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El poeta grancanario Justo Jorge Padrón
Virgilio López Lemus , 25 de marzo de 2010

Muy nítidamente tengo en mi memoria aquel año difícil de 1989, cuando la Unión de Escritores y Artistas de Cuba me designó para que representara a los poetas cubanos en el Festival Las Noches Poéticas de Struga, en Macedonia, a la sazón aún república federada de una Yugoslavia a punto de desaparecer. Hice un viaje para mí fantástico: sobrevolamos París; estuvimos una hora en un avión checoslovaco en el aeropuerto de Orly, sin descender de la nave; llegamos a Praga muy tarde, de madrugada ya; y muy desorientado, tuve que guiarme por unos viajeros etíopes que, al igual que yo, al día siguiente continuarían para Belgrado. Pasé luego todo un día en esta ciudad y en la noche partí hacia el aeropuerto de Ohrid, de nuevo en la madrugada llegué al Hotel Continental, junto al lago de Ohrid, un sitio realmente lleno de belleza.

Dos días después, comenzó el Festival, y me uní bastante a las delegaciones española y argentina. De inmediato, conocí a los poetas Jorge Ariel Madrazo y Juan Octavio Prenz ,y a los españoles José Gerardo Manrique de Lara y Justo Jorge Padrón. Recuerdo que mi primera charla con este último no fue tan cordial, más bien un poco seca, pero le prometí darle uno de mis poemarios (El pan de Aser) y él me daría alguno de los suyos, de modo que horas más tarde hicimos el intercambio y comenzamos una amistad que ha durado en el tiempo.

Justo Jorge Padrón (Las Palmas de Gran Canaria, 1943), cabría en el libro Los raros de Darío, sobre todo por la diáfana peculiaridad de ser uno de los poetas más trabajadores, productivos y eficaces que yo haya conocido, si tales términos fabriles caben en la «producción» poética. En el año en que lo conocí, ganaba el Premio al mejor poema del Festival de Struga, por «La mano que te escribe». Era sólo un galardón menor en una cadena continental de premios, que lo convertirían en breve en uno de los poetas españoles más laureados quizás de «todos los tiempos»: Accésit Adonais 1970, Boscán 1972, Internacional de la Academia Sueca 1972, Fastenrath de la Real Academia Española de la Lengua 1977, Zeus de Grecia 1986, Corona de Oro de Struga 1990, Orfeo de Bulgaria 1990, Blaise Cendrars de Suiza 1994, y muchos más en Europa, Estados Unidos, en la India, y otros sitios.

A partir de ser el creador y organizador del Festival Internacional de Poesía de Las Palmas de Gran Canaria, tuve el privilegio de ser invitado a todas sus ediciones, ocho en total, a partir de 1996. Se me ofrecieron así, dos grandes oportunidades: ganar la amistad del poeta y conocer mis añoradas y ancestrales Canarias.

Las Islas Canarias han tenido privilegios únicos: paisajes como para escenario de cuentos de hadas, repartidos de maneras bastante diferentes en siete islas pequeñas y otras siete minúsculas, casi rocas marinas. Allí nació el primer poeta «cubano», Silvestre de Balboa, aquel que escribió Espejo de paciencia, dado a conocer en 1608, octavas reales de mayor interés histórico que propiamente lírico. Andando los siglos, las Islas darían un notable poeta modernista: Tomás Morales (Tenerife, 1884-1921), autor de una hermosa «Oda al Atlántico». A la par, las fervorosas Canarias iban poblando con sus gentes abnegadas y laboriosas grandes zonas de la América Latina, y formaron durante siglos, el puente natural para los viajeros desde el Viejo al Nuevo Mundo.

Ya no podría discutirse que Justo Jorge Padrón ha sido el mayor lírico que las Islas han ofrecido, sobre todo tras la edición de dos gruesos volúmenes entre líricos y épicos, partes de una vasta serie que de manera diferente emulan ya con los Episodios nacionales de otro canario célebre: Benito Pérez Galdós. Me refiero a Hespérida I (Canto Universal de las Islas Canarias), de 2005 y Hespérida II (La gesta colombina), de 2008, más Hespérida III, de 2010. Tan vasto proyecto poético no se lo había siquiera trazado poeta alguno en España, desde los tiempos de Lope de Vega, cuantitativamente es asombroso y su escritura requiere de una disciplina y de un hálito creativo fuera de lo común.

Justo Jorge Padrón había publicado en 1998, en Lisboa, un tomo de 1002 páginas –contando el índice–, llamado Obra poética (1966-1996), en el que obviamente se reunía toda su producción de treinta años, donde sobresalen libros como Los círculos del Infierno (1976), ya traducido y editado en más de veinte idiomas y en todos los continentes. En el 2000 salió en la Editorial Lumen de Barcelona, Memoria del fuego. Poesía completa, donde junta toda su poesía de 1965 al propio 2000, año en que comenzó a elaborar el vasto proyecto de sus Hespérida. En 2002 publiqué en Madrid mi libro Eros y Thanatos, la obra poética de Justo Jorge Padrón, edición poco afortunada, que no me reportó ni derechos de autor ni una distribución siquiera aceptable, por lo que es quizás uno de mis libros más desconocidos e ignorados, junto a los que dediqué a Juan Marinello, Lezama Lima y Severo Sarduy.

La escritura de ese libro, sin embargo, me permitió entrar con mucho más detalle en la vida y obra de este poeta singularísimo, cuya fecundidad y alcance creativo aún me asombran. Lo he visitado en privado en los sitios donde ha vivido en Madrid y en Las Palmas, alcancé a conocer a sus padres en el lugar de donde el poeta es oriundo, y sobre todo, he penetrado en el hogar que forma con la filóloga macedonia Kleopatra Filipovna, con la que tiene una hija, Lara.

Justo Jorge Padrón es un «fenómeno» poético absoluto, ha logrado vivir dentro de un mundo que gira en función de su propia obra, de su creación, lo que va desde las finanzas domésticas hasta el tiempo casi total de su vida. Su «religión», su fe, su credo y su praxis vital, pasan por el meridiano de la Poesía como hecho cósmico, fuerza o energía de la naturaleza que el poeta es capaz de descifrar y traducir en palabras. Él es un artista consumado de la palabra poética y, viniendo de la escuela de Vicente Aleixandre, de manera parecida al maestro de Sombra del Paraíso (1944), se mueve entre endecasílabos, alejandrinos y heptasílabos acompañantes. Hay, por sobre estas cercanías formales, diferencias hondas y marcadas entre ambas poéticas, que la crítica especializada se ha ido ocupando de subrayar. Lo he visto enfebrecido buscándole solución ya no a un poema, sino solo a un verso, que repite de manera obsesiva hasta que logra «su definición mejor», según el verso lezamiano. No quiere, no permite que la poesía se le escape una vez atrapada en sus redes lexicales, y para ello es un obrero del verso, un trabajador afanoso que no puede apartarse de su texto hasta que no le complace de la mejor manera posible. Apenas se puede conversar con Justo Jorge (y debe tenerse en cuenta que Jorge es su primer apellido y no segundo nombre) de otros temas que no traten sobre poesía, sobre su poesía, en particular, acerca de la que está escribiendo en el momento del diálogo. Uno podría figurarse que un infantil narcisismo, a lo Freud, le exacerba aquel tono personal, que para algunos puede ser vanidoso, cuando en verdad brota del fuego intenso de su volcán creativo. Justo Jorge Padrón es una suerte de Teide en perenne erupción poética.

¿Por qué un creador de tal intensidad tendría que ajustarse al molde humano de la «modestia» y recogerse para no parecerle a los demás demasiado egocéntrico? Él es un poeta excepcional, dotado por la naturaleza con un gran poder de transformación del suceso cotidiano y de la historia en versos de aliento largo, y no es que yo me figure tal definición, sino que ya es bastante visible el cúmulo extraordinario de letra impresa bajo su nombre. Es vieja la idea de que las personas excepcionales no deben ser juzgadas o medidas con patrones de nuestra mediana existencia. Justo Jorge Padrón demuestra con su obra, la extraordinaria sensibilidad y capacidad expresivas que se acumulan en él, de lo que ha sido resultado una obra poética extensa e intensa.

Lo he visto con mis propios ojos, entregarse a su trabajo hasta la quiebra de la salud, o hasta rodearse de excesiva soledad y angustia, en medio de su fervor creativo. Lo he visto yo mismo, sin testigos intermedios, arder en una fiebre muy intensa por hallar la palabra precisa, el conjunto armonioso de palabras que expresen su idea en ciernes. Para él, la poesía no se hace sólo con palabras, según la idea mallarmeana, sino también con pensamiento, con una entrega total al hecho creativo a cambio de renunciar al boato público, a la buena vida que podría darse en otro oficio, en razón de la clase social media alta en que nació y en la que pudo hacer larga fortuna.

Justo Jorge ha ganado muchos premios y le han importado, le han ofrecido «combustible» a su ego creativo, lo han alentado y lo han frenado convenientemente. En España, hoy mismo, apenas hay miradas dirigidas al reconocimiento de lo que hasta ahora (2010) ha logrado, y un silencio poco penetrable se cierne sobre su nombre, ni siquiera es propuesto para ninguno de los altos galardones que ofrece su país natal, si bien las Islas Canarias lo han honrado con cuanta distinción pueda serle dada allí.
 
Pero yo no conozco en intimidad al poeta del lauro, sino al hombre que ama intensamente a su familia, y a la vez defiende su tiempo de escritura con todas sus fuerzas. Vive para la poesía, y para ello hay que tener, hoy día, una fe a toda prueba, en medio del creciente consumismo, del tope a que ha llegado la posesión de objetos materiales, de confort y derroche. Nunca he hablado con él acerca de la calidad de un perfume «de marca», o de ropas «de moda». Con Justo he departido acerca de poetas y de poesía. Un día en su casa madrileña me asombró que supiera de memoria el popular «pasarás por mi vida» del «Poema del renunciamiento» de José Ángel Buesa, un poeta neorromántico cubano situado en las antípodas de su labor. Conoce la poesía hispanoamericana con detalle y lujo, y, por supuesto, es un consumado lector de la poesía española, europea e internacional. Pero Justo Jorge Padrón tiene conocimientos para la poesía, todo su saber ha crecido en función de la creación poética, a la que rinde incluso su propio sentido de la intuición. En otro rango de la vida, es un supremo muchacho sexagenario que se pelea con sus amigos o los quiere intensamente, que juega con su hija o admira al mundo con una mirada de descubrimiento constante. No he visto en él rasgos de lo que podría llamarse «maldad», porque su mundo gira en torno a la poesía y no alrededor de la vivencia cotidiana, del día a día acumulativo y de rápido olvido, debido a que él trabaja para la memoria. Y una memoria que se quema en la intensidad de fijar el instante raro de la emoción, no podía ser otra cosa que una Memoria del fuego. Los otros «elementos» (aire, agua, tierra y hasta la misma «quintaesencia») deben girar en torno a esa fuerza transformadora del cosmos, productora de luz.
 
No rendirse ante nada, vivir con ese sentido volcánico dentro de sí, mirando hacia las grandes extensiones atlánticas, parece ser la divisa de una vida que no parece dejar detrás una biografía mejor que la de sus propios libros. Libros digo y no poemas aislados, porque también en ello Justo Jorge Padrón es un raro: cada poema suyo forma parte de un conjunto mayor que conforma libro, que no es una mera suma, no es un recipiente donde se vierten años de creación de textos aislados, sino venero poético creado en sentido de conjunto.

No tengo la menor duda de que me refiero a un poeta excepcional, y esa excepcionalidad ya no radica en que se reconozca su obra mediante lauros más o menos elevados, sino en su fuerza creativa demostrada libro tras libro. Justo Jorge Padrón ha ido convirtiéndose con su vida en un paradigma de poeta total, que ha hecho de la poesía la razón fundamental de su vida.

Virgilio López Lemus, 2017-11-13
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