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La Aldea es (también) la Nación

Ricardo Riverón Rojas, 08 de abril de 2010

Con el enunciado que encabeza estos razonamientos no parto de una idea separatista, sino integradora, pues mi propósito es validar una vez más, desde mi atalaya periférica, la representatividad de ciertos procesos culturales que se expresan, hoy, a lo largo de la geografía cultural cubana. Por tal razón quisiera que dicho enunciado se leyera también, connotativamente, como antípoda de «La Aldea tragada por la Nación». Propongo, obviamente, asumir con toda su gama de matices las marcas que pudieran sumarle, desde lo regional, diversidad y vigor a lo nacional. Mi énfasis casi microscópico en lo villaclareño responde solo a que con las aguas culturales de esta región he nutrido la mayoría de mis observaciones. Lo asumo como limitación y no obstante enfrento, también yo, el riesgo de la impugnación proveniente de determinadas regiones del país, sobre todo aquellas donde la tradición registra cualidades diferentes de las que describo.1

El oxímoron de que me auxilio para convertir en pariguales los conceptos de aldea y nación, más que gratuito, lo expongo como reivindicativo de la identidad comunitaria sin circunscribirla a la concepción de micromundo con que actualmente la manejan, pues en nuestras sociedades tercermundistas una de las deformaciones estructurales más tácitamente aceptada es la de una pasmosa concentración de procesos, instituciones culturales y protagonismos mediáticos en las capitales administrativas. A una buena parte de las tareas culturales gestadas en las regiones no capitalinas les sirve el sayo de «obras más frágiles, (…) destinadas a grupos muy limitados de espectadores»2 con que Ignacio Ramonet define a los productos culturales que en el contexto global capitalista resultan excluidos del mercado de la imagen.

En el complejo entramado social cubano, portador del ideal justiciero socialista, la engañosa igualdad de las legislaciones, irradiadas al bulto hacia todos los territorios, más de una vez ha arrastrado consigo la falacia de su operatividad fáctica. Legislar tomando en cuenta los matices regionales resulta casi imposible, aun cuando la representatividad parlamentaria sea plena —que nunca lo será del todo—, pero en el caso de las leyes y resoluciones culturales, un modelo social como el nuestro debía abrir un amplio registro para su operatividad, de manera que los elementos diferenciadores, determinados por tradiciones regionales autentificadas, puedan hacerse efectivos sin contradecir lo establecido para toda la nación. Las diferencias que dichas tradiciones legitiman, lejos de resultar fragmentarias y autocomplacientes, aportan diversidad y riqueza, y suelen ser muy resistentes y reacias a lo igualitario, muchas veces implícito en las estrategias globales.

Un muro subjetivo de sinuosos e imprecisos bordes impide la inserción, en las plataformas centrales de discusión cultural, de ciertas (escasas) tesis enfocadas a comprender como fundacionales, o precursores, los razonamientos de quienes estudian y articulan proyectos de esta naturaleza y apenas alcanzan a expresarlos con sordina en espacios alternativos de resistencia (subalternos e invisibles para los medios), en pos concretar reclamos que como norma reciben el desdén o, cuando más, la mirada compasivo-paternalista. Para subsistir sin la hibridación reductora a que a veces los someten los procederes autoritarios emanados de instancias ejecutivas nacionales, estos analistas deben cruzar la alta valla peyorativa de calificativos como provinciano. Se sustenta tal actitud sobre un prejuicio heredado de la peor tradición discriminatoria occidental: el holograma del provinciano obtuso, cuya constreñida visión le impide reconocer y comprender en su grandeza el panteón iluminista que la metrópoli engendra y sostiene.

En Cuba socialista bien que pudiéramos plantearnos el tema en términos diferentes, a tono con el ideal marxista y con una política educativo-cultural que a lo largo de medio siglo sembró inteligencia en todo el mapa de la Isla. La negativa de los líderes regionales a inmolar los procesos autogestados en su entorno en la pira del discurso hegemónico de una capital devenida, por virtud metonímica, nación, acaba resultando conflictiva, pugnaz y sostenida en condiciones desventajosas para ellos. En la primera década del presente siglo, momento en que el eje central de la administración literaria quiso ceñir a su órbita las descentralizaciones enriquecedoras que el Período Especial estimuló en el decenio precedente, los portavoces del beneficio que algunas de aquellas políticas excéntricas introdujeron para los procesos de tierra adentro, como debieron nadar a contracorriente, recibieron como devaluación pública cocinada en cotos de pensamiento burocrático institucional capitalino, el calificativo de hipercríticos, de donde se irradiaban, como sesgo, neblinosas connotaciones políticas.

Tal conflicto tuvo su expresión más visible en la reactivación de un cuerpo de orientaciones igualitarias (me atengo de momento a lo literario, emanado del Instituto Cubano del Libro) que puso a todos los procesos regionales de estas disciplinas a girar en torno a ideologemas falaces que establecían a priori determinadas calidades no verificadas por la práctica, a la par que desconocían visibles diferencias en un desarrollo obtenido a expensas de décadas de pensamiento y esfuerzos fructíferos en esos cotos3. Tal proceder, lejos de halar con los zunchos de la competitividad a los rezagados hacia la cima, empujó a los más desarrollados hacia la medianía adonde se aupó a quienes estaban aún en el punto de partida. Ello se hizo evidente, más que todo, en el rasero igualitario con que se orquestó un discurso público autodenominado inaugural en la estructuración por decreto de casas editoras (que solo por comodidad llamaré regionales) en todas las provincias: casas que, por otra parte, ya existían y debieron soportar el borrón (o la minimización) de sus ejecutorias.4

Muchos sinsentidos se concretaron, y uno de ellos consistió en la designación, en el nivel central, de funcionarios alejados del origen y fundamento cultural de aquellos procesos, quienes ejercieron su autoridad nominal a partir de gruesos brochazos donde hasta la interdicción asomó su fea oreja. Su principal empeño consistió en demostrar, en proceso inverso a la lógica científica, la apoteosis literaria municipal: se les entregó primero el título a los aspirantes para que luego, ya graduados, demostraran sus habilidades. Ruego que se me perdone la metáfora académica, pero no creo que exista otra mejor. Fue esa una de las razones por las cuales esos funcionarios reclamaron a ultranza «representatividad municipal e inclusión de inéditos» en los planes editoriales de nuestras casas, como si ese no hubiera sido desde siempre uno de sus objetivos y como si en la carrera literaria no fuera necesario vencer, con el rigor más esmerado, expedientes curriculares previos a la publicación. Tal desaguisado entró en contradicción con realizaciones regionales que ya habían vencido, con la seriedad debida, aquel estatus falsamente fundacional.

Dicho conflicto, como era de esperar, terminó por reducir la resistencia de los agentes regionales (la soga siempre revienta por el punto más débil), confrontándolos de manera ilegítima con la idea expansiva y justamente democratizadora del programa llamado masificación de la cultura, que según pienso se debió manejar con lógica y acciones menos igualitarias. Cualquier llamado en pos de legitimar diferencias se leyó, al calor de tanto entusiasmo, como reclamo elitista y debió soportar el «mitin de repudio» de las firmas reclutadas para la fiesta democratizadora. La diferencia para la cual se reclamaba respeto, pasó a ser sutilmente tratada, más que como ratificadora de procesos de trabajo, como negadora de la igualdad. La alta intelectualidad «nacional», concentrada en un accionar acogido a otros códigos de puja, con la vista en espacios de mayor amplitud promocional, prácticamente no ha tomado partido en la polémica por considerarla, precisamente, provinciana.

A numerosos sinsentidos fueron sometidos procesos de cuidado rigor que, en el caso de la provincia de Villa Clara (con la cual, como dije, ejemplificaré casi siempre) se cimentaban en una tradición tendiente a retomar y reproyectar lo iniciado por Samuel Feijóo en 1958, al frente de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas y de las revistas Islas y Signos. Tanto la editorial Capiro como el sistema de eventos creados y sostenidos con fruición durante dos décadas, debieron renunciar al crédito de su especificidad y dejarse asimilar por la «nacionalidad» del programa de trabajo del ICL, que para colmo borró de la historia las veintiuna ferias del libro celebradas en la provincia para empezar a contarlas desde el 2002, añadiéndole desde su escasa memoria histórica el adjetivo, más que simbólico, de «internacional».

-II-

Para ningún conocedor de la realidad cultural cubana resulta inauténtico reconocerle protagonismos fundacionales en ciertas áreas de la música popular a la región oriental (pensemos en el complejo del son y del bolero), de las letras a Camagüey o Matanzas (pensemos en Heredia, Plácido, Milanés, Silvestre de Balboa, La Avellaneda), de multiplicidad y originalidad de espacios de intercambio a la propia Matanzas (pensemos en las tertulias de Domingo del Monte), sin que ello implique negarle ese mismo protagonismo, fluctuante, a otros territorios en otros momentos. El siglo XIX cubano mostraba en lo cultural un mapa descentralizado de notable elocuencia. Al respecto conviene recordar lo expresado por el Dr. Hernán Venegas Delgado, en su caso refiriéndose a la Historia Regional, pero perfectamente aplicable a lo literario:

Cuba goza de una amplísima tradición histo¬riográfica regional surgida entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, conjuntamente con su nacionalidad. Se despierta a la sazón una avidez por conocer la vida pasada de lo que el Maestro mexicano Luis A. González ha llamado reciente¬mente como la «matria», es decir, el lugar de nacimiento y su zona circundante; y aun más, agrego ahora, de un poco mas allá, puesto que nuestros colegas y ancestros quisieron conocer acerca de toda la región.5

La región villareña, hacia la segunda mitad del siglo XX ganó protagonismos en lo tocante al rescate de lo popular y la gestación de proyectos editoriales de alto impacto. La paradigmática figura de Samuel Feijoo, con su incansable peregrinar a pie y su prodigiosa capacidad recopiladora, unidas a su excepcional talento de editor, resulta clave para entender el fenómeno.6 A tenor con esa misma lógica el propio Dr. Venegas le reconoce justo crédito al historiador remediano José Andrés Martínez-Fortún y Foyo, de quien expresa que tanto él como el «oriental Emilio Bacardí Moreau, (…) y el habanero Emilio Roig de Leuchsenring (…) pueden perfectamente resumir la labor muchas veces abnegada e incomprendida de la regionalística histórica cubana».7

Otro ángulo de enfoque más reciente nos permite asumir lo expresado por Néstor García Canclini, aunque su objeto de estudio fuera diferente (la más extensa y capitalista realidad regional latinoamericana), a la hora acercarnos a una interpretación de la mixtura cultural no degenerativa de una región dada, aunque para ello sea preciso reorientar (constriñéndola a una geografía menor) nuestra visión hacia un ámbito más reducido que tocado por el estudioso argentino:

Si concebimos las naciones como escenarios relativos, en los que se cruzan otras matrices simbólicas, la pregunta es qué tipos de literatura, de cine y de televisión pueden narrar la heterogeneidad y la coexistencia de varios códigos en un mismo grupo y hasta en un mismo sujeto.8

Si nos fijamos en la realidad sui generis de la Cuba de los últimos años, ateniéndonos estrictamente al dominio de la promoción literaria, veremos que en las pautas transculturales emanadas del centro hacia la periferia se acentúa en progresión visible el desdibujo de lo regional como expresión considerada nacional, de manera que sus acciones se reducen, con demasiada frecuencia, a un discurso defensivo enfocado de Cuba hacia el mundo, casi nunca de Cuba hacia su interior. La fuerza de ese discurso, en un mundo que acosa y desprestigia las acciones de la izquierda, impide la descentralización del protagonismo estratégico y en esas aguas se disuelven, no siempre de manera dolosa, las atmósferas creativas que en lo regional le hablan también al mundo. Lo local acaba enclaustrado a su faceta pintoresca, o prehistórica en el sentido burocrático que pudiera apareársele al término, a la par que con el discurso de las propias instancias que crean el problema se distribuyen validaciones emulativas a aquellos territorios que mejor ejecutan lo que el eje central dispone. Los razonamientos de García Canclini, reduciendo nuevamente el radio geográfico de su acción, vuelven a prestar servicio ancilar a este análisis:

No es extraño que las exhibiciones internacionales subsuman las particularidades de cada país en las redes conceptuales transnacionales [que] propusieron mirar la historia del arte contemporáneo no recortando patrimonios nacionales sino distinguiendo ejes que atraviesan las fronteras. Pero es sobre todo el mercado del arte el que subordina las connotaciones locales de las obras, convirtiéndolas en secundarias referencias folclóricas de un discurso internacional homogeneizado.9

-III-

Tengo la certeza de que un proceso cultural excéntrico como el que ahora juzgo puede curarse en salud si accede a los foros esgrimiendo la transparencia como canon. La asunción de esa postura implica, primero que todo, desprejuicio crítico. Y a lo anterior se le añade una buena cuota de riesgo, pues al colocar en entredichos a instituciones emblemáticas, no pocas veces el analista debe estar dispuesto a soportar que se le cierren, con el candado sutil del ninguneo, las puertas de importantes espacios y promisorias fronteras (intra y extramuros). Tampoco debe el abanderado de estos temas acogerse a la postura defensiva que por regla general conduce a una magnificación a ultranza de lo regional, pues tal atrincheramiento, como flaco favor, acaba encerrándolo en un cantón autocomplaciente. La palabra «región» en el nivel jerárquico del pronunciamiento litigante, más que limitar, debe expandir un espacio, no constreñido solo a lo geográfico, sino pluralizado por lo cultural y proyectado hacia las altas y competitivas pautas del legítimo discurso nacional. Lo diverso y específico, como componente imprescindible de lo unitario, debe guiar todos los razonamientos de quien se proponga atraer, sin reducirlas, las miradas hacia tales espacios. Me acojo nuevamente a una definición del Dr. Hernán Venegas Delgado:

…la región es un ente histórico-c¬ultural asentado, como es obvio, en una determinada comarca geográfica, cuya jerarquía como tal surge del propio desarrollo y explotación de sus potencialidades y que se manifiesta (sic) en la aparición y posterior consolidación de intereses clas¬istas definidos, o de otro tipo, que, sin ser excluyentes con los intereses nacionales, marcan con su sello propio la vida regional. Esta [región] a su vez, enriquece con sus peculiaridades y contrib¬uye a las regularidades que conforman el corpus nacional.10

Figuras, eventos, publicaciones, investigaciones, forcejeos, impugnaciones, desconocimientos y reconocimientos configuran, en la rica praxis social cubana de las últimas cinco décadas, diversas realidades regionales específicas. Muy poco se ha avanzado en nuestra operatividad cultural en pos de asignarle validez nacional a los procesos regionales que lo merecen, diferenciándolos justamente de los que solo describen variantes de consuelo, reproductivas en formato reducido de lo que en los altos hornos capitalinos se cuece.

A los analistas residentes en esos territorios les queda el reto de registrar un relato que difícilmente pudiera tener por narrador a alguien que no haya participado de manera activa en los hechos objeto de estudio. Se le impone asimismo al líder de estos principios represar el apasionamiento hasta su límite menor, aunque la pasión y el entusiasmo tampoco deben faltar en sus análisis. El vínculo memorioso, fecundado por la razón y el dato estadístico, puede constituir también un excelente hilo de Ariadna para escapar del laberinto reductor donde pudiera extraviarse cualquier Teseo que fijara solo la mirada en lo inmediato circundante. La luz quizás lo espere al final de los engañosos recovecos. Ojalá surjan, para bien del lector cubano y de nuestras regiones más desarrolladas, agentes culturales capaces de legitimar tamaña empresa.

Santa Clara, 24 de marzo de 2010

Notas:

1 En el suplemento El Tintero, del periódico Juventud Rebelde (19 de febrero de 2010), en su acápite dedicado a conmemorar el X aniversario de la Riso, vierten opiniones voces tan autorizadas como las de: Alfredo Zaldívar, Lourdes González, Teresa Melo, Eduardo Torres Cuevas, María Liliana Celorrio y Juan Ramón de la Portilla. Tan abrumadora avalancha me transmite la inquietud de configurar minoría en mis reclamos para derivar la formulación original del llamado Programa de Ediciones Territoriales hacia un estatus donde el dibujo regional no esté reñido con la inserción, en igualdad de condiciones, de esa regionalidad en los dominios del gran discurso cultural de la nación. Mis puntos de vista los expuse con amplitud en mi artículo «La Riso, diez años después» publicado en cuatro partes en: www.cubaliteraria.cu En consecuencia dejo que sea dicho texto quien dialogue con esas voces.

2 Ignacio Ramonet: Propagandas silenciosas, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2003. p. 17.

3 El llamado Programa de Ediciones Territoriales partió del supuesto, no comprobado con estudios previos, de la existencia de un altísimo número de originales de calidad escritos en los municipios, así como del desconocimiento de la existencia de espacios editoriales regionales atentos, antes de dicho programa, a ese posible apogeo municipal.

4 El más absurdo de los casos que en los últimos tiempos he podido verificar es el de Ediciones Ávila, que en el presente 2010 ha incluido en la cubierta de sus títulos una marca que expresa «Diez años de Ediciones Ávila» cuando existen datos concretos que dan fe de títulos publicados por esa casa desde 1991.

5 Hernán Venegas Delgado: Teoría y método en Historia Regional cubana; Ediciones Capiro, Santa Clara, 1994. p. 14.

6 Me acojo al gentilicio de «villareño», más abarcador que el de «villaclareño», porque la gestión cultural de Feijóo tuvo sus epicentros principales en Santa Clara y Cienfuegos, territorios de la antigua provincia Las Villas.

7 Op. Cit. p. 15.

8 Néstor Garcia Canclini: Consumidores y ciudadanos, México, Grijalbo, 1995, p.4-5. Tomado de http://www.nossa.unal.edu.co/biblos/consumidoG0001.rtf

9 Op. Cit. P 2-3.

10 Op. Cit. P. 27.