo. Pero si así no fuera, solo nos queda el futuro, ese que siempre dirá la última palabra.
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