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La realidad de una leyenda
Ricardo Riverón Rojas , 22 de marzo de 2010

No piense el lector que al enfrentarse al volumen Limendoux, leyenda y realidad, del infatigable investigador René Batista Moreno, asistirá solo al desmontaje de una leyenda, o a su confirmación en el dominio de lo real. Quien se involucre en los vericuetos de esta historia, accederá a numerosos espacios sin crédito en el relato oficial; al relleno de esos vacíos que, sin embargo, aportan cuerpo y vida al entramado proteico de lo aún no escrito en nuestra Historia. Hablo, por supuesto, de la incorporación de lo popular —en su magnitud intrahistórica— al catálogo de los grandes acontecimientos, estrategias, ideologías, y movilizaciones que definen nuestro algoritmo histórico.

Se ocupó Batista Moreno, en esta investigación iniciada hace más de cuarenta años, de transmutar en una propuesta lógica las hipérboles y distorsiones donde dormía embarrancada la leyenda de Juan Ruperto Delgado Limendoux (reconocido por muchos como uno de los más grandes improvisadores de décimas de inicios del siglo XX cubano) para así traérnoslo, con el custodio de la documentación acreditada y la voz de personas que lo conocieron, hasta el espacio coherente de un libro donde se conjugan sucesos históricos, anécdotas inéditas, claves biográficas y hasta materiales gráficos, para de esa forma reintegrarlo al patrimonio de la cultura patria en toda su humana dimensión.

Se encontrará el lector en estas páginas, armadas como rompecabezas antropológico y casi arqueológico, con las virtudes, defectos, carencias, sapiencia  y hasta aberraciones de una persona especialmente dotada para un arte, que supo remontar las desventajas de su raza y extracción social e imponer su talento y genio en los espacios horizontales de la receptividad popular.

La mano experta del investigador supo articular la información, en un alto porciento testimonial, con suma coherencia, de manera que asistimos a una especie de trama novelesca de extracción romántica. Desfilan por esta historia: la niñez desvalida del genio, su díscola condición de artista, los valores patrióticos, que lo llevan a participar como combatiente en la gesta independentista de 1895 y otros avatares bélicos, el componente amoroso, con su crimen pasional adjunto, el final trágico del poeta, muerto de tuberculosis en la prisión, y más que todo, un sinfín de anécdotas donde la psicología del artista aflora en toda su contradictoria complejidad.

Cabe aquí elogiar el olfato investigativo del autor, quien en el lejanísimo 1968 se lanzó a destejer y armar adecuadamente los hilos de esta compleja y casi inextricable leyenda. Esa temprana dedicación, unida a su implacable persistencia —de la que he sido testigo y en ocasiones colaborador— le aportó la paciencia y fe con que enfrentó, durante décadas, la indiferencia editorial frente a su inusual pesquisa. Gracias a ello también alcanzó a entrevistar a las últimas personas vivas que conocieron a Limendoux, pues tal como consta en el libro, todos nacieron en el siglo XIX y fallecieron hace años. De no haberlos “atrapado” René, todos estos “sabios” se hubieran llevado al infinito sus tesoros.

Hechos insólitos hallaremos en estas páginas, como las controversias que en la tropa mambisa organizaba el general Quintín Banderas, así como el rescate —pudiéramos llamar metodológico— de la controversia en toda su gama de variantes lúdicas. A lo anterior se añade el dibujo de la riqueza expresiva que matizaba la vida del campo y los pueblos de entonces, así como la velada —y en ocasiones abierta— denuncia de los prejuicios y perjuicios de la discriminación racial, la politiquería, la venalidad de las leyes y el abusivo sistema penitenciario de una república que naciera mutilada, tras una guerra de liberación que concluyó con una ocupación militar y nunca concretó el proyecto liberador y justiciero que animara su programa de lucha.

Comienza el volumen con un texto del propio Batista Moreno, que esclarece lo torcido de la leyenda y da fe de sus búsquedas, repito que azarosas y fértiles. Continúa con la larga cadena de testimonios (en mi opinión el núcleo principal para la desmitificación de la figura investigada); les siguen los documentos y materiales gráficos de apoyo, que les confieren veracidad a muchas de las informaciones vertidas, y sigue otra parte que también considero medular: dos de las más famosas controversias de Limendoux: con Gregorio Morejón y con  Octavio Ordóñez Santana. En torno a estas, que fueran las que más contribuyeron a consolidar y perpetuar la fama de quien se conoció, en su actividad poética, con el seudónimo de El Negro Vate Sagüero, el investigador aporta elementos esclarecedores, pues contrario a lo que muchos piensan, no fueron controversias improvisadas, sino escritas por Limendoux cuando ya era cautivo en el castillo de El Príncipe. La pesquisa deja claro que dichos pugilatos, con el permiso de los poetas implicados, Limendoux los escribió y publicó, en forma de folletos, en la imprenta de la prisión, de donde salieron para hacer un largo recorrido, hasta 1958, con numerosas reediciones que circularon profusamente por campos y pueblos, hasta que la historia de su origen se fue desdibujando en la larga cadena transmisora, de manera que quedó establecida, en el imaginario popular, la versión de que se trataba de combates poéticos improvisados.

Aquellos encuentros poéticos acabarían marcando, con fuerte impronta, la estética del arte repentista, pues inauguraron el estilo de la controversia didáctica de preguntas y respuestas: una modalidad que los artistas del género repetirían sin cansancio durante décadas. Veamos un mínimo y delicioso ejemplo: el intercambio que inicia la controversia Limendoux-Ordóñez Santana:

LIMENDOUX: —Usted por aquí paseando,
  Santana. ¿Qué hay de salud?

ORDÓÑEZ: —Yo me hallo bien, Limendud,
  Y lo andaba procurando.
  Hace algún tiempo vagando
  estoy como el peregrino    
  sin hallar en mi camino
  un ser que por su cultura
  me diga en metros la altura
  que tiene el Pico Turquino.

LIMENDOUX: Dicho pico en la espesura
  del monte más reluciente,
  en los límites de Oriente
  ostenta esbelta figura.
  Desde la extensa llanura
  esparcida ante sus vientos
  se divisan sus cimientos
  frente a bellos cafetales
  y de alto en metros lineales
  tiene dos mil cuatrocientos.

El resto del libro deja constancia de fuentes, bibliografía, y agradecimientos del autor a quienes aportaron algún gramo de verdad, o de gestión, para que el aparentemente utópico proyecto iniciado en 1968 terminara siendo el libro que ya es.

Limendoux, leyenda y realidad es uno de esos raros ejemplares a que nos viene acostumbrando la literatura villaclareña, desde las realizaciones de Samuel Feijóo, José Seoane Gallo o Ana María Arissó, hasta los días que corren: un documento de género inclasificable, que oscila con buen equilibrio entre el testimonio, la monografía, la novela, la investigación… Y en esa misma ambigüedad genérica radica, quizás, su mayor grandeza, pues lo que sí resulta indudable es que estamos ante un esmerado y acaso desconcertante documento etnológico capaz de aclarar, para la Historia de los procesos culturales, la vida, obra y legado de una de las grandes figuras de la cultura popular de nuestra nación.

Santa Clara, 19 de febrero de 2010