A punta de centenario: José Ángel Buesa
Nadie en Cuba como José Ángel Buesa (Cruces, Las Villas, 1910 -Santo Domingo, República Dominicana, 1982) para poder vivir de su poesía, o sea, de su trabajo poético. Él tocó un lado sensible del pueblo cubano, de la gente dada a cierto intenso sentido de la pasión, a gustar de boleros dramáticos y hasta trágicos, de radio y telenovelas con alto ingrediente sensiblero. Buesa supo adoptar modos musicales en sus versos, sobre todo del endecasílabo, adaptarlos a un tipo de poesía rítmica y de vocabulario sencillo y solía ser en extremo complaciente con esa sensibilidad melodramática, sobre todo para los asuntos del amor.
Cuando nací, en 1946, ya él reinaba dentro de la poesía que el pueblo leía o repetía de memoria. Fue un fenómeno de masas más allá de la oralidad decimista. Recuerdo en mi infancia cómo en la peluquería de mis tíos se vendían pequeños libros «de bolsillo», expuestos en los anaqueles para la venta de misceláneas para el cabello y las manos. Junto con las novelas rosas, sobre todo de Corín Tellado, los cuadernos líricos de Buesa eran de lo mejor recibido por la clientela femenina, de modo que, cercano a ese ambiente, mi infancia tuvo inevitable oído atento a la zaga de Oasis (1943), el libro de poemas más reeditado de la historia literaria cubana.
La crítica literaria ha solido ser bastante injusta con esa obra sin grandes trazos, casi exenta de propuestas estéticas renovadoras, y que parece no tener otro propósito que el de la comunicación emotiva. No se ha alcanzado a ver en ella la encarnación de modos de la sensibilidad popular, del sencillo acercamiento a la cuerda más rítmica de la palabra que expresa emociones primarias. La identidad también se construye con tales preferencias. La poesía en Cuba, desde el siglo XIX, ha sido un importante medio de expresión de identidad, casi siempre acatada como el género literario de mejores cultivos nacionales. A Buesa se le tachó como populista y sensiblero, y un poco pasó a broma, o a ejemplo de «lo que no debe ser», en el momento mismo en que el poeta emigraba hacia República Dominicana en mitad de la primera década de la Revolución. Se le estigmatizó y negó en Cuba precisamente cuando su fama de poeta circulaba por toda América Latina. Siempre me ha parecido, sin embargo, una suerte de «misterio» de la actividad lírica, que su obra sobreviviera a toda agresión, que siguiera gustando y fuese aún leída en medios populares incluso políticamente muy revolucionarios, y que superara en popularidad a los poetas cuyas obras se dirigían al «encuentro con el pueblo». Es paradójico que muchos poetas «sociales», «comprometidos», «para el pueblo» o que versaron sobre la inmediatez, jamás alcanzaron la extensa popularidad de Buesa, la innegable virtud de llegar a lectores de las más variadas cualidades, sin que mediaran campañas publicitarias o promocionales en su favor. Incluso resistió la burla y la caída del prestigio a causa de esa burla, que llegó a ser mordaz y hasta feroz en las décadas de 1960 y 1970… Todavía en años posteriores y recientes se ha tratado de parangonar su creación con lo peor que pueda hacerse en materia versal. Que sobreviva a todo esto, debe al menos movernos al asombro, al respeto y a indagar por qué, a cuáles razones sociológicas o a cuáles necesidades de la sensibilidad respondía (y responde) esa sobrevivencia. Al negar a Buesa y su obra, ¿no estaremos negando una parte interesante de la sensibilidad cubana, de nuestro modo de ser, tan próximo al de otros pueblos latinoamericanos?
Se dice que se abrazó al facilismo, y habrá que reconocer que su poesía no implica serias complejidades formales ni innovaciones de mérito para la historia de la literatura; pero fue un «fenómeno» de aceptación social que no siempre linda con el kischt o el populismo (según los explican Slavov y Gramsci, respectivamente), como bien lo testimonia su libro Lamentaciones de Proteo (1947). Más que un mito de poeta, él es un arquetipo o paradigma de algo que podríamos llamar «poesía de masas», en recuerdo de la llamada «cultura de masas», de la que su obra formaría parte... Pero en Buesa se da el contraste de que su «pasividad» apela a un lenguaje resuelto entre un yo (ego) y un otro (alter ego o alteridad), a manera de diálogo, de «asunto nuestro», nunca de tribuna, sino más bien de alcoba, pero no para el silencio del dormitorio sino para la lectura compartida y la recitación...
Está por realizarse el estudio de la poesía neorromántica cubana, que desentrañe sus resortes, los por qué de su escritura y popularidad, sus modos expresivos formales y de contenidos. Esta poesía cubrió casi todo el siglo XX, desde Hilarión Cabrisas y Gustavo Sánchez Galárraga, pasando por el mismo Buesa y sus seguidores, hasta sus evidentes registros en las nuevas generaciones a finales de siglo. Explicaría mejor etapas de las obras de poetas tan conocidos como Jesús Orta Ruiz o Carilda Oliver Labra y otros de menos renombre, como la santiaguera Pura del Prado. Todos ellos dejaron detrás de sí obras de mucho interés en la historia de la poesía cubana, por lo que tratarlas como hechos aislados no explicará por completo sus verdaderas y últimas dimensiones.
Buesa publicó sus primeros poemas al final de su adolescencia, el primer libro fue La fuga de las horas, (1932), seguido ese mismo año por Misas paganas. En 1936, Babel lo reveló como nombre principal del neorromanticismo. En 1938 dio a conocer Canto final, en 1943 Muerte diaria y sus Odas por la victoria, en las que prefirió apartarse de la poesía de temas de amor (rara vez erótica, pues él fue sobre todo un poeta sensual) para versar sobre la Segunda Guerra Mundial, y, por fin, publicó Oasis, en ese mismo 1943, con segunda edición en 1946; Lamentaciones de Proteo, (1947) suele considerarse como su mejor libro, un poco más cercano a cierto grado de metafísica y de pensamiento existencial, que lo aparta en pequeña medida del tono amatorio predominante en su obra. En Alegrías de Proteo (1948), continuó con menos éxito esas mismas rutas, pero ya por entonces estaba dejando huellas demostrables de su influjo sobre jóvenes poetas nacidos al final de los años ’20 y en la década de 1930.
Prolífico, continuó su labor con Canciones de Adán (1947), Poemas en la arena y Nuevo oasis (1949), Poeta enamorado (1955), Poemas prohibidos (1960), Libro secreto (1960) y muchísimas antologías, selecciones y reediciones de sus poemarios dentro y fuera de la Isla. En 1962 editaba su última colectánea de versos en territorio nacional cubano y no era más que una nueva selección de sus poemas. Ya radicado en la República Dominicana, tuvo la suerte de alcanzar a ver editadas sus poesías completas y hasta de haber sido propuesto en una ocasión nada menos que para el Premio Nobel.
En la emigración, Buesa continuó su línea poética, procuró considerarse un «apolítico» y expresó en varias ocasiones su amor a Cuba y su inalienable calidad de cubano. No volvió a ser publicado nunca más en su Isla (fundó una revista con ese nombre en la década de 1950), salvo cuando el uruguayo Mario Benedetti antologó el «Poema del renunciamiento» en Poesías de amor hispanoamericanas (1969), o, en franco retorno, al final de la década de 1990, en la que se editaron algunas antologías de su obra poética, rápidamente agotadas en las librerías.
De él se cuentan muchas anécdotas, quienes lo conocieron dicen que era un hombre gentil, de muy buen carácter y finezas de trato, no gustaba de las habladurías sobre colegas, era afable, respetuoso, en cierto modo modesto, había alcanzado a tener casa propia y de recreo, un automóvil y una vida acomodada, gracias al impulso de las ventas de sus libros y cuadernos.
Dicen que a su llegada a Santo Domingo, tras su salida definitiva de Cuba, un periodista quiso indagar acerca de su impresión sobre la Revolución cubana. Siguen diciendo que el poeta le respondió con preguntas: -¿Es cierto que por aquí pasó hace algún tiempo un señor llamado Fulgencio Batista?– Sí, le respondió el periodista. -¿Y usted le preguntó a ese señor algo acerca de la poesía? -No, por supuesto que no, le replicó rápidamente. -Entonces, ¿por qué me pregunta a mí sobre política si yo lo que soy es poeta?
Este diálogo pondera la valía intelectual de uno de los poetas más subestimados de la poesía cubana, subestimación que puede alcanzar no sólo a quien confiese que «me gusta su poesía», sino hasta a los críticos un poco más osados que intenten «reivindicarlo». Las Poesía completas de Buesa han sido publicadas en Estados Unidos y en Santo Domingo, aún no en Cuba. Esto es imprescindible para lograr una valoración justa y el verdadero papel que le concierne al poeta en la poesía cubana del siglo XX. Él no pasó por nuestra vida nacional «sin saber que pasaste», dejó huellas que merecen la exploración detenida.